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La sala de profesores

La sala de profesores

Un círculo de mesas componen el epicentro de esta sala donde se acumulan libros, carpesanos y secretos en voz alta. Tengo la sensación de penetrar un lugar sagrado, vetado a esa eterna juventud que deambula por pasillos cercanos.

Las estanterías contemplan el ir y venir de profesores, cada cual protege con sigilo su metro cuadrado de pupitre. La mayoría son mujeres y desconozco sus nombres. No entiendo su idioma, pero observo.

Observo al profesor de matemáticas. Un chaval joven y apocado que dibuja una sonrisa tímida mientras ingiere sus natillas como pidiendo perdón. Sus canas desafían su edad. Parece una buena persona que se refugia de las mujeres entre ecuaciones.

Huelo el perfume de la profesora morena de labios inflados. El maquillaje, el colágeno y sus modelitos camuflan sus años y, a buen seguro, provocará más de un sueño erótico entre los adolescentes. Morbo no le falta.

Escucho botar las pelotas de baloncesto del profesor de educación física. Pelo largo y rizado, panza a la vista y brazos peludos. Me lo imagino un viernes por la noche levantando pintas de cerveza en algún bar de la zona.

Hablo en francés con la profesora de psicología. Oronda, simpática y agradable. Casi tanto como Henrietta, una mujer que derrocha clase, generosidad e interés. También intercambio palabras con Jarka, mi intérprete, cuya personalidad robótica no me acaba de convencer.

Preparo la clase con Stano, un ex-policía reconvertido en profesor todoterreno. Si le piden enseñar física cuántica en chino, él lo hará. Así funciona la escuela en Vrbové. Si tienes título universitario, puedes dar clase de lo que sea.

Una profesora miope y una rubia de bote con mentón grande completan la escena, que se interrumpe con el sonido de la campana y la presencia del dinámico director, que nos aúpa con ímpetu hacia las aulas.

El instituto

Fachada del instituto de Vrbové

Encontrar trabajo no ha sido difícil en Eslovaquia. De acuerdo, la paga es baja pero en pocas semanas ya me las apaño en un bar, una escuela de idiomas y un instituto. La historia del colegio es curiosa y empezó con una llamada a las nueve de la mañana de un lunes.

«Buenos días, nos han enviado tu contacto. Estamos buscando un profesor nativo de inglés y nos interesaría que pasaras por nuestra escuela»

«De acuerdo, intentaré acercarme antes del viernes»

Vrbové está a 10 kilómetros de Piešťany, es decir, a unos 20 minutos en bus. El Gymnázium (instituto) se esconde en un edificio sobrio situado a 50 metros de la parada de autobús. Allí me recibe Jarka, una profesora programada con la misión de contratarme.

Al rato de hablar con ella, ya me está ofreciendo dar clases de geografía, biología y química en inglés. Al parecer, la profesora americana que asumía todo este trabajo está de baja (imagino que por depresión) y necesitan desesperadamente profesores angloparlantes. Yo le freno las intenciones y sólo acepto probar con las clases de conversación una vez a la semana.  Esto ya le vale y, de aquí, voy al despacho del director y luego a secretaría.

El director es un pequeño hombrecillo de pelo y bigote gris. Aunque dirige una escuela bilingüe, no habla ni una palabra de inglés. Tras un breve discurso, se levanta de su butaca de cuero y empieza un trepidante recorrido clase por clase presentándome como el nuevo profesor de inglés. Sin apenas tiempo de respirar, suelto cuatro palabras a los jóvenes alumnos y, antes de darme cuenta de lo que está pasando, vuelvo a casa con una pila de papeles para formalizar el contrato. Surrealista, extraño, curioso, sospechoso. Si fuera así de fácil encontrar trabajo en España, otro gallo cantaría.