Archivo de la etiqueta: Myanmar

El arte de esperar

Asia tiene otro ritmo de vida. El tiempo pasa de una manera más pausada y las prisas son algo desconocido para los asiáticos, al menos en Myanmar. Lo confieso: en año y medio aquí, no he sido capaz de asimilar este compás parsimonioso que marca la andadura de los birmanos. Yo sigo con mis ansias de abarcarlo todo y de llegar de un punto a otro de la ciudad lo más rápido posible, lamentando las trabas que ralentizan mi camino hacia la próxima meta volante.

Mi paso acelerado por esta carrera de obstáculos que se llama calle contrasta con la pausa y el sosiego de los birmanos. Ellos se toman la vida a pasos pequeños y, excepto cuando conducen un coche en un atasco, no muestran ninguna preocupación por la marcha del tiempo. Es algo que aceptan de forma natural e inevitable. Esperar es parte de la vida y aquí lo han convertido en arte.

“Kha Na Lay”. Esta expresión resume a la perfección este país y su relación con el tiempo. Significa “espera un momento” pero la duración de ese “momento” es incierta e inabarcable. Podría ser un minuto, una hora, una semana o una eternidad.

Si estás en un taxi y te apetece comer algo o debes pasar brevemente por el supermercado, el taxista no tendrá problema en pararse. Viceversa, el taxista se detendrá en medio del trayecto para repostar o incluso tomar más clientes. Sólo basta un “Kha Na Lay”, que lo soluciona todo.

La gran virtud de los birmanos es saber esperar y esperar sin hacer nada. Es habitual ver a taxistas o conductores de triciclos dormir a pierna suelta en sus vehículos a plena luz del día. Si entre servicio y servicio no tienen nada que hacer, harán precisamente eso, nada. Es algo que admiro y que dista tanto de nuestra sociedad en la que se nos ha dicho que el tiempo es oro y el que lo pierde es bobo. Parece que llenar cada minuto de nuestro día haciendo algo “productivo” es aprovechar el tiempo. Quizás no sea así. Quizás ignorar las agujas del reloj de vez en cuando nos haga valorar la vida más.

Dicho esto, y por mucho que intente evitarlo, sigo con mi horror vacui temporal y mi ansia de acelerar por las calles a pasos agigantados, esquivando coches, bicicletas, tenderetes, perros y todo lo que ponga por mi camino hacia un destino incierto. ¡Menos prisas, más Kha Na Lay!

Sábado de desmadre

Las crestas son cada vez más visibles en Myanmar © David H.

Los marginados se han dejado sentir alto y fuerte este fin de semana en Yangon. Punks con crestas y drag queens con plataformas están dando marcha y aire fresco a la vieja capital de Birmania. Propios y ajenos asisten con una mezcla de sorpresa y cierta normalidad a esta dulce transición social que hubiera sido impensable hace sólo unos años.

Yangon cuenta con una creciente legión de punks © David H.

People’s Park es una inmensa explanada verde -con parque de atracciones incluida- que protege la entrada oeste de Shwedagon Pagoda, símbolo dorado de la ciudad y lugar de culto para budistas y birmanos. Desde una esquina, bajo el cobijo de dos grandes aviones retirados, brota el murmullo de acordes y melodías familiares. Mientras el sol se esconde en el horizonte, bajo la serena mirada de la estupa dorada, escucho los sonidos de antaño. Alkaline Trio, Against Me, Anti-Flag, Offspring, Bad Religion, Rancid, Rise AgainstThe Distillers Pennywise emanan con renovado vigor desde unos altavoces muy castigados.

Los punks locales tienen pinta y actitud © David H. Sábado de pogos en People's Park © David H.

Varios grupos toman la alternativa en el escenario pero la imagen y el mensaje están en el público. Chavales vestidos con tejanos y chupas de cuero adornadas al más puro estilo del punk ochentero salen a relucir. No faltan las botas militares, los parches, los pinchos, las crestas y el pelo engominado para un look muy cuidado que casa bien con la tez oscura de estos pequeños aprendices de punk. Incluso los niños lucen algo confundidos este atuendo rebelde que contrasta espléndidamente con los vestidos de colores y las faldas a cuadros de los birmanos.

El guitarrista de No U Turn durante el concierto del sábado en Yangon © David H. The Rebel Riot y No U Turn comandan con sus guitarras y cánticos este diminuto ejército de punks que está encontrando su sitio en un país que ha sido propulsado al siglo XXI de la noche a la mañana. El hecho de que puedan campar a sus anchas a un centenar de metros del venerado Shwedagon es ya un triunfo de su libertad. Y todo esto, por cierto, auspiciado por la embajada de Suiza.

Los suizos Überyou derrocharon buenas vibraciones en Yangon © David H.Mientras los punks dan saltos de libertad en un rincón de Pyay Road, un poco más arriba Yangon sale del armario en la noche grande del festival LGBT &Proud. El Instituto Francés, adalid de la cultura sin censura ni fronteras, acoge una fiesta llena de purpurina, lentejuelas y desenfreno. El escenario se llena de clásicos ochenteros bailados con una alegría, regocijo y descaro libres de etiquetas y orientaciones sexuales. Las drags se meten al público en el bolsillo con sus movimientos exagerados y dan fervor a una fiesta reivindicativa que simboliza el progreso de una sociedad silenciada durante 60 años de dominio militar.

Myanmar sigue siendo una democracia débil con muchas heridas abiertas pero que punks y gays puedan celebrar su identidad a viva voz y sin represalias demuestra la buena salud del país. Y poder vivirlo en primera persona me hace sentir feliz y afortunado. ¡Que la fiesta no decaiga!

Texto: J.B.
Fotos: David H.

Fin de año en el lago Inle

estampa-tipica-del-lago-inle

Myanmar es un país muy fotogénico gracias a sus templos, sus mercados, sus gentes, sus tradiciones y sus preciosos paisajes. La muestra más evidente de todo ello es quizás el lago Inle, una reserva de la biosfera plantada en la zona montañosa al sur del estado de Shan. Para llegar hasta allí hay que ascender por carreteras serpenteantes que ponen a prueba el estómago a la vez que alegran la vista. También existe un tren que parte de Thazi y asciende hasta las cumbres de Kalaw, destino turístico de muchos excursionistas.

casa-en-la-zona-de-cultivo

Los esfuerzos se verán recompensados una vez llegados a Inle, un lago sereno pero dinámico donde la vida se desenvuelve entre pequeñas embarcaciones de madera y casas flotantes. Pensé que me encontraría una Venecia asiática diseñada para el turista. Al llegar a Nyaungshwe, la ciudad más próxima al lago, da esa impresión, con mucho foráneo, bancos y hoteles. Sin embargo, el lago en sí sigue siendo dominio de los locales, que lo utilizan para conrear sus cultivos y emprender sus negocios sin la excesiva dependencia del dinero extranjero. Cierto, reciben cada vez más turistas y no rechazarán esa aportación económica, pero aún no dependen de ella.

mujeres-con-los-sombreros-de-bambu casas-flotantes-construidas-de-bambu

Mi primer día lo dedico a explorar los alrededores de Nyaungshwe, recorriendo en bicicleta los campos y las carreteras que rodean el lago. En las aldeas, los campesinos y pescadores subsisten con una vida humilde, ajenos al boom turístico que se apercibe en la ciudad. Vacas, bueyes, perros y gallinas se cruzan por el camino sin pestañear. Al mediodía, me permito un plato de pescado al ajo, cilantro y lima acompañado de una ensalada de tomate y sésamo. Por la tarde, comparto una copa de vino local (nada especial) con un grupo de amigas francesas del hostal.

las-mujeres-se-protejen-del-sol-con-thanaka las-montanas-redondean-la-belleza-del-paisaje

El último día del año me apunto a la excursión en barca que organiza el hostal. El recorrido empieza al alba en pleno lago y continúa con un fascinante paseo entre las casas flotantes y las plantaciones acuáticas. En una de las casas disfrutamos de una comida preparada por una familia muy genuina que nos pinta la cara con crema de thanaka. Desde allí nos ponen en una canoa de madera y remamos como lo hacen los nativos. También visitamos un negocio de cigarros, una pequeña fábrica textil y una forja artesanal, y en ninguna nos presionan para hacer la compra. En fin, un día muy completo en un lugar que desprende belleza en cada esquina.

las-familias-viven-en-casas-flotantes

El año termina con una cena de Nochevieja entre cervezas y viajeros con la promesa de más viajes en el horizonte. El primer día del año lo pasaré en un bus de vuelta a Yangon.

Navidades en el estado de Shan (II)

puente-apto-para-trapecistas

Amanece un día soleado en Lashio y nos dirigimos a la oficina de Byron, un canadiense que, después de vivir unos años en Tailandia, ha cruzado la frontera para montar su empresa de aventuras. Conoce muy bien la situación del país y el conglomerado étnico-lingüístico de esta región.

El estado de Shan, como otras regiones de Myanmar, tiene un conflicto abierto con las autoridades militares birmanas. La raíz del desencuentro, simplificando mucho, está en la conferencia de Panglong (1947) que dio paso a la independencia de Birmania pero a su vez abría la posibilidad de estados autónomos al cabo de 10 años. Este derecho a la secesión quedó en jaque con el gobierno militar que ha controlado el país hasta las recientes elecciones. Actualmente, existen grupos armados y hay zonas restringidas para el acceso a extranjeros.

Byron nos asegura que Lashio es una zona segura porque está rodeada de bases militares. Aun así, antes de hacer una salida, siempre hace las llamadas pertinentes para asegurar que no haya riesgo para sus clientes. Paseando en moto por la campiña y observando sus habitantes parece difícil pensar que esta sea una zona de lucha. La diversidad étnica y lingüística es aparente –el birmano apenas se utiliza y los dialectos shan varían de pueblo en pueblo- pero las personas parecen estar más ocupadas en sus familias, sus campos y su ganado que en cuestiones políticas.

Boda Shan

La primera parada en la ruta en moto la hacemos en el pueblo de nuestro guía Ipou, donde nos invitan a una boda. Las mujeres visten faldas negras estampadas con motivos tradicionales shan y lucen un cinturón plateado símbolo de su estado civil. Ambas familias habrán negociado previamente una dote a pagar por el marido, tradicionalmente valorada en ganado pero, hoy en día, en dinero.

Tras el tentempié de la boda, nos adentramos por caminos más arduos y tortuosos, poniendo a prueba nuestro equilibrio en la motocicleta. Pasamos por puentes estrechos, baches, charcos, piedras, tramos blandos, arenosos y empinados hasta llegar a un pueblo somnoliento con una cascada caudalosa.

el-rio-mampway-forma-multiples-cataratas

Después de comer, dejo la moto en manos de nuestro otro guía Alex y, de paquete, empiezo a disfrutar del paisaje montañoso por el que circulan ocasionalmente vacas, niños y todo tipo de vehículos a motor. Antes de la puesta de sol, seguimos a pie un riachuelo que nos conduce a una pequeña catarata remota. Allí nos damos el primer baño de las vacaciones y relajamos el cuerpo después de todo un día encima de la moto. Byron nos espera en su casa con una cena mexicana, un cambio bienvenido después de tanto arroz y fideos.

campos-dorados-al-atardecer

El martes empieza con un desayuno en un bar de familia que no sirve más allá de las 10 de la mañana. En el patio semicubierto, las mesitas están repletas de tazas de té o café y platos de sopa y fideos devorados por los fieles clientes. Es de esos lugares que lleva años haciendo lo mismo y haciéndolo bien, sin trucos ni trampas. El inicio idóneo para un día de caminata entre valles y bosques.

casa-de-bambu

Los campesinos nos miran con la misma curiosidad que nosotros a ellos. Mientras ellos se preguntan qué sentido tendrá caminar sin más por estas viejas tierras, nosotros nos asombramos por un estilo de vida rural anclado en el tiempo. Búfalos pastando y regocijándose en baños de barro, carros tirados por bueyes, casitas de bambú, herramientas de madera, baños al natural, luces y silencios.

cestas-artesanales-en-el-pueblo-donde-pernoctamos

Nuestro destino es una pequeña aldea donde los hombres labran el campo y las mujeres hacen labores manuales como fabricar cestas. El líder del pueblo nos alberga a cambio de una donación voluntaria y nos ofrece una suculenta cena a base de ensaladas y arroces. Previamente, nos hemos refrescado en el riachuelo que sirve de baño público, un intrínseco sistema de troncos perforados que vierte agua dulce y, de paso, alimenta un generador hidráulico que aporta electricidad al pueblo. Hombres y mujeres se bañan a una distancia prudencial pero visible.

paisaje-matinal-a-las-afueras-de-lashio

Dormimos cinco en una habitación de bambú y la temperatura aguanta hasta más o menos las tres de la madrugada, cuando el frío penetra la aldea. Nos levantamos al canto de los gallos y secamos el rocío de nuestros zapatos alrededor de un fuego de leña. Nos despedimos de la familia y seguimos el camino hacia la carretera principal. Nuestro último día de aventura incluye un placentero paseo en paddleboard por un lago artificial y, por la tarde, senderismo y baño en una impresionante pero desconocida catarata que se abre paso en medio del bosque.

piscina-de-agua-dulce-en-el-templo-hundu-de-shangkhai

Las chicas se marchan pero yo me quedo el tiempo suficiente como para pasar una mañana en el templo hindú de Shangkhai junto al simpático australiano Morgan y Alex, nuestro cortés guía. El templo, construido por los trabajadores del ferrocarril británico entre Mandalay y Lashio en 1903, tiene una piscina de agua dulce y alberga hasta 5000 peregrinos en su fiesta anual en el mes de febrero. Desde aquí, me despido del norte del estado de Shan y emprendo un lento viaje en autobús hacia una de las perlas de Myanmar, el lago Inle.

El deporte rey

bandera-de-myanmar

He visto partidos en directo de la liga española, la inglesa y la italiana. He tenido la suerte de presenciar eliminatorias de la Champions League, he vivido ascensos y he viajado a finales de copa. Pero en pocos sitios he sentido tanta pasión por el fútbol como en Myanmar, en especial con su selección nacional.

Es imposible pasear por Yangon sin ver un escudo del Chelsea o del Manchester United estampado en un coche, una tienda o un triciclo. Las camisetas (falsas) de los grandes de Europa abundan y cuando dices que eres de Barcelona, Messi es la primera palabra que les viene en boca. Los bares a pie de calle se llenan para ver los partidos de la Premier League, que repiten hasta la saciedad.

Sin embargo, estos días los focos recaen en las selecciones del sureste asiático que, lejos poder clasificarse para un Mundial, compiten entre sí por la Copa Suzuki. Suena un poco a broma pero esta competición se la toman aquí muy en serio y cuando juega Myanmar en casa, se desata la locura.

los-fondos-del-estadio-se-llenan

antes-de-las-semifinales-contra-tailandia

El estadio Thuwunna, al este de Yangon, se convierte en una marea roja que vive el fútbol como una fiesta en la que poder expresar su maltrecho orgullo nacional. Los vendedores ambulantes, además de fideos, arroz y las sempiternas nueces de areca que mastican los taxistas, venden camisetas, banderas, pegatinas y cintas de tela con los colores de la selección.

Los precios –entre 2 y 4 euros al cambio- hacen el fútbol accesible y se forman largas colas para comprar entradas. En el estadio, no hay diferencia entre tribuna y goles, creando un ambiente más cálido y unificado. Esto es algo que realmente merece la pena vivir, guste el fútbol o no.

un-arbol-se-asoma-en-una-de-las-bocanas-del-estadio

La experiencia es muy Myanmar. Las medidas de seguridad brillan por su ausencia y dudo que el estadio cumpla con cualquier normativa de la FIFA. Los accesos son muy básicos y, quien tenga que hacer sus necesidades, que lo haga en los aledaños, al lado de las paradas de cocina improvisadas. Las gradas, abarrotadas, obligan a ver el partido de pie. Incluso los árboles se asoman entre vomitorios.

Las bebidas se sirven en bolsas de plástico con caña para evitar su posible uso como misiles. Aun así, en momentos de aireo, las bolsas también se lanzan al campo, aunque suelen quedar colgando en las vallas que rodean el terreno de juego. A parte de estos gestos de agitación puntual, el seguidor es muy respetuoso y educado.

en-la-ciudad-hay-apagones-pero-los-moviles-rebosan-luz

Las miradas de sorpresa al ver a un extranjero en las gradas nunca cesan. Protagonizas más ‘selfies’ que su jugador estrella pero, en el fondo, te agradecen que animes a su equipo. Los cánticos son muy inocentes y el repertorio es limitado, sin esa saña que se le suele dispensar al equipo rival o al árbitro en Europa.

vistas-al-campo-durante-myanmar-malasia

Evidentemente, la emoción de la victoria –la semana pasada ante Malasia– se desinfla un poco con el sabor amargo de la derrota, como el domingo frente a los vecinos tailandeses. Sea durante el himno o al marcar un gol, no hay duda que las 35.000 almas que llenan el estadio representan con orgullo los 54 millones que viven en el país. Lo que les falta en calidad futbolística lo superan con creces en pasión. El poder del deporte es innegable. Myanmar go!

Buster Keaton a la birmana

fotograma-de-seven-chances-de-buster-keaton

La gran ventaja de vivir en una ciudad es un mayor acceso a la cultura. Y Yangon, pese a sus deficiencias estructurales, no es una excepción. Esta semana ha empezado el Memory, un festival de cine que recupera viejos clásicos y cintas más recientes que hablan, de alguna forma, sobre la memoria histórica. El Instituto Francés patrocina el evento, dando a la programación un claro acento francés. ¡Hasta han traído a Catherine Deneuve!

El sábado me acerqué al multisalas Na Pi Taw para ver ‘Bird People’, una interesante película que sigue dos historias paralelas que ocurren en un hotel de aeropuerto en París. Primero está Gary, un exitoso empresario que tras un ataque de pánico decide dejarlo todo –trabajo y familia- y empezar de cero. Luego entra en escena Audrey, una chica de la limpieza joven y soñadora que se transforma en pájaro durante una noche y recorre los aledaños del hotel desde el aire. Pese al ritmo lento, la película consigue atrapar al espectador, especialmente en las secuencias a vista de pájaro.

los-actores-que-hicieron-el-doblaje-en-vivo-de-seven-chances

En Myanmar, incluso ir al cine puede ser una experiencia diferente. La sesión empieza con una rendición del himno nacional –todos en pie- y, durante la proyección, es habitual que la gente conteste el teléfono y hable en voz alta. También hay censura en algunas escenas picantes o violentas. Los billetes son baratos –el Memory, por cierto, es gratuito- y mucha gente va al cine a hacer el picnic.

El domingo me di una sesión doble, empezando por ‘Diamond Island’, el primer largometraje de ficción del franco-camboyano Davy Chou. La película, presentada en Cannes, sigue las historias de unos chavales que trabajan en la construcción de una urbanización de lujo en Phnom Penh, la capital de Camboya. Sin caer en los tópicos de la pobreza o el pasado violento del país, la cinta retrata una nueva generación enganchada a los móviles y atraída por el estilo de vida occidental. Todo esto narrado con un estilo artístico heredero del cine europeo y, tal y como dice su director, sin ánimo de juzgar.

La mejor sesión de cine, sin embargo, tuvo lugar en Waziya Cinema, una sala de cine grande, vetusta y austera. La película escogida fue ‘Seven Chances’, un clásico rodado en el año 1925 por el maestro Buster Keaton, gran cómico, fantástico acróbata y uno de los mejores cineastas de todos los tiempos. Pero lo mejor fue ver la película con banda en directo y doblaje a tiempo real en birmano. El resultado, una versión hilarante y extremadamente entretenida de una cinta ya de por sí entretenida. Sin lugar a dudas, este será uno de los momentos cinematográficos que quedará para siempre en mi memoria.

La montaña dorada

la-leyenda-dice-que-la-roca-dorada-se-sostiene-gracias-a-un-pelo-de-buddha

Viernes por la tarde. He quedado con otros cuatro profesores para ir a Kyaikhteeyoe, en la región montañosa del estado de Mon, al este de Myanmar. El primer reto es llegar a la estación de ferrocarril en el centro de Yangon. El tráfico de las 5 de la tarde es intenso y los coches taponan las vías principales hacia downtown. El joven taxista se muestra tranquilo y dicharachero –apenas logro descifrar su inglés- pero la hora larga hasta la estación se hace exasperante. De golpe, el río de coches desvanece como por arte de magia. Llego con 5 minutos de margen, al igual que una de las chicas, pero la compra del billete atrasará toda la operación, con lo cual optamos por el tren de las 9 y una cena previa en Fat Man.

puente-sobre-el-rio-sittang

Con nuestros billetes en mano –ni siquiera 2,50 euros al cambio- subimos al compartimento de primera clase, bastante básico pero con espacio para estirar las piernas. Las ventanas abiertas dejan entrar todo tipo de bichos atraídos por la luz interior. Vendedores ambulantes recorren los vagones con sus particulares cánticos. Algunos se bajan incluso con el tren en plena marcha. El ritmo es lento pero agradable. El ferrocarril fue construido hace más de un siglo por los ingleses y las mismas vías se siguen utilizando hoy en día, marcando un traqueteo irregular pero constante. Cuatro horas más tarde, llegamos a Kyaikto y nos subimos a una furgoneta abierta que nos acerca al hotel, entre la estación de tren y pie de montaña. El joven recepcionista, adormentado y confundido, coge unas llaves al vuelo y recuperamos un poco de sueño.

hotel-con-vistas-a-la-montana

Un desayuno a base de fruta y huevos nos da la energía necesaria para afrontar la caminata hacia Golden Rock, la roca dorada que se sostiene en la cima de una montaña y que se ha convertido en un lugar de peregrinaje de budistas. El camino empieza desde la aldea Kin Pun Sakhan, al que accedemos subidos en una especie de tuk-tuk cargado de salvado de arroz.

cualquier-modo-de-transporte-es-valido-como-este-tut-tuk

Abastecidos de agua, nueces caramelizadas y gorras de paja, empezamos la travesía. El primer tramo, una pendiente árida hacia un pequeño monasterio con un modelo a escala de la roca dorada, resulta el más exigente. Ni siquiera las nubes nos impiden sudar la gota gorda. Alcanzamos el falso peñasco jadeantes y sudando a chorros. Aún quedan 5 horas de subida aunque, por suerte, el desnivel será más llevadero y el sendero estará bien delimitado y protegido por abundante vegetación.

las-nubes-dejan-entrever-la-carretera-hacia-kin-pun-sakhan

Por el camino, los lugareños venden refrescos, comida, ropa y demás souvenirs en casetas de bambú estratégicamente construidas. Los niños juegan y miran con curiosidad a los foráneos mientras perros y adultos se estiran al amparo de la sombra. Los comerciantes no presionan al viajero para que compre y sus sonrisas parecen sinceras e inocentes. Tan sólo en el último tramo, a pie de cima, oigo a los críos más espabilados acompañar su “hello” con “money”, esa palabra tan sucia y reprobable.

Sobrevivimos a base de plátanos, nueces, té, café y litros de agua. La basura, siempre presente, es lo único que afea un paisaje verde que se estrecha durante millas en el horizonte. La cantidad de plástico que esparcimos los humanos en la naturaleza nos acabará acechando y eso me entristece. Falta cultura de reciclaje y sostenibilidad en tiempos de excesiva modernización. Por otro lado, ajenos a la pobreza que les rodea, los niños parecen felices.

kyaikhteeyoe-es-un-lugar-de-peregrinaje-para-todos-los-budistas

Cuantas más horas caminas, más fatiga acumulas en las piernas pero más saboreas el final. Así ocurrió cuando alcanzamos la meta, Kyaikhteeyoe, con el tiempo justo para disfrutar de la puesta de sol. Cierto, el extranjero tiene que pagar para entrar en este recinto religioso abarrotado de gente y adornado con elementos kitsch. Pese a ello, se respira un ambiente pacífico y espiritual. La roca laminada de oro es la atracción principal y no defrauda. La leyenda dice que un pelo de Buda la mantiene en equilibrio, desafiando la gravedad y el abismo. Casi tan espectacular como la roca son las vistas sobre el delta de Yangon, resplandeciente entre los últimos rayos del día.

puesta-del-sol-sobre-el-delta

El descenso se hace en camión a través de una carretera asfaltada de rampas empinadas y curvas cerradas. El trayecto, tan divertido como peligroso, se asemeja más a una montaña rusa. Por suerte, los frenos funcionan bien y llegamos al pueblo sanos y salvos. La cena y la cerveza entran con ganas pero también aceleran el cansancio. Dos de las chicas vuelven al hotel en moto a cualquier precio. Me quedo con los irlandeses y, casi al instante, un padre de familia se apiada de nosotros y nos ofrece un pasaje en su coche. Nunca he visto a un grupo de niños tan callados, quizás era la primera vez que tenían a tres blancos en el maletero de su coche. El hombre, cumpliendo con su deber budista, no nos dejó pagar y, encima, llegamos antes que las chicas. Lo mismo me pasó al día siguiente cuando una familia se paró en la carretera para llevarnos a mí y a Mike a la estación de tren. Reconforta saber que aún hay gente que trata al turista como persona y no como fuente de dinero.

vistas-desde-el-tren-de-kyaikto-a-yangon una-aldea-en-el-estado-de-mon ninos-y-vacas-ven-pasar-el-tren los-templos-budistas-son-una-vista-habitual-en-el-paisaje-birmano la-vida-transcurre-con-normalidad-al-lado-de-las-vias-del-tren comerciantes-ofrecen-sus-mercancias-a-todas-horas agricultores-acumulan-sacos-de-salvado-de-arroz-en-la-carretera

Lo mejor del viaje, a parte de la larga caminata en la montaña, es el trayecto en tren. Sin prisas, uno puede apreciar arrozales, granjas, aldeas y pueblos que pasan al lento traqueteo del tren. Dentro y fuera del vagón, desfila un paisaje humano lleno de vida y color que poco habrá cambiado en los últimos 100 años. Las ventanas y puertas abiertas conceden al pasajero un aire de libertad que parecía abocado a la historia.

el-paisaje-humano-es-tan-interesante-como-el-paisaje-natural

Al adentrar la zona industrial de Yangon y vislumbrar chabolas empequeñecidas por modernos bloques de pisos, aflora de nuevo la misma pregunta: ¿cuánto afectará el progreso a esta gente apacible y bienintencionada?

Bagan, la ciudad de los templos

las-palmeras-abundan-en-este-paisaje-frondoso

Apenas una semana después de aterrizar en Yangon, hago mi primera escapada a Bagan, la ciudad de los templos budistas, en el norte de Myanmar. Con la reserva de autobús en la mano –se pueden comprar en hostales, hoteles o agencias de viajes-, rápidamente preparo la mochila y paro un taxi.

Una hora y media de intenso tráfico y varios desvíos por carreteras secundarias a las afueras de la ciudad me llevan al laberinto que es la estación de autobuses de Yangon. En realidad, se trata de un pueblo descampado donde aparcan miles de autobuses delante de casetas rudimentarias. Hay que guiarse con el billete en mano y esperar a que la gente adecuada te indique el lugar correcto. Toda una experiencia que confirma la teoría del “caos organizado” que rige la ciudad y el país.

vistas-al-irrawaddy-desde-bu-paya panorama-matinal-desde-el-templo-mas-alto pagoda-con-estupas-doradas

En el bus nocturno, decorado con cortinillas amarillas y rosas de un tono muy kitsch, suenan cánticos budistas y, hasta la hora de cenar, se emiten clips humorísticos de dudosa calidad. En cualquier caso, el viaje no se me hace muy largo y a las 4.30 de la mañana ya estoy en el hostal en New Bagan. Sin caer en la tentación de dormir, alquilo una e-bike –una moto eléctrica- y en la penumbra de la madrugada recorro la carretera polvorienta de Old Bagan al encuentro del alba.

amanecer-desde-uno-de-los-templos-mas-pequenos

Un local me dirige hacia un buen puesto, el pequeño templo de Kyan Ma Ba. Desde allí se revela ante nosotros un panorama realmente espectacular: miles de pagodas y templos budistas afloran en un mar de vegetación frondosa. Los ocres de estos monumentos medievales esparcidos por doquier se mimetizan con el verde de los árboles que se despiertan al sonido de pájaros y plegarias budistas. Desde allí, decido seguir la carretera sin rumbo fijo en busca de templos perdidos.

un-grupo-de-estudiantes-de-excursion-en-bagan

Durante mi primer día, noto miradas de curiosidad entre los visitantes. Algunos, de forma tímida, piden tomarse fotos conmigo, al igual que hacen con tantos turistas de piel blanca, aún una rareza en estas partes. Apenas balbucean inglés, sonríen y se quedan mirando. Otros, los vendedores locales que pululan por los templos –muchos de ellos niños-, han perdido su timidez e intentan venderte postales, pinturas, ropa y souvenirs varios con un ímpetu capitalista que no he encontrado en los mercaderes de Yangon.

la-imagen-de-buda-siempre-presente

En los vendedores ambulantes de Bagan intuyo el casi inevitable cambio de actitud que traerá el progreso. Los visitantes extranjeros nos hacemos constantemente las mismas preguntas: ¿cuánto afectará el progreso económico y turístico al talante amable, pacífico y solidario de los birmanos? ¿Cómo reaccionará el país después de tantos años de aislamiento? ¿Seguirá Myanmar el modelo de Tailandia y su turismo de excesos? Espero que no.

De momento, ya me he fijado que las gorras americanas y el horrendo look rapero abundan entre los adolescentes ávidos de selfies y ensombrecen los preciosos vestidos tradicionales llenos de luz y color que, por ahora, sigue marcando la moda birmana.

lawka-nanda-pagoda-brilla-al-anochecer navegando-al-atardecer

Por la tarde, me apunto al paseo en barca que organiza el hostal. Desde el Irrawaddy, la vena fluvial que atraviesa todo el país, los últimos rayos de sol iluminan las estupas doradas que confieren al paisaje una dimensión espiritual. En la distancia, la silueta del Monte Popa invita a peregrinos a escalar los 777 escalones hacia su monasterio budista.

La cena colectiva entre viajeros me reconforta. Entre filipinos, americanos, vietnamitas, alemanes, holandeses y escandinavos, corroboro que he tomado la decisión correcta, la de viajar. Me encanta escuchar sus historias y me motivan a seguir sus pasos. Me sorprende gratamente ver el alto número de chicas que viajan solas, lo que dice mucho en favor de la seguridad en los países del sudeste asiático. Por cierto, soy el único chico en una habitación de seis.

templo-de-thatbyinnu los-terremotos-han-danado-algunos-de-los-edificios barcas-en-el-rio-irrawaddy

El segundo día me uno a un grupo de europeos para ver la salida del sol. Merece la pena encontrar un templo más pequeño y aislado para disfrutar del amanecer en silencio. También vale la pena visitar Bagan con un buen guía local. Christopher, un joven de la zona, nos enseña las perlas del complejo arqueológico que contiene más de 2000 templos en pie. Algunos están cubiertos por andamios de bambú y lonas protectoras debido a terremotos, el más reciente en verano de 2016. Viajamos en motocicletas que se alquilan a unos 3 euros al cambio y cuya única dificultad consiste en manejarla entre los senderos arenosos que conducen a los templos. El sol nos castiga durante toda la mañana pero la visita a los novicios de un monasterio budista y la degustación de un mosto de palmera ponen la guinda a una excursión muy recomendable.

los-aprendices-de-monje-tienen-un-ano-para-decidir-su-vocacion

La puesta de sol y una cena a cuatro bandas en un restaurante indio marcan el principio del final de mi estancia en Bagan. El último día me lo tomo con calma y, en el bus de vuelta a la caótica Yangon, mis ánimos se enfrían con un aire acondicionado a temperaturas polares.

ultima-vista-sobre-el-rio-irrawaddy