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Viejos conocidos

El cartel de Degas me sedujo al museo

Lo que me gusta de una ciudad es poder revisitarla. Calles, edificios, monumentos, parques, bares, puentes, canales, galerías, estaciones y plazas se convierten en elementos familiares de un rompecabezas mental que va encajando a medida que avanzamos. Con cada nueva visita, se añaden nuevas piezas al puzle de recuerdos, hasta conformar nuestra particular visión de una ciudad o de un país.

Cada vez que voy a Viena, me doy cuenta de lo habitable que es. Antes de conocerla, me había formado esta imagen de antigua urbe imperial diseñada para clases adineradas amantes de la ópera y la pulcritud. Evidentemente, hay espacio para el refinamiento y el despilfarro pero también ebulle una subcultura que convive muy bien con la Viena clásica.

No hay que ir muy lejos para disfrutar de esa curiosa mezcla. A dos pasos de Stephansplatz está Café Leopold Hawelka, un famoso local frecuentado por bohemios, viejos ricachones y turistas. Sus muebles y paredes de madera oscura le confieren un tono lúgubre a la vez que acogedor. El joven maître –probablemente chutado de cafeína- atiende con igual cortesía al excéntrico vienés con corbata y gabardina que al grupo de estudiantes francesas que embellecen el salón con su je ne sais quoi. Los locales pedirán un kleiner Schwarzer (corto) o un großer Schwarzer (largo), mientras que los novicios pedirán un café expreso o un cappuccino. Yo, inducido por mi amigo Matthias, me tomo una cerveza y tan a gusto.

Escapada a VienaUn paseo por las calles del primer distrito nos lleva a un lugar que ya formaba parte de mi mapa mental, el Rebhuhn, un excelente restaurante al que se va para comer bien y disfrutar de un ambiente tranquilo y placentero. La luz natural invade este espacioso gasthaus capaz de atender tanto a un grupo de ejecutivos con hambre como a una pareja cinéfila con ganas de romance. La comida es potente pero sofisticada. Nunca pensé que un bloodwurst –piensen en morcilla- con puré de peras pudiera resultar tan ligero.

El tranvía –¡cómo me gustan las ciudades con viejos tranvías!- nos deja en otro punto de mi tablero: el WUK. Esta antigua fábrica de locomotoras reconvertida a centro cultural parece el lugar idóneo para reencontrarme con la música de dos viejos conocidos, Two Gallants. Hará casi diez años que los vi por primera vez, casi por casualidad, en Sidecar, uno de los garitos más pequeños de Barcelona. Desde entonces, los he seguido por varios países y Viena –donde esperaban un millar de fans un lunes por la noche- no iba a ser una excepción. Ahora han incorporado más riff y distorsión a su directo pero clásicos como ‘The Prodigal Son’, ‘Steady Rollin’ y ‘Despite What You’ve Been Told’ siguen poniendo a estos dos galanes de San Francisco a la altura del mejor Bob Dylan. Insisto, y no me importa ser pesado en ello.

Tras el concierto, me reúno con Matthias y sus colegas futboleros en el Debakel, un bar para fumadores y jugadores nocturnos. Aquí la excusa del “mañana trabajo” no se utiliza. Quizás un bratwurst crepuscular, servido en plato de cerámica desde la ventanilla de un quiosco, ayuda a mitigar el cansancio.

Pieza de Warhol en el Museo Albertina de Viena

A la mañana siguiente, añado dos nuevas piezas a mi pasatiempo vienés. Para desayunar, el Café Himmelblau, en Kutschkermarkt, una cafetería para señoras y señoritas donde el cocinero trabaja mejor con resaca.

Luego, me doy una inyección de cultura en el Albertina, museo que alberga una magnífica colección de arte moderno, desde Courbet hasta Warhol. Lo que me atrajo hasta allí fueron los pasteles de Degas y Seurat y las acuarelas de Cézanne, prestadas del Musée d’Orsay, mi cuenta pendiente. Como sucede cada vez que voy a visitar a los impresionistas –viejos amigos como Manet, Monet, Toulouse-Lautrec y Signac-, descubro nuevos artistas de talento equiparable.

Agrego Segatini al mundo campesino de Millet mientras sonrío con la burguesía caricaturesca de Daumier; me quedo con la femme fatale de Schwabe sorprendiendo al enterrador y la osadía pornográfica de Félicien Rops; reservo un lugar para LeBrun y Théo van Rysselberghe en la escuela de puntillistas; paso de puntillas por los perturbadores sueños de Redon, Nuncques y Kupka; y me dejo seducir por las mujeres de Mucha, Mariano Fortuny y Aristide Maillol, previo paso por los burdeles de Degas y Toulouse-Lautrec.

Los colores chillones de la colección permanente –salpicada de Picassos, Monets, Magrittes y Matisses– estimulan mis sentidos y me dan una nueva razón para volver algún día a redescubrir la ciudad. Escapadas así dan gusto.