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El arte del engaño

«En México, no te fíes de nadie. Absolutamente nadie. Te van a intentar engañar.»

Esa fue la primera advertencia que me dio un español a las pocas semanas de aterrizar en Ciudad de México. No iba yo pidiendo consejos pero me lo dijo con el rostro serio de quien ha sido engatusado en más de una ocasión, sea por amor, por negocios o por los dos.

Con el paso de los meses, me he expuesto en varias ocasiones a las promesas vacías de algunos mexicanos, provengan del casero, del vecino o del vendedor de frutas. Por lo general, soy un tipo esquivo, acostumbrado a detectar intentos de estafa por mi pinta de anglosajón. Incluso en la uni me utilizaron de cebo para ver si cobraban más a los guiris en la Rambla. Vamos, que pocas veces caeré en la picaresca del falso amigo que sólo vela por sus propios intereses.

Aún así, debo admitir que el mexicano miente muy bien, con estilo. En su jerga, existe una palabra para denominar discursos largos e insustanciales que llevan al engaño. Es el choro y chorear podría ser deporte nacional. No sé si esto se extiende a Latinoamérica pero me imagino que sí.

Creo que el arte del choreo consiste en creer tu propia mentira. Sonarás más convincente si te crees la trola y saldrás con la conciencia tranquila al incumplir tu promesa.

Un ejemplo. Mi vecino promete arreglarme la ducha. Emite un sentido discurso sobre la amistad y el compromiso e incluso fijamos una hora para que la labor se consuma.

«¿A las 8 de la mañana? Por supuesto, estoy a tu total disposición. Mañana reservo el día para tí y, como buen amigo, sabes que puedes contar conmigo para lo que quieras. Allí estaré, sin faltar. Carnal.»

Este discurso, que me deja medio compungido, es un choro en toda regla. ¿Por qué? Porque al día siguiente, como es de esperar, el tipo no se presenta. Eso es precisamente lo que hace un buen chorero. Te promete el cielo, sabiendo bien que es pura farsa y, al día siguiente, actúa como si no hubiera pasado nada.

Por lo general, el chorero se quedará tan pancho y no hay que esperar disculpas ni mucho menos pedir explicaciones. En algunos casos, te ofrecerán nimias excusas inventándose otro choro y, nuevamente, quedándose tan panchos. Un círculo vicioso de la mentira, vaya.

Un amigo mexicano que trabaja para un famoso fabricante de coches afronta estas situaciones a diario. ¿Que un proveedor asegura que tendrá el pedido listo en un par de horas? Calcula días, si es que se acuerdan de ti. ¿Que te llamarán cuando llegue la pieza? Ves buscando otro sitio porqué lo más probable es que no te llamen… Él lo sabe bien porque es de aquí y seguramente habrá tenido que inventarse más de un choro para justificarse ante sus jefes gringos.

¿Cómo podemos lidiar con esta constante en nuestro día a día? Pues detectando el choro y disfrutándolo sin esperar absolutamente nada a cambio. Asumamos y admiremos el arte del engaño como algo tan típico como los tacos y los mariachis. Paciencia y ¡Viva México!