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Esperando el 552

Miércoles de mayo en Melbourne. El día amanece con sol, cielos azules y temperaturas otoñales. Un paseo matinal me lleva desde Brighton Beach, donde los chinos toman fotos delante de las pintorescas casetas de madera, hasta el sosegado barrio de Saint Kilda, un enclave bohemio a orillas del mar. Todo muy tranquilo y bastante hippy. ‘Fish and chips’ para comer, como si estuviéramos en una versión liviana de la costa inglesa. Los escaparates de las numerosas pastelerías en la calle principal me tientan a poner un final dulce al merodeo costero.

A media tarde, el tranvía penetra el skyline de Melbourne y me apeo en Smith Street, en Fitzroy, el barrio más musical y hípster de la ciudad. Bares, cafeterías, restaurantes, tiendas de discos y tiendas de segunda mano atestan y dan vidilla al sinfín de edificios de época victoriana modernizados con grafitis. A cada paso hay algo que ver y mis pies me dirigen a varias librerías y tiendas ‘vintage’. Quince pavos más tarde, salgo con unos pantalones de segunda mano y un libreto para colorear dibujos de los Ramones, Led Zep y Bowie. Hey, ho!

Acabo calle arriba en Preston, esperando el bus 552. En la parada, un aborigen con ‘didgeridoo’ me da el visto bueno cuando le digo que soy inglés. Me muestro un poco esquivo porque es de noche y no sé de qué palo van los pobres aborígenes urbanos que tienen mal beber. Éste parece inocuo y, según parece, se gana la calderilla tocando en centros comerciales.

El aborigen con didgeridoo se queda en segundo plano soplando su instrumento cuando ocurre la situación más extraña y divertida del día. Una pareja joven y arreglada se para enfrente de mí y me suelta:

“Tienes la luz de Jesús dentro tuyo”

Perplejo, tardo un rato en darme cuenta que son unos fanáticos cristianos en busca de víctimas para su causa. Visto que el bus no pasa y que la tía está buena, les doy palique. Con ojos ardientes, me invitan a su iglesia. Les digo que me eduqué en colegios católicos y que ya me conozco el sermón. Insisten en que no tiene nada que ver con el catolicismo y no tardan en contarme sus historias.

La rubia, un bombón, me explica que sus padres habían muerto, que su hermana era una alcohólica y que ella sufría de anorexia cuando Jesús la salvó. Y aquí estaba, tan feliz y embriagada por el espíritu santo y la madre que lo parió.

El discurso es tan impostado que pienso que son actores y me imagino la cámara oculta a la vuelta de la esquina. Aunque la conversación me entretiene, yo les doy largas. En parte, me ofende que estos dos payasos bien vestidos piensen que pudiera ser tan crédulo. Por otra parte, me motiva el hecho de acompañar a la rubia al lado oscuro.

Al final, la cosa queda en nada porque el bus 552 decide pasar y estropear la fiesta. En un último intento desesperado, el tío, un embustero de fina barba y deje demoníaco, me pregunta si tengo un problema con mi rodilla izquierda. Buen truco. Como he dicho, me conozco el sermón y no caigo en esa vieja trampa. Y ahí queda la cosa. Que Dios nos pille confesados.