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Navidades en el estado de Shan (II)

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Amanece un día soleado en Lashio y nos dirigimos a la oficina de Byron, un canadiense que, después de vivir unos años en Tailandia, ha cruzado la frontera para montar su empresa de aventuras. Conoce muy bien la situación del país y el conglomerado étnico-lingüístico de esta región.

El estado de Shan, como otras regiones de Myanmar, tiene un conflicto abierto con las autoridades militares birmanas. La raíz del desencuentro, simplificando mucho, está en la conferencia de Panglong (1947) que dio paso a la independencia de Birmania pero a su vez abría la posibilidad de estados autónomos al cabo de 10 años. Este derecho a la secesión quedó en jaque con el gobierno militar que ha controlado el país hasta las recientes elecciones. Actualmente, existen grupos armados y hay zonas restringidas para el acceso a extranjeros.

Byron nos asegura que Lashio es una zona segura porque está rodeada de bases militares. Aun así, antes de hacer una salida, siempre hace las llamadas pertinentes para asegurar que no haya riesgo para sus clientes. Paseando en moto por la campiña y observando sus habitantes parece difícil pensar que esta sea una zona de lucha. La diversidad étnica y lingüística es aparente –el birmano apenas se utiliza y los dialectos shan varían de pueblo en pueblo- pero las personas parecen estar más ocupadas en sus familias, sus campos y su ganado que en cuestiones políticas.

Boda Shan

La primera parada en la ruta en moto la hacemos en el pueblo de nuestro guía Ipou, donde nos invitan a una boda. Las mujeres visten faldas negras estampadas con motivos tradicionales shan y lucen un cinturón plateado símbolo de su estado civil. Ambas familias habrán negociado previamente una dote a pagar por el marido, tradicionalmente valorada en ganado pero, hoy en día, en dinero.

Tras el tentempié de la boda, nos adentramos por caminos más arduos y tortuosos, poniendo a prueba nuestro equilibrio en la motocicleta. Pasamos por puentes estrechos, baches, charcos, piedras, tramos blandos, arenosos y empinados hasta llegar a un pueblo somnoliento con una cascada caudalosa.

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Después de comer, dejo la moto en manos de nuestro otro guía Alex y, de paquete, empiezo a disfrutar del paisaje montañoso por el que circulan ocasionalmente vacas, niños y todo tipo de vehículos a motor. Antes de la puesta de sol, seguimos a pie un riachuelo que nos conduce a una pequeña catarata remota. Allí nos damos el primer baño de las vacaciones y relajamos el cuerpo después de todo un día encima de la moto. Byron nos espera en su casa con una cena mexicana, un cambio bienvenido después de tanto arroz y fideos.

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El martes empieza con un desayuno en un bar de familia que no sirve más allá de las 10 de la mañana. En el patio semicubierto, las mesitas están repletas de tazas de té o café y platos de sopa y fideos devorados por los fieles clientes. Es de esos lugares que lleva años haciendo lo mismo y haciéndolo bien, sin trucos ni trampas. El inicio idóneo para un día de caminata entre valles y bosques.

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Los campesinos nos miran con la misma curiosidad que nosotros a ellos. Mientras ellos se preguntan qué sentido tendrá caminar sin más por estas viejas tierras, nosotros nos asombramos por un estilo de vida rural anclado en el tiempo. Búfalos pastando y regocijándose en baños de barro, carros tirados por bueyes, casitas de bambú, herramientas de madera, baños al natural, luces y silencios.

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Nuestro destino es una pequeña aldea donde los hombres labran el campo y las mujeres hacen labores manuales como fabricar cestas. El líder del pueblo nos alberga a cambio de una donación voluntaria y nos ofrece una suculenta cena a base de ensaladas y arroces. Previamente, nos hemos refrescado en el riachuelo que sirve de baño público, un intrínseco sistema de troncos perforados que vierte agua dulce y, de paso, alimenta un generador hidráulico que aporta electricidad al pueblo. Hombres y mujeres se bañan a una distancia prudencial pero visible.

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Dormimos cinco en una habitación de bambú y la temperatura aguanta hasta más o menos las tres de la madrugada, cuando el frío penetra la aldea. Nos levantamos al canto de los gallos y secamos el rocío de nuestros zapatos alrededor de un fuego de leña. Nos despedimos de la familia y seguimos el camino hacia la carretera principal. Nuestro último día de aventura incluye un placentero paseo en paddleboard por un lago artificial y, por la tarde, senderismo y baño en una impresionante pero desconocida catarata que se abre paso en medio del bosque.

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Las chicas se marchan pero yo me quedo el tiempo suficiente como para pasar una mañana en el templo hindú de Shangkhai junto al simpático australiano Morgan y Alex, nuestro cortés guía. El templo, construido por los trabajadores del ferrocarril británico entre Mandalay y Lashio en 1903, tiene una piscina de agua dulce y alberga hasta 5000 peregrinos en su fiesta anual en el mes de febrero. Desde aquí, me despido del norte del estado de Shan y emprendo un lento viaje en autobús hacia una de las perlas de Myanmar, el lago Inle.