Invierno es el mejor momento para viajar en Myanmar. Es la temporada seca, el clima es agradable y todo funciona con normalidad. El tráfico para salir de Yangon es insoportable, como de costumbre, pero el cuerpo ya se acostumbra a este ritmo de vida. Cuando alcanzo la estación de autobuses, ya es de noche. Una húngara, una holandesa, una vietnamita y un australiano forman el grupo al que me he unido para pasar las navidades. El destino es Lashio, en la frontera con China, donde haremos tres días de rutas en moto y a pie entre ríos, cascadas y montañas.
El aire acondicionado del autobús nocturno ya nos prepara para unas temperaturas más bajas que en Yangon. Hacia las tres de la madrugada, descendemos en la terminal de autobuses de Mandalay y, entre cinco, tomamos un taxi hacia Pyin Oo Lwin, en el estado de Shan. En el hotel, una antigua casa colonial británica que cayó en manos del gobierno militar, nos damos el tiempo justo para una ducha y un pequeño descanso. Dedicamos la mañana a visitar el parque botánico aprovechando que se celebra la fiesta de las flores. Es curioso ver a los locales abrigados con chaquetas, bufandas y gorros de lana en un día nublado pero templado.
Pyin Oo Lwin, como la mayoría de pueblos y ciudades en Myanmar, no tiene gran cosa en cuanto a arquitectura. Aquí se viene a disfrutar de la naturaleza o a contemplar la vida cotidiana de sus habitantes. Personalmente, me quedo con los colores y olores del mercado, un laberinto de tenderetes de ropa y comida que parece nunca agotarse. En las calles, las motos y los perros circulan por todas partes y las cabras y gallinas también se unen a este curioso paisaje urbano.
El día de navidad los pasamos en el tren de Pyin Oo Lwin a Lashio. Viajar en tren en Myanmar ya es una experiencia fantástica pero este tramo ofrece unas vistas realmente espectaculares. El momento cumbre llega al cruzar el viaducto de Goteik, un puente de 689 metros no apto para personas con vértigo. El lento traqueteo del centenario ferrocarril confiere al pasajero la sensación de estar en una atracción de feria histórica.
A media tarde, el tren para en Hsipaw, donde la mayoría de foráneos se apean para hacer senderismo. Curiosamente, es a partir de entonces cuando el paisaje pasa a ser aún más precioso. Las vías de tren se abren paso entre una vegetación frondosa que se bate contra las ventanas como si la naturaleza reclamara al hombre su territorio. Entre rama y rama, se observan pueblos de tez polvorienta y se intuyen los meandros del río Myitnge. Mientras tanto, el tren va descargando mercancías y vendedores ambulantes vienen y van.
Llegamos a Lashio de noche. El motor de nuestro tuk-tuk se quema en la primera cuesta y, tras un apaño mecánico, alcanzamos el centro antes de que cierre la parada de fideos del mercado. Ahora toca descansar y prepararnos para la aventura que nos ha organizado Byron, un canadiense afincado en esta zona desde hace un par de años.










