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Paris

Cartel de Social Distortion en Le Bataclan

Mike Ness fue la excusa para una extraña escapada a París, donde me reencontré con viejas melodías, viejos amigos y viejos fantasmas.

Vista parcial de la iglesia de Saint-Merri

El cielo encapotado y la lluvia proporcionaron el telón de fondo ideal para descubrir la cara más oscura y siniestra de esta capital de capitales. Detrás de la belleza gótica de Notre-Dame, de la inocencia pueril de los Jardines de Luxemburgo, de la majestuosidad de la plaza de la Concordia y los Campos Elíseos, de los innumerables palacios llenos de clase, arte e historia, del prestigio de la Sorbona, de la finesse de los cafés y del bullicio de Montmartre, detrás de todo esto, se esconde una miseria que ni Victor Hugo hubiera imaginado.

Ese submundo se deja ver a plena sombra en las estaciones del RER, el ferrocarril de la banlieue, donde yacen almas sin techo, sin destino y sin esperanza. Son las sobras putrefactas de una sociedad acelerada que camina ciega hacia la mediocridad. Estas criaturas que pululan los bajos fondos parisinos han perdido la dignidad, el respeto y, peor aún, la humanidad. Son las víctimas de una ciudad inclemente ante cualquier signo de debilidad. En París, o triunfas o fracasas.

La tumba de Edith Piaf en el cementerio de Père LachaiseLo mismo sucedió antaño con los escritores y artistas que hoy pueblan el cementerio de Père Lachaise o compiten a título póstumo por un rincón en el Louvre o el Orsay. Mención especial merecen estos dos museos, cuyas colecciones desbordan el palacio real y la antigua estación de tren que las acogen.

Un rincón con encanto, le Marché des Enfants RougesLa hiper-abundancia de reliquias, esculturas y pinturas del Louvre, por no hablar del edificio en sí, hace que corramos el riesgo de ignorar grandes obras de arte. Como una buena canción escondida al final de un extenso recopilatorio, en esta galería un ánfora etrusca, un retrato renacentista o un Delacroix pueden quedar eclipsados por grandes hits como la Mona Lisa, acechada a diario por una horda de turistas iconoplastas.

En el Musée d’Orsay saldé mi cuenta pendiente con los pintores a ambos lados del impresionismo. En muy buena compañía, pasé por la lúgubre iglesia de Van Gogh en Auvers-sur-Oise y me bañé en los veranos puntillistas de Signac, Cross y Seurat. Cuál burgueses adinerados, nos metimos en el cabaret crudo de Toulouse-Lautrec y pasamos de puntillas por la vie en rose de Renoir. Luego viajamos a la Francia rural de Sisley y Pisarro y nos fijamos en la postura obrera de los acuchilladores de parqué de Caillebotte y las espigadoras de Millet.

Como buenos observadores, espiamos desde el césped a la mujer de Monet, devolvimos la mirada penetrante a la Olympia de Manet y, de paso, nos colamos en su petit déjeuner sur l’herbe. A todo esto, Degas se mostró esquivo, Berthe Morisot cautivadora y Gauguin juguetón. Por último, nos acoplamos a la procesión de Ornans, gentileza de Courbet, quién, con sonrisa en boca y pincel en mano, nos enseñó el verdadero origen del mundo.

Salas de cine MK2 en Quai de la Seine

La República vestida de rojo obreroUna cerveza entre periodistas en Ménilmontant y Belleville, a tiro de piedra de la guarida de Édith Piaf, y un paseo matinal por el Canal Saint-Martin hasta el Bassin de la Villette marcaron mi feliz reencuentro con el periodismo paria.

La plaza de la República se despertó el 1 de mayo vestida de banderas rojas y tatuada con hoces y martillos que han perdido su fuerza y su gracia. No así París, que, bajo el sol o la lluvia, entre las élites y las clases obreras, el cruasán y el cus-cus, pese a los islamistas y Le Pen, la buena vida y la miseria, el blanco y el negro, sigue conservando el esplendor, el charm y su condición de enfant terrible del continente europeo.

Ring of FireP.S: En mi pequeño cobijo del Marne, miro hacia atrás y repaso sueños y cicatrices. El vacío de mi estómago pesa como una losa que no quiere reposar hasta recuperar la inocencia perdida. El silencio aplaca fricciones y se encarga de regar un fuego incandescente. À bientôt, Paris.

Viejos conocidos

El cartel de Degas me sedujo al museo

Lo que me gusta de una ciudad es poder revisitarla. Calles, edificios, monumentos, parques, bares, puentes, canales, galerías, estaciones y plazas se convierten en elementos familiares de un rompecabezas mental que va encajando a medida que avanzamos. Con cada nueva visita, se añaden nuevas piezas al puzle de recuerdos, hasta conformar nuestra particular visión de una ciudad o de un país.

Cada vez que voy a Viena, me doy cuenta de lo habitable que es. Antes de conocerla, me había formado esta imagen de antigua urbe imperial diseñada para clases adineradas amantes de la ópera y la pulcritud. Evidentemente, hay espacio para el refinamiento y el despilfarro pero también ebulle una subcultura que convive muy bien con la Viena clásica.

No hay que ir muy lejos para disfrutar de esa curiosa mezcla. A dos pasos de Stephansplatz está Café Leopold Hawelka, un famoso local frecuentado por bohemios, viejos ricachones y turistas. Sus muebles y paredes de madera oscura le confieren un tono lúgubre a la vez que acogedor. El joven maître –probablemente chutado de cafeína- atiende con igual cortesía al excéntrico vienés con corbata y gabardina que al grupo de estudiantes francesas que embellecen el salón con su je ne sais quoi. Los locales pedirán un kleiner Schwarzer (corto) o un großer Schwarzer (largo), mientras que los novicios pedirán un café expreso o un cappuccino. Yo, inducido por mi amigo Matthias, me tomo una cerveza y tan a gusto.

Escapada a VienaUn paseo por las calles del primer distrito nos lleva a un lugar que ya formaba parte de mi mapa mental, el Rebhuhn, un excelente restaurante al que se va para comer bien y disfrutar de un ambiente tranquilo y placentero. La luz natural invade este espacioso gasthaus capaz de atender tanto a un grupo de ejecutivos con hambre como a una pareja cinéfila con ganas de romance. La comida es potente pero sofisticada. Nunca pensé que un bloodwurst –piensen en morcilla- con puré de peras pudiera resultar tan ligero.

El tranvía –¡cómo me gustan las ciudades con viejos tranvías!- nos deja en otro punto de mi tablero: el WUK. Esta antigua fábrica de locomotoras reconvertida a centro cultural parece el lugar idóneo para reencontrarme con la música de dos viejos conocidos, Two Gallants. Hará casi diez años que los vi por primera vez, casi por casualidad, en Sidecar, uno de los garitos más pequeños de Barcelona. Desde entonces, los he seguido por varios países y Viena –donde esperaban un millar de fans un lunes por la noche- no iba a ser una excepción. Ahora han incorporado más riff y distorsión a su directo pero clásicos como ‘The Prodigal Son’, ‘Steady Rollin’ y ‘Despite What You’ve Been Told’ siguen poniendo a estos dos galanes de San Francisco a la altura del mejor Bob Dylan. Insisto, y no me importa ser pesado en ello.

Tras el concierto, me reúno con Matthias y sus colegas futboleros en el Debakel, un bar para fumadores y jugadores nocturnos. Aquí la excusa del “mañana trabajo” no se utiliza. Quizás un bratwurst crepuscular, servido en plato de cerámica desde la ventanilla de un quiosco, ayuda a mitigar el cansancio.

Pieza de Warhol en el Museo Albertina de Viena

A la mañana siguiente, añado dos nuevas piezas a mi pasatiempo vienés. Para desayunar, el Café Himmelblau, en Kutschkermarkt, una cafetería para señoras y señoritas donde el cocinero trabaja mejor con resaca.

Luego, me doy una inyección de cultura en el Albertina, museo que alberga una magnífica colección de arte moderno, desde Courbet hasta Warhol. Lo que me atrajo hasta allí fueron los pasteles de Degas y Seurat y las acuarelas de Cézanne, prestadas del Musée d’Orsay, mi cuenta pendiente. Como sucede cada vez que voy a visitar a los impresionistas –viejos amigos como Manet, Monet, Toulouse-Lautrec y Signac-, descubro nuevos artistas de talento equiparable.

Agrego Segatini al mundo campesino de Millet mientras sonrío con la burguesía caricaturesca de Daumier; me quedo con la femme fatale de Schwabe sorprendiendo al enterrador y la osadía pornográfica de Félicien Rops; reservo un lugar para LeBrun y Théo van Rysselberghe en la escuela de puntillistas; paso de puntillas por los perturbadores sueños de Redon, Nuncques y Kupka; y me dejo seducir por las mujeres de Mucha, Mariano Fortuny y Aristide Maillol, previo paso por los burdeles de Degas y Toulouse-Lautrec.

Los colores chillones de la colección permanente –salpicada de Picassos, Monets, Magrittes y Matisses– estimulan mis sentidos y me dan una nueva razón para volver algún día a redescubrir la ciudad. Escapadas así dan gusto.