Cuando vives fuera, el tiempo pasa de otra forma, con otro ritmo, pero pasa irremediablemente. Las agujas del reloj avanzan con la misma ferocidad para todos, sin paradas ni excepciones. Sólo cuando muere alguien que ha formado parte de tu infancia, de tu entorno o de tu mundo cognitivo, te das cuenta que el tiempo corre y no se detiene para nadie, ya sea un renombrado político o un trabajador anónimo. El cuerpo experimenta un breve momento de sorpresa para luego continuar con la vida como si nada hubiera pasado.
En los últimos meses, han caído personalidades incombustibles como Nelson Mandela y Gabriel García Márquez, dos viejas locomotoras que parecían destinadas a la vida eterna. Hasta que la muerte, paciente e implacable, les alcanzó. Por caer, incluso ha caído el Último Guerrero, un héroe de infancia que arrasó en el cuadrilátero de los 90 con sus colores vivaces, sus bronceados músculos y su energía salvaje pero que hace unas semanas cayó rendido al hombre de la guadaña.
Hoy me he despertado con la noticia de la muerte del señor Clavero. Poca gente lo conocerá y poca gente lo recordará pero merece un tributo. Era nuestro vecino de la calle Lope de Vega, un pequeño roedor que trabajó toda su vida para construir una vida digna y justa para su familia y sus vecinos. Con 80 años, aún se zambullía en su mono blanco y subía su raquítica pero fiel escalera de madera dispuesto a reparar el mundo con la brocha gorda. Su pequeño bigote y sus ojos inquisitivos encajaban con su diminuta figura, en la que no cabía su enorme corazón. Era un hombre justo y solidario que obró con honestidad e integridad. Un ejemplo de buena persona.
Pertenecía a esa generación que rozó la hambruna y que tuvo que ganarse la vida con sudor y habilidad manual. No conocía la palabra ‘chapucero’ y sus labores eran pequeñas obras de arte de lo cotidiano. Sabía cómo perforar una pared para instalar cables y enchufes y tapaba los ‘bujeros’ con arte para evitar el rastro de cualquier imperfección. Él iluminó nuestro piso con maestría de orfebre y emblanqueció la escalera comunitaria con tal precisión que me daba reparo entrar la bicicleta y manchar las estrechas paredes con las ruedas.
Recuerdo que molestaba a los lampistas más vagos con su mirada detectivesca. Ellos lo verían como un viejo jubilado sin nada mejor que hacer pero él sabía lo que era el trabajo bien hecho y no tenía problemas en explicarlo cual maestro de escuela quisquilloso pero razonable. Si hacía algo, lo hacía bien y exigía lo mismo a sus insospechados discípulos.
Yo me lo encontraba a menudo en el tejado, donde convirtió el lavadero de su mujer en un flamante espacio dotado de las últimas modernidades. Lo dejó tan impoluto e impecable como las camisas que ella le planchaba.
El señor Clavero no fue un gran estadista, ni un pensador, ni un político –ni aspiraba a ello- pero sus pequeñas acciones mejoraron nuestro entorno de una forma práctica y eficaz. Siempre estuvo involucrado en la comunidad y nunca faltó a una reunión de vecinos. Fue un gran aliado para mi madre cuando tuvieron que lidiar con vecinos agrios, pasivos e insolidarios. Siempre estaba allí para echar una mano, fuera reparando una tubería rota, firmando un presupuesto o esbozando una sonrisa pilla.
Con la dignidad como bandera, Fernando Clavero aportó su granito de arena para mejorar una sociedad que ya se habrá olvidado de él. El mundo sería un mejor lugar con pequeños hombres como el señor Clavero, con sus defectos y sus virtudes. Mientras tanto, el reloj avanza y el tiempo pasa. Como si nada hubiera sucedido.