Myanmar, como tantos países en vías de desarrollo, tiene muchos perros callejeros. Durante el día, descansan tranquilamente en las aceras o esquivan el tráfico en busca de restos de comida. No crean problemas y asumen su rango social por detrás de personas y vehículos. Esperan pacientemente la noche, momento en el cual salen de su letargo y ocupan una posición dominante en el paisaje urbano.
El sábado, al volver de fiesta, decidí seguir el camino que suelo tomar para llegar a casa. La ausencia de coches facilitaba el paso y así continué hasta apercibir las primeras siluetas de los perros. En las calles silenciosas, vacías de gente, aumentaban su presencia. Algunos estirados en medio de la calle, otros vigilantes y expectantes.
Al estrecharse la calle, me entró el miedo en el cuerpo. Ese miedo de estar en territorio hostil, donde mis pasos rompían un silencio tenso. Un par de ratas cruzando la calle sólo añadían ambiente al escenario tétrico en el que me había metido. Viendo que los perros se multiplicaban mientras la calle se oscurecía, decidí dar dos pasos atrás y volver hacia dónde hubiera presencia humana. Hubiera salido corriendo de no ser que eso atraería aún más su curiosidad. Al ver la luz de los taxistas lánguidos, sentí alivio instantáneo.
Ahora ya sé que la noche pertenece a los perros y no voy a ser yo quien los disturbe. Bastante tengo con oírlos desde mi piso mientras aúllan como lobos y resuelven sus diferencias territoriales al amparo del vacío nocturno.


