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Fin de año en el lago Inle

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Myanmar es un país muy fotogénico gracias a sus templos, sus mercados, sus gentes, sus tradiciones y sus preciosos paisajes. La muestra más evidente de todo ello es quizás el lago Inle, una reserva de la biosfera plantada en la zona montañosa al sur del estado de Shan. Para llegar hasta allí hay que ascender por carreteras serpenteantes que ponen a prueba el estómago a la vez que alegran la vista. También existe un tren que parte de Thazi y asciende hasta las cumbres de Kalaw, destino turístico de muchos excursionistas.

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Los esfuerzos se verán recompensados una vez llegados a Inle, un lago sereno pero dinámico donde la vida se desenvuelve entre pequeñas embarcaciones de madera y casas flotantes. Pensé que me encontraría una Venecia asiática diseñada para el turista. Al llegar a Nyaungshwe, la ciudad más próxima al lago, da esa impresión, con mucho foráneo, bancos y hoteles. Sin embargo, el lago en sí sigue siendo dominio de los locales, que lo utilizan para conrear sus cultivos y emprender sus negocios sin la excesiva dependencia del dinero extranjero. Cierto, reciben cada vez más turistas y no rechazarán esa aportación económica, pero aún no dependen de ella.

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Mi primer día lo dedico a explorar los alrededores de Nyaungshwe, recorriendo en bicicleta los campos y las carreteras que rodean el lago. En las aldeas, los campesinos y pescadores subsisten con una vida humilde, ajenos al boom turístico que se apercibe en la ciudad. Vacas, bueyes, perros y gallinas se cruzan por el camino sin pestañear. Al mediodía, me permito un plato de pescado al ajo, cilantro y lima acompañado de una ensalada de tomate y sésamo. Por la tarde, comparto una copa de vino local (nada especial) con un grupo de amigas francesas del hostal.

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El último día del año me apunto a la excursión en barca que organiza el hostal. El recorrido empieza al alba en pleno lago y continúa con un fascinante paseo entre las casas flotantes y las plantaciones acuáticas. En una de las casas disfrutamos de una comida preparada por una familia muy genuina que nos pinta la cara con crema de thanaka. Desde allí nos ponen en una canoa de madera y remamos como lo hacen los nativos. También visitamos un negocio de cigarros, una pequeña fábrica textil y una forja artesanal, y en ninguna nos presionan para hacer la compra. En fin, un día muy completo en un lugar que desprende belleza en cada esquina.

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El año termina con una cena de Nochevieja entre cervezas y viajeros con la promesa de más viajes en el horizonte. El primer día del año lo pasaré en un bus de vuelta a Yangon.

Navidades en el estado de Shan (II)

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Amanece un día soleado en Lashio y nos dirigimos a la oficina de Byron, un canadiense que, después de vivir unos años en Tailandia, ha cruzado la frontera para montar su empresa de aventuras. Conoce muy bien la situación del país y el conglomerado étnico-lingüístico de esta región.

El estado de Shan, como otras regiones de Myanmar, tiene un conflicto abierto con las autoridades militares birmanas. La raíz del desencuentro, simplificando mucho, está en la conferencia de Panglong (1947) que dio paso a la independencia de Birmania pero a su vez abría la posibilidad de estados autónomos al cabo de 10 años. Este derecho a la secesión quedó en jaque con el gobierno militar que ha controlado el país hasta las recientes elecciones. Actualmente, existen grupos armados y hay zonas restringidas para el acceso a extranjeros.

Byron nos asegura que Lashio es una zona segura porque está rodeada de bases militares. Aun así, antes de hacer una salida, siempre hace las llamadas pertinentes para asegurar que no haya riesgo para sus clientes. Paseando en moto por la campiña y observando sus habitantes parece difícil pensar que esta sea una zona de lucha. La diversidad étnica y lingüística es aparente –el birmano apenas se utiliza y los dialectos shan varían de pueblo en pueblo- pero las personas parecen estar más ocupadas en sus familias, sus campos y su ganado que en cuestiones políticas.

Boda Shan

La primera parada en la ruta en moto la hacemos en el pueblo de nuestro guía Ipou, donde nos invitan a una boda. Las mujeres visten faldas negras estampadas con motivos tradicionales shan y lucen un cinturón plateado símbolo de su estado civil. Ambas familias habrán negociado previamente una dote a pagar por el marido, tradicionalmente valorada en ganado pero, hoy en día, en dinero.

Tras el tentempié de la boda, nos adentramos por caminos más arduos y tortuosos, poniendo a prueba nuestro equilibrio en la motocicleta. Pasamos por puentes estrechos, baches, charcos, piedras, tramos blandos, arenosos y empinados hasta llegar a un pueblo somnoliento con una cascada caudalosa.

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Después de comer, dejo la moto en manos de nuestro otro guía Alex y, de paquete, empiezo a disfrutar del paisaje montañoso por el que circulan ocasionalmente vacas, niños y todo tipo de vehículos a motor. Antes de la puesta de sol, seguimos a pie un riachuelo que nos conduce a una pequeña catarata remota. Allí nos damos el primer baño de las vacaciones y relajamos el cuerpo después de todo un día encima de la moto. Byron nos espera en su casa con una cena mexicana, un cambio bienvenido después de tanto arroz y fideos.

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El martes empieza con un desayuno en un bar de familia que no sirve más allá de las 10 de la mañana. En el patio semicubierto, las mesitas están repletas de tazas de té o café y platos de sopa y fideos devorados por los fieles clientes. Es de esos lugares que lleva años haciendo lo mismo y haciéndolo bien, sin trucos ni trampas. El inicio idóneo para un día de caminata entre valles y bosques.

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Los campesinos nos miran con la misma curiosidad que nosotros a ellos. Mientras ellos se preguntan qué sentido tendrá caminar sin más por estas viejas tierras, nosotros nos asombramos por un estilo de vida rural anclado en el tiempo. Búfalos pastando y regocijándose en baños de barro, carros tirados por bueyes, casitas de bambú, herramientas de madera, baños al natural, luces y silencios.

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Nuestro destino es una pequeña aldea donde los hombres labran el campo y las mujeres hacen labores manuales como fabricar cestas. El líder del pueblo nos alberga a cambio de una donación voluntaria y nos ofrece una suculenta cena a base de ensaladas y arroces. Previamente, nos hemos refrescado en el riachuelo que sirve de baño público, un intrínseco sistema de troncos perforados que vierte agua dulce y, de paso, alimenta un generador hidráulico que aporta electricidad al pueblo. Hombres y mujeres se bañan a una distancia prudencial pero visible.

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Dormimos cinco en una habitación de bambú y la temperatura aguanta hasta más o menos las tres de la madrugada, cuando el frío penetra la aldea. Nos levantamos al canto de los gallos y secamos el rocío de nuestros zapatos alrededor de un fuego de leña. Nos despedimos de la familia y seguimos el camino hacia la carretera principal. Nuestro último día de aventura incluye un placentero paseo en paddleboard por un lago artificial y, por la tarde, senderismo y baño en una impresionante pero desconocida catarata que se abre paso en medio del bosque.

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Las chicas se marchan pero yo me quedo el tiempo suficiente como para pasar una mañana en el templo hindú de Shangkhai junto al simpático australiano Morgan y Alex, nuestro cortés guía. El templo, construido por los trabajadores del ferrocarril británico entre Mandalay y Lashio en 1903, tiene una piscina de agua dulce y alberga hasta 5000 peregrinos en su fiesta anual en el mes de febrero. Desde aquí, me despido del norte del estado de Shan y emprendo un lento viaje en autobús hacia una de las perlas de Myanmar, el lago Inle.

Navidades en el estado de Shan (I)

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Invierno es el mejor momento para viajar en Myanmar. Es la temporada seca, el clima es agradable y todo funciona con normalidad. El tráfico para salir de Yangon es insoportable, como de costumbre, pero el cuerpo ya se acostumbra a este ritmo de vida. Cuando alcanzo la estación de autobuses, ya es de noche. Una húngara, una holandesa, una vietnamita y un australiano forman el grupo al que me he unido para pasar las navidades. El destino es Lashio, en la frontera con China, donde haremos tres días de rutas en moto y a pie entre ríos, cascadas y montañas.

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El aire acondicionado del autobús nocturno ya nos prepara para unas temperaturas más bajas que en Yangon. Hacia las tres de la madrugada, descendemos en la terminal de autobuses de Mandalay y, entre cinco, tomamos un taxi hacia Pyin Oo Lwin, en el estado de Shan. En el hotel, una antigua casa colonial británica que cayó en manos del gobierno militar, nos damos el tiempo justo para una ducha y un pequeño descanso. Dedicamos la mañana a visitar el parque botánico aprovechando que se celebra la fiesta de las flores. Es curioso ver a los locales abrigados con chaquetas, bufandas y gorros de lana en un día nublado pero templado.

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Pyin Oo Lwin, como la mayoría de pueblos y ciudades en Myanmar, no tiene gran cosa en cuanto a arquitectura. Aquí se viene a disfrutar de la naturaleza o a contemplar la vida cotidiana de sus habitantes. Personalmente, me quedo con los colores y olores del mercado, un laberinto de tenderetes de ropa y comida que parece nunca agotarse. En las calles, las motos y los perros circulan por todas partes y las cabras y gallinas también se unen a este curioso paisaje urbano.

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El día de navidad los pasamos en el tren de Pyin Oo Lwin a Lashio. Viajar en tren en Myanmar ya es una experiencia fantástica pero este tramo ofrece unas vistas realmente espectaculares. El momento cumbre llega al cruzar el viaducto de Goteik, un puente de 689 metros no apto para personas con vértigo. El lento traqueteo del centenario ferrocarril confiere al pasajero la sensación de estar en una atracción de feria histórica.

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A media tarde, el tren para en Hsipaw, donde la mayoría de foráneos se apean para hacer senderismo. Curiosamente, es a partir de entonces cuando el paisaje pasa a ser aún más precioso. Las vías de tren se abren paso entre una vegetación frondosa que se bate contra las ventanas como si la naturaleza reclamara al hombre su territorio. Entre rama y rama, se observan pueblos de tez polvorienta y se intuyen los meandros del río Myitnge. Mientras tanto, el tren va descargando mercancías y vendedores ambulantes vienen y van.

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Llegamos a Lashio de noche. El motor de nuestro tuk-tuk se quema en la primera cuesta y, tras un apaño mecánico, alcanzamos el centro antes de que cierre la parada de fideos del mercado. Ahora toca descansar y prepararnos para la aventura que nos ha organizado Byron, un canadiense afincado en esta zona desde hace un par de años.