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El deporte rey

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He visto partidos en directo de la liga española, la inglesa y la italiana. He tenido la suerte de presenciar eliminatorias de la Champions League, he vivido ascensos y he viajado a finales de copa. Pero en pocos sitios he sentido tanta pasión por el fútbol como en Myanmar, en especial con su selección nacional.

Es imposible pasear por Yangon sin ver un escudo del Chelsea o del Manchester United estampado en un coche, una tienda o un triciclo. Las camisetas (falsas) de los grandes de Europa abundan y cuando dices que eres de Barcelona, Messi es la primera palabra que les viene en boca. Los bares a pie de calle se llenan para ver los partidos de la Premier League, que repiten hasta la saciedad.

Sin embargo, estos días los focos recaen en las selecciones del sureste asiático que, lejos poder clasificarse para un Mundial, compiten entre sí por la Copa Suzuki. Suena un poco a broma pero esta competición se la toman aquí muy en serio y cuando juega Myanmar en casa, se desata la locura.

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El estadio Thuwunna, al este de Yangon, se convierte en una marea roja que vive el fútbol como una fiesta en la que poder expresar su maltrecho orgullo nacional. Los vendedores ambulantes, además de fideos, arroz y las sempiternas nueces de areca que mastican los taxistas, venden camisetas, banderas, pegatinas y cintas de tela con los colores de la selección.

Los precios –entre 2 y 4 euros al cambio- hacen el fútbol accesible y se forman largas colas para comprar entradas. En el estadio, no hay diferencia entre tribuna y goles, creando un ambiente más cálido y unificado. Esto es algo que realmente merece la pena vivir, guste el fútbol o no.

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La experiencia es muy Myanmar. Las medidas de seguridad brillan por su ausencia y dudo que el estadio cumpla con cualquier normativa de la FIFA. Los accesos son muy básicos y, quien tenga que hacer sus necesidades, que lo haga en los aledaños, al lado de las paradas de cocina improvisadas. Las gradas, abarrotadas, obligan a ver el partido de pie. Incluso los árboles se asoman entre vomitorios.

Las bebidas se sirven en bolsas de plástico con caña para evitar su posible uso como misiles. Aun así, en momentos de aireo, las bolsas también se lanzan al campo, aunque suelen quedar colgando en las vallas que rodean el terreno de juego. A parte de estos gestos de agitación puntual, el seguidor es muy respetuoso y educado.

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Las miradas de sorpresa al ver a un extranjero en las gradas nunca cesan. Protagonizas más ‘selfies’ que su jugador estrella pero, en el fondo, te agradecen que animes a su equipo. Los cánticos son muy inocentes y el repertorio es limitado, sin esa saña que se le suele dispensar al equipo rival o al árbitro en Europa.

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Evidentemente, la emoción de la victoria –la semana pasada ante Malasia– se desinfla un poco con el sabor amargo de la derrota, como el domingo frente a los vecinos tailandeses. Sea durante el himno o al marcar un gol, no hay duda que las 35.000 almas que llenan el estadio representan con orgullo los 54 millones que viven en el país. Lo que les falta en calidad futbolística lo superan con creces en pasión. El poder del deporte es innegable. Myanmar go!