Un círculo de mesas componen el epicentro de esta sala donde se acumulan libros, carpesanos y secretos en voz alta. Tengo la sensación de penetrar un lugar sagrado, vetado a esa eterna juventud que deambula por pasillos cercanos.
Las estanterías contemplan el ir y venir de profesores, cada cual protege con sigilo su metro cuadrado de pupitre. La mayoría son mujeres y desconozco sus nombres. No entiendo su idioma, pero observo.
Observo al profesor de matemáticas. Un chaval joven y apocado que dibuja una sonrisa tímida mientras ingiere sus natillas como pidiendo perdón. Sus canas desafían su edad. Parece una buena persona que se refugia de las mujeres entre ecuaciones.
Huelo el perfume de la profesora morena de labios inflados. El maquillaje, el colágeno y sus modelitos camuflan sus años y, a buen seguro, provocará más de un sueño erótico entre los adolescentes. Morbo no le falta.
Escucho botar las pelotas de baloncesto del profesor de educación física. Pelo largo y rizado, panza a la vista y brazos peludos. Me lo imagino un viernes por la noche levantando pintas de cerveza en algún bar de la zona.
Hablo en francés con la profesora de psicología. Oronda, simpática y agradable. Casi tanto como Henrietta, una mujer que derrocha clase, generosidad e interés. También intercambio palabras con Jarka, mi intérprete, cuya personalidad robótica no me acaba de convencer.
Preparo la clase con Stano, un ex-policía reconvertido en profesor todoterreno. Si le piden enseñar física cuántica en chino, él lo hará. Así funciona la escuela en Vrbové. Si tienes título universitario, puedes dar clase de lo que sea.
Una profesora miope y una rubia de bote con mentón grande completan la escena, que se interrumpe con el sonido de la campana y la presencia del dinámico director, que nos aúpa con ímpetu hacia las aulas.
