Ya llevo un año en Eslovaquia y, como quien no quiere la cosa, también llevo un añito en el instituto bilingüe de Vrbové. Me presento una vez a la semana, me pongo delante de 20 adolescentes y les intento sacar conversación en inglés. Tres grupos, seis horitas, unas risillas y para casa.
El instituto no se caracteriza precisamente por su rigor y seriedad, lo cual ya me va bien. El vaivén de alumnos por el pasillo y el cambio de aulas es una constante y la comunicación brilla por su ausencia. Por otra parte, la sala de profesores es un corrillo de cotilleos, rímel e indiferencia del cual me mantengo, forzosamente, al margen.
Este viernes, como otros, la situación tomó forma de esperpento. Después de navegar una primera sesión a trancas y barrancas, la segunda empezó con cuatro chicas pidiéndome permiso para salir antes y tomar el autobús. La última vez que cedí, me desertó la mitad del grupo.
Primera interrupción. Dos alumnas llaman a la puerta para anunciar algo que, entiendo, no me afecta. Continuamos.
Segunda interrupción. La secretaria me viene con papel y boli en mano para que firme un nuevo contrato. La mando a paseo, la muy buena, y continuamos.
Luego, mientras las del bus se marchan, dos alumnos me informan de que tienen que ir a recoger las notas. ¿Oportunistas? Al parecer, es lo que habían anunciado las dos mensajeras de antes. En este punto, ya me empiezo a cabrear. Bastante me cuesta centrar la atención de los chavales como para que, encima, la clase se convierta en el camarote de los hermanos Marx.
Tercera interrupción. En la puerta aparece una profesora rodeada de una cuadrilla de alumnos que, entre risas, me piden cambiar de clase. ¡Lo que faltaba! Esta vez estallo y les mando todos a tomar por saco. Menuda broma. Ni corto ni perezoso, pillo mis trastos y me voy.
Recojo mis pertenencias –chaqueta, guantes y gorro de lana, que está nevando con ganas- y, a la falta de títeres en la sala de profesores a los que poder ventilar mi frustración, me planto directamente en el despacho del director. Sí, aquel pequeño zorro cuyo inglés es tan limitado como mi eslovaco. Y se lo digo (imagínense más gestos que palabras):
¡ME VOY!
Me quedo a gusto… por un momento. Hasta que el hombre –sin haber detectado mi cabreo-, mira por la ventana y me contesta:
Sí, sí, sí… Tiempo horrible. Mucha nieve. Alumnos para casa. Todos.
Me quedo sin palabras. Vaya revés me ha metido el tipo sin comerlo ni beberlo. Directa y por la escuadra, de pura chiripa. Y yo, con la frustración en el cuerpo y la cara de circunstancias.
Lo peor de todo es que, veinte minutos más tarde, y con los humos bajados a golpe de nieve, me paso por secretaría y firmo un contrato por tres meses más. ¡Tener rabietas para esto!


