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La frontera comunista

Cruzar fronteras tiene su gracia pero conlleva un elemento de suspense. Cuando cedes tu pasaporte al guardia de turno, sea en un aeropuerto de primera o en medio de la nada, estás entregando tu pedacito de libertad y la vulnerabilidad te recorre el cuerpo.

Este viaje empieza en Galati, cerca de la desembocadura del Danubio. Tres fronteras en tres kilómetros (Rumanía, Moldavia, Ucrania). Preguntas discretas de la agente rumana mientras afirma, sin discreción alguna, que no le caen bien los ucranianos pese a no haber pisado jamás el país vecino. El funcionario moldavo, directo al grano: “¿gas lacrimógeno?, ¿cuchillo?, ¿pistola eléctrica? Pasen…”. El joven soldado ucraniano, ante una máquina de rayos X apagada, inspecciona con entusiasmo nuestras mochilas, se queda mirando una bolsita de lavanda e indulta una ensalada con un “No son drogas, ¿verdad?”. Así da gusto.

Hasta que llegamos a Transnistria. Mejor dicho, hasta que intentamos salir. ¿Y dónde está eso? Transnistria es un territorio encasillado entre la orilla oriental del río Dniester y la frontera con Ucrania. Autoproclamó su independencia a principios de los 90 tras la disolución de la Unión Soviética. Los soldados rusos se quedaron y también lo hizo el comunismo. Es un estado sin reconocimiento internacional que, en teoría, forma parte de Moldavia. En realidad, es un pequeño enclave de habla rusa que tiene sus propias leyes, su propia moneda, pasaporte, matrícula, himno y una bandera que mantiene el martillo y la hoz.

Los símbolos soviéticos –estatuas y calles dedicadas a Lenin, murales de realismo socialista, tanques de la armada roja convertidos en monumentos, grandes avenidas, una silenciosa pero visible presencia militar- abundan tanto en Bender como en la capital Tiraspol, cuyo equipo de fútbol es, curiosamente, campeón de Moldavia.

Transnistria es fascinante –no sólo por sus mujeres, que también-, pero resulta algo inquietante. Es como un museo viviente del comunismo anclado entre verdes praderas y un río resplandeciente donde no pasa el tiempo. Aquí se habla ruso y se mira hacia Moscú. La vida transcurre con normalidad pero hay algo que no cuadra.

Finales de abril. Nos despertamos con los ensayos para el desfile militar del 1 de mayo, Día del Trabajador. Las señoras de Tiraspol, acostumbradas al espectáculo, ni se inmutan. Un apagón nos obliga a bajar del vetusto trolebús hacia Bender. Un pasajero aparca el bus porque la conductora no ve claro lo de la marcha atrás. Este incidente y el perro agresivo que se nos cruzaría más tarde en el camino podrían interpretarse como una premonición de lo que ocurriría en la frontera.

Bus de Bender a Chisinau, capital de Moldavia. Un joven agente de fronteras registra los pasaportes. Se queda mirando los nuestros (Polonia, Irlanda, Reino Unido) y nota que falta algo. Nos bajamos del bus y su jefe, un burócrata oportunista de suspicaces ojos grises, nos dice que necesitamos una cartilla de inmigración. “O pagáis una multa o volvéis para la frontera con Ucrania”. Y punto. Todo esto en ruso.

Momentos de confusión, incredulidad e impotencia que pronto se tornan en cabreo. Nos negamos a pagar la multa (léase soborno). El autobús se va y nos quedamos tirados en tierra de nadie en un país inexistente. El oficial, amparado por su posición de poder, se niega a ceder. Nosotros tampoco.

Al cabo de un rato, llega otro agente uniformado, más regordete y conciliador. Dice que ha llamado a la frontera por la que entramos el día anterior, que se acuerdan de nosotros y que seguramente perdimos la cartilla. Pura mentira. Nunca se nos dio ni un papelito ni un sello. En este momento, me convenzo de que se trata de una trampa entre agentes para sacarse un dinerillo extra.

Finalmente, al ver que no cedemos, el poli bueno nos deja marchar. A los pocos minutos, nos recoge otro bus y acaba nuestra experiencia comunista. “Tranquilos, ahora estáis en Moldavia”, dice el conductor.