
Viernes por la tarde. He quedado con otros cuatro profesores para ir a Kyaikhteeyoe, en la región montañosa del estado de Mon, al este de Myanmar. El primer reto es llegar a la estación de ferrocarril en el centro de Yangon. El tráfico de las 5 de la tarde es intenso y los coches taponan las vías principales hacia downtown. El joven taxista se muestra tranquilo y dicharachero –apenas logro descifrar su inglés- pero la hora larga hasta la estación se hace exasperante. De golpe, el río de coches desvanece como por arte de magia. Llego con 5 minutos de margen, al igual que una de las chicas, pero la compra del billete atrasará toda la operación, con lo cual optamos por el tren de las 9 y una cena previa en Fat Man.

Con nuestros billetes en mano –ni siquiera 2,50 euros al cambio- subimos al compartimento de primera clase, bastante básico pero con espacio para estirar las piernas. Las ventanas abiertas dejan entrar todo tipo de bichos atraídos por la luz interior. Vendedores ambulantes recorren los vagones con sus particulares cánticos. Algunos se bajan incluso con el tren en plena marcha. El ritmo es lento pero agradable. El ferrocarril fue construido hace más de un siglo por los ingleses y las mismas vías se siguen utilizando hoy en día, marcando un traqueteo irregular pero constante. Cuatro horas más tarde, llegamos a Kyaikto y nos subimos a una furgoneta abierta que nos acerca al hotel, entre la estación de tren y pie de montaña. El joven recepcionista, adormentado y confundido, coge unas llaves al vuelo y recuperamos un poco de sueño.

Un desayuno a base de fruta y huevos nos da la energía necesaria para afrontar la caminata hacia Golden Rock, la roca dorada que se sostiene en la cima de una montaña y que se ha convertido en un lugar de peregrinaje de budistas. El camino empieza desde la aldea Kin Pun Sakhan, al que accedemos subidos en una especie de tuk-tuk cargado de salvado de arroz.

Abastecidos de agua, nueces caramelizadas y gorras de paja, empezamos la travesía. El primer tramo, una pendiente árida hacia un pequeño monasterio con un modelo a escala de la roca dorada, resulta el más exigente. Ni siquiera las nubes nos impiden sudar la gota gorda. Alcanzamos el falso peñasco jadeantes y sudando a chorros. Aún quedan 5 horas de subida aunque, por suerte, el desnivel será más llevadero y el sendero estará bien delimitado y protegido por abundante vegetación.

Por el camino, los lugareños venden refrescos, comida, ropa y demás souvenirs en casetas de bambú estratégicamente construidas. Los niños juegan y miran con curiosidad a los foráneos mientras perros y adultos se estiran al amparo de la sombra. Los comerciantes no presionan al viajero para que compre y sus sonrisas parecen sinceras e inocentes. Tan sólo en el último tramo, a pie de cima, oigo a los críos más espabilados acompañar su “hello” con “money”, esa palabra tan sucia y reprobable.
Sobrevivimos a base de plátanos, nueces, té, café y litros de agua. La basura, siempre presente, es lo único que afea un paisaje verde que se estrecha durante millas en el horizonte. La cantidad de plástico que esparcimos los humanos en la naturaleza nos acabará acechando y eso me entristece. Falta cultura de reciclaje y sostenibilidad en tiempos de excesiva modernización. Por otro lado, ajenos a la pobreza que les rodea, los niños parecen felices.

Cuantas más horas caminas, más fatiga acumulas en las piernas pero más saboreas el final. Así ocurrió cuando alcanzamos la meta, Kyaikhteeyoe, con el tiempo justo para disfrutar de la puesta de sol. Cierto, el extranjero tiene que pagar para entrar en este recinto religioso abarrotado de gente y adornado con elementos kitsch. Pese a ello, se respira un ambiente pacífico y espiritual. La roca laminada de oro es la atracción principal y no defrauda. La leyenda dice que un pelo de Buda la mantiene en equilibrio, desafiando la gravedad y el abismo. Casi tan espectacular como la roca son las vistas sobre el delta de Yangon, resplandeciente entre los últimos rayos del día.

El descenso se hace en camión a través de una carretera asfaltada de rampas empinadas y curvas cerradas. El trayecto, tan divertido como peligroso, se asemeja más a una montaña rusa. Por suerte, los frenos funcionan bien y llegamos al pueblo sanos y salvos. La cena y la cerveza entran con ganas pero también aceleran el cansancio. Dos de las chicas vuelven al hotel en moto a cualquier precio. Me quedo con los irlandeses y, casi al instante, un padre de familia se apiada de nosotros y nos ofrece un pasaje en su coche. Nunca he visto a un grupo de niños tan callados, quizás era la primera vez que tenían a tres blancos en el maletero de su coche. El hombre, cumpliendo con su deber budista, no nos dejó pagar y, encima, llegamos antes que las chicas. Lo mismo me pasó al día siguiente cuando una familia se paró en la carretera para llevarnos a mí y a Mike a la estación de tren. Reconforta saber que aún hay gente que trata al turista como persona y no como fuente de dinero.

Lo mejor del viaje, a parte de la larga caminata en la montaña, es el trayecto en tren. Sin prisas, uno puede apreciar arrozales, granjas, aldeas y pueblos que pasan al lento traqueteo del tren. Dentro y fuera del vagón, desfila un paisaje humano lleno de vida y color que poco habrá cambiado en los últimos 100 años. Las ventanas y puertas abiertas conceden al pasajero un aire de libertad que parecía abocado a la historia.

Al adentrar la zona industrial de Yangon y vislumbrar chabolas empequeñecidas por modernos bloques de pisos, aflora de nuevo la misma pregunta: ¿cuánto afectará el progreso a esta gente apacible y bienintencionada?