Despierto un lunes soleado en Piešt’any, una pequeña ciudad construida a orillas del río Váh, un afluente del Danubio. Pasadas las tres calles que conforman el centro, la atención se dirige hacia Spa Island, el coqueto istmo donde acuden los turistas en busca de las relajantes aguas termales.
Lejos de los parques y los campos de golf, la sobriedad soviética marca la arquitectura de Piešt’any, aunque (afortunadamente) a pequeña escala. La influencia comunista se observa en algunos bloques de apartamentos, viejas bicicletas oxidadas y edificios públicos como la casa de cultura (Dom Umenia), un monstruo de hormigón que mancha la preciosa vista al río. Los murales de la estación de ferrocarril y la mugre del extrarradio también contribuyen a esta imagen de un pasado austero donde cada uno hacía el trabajo que le tocaba.
A bote pronto, Piešt’any me transmite una sensación de seguridad y eficacia. Las vida funciona sin demasiadas complicaciones y las cosas se llaman por su nombre. Precisamente la lengua será mi mayor obstáculo pero confío en el decente nivel de inglés de los eslovacos para comunicarme con ellos. De momento, nye hovorim po slovensky (no hablo eslovaco). Y una sonrisa.
