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Días Vieneses (I)

Viena desde el Riesenrad

Estreno el mes de julio en Viena. ¿La excusa? Un curso de formación de profesores de español en el Instituto Cervantes. ¿Lo mejor? Reencontrarme con el sentido del humor de españolitos (y latinos) desperdigados por el mundo y descubrir la otra cara de la ciudad en mis ratos libres. Vamos, una experiencia que no vivía desde Toronto.

Paseo en Prater

Pasé la primera noche en casa de Xin, un couchsurfer de origen taiwanés que me acogió en su piso del 15º distrito. Por la mañana, sin destino claro y con el cielo encapotado, acudí al Cervantes para las primeras clases. Revisando el correo, obtuve la respuesta de dos couchsurfers que aceptaron mi solicitud de última hora para quedarme en su casa. Un problema menos.

La famosa noria de Viena

El caso de Astrid fue especial. Me dijo que estaba alojando a una pareja ucraniana pero que, si no me importaba dormir en el suelo, podía unirme a ellos. Nada más llegar a su piso, Andrei y Lisa estaban esperando en la cocina con un borsch –una sopa de berza típica de los países del Este- recién hecho. Resulta que habían estado haciendo autoestop por Europa durante dos meses y Viena se encontraba en el ecuador de su aventura. Eran la mar de simpáticos y me aseguraron que ahora es un buen momento para visitar su país, ya que no hay tanto marrón como se dice (excepto en un par de regiones, donde la tensión política es más alta) y los precios han bajado espectacularmente.

Siguiendo los pasos de Friedensreich Hundertwasser

Esa tarde con Andrei y Lisa fue especial gracias a nuestra anfitriona, Astrid, quien, junto a su preciosa perra Chili, nos llevó a casa de sus amigos y nos mostró Viena desde las zonas verdes: el Donaukanal, que oxigena el centro urbano, el Donauinsel, un buen sitio donde refrescarse en verano, y Prater, un parque que cubre varias hectáreas. De camino, pasamos por los edificios de Hundertwasser, algo así como la versión austríaca y contemporánea de Gaudí.

Subidos en el Wiener Riesenrad

Lo que empezó con un café en casa de Álex –un piso lleno de carácter, adornado con guitarras y estufa de leña-, acabó con una vuelta en la Noria –sí, aquella del famoso discurso de Orson Wells en El Tercer Hombre– y un strudel casero en muy buena compañía. ¿Quién lo hubiera dicho aquella mañana lluviosa?

Viena desde Kahlenberg

Siguiendo la línea verde desde Schottenring, el tercer día me llevó al piso de Kathi y Johanna, dos estudiantes austríacas que me hospedaron un par de noches. Junto a Kathi, que había hecho su EVS en Rumanía, subí (en autobús) hasta la montaña de Kahlenberg, que goza de preciosas vistas sobre Viena, desde los cercanos viñedos hasta los lejanos molinos de viento que marcan la senda hacia Bratislava. Por la noche, vimos el fútbol entre cervezas. En Viena, se interesan mucho por el fútbol y, siendo una ciudad tan cosmopolita, aficionados de todas las nacionalidades se reúnen en espacios públicos para seguir los partidos. ¡Mejor que ver España caer ante Chile yo solito en un bar eslovaco!

A parte de birras y fútbol, con las chicas pasé un buen rato conversando sobre política austríaca (¿os acordáis de Haider?), Europa y demás banalidades. Al mediodía, habíamos comido en Deewan, un local de comida pakistaní cuyo lema es “come lo que quieras, paga lo que quieras”.

Donaukanal a la altura de Roßauer Lände

La última noche me quedé en casa de Rachel, una californiana amiga de Xin (mi primer anfitrión) que también estaba muy al día del Mundial. Con ella cené en Rebhuhn, un restaurante donde sirven porciones inmensas de platos típicos austríacos. El menú era ilegible pero, por suerte, la camarera colombiana me recomendó un estofado de cerdo en cerveza negra apto para cazadores codiciosos. Rematamos la noche con unas cervezas checas en el Donaukanal junto a dos húngaras, una panameña y el novio indio de Rachel. Al día siguiente, regresé a Eslovaquia para pasar el finde y recargar pilas.

-Chico: ¿Compartimos una birra?
-Chica: Mmmm, no, prefiero una entera