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Mexpresiones (I): «Ya está. Ya quedó»

Hoy es 15 de septiembre, Día de la Independencia de México. Aprovecho la ocasión para desempolvar el blog y empezar una serie dedicada a las expresiones más mexicanas que he escuchado en mis cuatro años en el país.

Comienzo con una frase que se escucha cuando hay que arreglar algo pero se hace a medias. En mis primeras semanas en Ciudad de México, ya fui testimonio de lo que en España llamaríamos «chapuzas», una palabra que, junto al «no me apetece», hace especial gracia a mis amigos mexicanos.

El caso es que, cuando algo no funciona y hay que arreglarlo, se soluciona temporalmente y «ya está» o «ya quedó». Esto puede ser un apagón debido a una sobrecarga eléctrica, un ascensor en mal estado, una cañería rota, un bache en la calle, o cualquier obra en necesidad de reparación.

Si algo falla, se llama a alguien que tenga (pocas) nociones y se pone un parche al asunto. Con el «ya está» o «ya quedó», el experto se va a su casa y problema arreglado… hasta el día siguiente. La cuestión es salir del paso y mañana ya será otro día.

Esta expresión refleja la actitud del vivir para hoy y dejar las cosas por hacer. Es la antítesis de «lo barato sale caro» y un trabajo bien hecho. En caso de duda, se pinta por encima y hasta la próxima.

Oír esta expresión puede ser causa de frustración o admiración. Que cada uno se lo tome a su gusto. Y aquí lo dejo porque «ya quedó».

Visto en México

Cuando viajamos, tendemos a confirmar o desmentir estereotipos creados a través de los medios, las películas, el arte, la literatura o nuestra propia imaginación. También comparamos el país o la ciudad que visitamos con nuestra realidad más cercana. Es humano contrastar, criticar y formar opiniones. Cada cual tiene su perspectiva del mundo y la realidad es subjetiva.

Detrás de los estereotipos siempre hay una pizca de verdad y, cuando nos topamos con ella, confirmamos nuestras expectativas y lo compartimos con el mundo. El riesgo, evidentemente, es caer en la generalización y sentar cátedra, quedándonos en lo superficial de una cultura.

México, donde vivo desde 2020, es el país que más ha confirmado ciertos clichés, al menos los buenos, y me hace pensar si realmente son así los mexicanos o tiene más que ver con mi sesgo cognitivo. En cualquier caso, y sin ánimo de crear prejuicios, comparto tres: la música, la comida y la colores.

EL RITMO DE LA VIDA

El silencio brilla por su ausencia en la ciudad. Hay miles de ruidos que inundan las calles a todas horas. El grito del gas hace las funciones de gallo despertador. Una reunión de Zoom se verá interrumpida por la grabación en bucle del «¡Se coooompran colchones, refrigeradores…!» del ropavejero. En los tianguis, que son los mercados callejeros, las voces más estridentes anunciarán su producto acabando con un «Le damos precio. Pásele». A todo esto, cabe añadir las sirenas de las ambulancias, el cláxon de los conductores impacientes, los arcáicos organilleros y las señales acústicas procedentes de vendedores ambulantes de camotes, frutas, tortas (bocatas) y helados, por citar unos cuantos.

No en vano, las fiestas patrias se inician cada 15 de septiembre por la noche con el famoso grito de la independencia. Entre todo este paisaje sonoro, está la música popular, que suele salir de bocinas (altavoces) a cualquier hora del día. La música regional, especialmente la banda sinaloense, se escucha a todo bombo, sea desde una tortillería, una tienda de abarrotes o el camión de la basura que, a su vez, anuncia su llegada con una campana. Las rancheras y los mariachis se unen a esta fiesta sonora en la que últimamente, se está colando el reggaetón.

LA SENDA DEL TACO

Si uno viaja a México, no pasará hambre. Asociamos el país a todo tipo de antojos hechos a base de harina de maíz. Los tacos, en toda su diversidad (al pastor, suadero, campechano, de carnitas, de canasta, de barbacoa, de cochinita…), son el sustento de la nación. Están en todas partes y se comen a todas horas. Con verdura (cebolla y cilantro), salsas (roja y verde) y limones, se piden, se sirven y se engullen con anhelo.

Una orden de tacos se acompaña de la bebida nacional que no es ni la chela (cerveza), ni el pulque, ni las aguas de sabores, ni el mezcal, ni mucho menos el tequila, sino la omnipresente Coca-Cola. En cualquier esquina habrá alguien zampándose un taquito, posiblemente balanceando su plato en el capó de un coche. Sí, la escena del policía gordito metiéndose un par de tacos entre pecho y espalda con música de banda de fondo es común encontrarla y riza el rizo de los estereotipos.

CON LOS OJOS ABIERTOS

La mexicanidad entra por el oído y el estómago pero, sobre todo, por la vista. Los colores vivos, la luz natural y las formas atrevidas, tan bien representados por artistas como Rivera, Orozco, Siqueiros, Velasco, Dr. Atl, Camarena, Kahlo y Carrington, se reflejan en todo el país. La inspiración, sin duda, es la naturaleza y esta entra con fuerza y descaro.

El espectáculo visual se observa en casas pintadas con colores chillones, buganbilias que tiñen sus hojas de rosa chilango, pétalos de cempasúchil que marcan en naranja el camino de los muertos, el vistoso despliegue de frutas exóticas que nos transportan a tiempos prehispánicos, las artesanías regionales que juegan con preciosos estampados multicolor e incluso el diseño llamativo de las modernas camisetas de fútbol. El estallido de colores y los juegos de luz penetran en cada aspecto de la vida y exponen México al mundo.

Puede que estos paisajes se adapten a la imagen que tenía o que buscaba del país. Puede que sólo sea mi propia realidad y que un local lo vea con ojos muy distintos. O puede que no. En cualquier caso, animo a que cada uno lo experimente en primera persona y se de un festín para los sentidos. No saldrá decepcionado.

El arte del engaño

«En México, no te fíes de nadie. Absolutamente nadie. Te van a intentar engañar.»

Esa fue la primera advertencia que me dio un español a las pocas semanas de aterrizar en Ciudad de México. No iba yo pidiendo consejos pero me lo dijo con el rostro serio de quien ha sido engatusado en más de una ocasión, sea por amor, por negocios o por los dos.

Con el paso de los meses, me he expuesto en varias ocasiones a las promesas vacías de algunos mexicanos, provengan del casero, del vecino o del vendedor de frutas. Por lo general, soy un tipo esquivo, acostumbrado a detectar intentos de estafa por mi pinta de anglosajón. Incluso en la uni me utilizaron de cebo para ver si cobraban más a los guiris en la Rambla. Vamos, que pocas veces caeré en la picaresca del falso amigo que sólo vela por sus propios intereses.

Aún así, debo admitir que el mexicano miente muy bien, con estilo. En su jerga, existe una palabra para denominar discursos largos e insustanciales que llevan al engaño. Es el choro y chorear podría ser deporte nacional. No sé si esto se extiende a Latinoamérica pero me imagino que sí.

Creo que el arte del choreo consiste en creer tu propia mentira. Sonarás más convincente si te crees la trola y saldrás con la conciencia tranquila al incumplir tu promesa.

Un ejemplo. Mi vecino promete arreglarme la ducha. Emite un sentido discurso sobre la amistad y el compromiso e incluso fijamos una hora para que la labor se consuma.

«¿A las 8 de la mañana? Por supuesto, estoy a tu total disposición. Mañana reservo el día para tí y, como buen amigo, sabes que puedes contar conmigo para lo que quieras. Allí estaré, sin faltar. Carnal.»

Este discurso, que me deja medio compungido, es un choro en toda regla. ¿Por qué? Porque al día siguiente, como es de esperar, el tipo no se presenta. Eso es precisamente lo que hace un buen chorero. Te promete el cielo, sabiendo bien que es pura farsa y, al día siguiente, actúa como si no hubiera pasado nada.

Por lo general, el chorero se quedará tan pancho y no hay que esperar disculpas ni mucho menos pedir explicaciones. En algunos casos, te ofrecerán nimias excusas inventándose otro choro y, nuevamente, quedándose tan panchos. Un círculo vicioso de la mentira, vaya.

Un amigo mexicano que trabaja para un famoso fabricante de coches afronta estas situaciones a diario. ¿Que un proveedor asegura que tendrá el pedido listo en un par de horas? Calcula días, si es que se acuerdan de ti. ¿Que te llamarán cuando llegue la pieza? Ves buscando otro sitio porqué lo más probable es que no te llamen… Él lo sabe bien porque es de aquí y seguramente habrá tenido que inventarse más de un choro para justificarse ante sus jefes gringos.

¿Cómo podemos lidiar con esta constante en nuestro día a día? Pues detectando el choro y disfrutándolo sin esperar absolutamente nada a cambio. Asumamos y admiremos el arte del engaño como algo tan típico como los tacos y los mariachis. Paciencia y ¡Viva México!

Cruzar el charco

Vuelta a empezar. Ya cansado de las mismas preguntas -¿cuándo dejarás de viajar?, ¿no has pensado en sentar cabeza?, ¿cuándo vuelves?, ¿no te cansas?- y advertencias -¡ten cuidado!, ¿no es muy peligroso?, ¿tienes póliza de secuestro? Algunas en sorna, la mayoría bienintencionadas, todas fútiles.

Once de febrero. Terminal 2 del aeropuerto del Prat. Primer vuelo: Barcelona-Nueva York. Típicas preguntas de seguridad del personal de tierra. El chico del mostrador de facturación me insta a comprar un vuelo de vuelta, porque ir a México no cuenta como salir de EE.UU. Le enseño mi visado de trabajo temporal y asunto zanjado.

Sí, voy con incógnitas. ¿Aguantaré una ciudad tan grande, caótica y contaminada? ¿Seré blanco fácil para los delincuentes? ¿Iré por la calle con la paranoia de que me atracarán en cada esquina? ¿Cuánto tardaré en conseguir piso? ¿Solventaré la burocracia laboral? ¿Me cansaré del trabajo? El mejor remedio a todas estas dudas es lanzarse y pensar menos. Cuanto más piensas y más escuchas a los agoreros, más posibilidades tienes de quedarte en casa. Hay que escuchar a los que te animan a seguir tu camino.

Marcho con ganas de sentir, degustar, oler, tocar y ver algo nuevo; formar mi propia idea de América Latina; empaparme de cultura, dibujar paisajes a pie y expandir conocimientos y sensaciones. Dejo casa y corazón en Europa Central, las islas británicas, el Sureste Asiático, Canadá, el Mediterráneo. Ahora toca México. Primer objetivo: llegar.