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Recuperando la inocencia perdida

Súľovske Vrchy

Primer fin de semana de junio. Sol tempranero, cielo despejado, temperaturas en ascenso, pantalones cortos. Sensación de verano.

El tren de las 7 nos regala en Trenčín a tres jubilados preparados para un día de senderismo en los Cárpatos. La señora, maquillada para la ocasión, nos ofrece las fresas de su jardín mientras recuenta sus rutas a pie por estas tierras. Ella, cual antigua maestra, habla. Sus acompañantes, un hombre de rostro honesto y mirada pueril y una mujer de menos edad que ambos, asienten e intervienen cuando les toca. Los dejamos con sus historias y sonrisas en Považká Bystrica, localidad encasillada entre las cordilleras de Strážovske Vrchy y Javorníky, a orilla y orilla del río Váh. La ruta de hoy tiene principio y final en Bytča y nos llevará por bosques de hayas y pueblos que aún no han perdido la inocencia.

HrabovéPienso sobre todo en Hrabové, donde las gallinas campan a sus anchas en medio de la carretera y los vecinos mantienen la costumbre de saludar. Sus calles vacías nos reciben a las 9 de la mañana con una canción de gramófono emanando por los altavoces del pueblo. El anuncio de una asamblea para presentar al nuevo entrenador del equipo local de fútbol sirve de banda sonora mientras afrontamos las primeras rampas. Las casas, tan bien cuidadas como los cementerios, presentan unos jardines aprovechados hasta el último milímetro con flores, verduras y frutas que relucen al sol.

Vistas hacia la valle de Súľov

Fuera del pueblo, tan sólo el sonido de algún tractor lejano interrumpe un bucólico paseo entre prados y bosques que rezuman vida. La recompensa a tanta subida son las formaciones rocosas de Súľovské Vrchy, que remiten a un mar prehistórico ahora lleno de tierra y vegetación. En uno de estos picos de conglomerado –zlepenec en eslovaco- reposan las ruinas de una pequeña fortaleza medieval que desafía las leyes de la ingeniería.

Estación de ferrocarril de BytčaA la vuelta, ya en descenso, paramos en el único bar del pueblo donde dos hombres descamisados se resguardan del sol de media tarde con cerveza en mano. El camarero, genuinamente simpático, nos pregunta si hemos visto serpientes por el camino, asegurándonos, en cualquier caso, que no son venenosas. También dice que el oso –imagino que sólo habrá uno y será cliente habitual- no suele pasar mucho por allí.

El Váh desde el tren

Cuando veo estos lugares y sus gentes, me pregunto cuánto tardarán en perder esa inocencia que tan raro es encontrar. En el tren de vuelta, el joven revisor, curioso por saber qué sendero habíamos tomado, pone a dormir mis temores, al menos hasta mañana.