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Ventana indiscreta

Una semana dedicada a buscar piso y, de paso, conocer Ciudad de México. Horas con el teléfono en mano enviando mensajes y organizando citas. Algunos pisos son preciosos pero se salen de presupuesto, otros son lo más parecido a un burdel sin putas. Al final, todo queda reducido a dos candidatos.

El primero es un estudio en la avenida Insurgentes, situado entre los barrios hípster de Condesa y Roma. Está amueblado y me lo ajustan al precio que quiero. Listo para entrar a vivir.

El segundo está a 5 minutos de mi AirBnB en San Miguel Chapultepec, un barrio muy tranquilo a tiro de piedra del gran parque urbano. Me topé con un cartel de departamento en renta y le eché un vistazo. Mismo precio que el primero pero este aún está en obras y el dueño tiene mil visiones de cómo dividir los espacios.

¿Adivinen con cuál me quedo? Mi historial buscando pisos no es muy bueno y suelo sufrir el remordimiento del comprador. En Yangon, me quise ir de un piso nada más instalarme porque le faltaba una capa de pintura y tenía unos barrotes en las ventanas (luego los quité y me acostumbré). En Bucarest, tuve una discusión con el propietario -un homus sovieticus que se pensaba que le iba a montar un harem por pedirle un sofá- y me quedé sin piso ni adelanto, maleta en mano. Así que es inevitable que el destino me llevara a la calle General Cano de San Miguel de Chapultepec.

Lo elegí porque queda cerca del trabajo y de un enorme parque. Además, algunas callejuelas me recuerdan a Sarriá. Esta vez, iba con la lección aprendida -o eso pensaba- y redacté un contrato que el propietario no tuvo inconveniente en firmar. El hombre, un señor de 70 años bien llevados, bigotito incluido, empezó a platicar, como dicen aquí, y me contó su vida. Su abuelo emigró de Cataluña e hizo fortuna con una empresa de lonas. Su padre era un big spender –“se llegaba a gastar un millón de pesos en una semana y no sabía en qué”- pero su madre compró propiedades y mantuvo la familia a flote. Hasta aquí, bien.

Mientras hablamos, contrato firmado y transferencia en el aire, me doy cuenta que pasan muchos coches. Vaya suerte la mía, veo que me voy a instalar en la calle más ruidosa del barrio más tranquilo de Ciudad de México. La ventana principal debería filtrar un poco el sonido del tráfico pero aún no se ha instalado.

El remordimiento del comprador empieza a surtir efecto cuando nuestro protagonista -mi actual casero- admite que fue un joven violento, un valor que supieron apreciar los narcos y la mafia neoyorquina. Eso sí, su principal negocio fue fabricar muebles para hoteles, una empresa que le hizo rico pero que también le llevó a la cárcel por fraude. Todo esto me lo cuenta mientras estoy a punto de hacerle una transferencia de 14,000 pesos. ¡Tierra trágame!

Pues eso, cuando se trata de pisos, siempre acabo siguiendo el camino más difícil. Escribo esto desde la habitación de mi bajo sin ventana. Mi casero se ha marchado a Cuernavaca y mañana tengo que abrir la casa a su lampista de confianza, el cuál sólo es capaz de describir su barrio en los extrarradios como “muy peligroso”.  Me lo pasaré bien aquí. Se admiten visitas.