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Sábado de desmadre

Las crestas son cada vez más visibles en Myanmar © David H.

Los marginados se han dejado sentir alto y fuerte este fin de semana en Yangon. Punks con crestas y drag queens con plataformas están dando marcha y aire fresco a la vieja capital de Birmania. Propios y ajenos asisten con una mezcla de sorpresa y cierta normalidad a esta dulce transición social que hubiera sido impensable hace sólo unos años.

Yangon cuenta con una creciente legión de punks © David H.

People’s Park es una inmensa explanada verde -con parque de atracciones incluida- que protege la entrada oeste de Shwedagon Pagoda, símbolo dorado de la ciudad y lugar de culto para budistas y birmanos. Desde una esquina, bajo el cobijo de dos grandes aviones retirados, brota el murmullo de acordes y melodías familiares. Mientras el sol se esconde en el horizonte, bajo la serena mirada de la estupa dorada, escucho los sonidos de antaño. Alkaline Trio, Against Me, Anti-Flag, Offspring, Bad Religion, Rancid, Rise AgainstThe Distillers Pennywise emanan con renovado vigor desde unos altavoces muy castigados.

Los punks locales tienen pinta y actitud © David H. Sábado de pogos en People's Park © David H.

Varios grupos toman la alternativa en el escenario pero la imagen y el mensaje están en el público. Chavales vestidos con tejanos y chupas de cuero adornadas al más puro estilo del punk ochentero salen a relucir. No faltan las botas militares, los parches, los pinchos, las crestas y el pelo engominado para un look muy cuidado que casa bien con la tez oscura de estos pequeños aprendices de punk. Incluso los niños lucen algo confundidos este atuendo rebelde que contrasta espléndidamente con los vestidos de colores y las faldas a cuadros de los birmanos.

El guitarrista de No U Turn durante el concierto del sábado en Yangon © David H. The Rebel Riot y No U Turn comandan con sus guitarras y cánticos este diminuto ejército de punks que está encontrando su sitio en un país que ha sido propulsado al siglo XXI de la noche a la mañana. El hecho de que puedan campar a sus anchas a un centenar de metros del venerado Shwedagon es ya un triunfo de su libertad. Y todo esto, por cierto, auspiciado por la embajada de Suiza.

Los suizos Überyou derrocharon buenas vibraciones en Yangon © David H.Mientras los punks dan saltos de libertad en un rincón de Pyay Road, un poco más arriba Yangon sale del armario en la noche grande del festival LGBT &Proud. El Instituto Francés, adalid de la cultura sin censura ni fronteras, acoge una fiesta llena de purpurina, lentejuelas y desenfreno. El escenario se llena de clásicos ochenteros bailados con una alegría, regocijo y descaro libres de etiquetas y orientaciones sexuales. Las drags se meten al público en el bolsillo con sus movimientos exagerados y dan fervor a una fiesta reivindicativa que simboliza el progreso de una sociedad silenciada durante 60 años de dominio militar.

Myanmar sigue siendo una democracia débil con muchas heridas abiertas pero que punks y gays puedan celebrar su identidad a viva voz y sin represalias demuestra la buena salud del país. Y poder vivirlo en primera persona me hace sentir feliz y afortunado. ¡Que la fiesta no decaiga!

Texto: J.B.
Fotos: David H.

Noche de perros y ratas

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Myanmar, como tantos países en vías de desarrollo, tiene muchos perros callejeros. Durante el día, descansan tranquilamente en las aceras o esquivan el tráfico en busca de restos de comida. No crean problemas y asumen su rango social por detrás de personas y vehículos. Esperan pacientemente la noche, momento en el cual salen de su letargo y ocupan una posición dominante en el paisaje urbano.

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El sábado, al volver de fiesta, decidí seguir el camino que suelo tomar para llegar a casa. La ausencia de coches facilitaba el paso y así continué hasta apercibir las primeras siluetas de los perros. En las calles silenciosas, vacías de gente, aumentaban su presencia. Algunos estirados en medio de la calle, otros vigilantes y expectantes.

Al estrecharse la calle, me entró el miedo en el cuerpo. Ese miedo de estar en territorio hostil, donde mis pasos rompían un silencio tenso. Un par de ratas cruzando la calle sólo añadían ambiente al escenario tétrico en el que me había metido. Viendo que los perros se multiplicaban mientras la calle se oscurecía, decidí dar dos pasos atrás y volver hacia dónde hubiera presencia humana. Hubiera salido corriendo de no ser que eso atraería aún más su curiosidad. Al ver la luz de los taxistas lánguidos, sentí alivio instantáneo.

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Ahora ya sé que la noche pertenece a los perros y no voy a ser yo quien los disturbe. Bastante tengo con oírlos desde mi piso mientras aúllan como lobos y resuelven sus diferencias territoriales al amparo del vacío nocturno.

Buster Keaton a la birmana

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La gran ventaja de vivir en una ciudad es un mayor acceso a la cultura. Y Yangon, pese a sus deficiencias estructurales, no es una excepción. Esta semana ha empezado el Memory, un festival de cine que recupera viejos clásicos y cintas más recientes que hablan, de alguna forma, sobre la memoria histórica. El Instituto Francés patrocina el evento, dando a la programación un claro acento francés. ¡Hasta han traído a Catherine Deneuve!

El sábado me acerqué al multisalas Na Pi Taw para ver ‘Bird People’, una interesante película que sigue dos historias paralelas que ocurren en un hotel de aeropuerto en París. Primero está Gary, un exitoso empresario que tras un ataque de pánico decide dejarlo todo –trabajo y familia- y empezar de cero. Luego entra en escena Audrey, una chica de la limpieza joven y soñadora que se transforma en pájaro durante una noche y recorre los aledaños del hotel desde el aire. Pese al ritmo lento, la película consigue atrapar al espectador, especialmente en las secuencias a vista de pájaro.

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En Myanmar, incluso ir al cine puede ser una experiencia diferente. La sesión empieza con una rendición del himno nacional –todos en pie- y, durante la proyección, es habitual que la gente conteste el teléfono y hable en voz alta. También hay censura en algunas escenas picantes o violentas. Los billetes son baratos –el Memory, por cierto, es gratuito- y mucha gente va al cine a hacer el picnic.

El domingo me di una sesión doble, empezando por ‘Diamond Island’, el primer largometraje de ficción del franco-camboyano Davy Chou. La película, presentada en Cannes, sigue las historias de unos chavales que trabajan en la construcción de una urbanización de lujo en Phnom Penh, la capital de Camboya. Sin caer en los tópicos de la pobreza o el pasado violento del país, la cinta retrata una nueva generación enganchada a los móviles y atraída por el estilo de vida occidental. Todo esto narrado con un estilo artístico heredero del cine europeo y, tal y como dice su director, sin ánimo de juzgar.

La mejor sesión de cine, sin embargo, tuvo lugar en Waziya Cinema, una sala de cine grande, vetusta y austera. La película escogida fue ‘Seven Chances’, un clásico rodado en el año 1925 por el maestro Buster Keaton, gran cómico, fantástico acróbata y uno de los mejores cineastas de todos los tiempos. Pero lo mejor fue ver la película con banda en directo y doblaje a tiempo real en birmano. El resultado, una versión hilarante y extremadamente entretenida de una cinta ya de por sí entretenida. Sin lugar a dudas, este será uno de los momentos cinematográficos que quedará para siempre en mi memoria.