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Llaves de libertad

Monumento que recuerda a los que sacrificaron su vida intentando escapar del comunismo

Un día gris y lluvioso de 1989 marcó el principio del fin del hermetismo comunista en Checoslovaquia. Hicieron falta 21 años y un par de llaves para vengar a la generación acallada por los tanques soviéticos tras la esperanzadora pero efímera Primavera de Praga. Esta vez, ni siquiera las porras de la policía soviética pudieron con el empeño de un grupo de estudiantes y disidentes políticos que veían en las palabras de Gorbachov y, más aún, en los acontecimientos de Polonia, Hungría y Alemania Oriental una oportunidad para acabar, de una vez por todas, con 40 años de sospechas, puertas cerradas y pensamiento único.

El sistema soviético tenía los días contados pero no se iba a marchar así por las buenas, no sin un último alarde de su patético y destartalado poder. Tuvieron que ser los jóvenes quienes lucharan por deshacerse del yugo comunista y bramaran aires de libertad por las calles de Praga y Bratislava. Los golpes y las patadas de la policía en las manifestaciones de Praga del 17 de noviembre de 1989 contrastaban con la impotencia de la guardia fronteriza de Berlín que, una semana antes, observaba con asombro pero sin violencia cómo se derrumbaba ante sus ojos el símbolo más visible de la cortina de acero.

Praga siempre ha asumido un papel protagonista en la disidencia al sistema comunista, desde el manifiesto de un grupo de intelectuales en 1977 hasta la Revolución de Terciopelo que estos días celebra un cuarto de siglo. Sin embargo, no todo se reduce a Praga ni a Vaclav Havel, el dramaturgo reconvertido a político que fue elegido el primer presidente de Checoslovaquia tras la disolución definitiva del comunismo.

Placa en honor a los muertos que intentaron cruzar la frontera en Devin

Fueron los estudiantes de Bratislava quienes primero salieron a la calle en una manifestación espontánea y pacífica convocada en la víspera del Día Internacional de los Estudiantes, el 16 de noviembre de 1989. Reclamaban una educación imparcial que no escondiera ni tergiversara los hechos del pasado. En su mensaje había una clara crítica al régimen y un deseo de apertura social, política y económica. Fueron esos estudiantes a orillas del Danubio quienes encendieron la mecha de unas protestas recibidas al día siguiente con golpes y bastonazos en Praga. Pese a los palos y las amenazas, el fin a 41 años de comunismo parecía irreversible.

Durante varias semanas, estudiantes e intelectuales ocuparon plazas, teatros y campus universitarios y convencieron a los más escépticos –aquellos silenciados por los tanques del Pacto de Varsovia en verano del 68- que, esta vez sí, el cambio era posible. Pedían elecciones democráticas, apertura exterior y libertad de expresión. Sus únicas armas eran las pancartas, las canciones y unas llaves agitadas al aire como metáfora de libertad y adiós a la cerradura comunista.

Manifestantes en Praga, el 19 de noviembre de 1989

En pocos días, lo que había empezado como una pequeña protesta estudiantil ganó adeptos y paralizó el país hasta que el régimen, abandonado por la otrora poderosa Unión Soviética, no tuvo más remedio que claudicar y dar paso a un nuevo capítulo en la historia de Europa. El espíritu de cambio, las canciones de Karel Kryl y el retorno de viejos reformistas como Alexander Dubček -el rostro humano del socialismo en los años 60- llenaron de emotividad esta pequeña revolución que, pese a las tensiones e incertidumbres iniciales, triunfó sin un solo muerto.

La nueva década trajo consigo nuevos problemas derivados de una transición repentina y caótica que convirtió la ilusión en pesimismo. Las mafias, el clientelismo y la corrupción política se instalaron en un país que optaría por dividirse de forma amistosa, más motivado por el ego de sus líderes políticos (Klaus y Mečiar) que por el sentimiento popular. Pero eso es otra historia.

Hoy, Bratislava y Praga despiertan con otro día de noviembre gris y lluvioso. Las llaves de libertad acumulan polvo mientras sus dueños recuerdan con nostalgia y melancolía a aquella generación que decidió enfrentarse a los fantasmas de sus padres y cantar victoria sin derramar ni una gota de sangre.

Primavera en Praga

El puente de Carlos sobre el río Vltava, símbolo de Praga

Viajar en Semana Santa siempre tiene sus riesgos, como la lluvia y las multitudes. Así nos recibió Praga el viernes por la mañana. Por fortuna, la capital de la República Checa rebosa cultura y la muestra de Art Nouveau en el lujoso Obecní Dům nos transportó durante una hora a la Europa burguesa de finales del siglo XIX, una época marcada por formas femeninas, alegorías naturalistas y juegos geométricos.

Fachadas de estilo Art Nouveau en el centro de Praga

Las mujeres trazadas por Alfons Mucha y Gustav Klimt empapelaban las calles de París y Viena al mismo tiempo que la alta sociedad anglosajona se encaprichaba con los muebles de Mackintosh y las lámparas de Tiffany y Barcelona despertaba al modernismo de Gaudí. Los hoteles, iglesias y edificios públicos de Praga aún reflejan este secesionismo artístico de mujeres floreadas despreocupadas por los cambios que se avecinaban en la Europa del siglo XX.

Vista externa de la catedral de San Pedro y San Pablo, en Vyšehrad

El arte, la religión y la historia emanan de cada esquina de esta preciosa ciudad que, sin embargo, corre el riesgo de ser arruinada por el turismo de masas. Hordas de japoneses, rusos y americanos pululan la ciudad como moscas atontadas. La catedral de San Vito, el puente de Carlos y el reloj astronómico, por muy impresionantes que sean, pierden un poco de encanto con tanto visitante. Peor aún es el turismo de borrachera promovido por jóvenes ingleses de neurona cervecera que acabarán abrazando farolas o perdiéndose entre la noche.

La cerveza y el tranvía recorren el barrio de Smíchov

Por fortuna, pude descubrir la otra cara de Praga con dos de sus habitantes. El viernes, Daniela me ofreció una guía nocturna por cafés literarios y garitos de rock donde los clásicos resonaron entre generosas jarras de cerveza, la bebida nacional. El domingo por la tarde fue Martin, un eslovaco de mirada despierta y mente ágil, quién nos condujo hasta el barrio industrial de Smíchov desde las frondosas murallas de Vyšehrad. Este parque público ofrece estupendas vistas sobre Praga y el río Vltava y alberga la basílica de San Pedro y San Pablo, coloreada con elementos modernistas, y el cementerio de Slavín, donde yacen los restos de famosos poetas y artistas checos, entre ellos Jan Neruda.

La ciudad medieval de Cesky Krumlov, a 2 horas de Praga

El sábado salimos de Praga en dirección a Český Krumlov, una ciudad medieval incluida en el patrimonio de la UNESCO. El castillo que domina la aldea simboliza el poder de la familia Rosenberg, quien gobernó la región de Bohemia durante tres siglos. La prosperidad de este pintoresco pueblo construido entre los meandros del Vltava continúa hoy en día gracias al turismo y el rafting. Me pregunto cómo será fuera de temporada: ¿un pueblo fantasma?

Smíchov, un barrio obrero con sabor a 'pivo'

Mi visita a Praga terminó el lunes de Pascua donde había empezado el viernes santo: con Alfons Mucha. Aunque se hizo famoso en París por sus delicados carteles de mujeres bohemias adornadas con elegantes símbolos florales, la auténtica devoción de Mucha estaba en su país. Él creó el primer sello de Checoslovaquia, aquella nación surgida del yugo del Imperio Austro-Húngaro y, en pleno apogeo del Art Nouveau parisino, decidió comenzar, por cuenta propia, una serie de gigantescos cuadros dedicados a la historia eslava. Durante veinte años trabajó en la Epopeya Eslava, su último regalo a la ciudad de Praga, una obra maestra que completó antes de caer víctima de la Gestapo.

La epopeya eslava de Mucha, expuesta en la Galería Nacional de Praga © radio.cz

Ahora, esos veinte colosos se exponen orgullosamente la Galería Nacional de Praga, rindiendo tributo a Mucha, uno de los grandes defensores (y creadores) de la identidad eslava. Su visión influyó mis últimas horas en la capital checa, donde quedarán muchos secretos por descubrir.