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Berlin

Berlín. Una ciudad donde todo es posible, donde todo vale. Tolerante, relajada, activista, extravagante, verde, vegana y excesiva. Una ciudad marcada por las cicatrices del siglo XX. Una capital insólita, un vivero de creatividad lleno de contrastes. Edificios sólidos y sobrios junto a ruinas en plena ebullición artística. Madres con velo paseando entre camellos urbanos, punks y transexuales. Riqueza y decadencia. Orden y suciedad. Occidente y Oriente.

Mural en el East Side Gallery

Por fin saldé mi cuenta con Berlín y, entre sus bares de humo, sus artistas y sus parques, he recuperado las ganas de escribir. Cuatro días han sido suficientes para darme una inyección de cultura que sólo las grandes ciudades ofrecen.

El primer soplo de inspiración llegó el viernes con Marta, una amiga de periodismo que dejó atrás un trabajo seguro –léase aburrido- en Barcelona para dar la vuelta al mundo y acabó en Berlín organizando fiestas matutinas y representando artistas de todo pelaje. Muchos de ellos se dejan ver por el RAW Gelände, un antiguo taller de reparación de trenes cuyos almacenes cubiertos de grafiti se han convertido en lugar de fiesta y recreación alternativa. Gimnasios, skateparks, zonas de escalada y piscinas se esconden en el interior de estos locales que viven en un estado de semiclandestinidad a vista de todos.

La terracita de Urban Spree, en RAW Gallery

Y es que, quien manda en Berlín no es el alcalde, las grandes constructoras o los vecinos de oído delicado. Allí quien manda es la fiesta, los artistas y las comunidades. La historia dejó muchos edificios abandonados que los berlineses recuperaron con ingenio, arte y estilo. Con los años, el proceso de gentrificación ha neutralizado muchos barrios pero el espíritu rebelde, creativo e inconformista de los berlineses sigue muy vivo. Un buen ejemplo es el antiguo aeropuerto de Tempelhof, que se salvó de la fiebre del ladrillo gracias a un movimiento popular que lo ha transformado en parque y reserva natural. Ahora, la pista de aterrizaje se llena de bicicletas, patines y cometas, las alondras anidan en sus matorrales y brotan huertos urbanos en los márgenes.

Huertos urbanos en el antiguo aeropuerto de Tempelhof

Berlín sorprende por su dinamismo cultural y sus zonas verdes. El sol, un mercado de antigüedades y el olor a comida atraen los domingos a centenares de personas a Mauer Park. Los que prefieren un sabor más clásico pueden visitar los preciosos jardines del Palacio de Charlottenburg, una de las pocas construcciones de época prusiana que sobrevivió la 2ª Guerra Mundial. Otra sería la Puerta de Brandemburgo, parada obligatoria para cualquier turista y monumento de gran carga simbólica, desde Napoleón hasta la caída del Muro de Berlín.

East Side Gallery, work in progress

La historia emana por cada rincón y ningún símbolo es más visible que el muro que dividió la ciudad durante tres décadas. Resulta curioso pensar que el antiguo Berlín Oeste, completamente rodeado de tanques, soldados y barricadas soviéticas, y geográficamente aislado en un mar comunista, fuera visto como un vía de escape (interior) hacia la libertad. Escapar hacia adentro para huir de un falso exterior. Ahora, los restos del muro yacen como recuerdo del disparate humano y, a la vez, emblema de esperanza.

Productos de la Alemania del Este, expuestos en el museo de la DDR

La herida que tardará más en cicatrizar, sin embargo, será el genocidio durante la 2ª Guerra Mundial. Aunque Alemania haya sabido aceptar la culpa y rendir el justo tributo a sus víctimas –el Memorial a los Judíos Asesinados da fe de ello-, el país siempre tendrá que cargar con la lastra de los fanáticos que idearon los campos de concentración y firmaron la muerte sistemática de millones de personas inocentes. Bastaría refrescar la memoria de otras dictaduras, otros crímenes de guerra y otros genocidios que se han barrido bajo la alfombra. Pero esa es otra historia.

Berlín, hervidero de músicos y artistas

Afortunadamente, Alemania ha sabido salir al otro lado de las derrotas y, como sus equipos de fútbol, se ha recuperado con pundonor. En esa recuperación han jugado su papel los inmigrantes. En Kreuzberg, el barrio de los turcos, se exponen los contrastes de la Nueva Alemania. Los mercadillos del canal, los mejores kebabs y un ambiente cosmopolita chocan con plazas mugrientas, drogas y alcohol. En Koti, se reúnen borrachos y drogadictos a plena luz del día. En Görlitzer Park, los traficantes subsaharianos campan a sus anchas y ofrecen todo tipo de estupefacientes. Aun así, como comentaba mi amigo Georg, no hay una sensación de inseguridad.

De comunista a cubista

La tolerancia también permite que existan sitios como Köpi, un centro cultural ocupa en el que se organizan conciertos de verdad. El sábado tuve la suerte de ir a uno con Georg y sus amigos (Frank, Marius y dos chicas polacas). Los restos de un antiguo edificio modernista florecían entre una puerta de humo. En el escenario, cinco tipos dotados de capuchas nazarenas de color rosa –un guiño cachondo al KKK, sin duda- hacían una versión de “Nervous Breakdown” de Black Flag. No se quitaron las capuchas ni dejaron de acribillar sus guitarras hasta que bajaron del escenario. Su punk de garaje dio paso a Le Prince Harry, un dúo belga de punk electrónico con elementos de Devo y The Adicts. Quizás en casa no los escucharía, pero en directo y en aquel sitio, sonaron como debían. Guitarrazo limpio y teclado a todo volumen, lleno de distorsión y potencia. En el bar, un desfile de camareros borrachos despachaba birras tiradas de precio. Marius –un Casanovas que accidentalmente le partió el diente de su amiga- quería invitarnos a una fiesta en Wedding (nombre de un barrio). Aunque el plan era tentador, acabé la noche tomando un kebab con Georg en Friederichshain antes de irme a dormir.

Atardecer en el ventoso parque de Tenpelhof

Al día siguiente, con el chute de punk-rock que tenía en el cuerpo, tenía ganas de más música en directo. El aperitivo lo encontramos en Urban Spree (parte del RAW Gallery), que albergaba una feria de cómics y donde actuaba uno de los artistas de Marta. Un teclado con divertidos efectos de sonido, rápidos cambios de escenario, ropa kitch, accesorios flúor y toneladas de energía y humor son las armas que tiene SPT, un artista americano de la generación disco, para ponerse a la gente en el bolsillo. No me extraña que su extravagancia haya alcanzado la red y que encaje tan bien en Berlín. Lo mismo se puede decir de , una artista transexual que actuó esa misma noche en Schokoladen, en Mitte. Sólo en Berlín se pueden ver estas cosas. Un placer. Gracias por la inspiración.