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Visto en México

Cuando viajamos, tendemos a confirmar o desmentir estereotipos creados a través de los medios, las películas, el arte, la literatura o nuestra propia imaginación. También comparamos el país o la ciudad que visitamos con nuestra realidad más cercana. Es humano contrastar, criticar y formar opiniones. Cada cual tiene su perspectiva del mundo y la realidad es subjetiva.

Detrás de los estereotipos siempre hay una pizca de verdad y, cuando nos topamos con ella, confirmamos nuestras expectativas y lo compartimos con el mundo. El riesgo, evidentemente, es caer en la generalización y sentar cátedra, quedándonos en lo superficial de una cultura.

México, donde vivo desde 2020, es el país que más ha confirmado ciertos clichés, al menos los buenos, y me hace pensar si realmente son así los mexicanos o tiene más que ver con mi sesgo cognitivo. En cualquier caso, y sin ánimo de crear prejuicios, comparto tres: la música, la comida y la colores.

EL RITMO DE LA VIDA

El silencio brilla por su ausencia en la ciudad. Hay miles de ruidos que inundan las calles a todas horas. El grito del gas hace las funciones de gallo despertador. Una reunión de Zoom se verá interrumpida por la grabación en bucle del «¡Se coooompran colchones, refrigeradores…!» del ropavejero. En los tianguis, que son los mercados callejeros, las voces más estridentes anunciarán su producto acabando con un «Le damos precio. Pásele». A todo esto, cabe añadir las sirenas de las ambulancias, el cláxon de los conductores impacientes, los arcáicos organilleros y las señales acústicas procedentes de vendedores ambulantes de camotes, frutas, tortas (bocatas) y helados, por citar unos cuantos.

No en vano, las fiestas patrias se inician cada 15 de septiembre por la noche con el famoso grito de la independencia. Entre todo este paisaje sonoro, está la música popular, que suele salir de bocinas (altavoces) a cualquier hora del día. La música regional, especialmente la banda sinaloense, se escucha a todo bombo, sea desde una tortillería, una tienda de abarrotes o el camión de la basura que, a su vez, anuncia su llegada con una campana. Las rancheras y los mariachis se unen a esta fiesta sonora en la que últimamente, se está colando el reggaetón.

LA SENDA DEL TACO

Si uno viaja a México, no pasará hambre. Asociamos el país a todo tipo de antojos hechos a base de harina de maíz. Los tacos, en toda su diversidad (al pastor, suadero, campechano, de carnitas, de canasta, de barbacoa, de cochinita…), son el sustento de la nación. Están en todas partes y se comen a todas horas. Con verdura (cebolla y cilantro), salsas (roja y verde) y limones, se piden, se sirven y se engullen con anhelo.

Una orden de tacos se acompaña de la bebida nacional que no es ni la chela (cerveza), ni el pulque, ni las aguas de sabores, ni el mezcal, ni mucho menos el tequila, sino la omnipresente Coca-Cola. En cualquier esquina habrá alguien zampándose un taquito, posiblemente balanceando su plato en el capó de un coche. Sí, la escena del policía gordito metiéndose un par de tacos entre pecho y espalda con música de banda de fondo es común encontrarla y riza el rizo de los estereotipos.

CON LOS OJOS ABIERTOS

La mexicanidad entra por el oído y el estómago pero, sobre todo, por la vista. Los colores vivos, la luz natural y las formas atrevidas, tan bien representados por artistas como Rivera, Orozco, Siqueiros, Velasco, Dr. Atl, Camarena, Kahlo y Carrington, se reflejan en todo el país. La inspiración, sin duda, es la naturaleza y esta entra con fuerza y descaro.

El espectáculo visual se observa en casas pintadas con colores chillones, buganbilias que tiñen sus hojas de rosa chilango, pétalos de cempasúchil que marcan en naranja el camino de los muertos, el vistoso despliegue de frutas exóticas que nos transportan a tiempos prehispánicos, las artesanías regionales que juegan con preciosos estampados multicolor e incluso el diseño llamativo de las modernas camisetas de fútbol. El estallido de colores y los juegos de luz penetran en cada aspecto de la vida y exponen México al mundo.

Puede que estos paisajes se adapten a la imagen que tenía o que buscaba del país. Puede que sólo sea mi propia realidad y que un local lo vea con ojos muy distintos. O puede que no. En cualquier caso, animo a que cada uno lo experimente en primera persona y se de un festín para los sentidos. No saldrá decepcionado.

¿Alguien dijo terremoto?

México es un país plantado en medio de varias placas tectónicas y la capital está construida sobre una zona lacustre, con lo cual hay muchas papeletas de vivir un terremoto. Mi primera experiencia ha sido… ¿decepcionante? A ver, que no haya pasado nada es buena noticia y no pretendo frivolizar con un fenómeno natural que puede resultar devastador, pero tengo la impresión de ser el único pringado que NO ha notado un sismo de 7.5 en la escala de Richter (tétrico legado el de este físico norteamericano, ¿no creéis?).

Los vecinos reacccionaron con estoicismo de Churchill.Corrían las 10.30 de la mañana. Acababa de salir del mercado El Chorrito y enfilaba en bici camino a casa cuando, por unos altavoces, sonaba la alerta sísmica. Sinceramente, no sabía que tenía que hacer así que esperé a ver qué hacían los demás, más entrenados en estas vicisitudes. De golpe, los vehículos pararon y la gente empezó a ocupar las calles cual hormigas salidas de hibernación. Fue una estampa tierna dentro de la posible gravedad del momento. Los vecinos se veían las caras, se saludaban y se produjo esa solidaridad tan típica en momentos de mal mayor. Una niña salía de su taller de cocina con las manos enharinadas y sus tortillas a medio hacer. Hubo mucha calma y conexión humana. ¿Por qué las catástrofes y las tragedias unen más a los seres humanos?

En la calle Gelati, apartado de los edificios más altos (tres plantas), la señora que tenía al lado comentaba lo fuerte que era el terremoto y apuntó al meneo de un poste de electricidad. Yo, seguramente ensimismado en la emoción del acontecimiento, no lo vi ni lo noté. A ver, tampoco esperaba calles desgarradas, edificios derrumbados y gritos de pánico. Pero un ligero temblor bajo los pies sí me imaginaba. Otra cosa hubiera sido de haberme pillado el sismo en una sexta planta en Condesa o Roma, colonias especialmente sensibles a los temblores.

En fin, el suceso ha quedado en nada. Sé que hay personas que han notado la sacudida como si fuera el balanceo de un barco en plena tormenta o como los cañonazos que zarandean la casa de la familia de Mary Poppins a las seis de la tarde. Ojalá no tenga que pasar por eso, pero asumo el riesgo. La naturaleza es suprema, pero episodios como este también sacan a la luz nuestro lado más humano.

El Everest en bicicleta

Referencias a picos sudamericanos

He subido el Monte Everest en bicicleta, con mascarilla pero sin oxígeno. Mi recorrido atraviesa el Monte Cáucaso y los Cárpatos hasta dar con los Alpes, donde me desvío brevemente por el Monte Blanco. El camino de vuelta cruza los Apalaches y las Rocallosas, antes de descender el Aconcagua y el resto de los Andes. De allí, doy el salto hacia a los Urales y tomo el camino a casa a través de los Vosgos.

Parque público Cárpatos

Los muebles de bejuco, palma y mimbre son populares en Lomas de ChapultepecTodo esto lo hago en menos de una hora y sin salir de la Ciudad de México. De hecho, no abandono siquiera Lomas de Chapultepec, una preciosa colonia ajardinada cuyas calles empinadas y serpenteantes reciben nombres de cordilleras y montañas del mundo. El paseo ofrece una ruta bíblica por el Monte Hermon, el Monte Sinaí y el Monte Líbano, pero también permite trazar la mitología griega por Párnaso, Athos y el Monte Olimpo. A más altura, se sitúan Elbruz y Ararat, colosos del Cáucaso.

La Vuelta a Lomas reserva una breve etapa en los Pirineos y un itinerario por los grandes volcanes de América, desde la Sierra Grande estadounidense hasta el Monte Antuco chileno pasando por el Irazú (Costa Rica), la Sierra Cotopaxi y el Monte Chimborazo, dos techos ecuatorianos.

Las sierras mexicanas están bien representadas en la séptima sección de esta rica zona en embajadas y mansiones, y alternan sugerentes nombres prehispánicos (Mazapil, Tejupilco, Jiutepec, Tlacoyunga, Ixtlan, Acultzingo) con adjetivos hispánicos un tanto prosaicos (Sierra Negra, Sierra Fría, Sierra Gorda, Sierra Mojada).

Detalle del parque de Barranca de Barrilaco Montañas Rocallosas Oeste y Monte Cárpatos

El diseño de este Grand Tour deja en la cuneta puertos importantes como el Kilimanjaro africano, mientras incorpora pequeñas pendientes como los Montes Cheviots -una cadena en la frontera anglo-escocesa- o Auvernia, en el Macizo Central francés, propicio terreno rompepiernas.

Mapa de Ecobici Cruce de Hernán Cortés y Virreyes 2

Más allá de los Cárpatos, las calles dejan paso a Virreyes y Corregidores. Entre ellos se cruza, literalmente, el nombre de Hernán Cortés, actualmente exiliado frente la embajada de Corea del Sur. Esta es una de tantas curiosidades del destino que regala el callejero defeño. La mejor metáfora, de la ciudad y del país, es que (las avenidas de) los Insurgentes y la Revolución siempre terminan en Reforma. Pero eso ya es otra historia.

Los ciclistas toman las calles

Nunca me siento tan libre ni tan feliz como cuando estoy encima de una bicicleta recorriendo caminos nuevos. Una excelente forma de descubrir una ciudad es pedaleando, algo que es cada vez más fácil gracias al sistema de bicis compartidas que han adoptado la mayoría de grandes urbes. En Ciudad de México, una megápolis saturada de coches, el Ecobici ofrece un respiro al ciudadano y se está convirtiendo en una alternativa real de transporte urbano.

Los domingos por la mañana, el Paseo de la Reforma, la gran arteria vial de la ciudad, se corta al tráfico motorizado y es invadida por ciclistas, patinadores y corredores. En los cruces con otras grandes avenidas, se plantan un grupo de entusiastas trabajadores municipales que regulan la circulación y animan a disfrutar del paseo de una forma cívica y jovial. El resultado de esta brillante iniciativa son calles llenas de ciclistas, aire fresco y sonrisas.

El ambiente festivo continúa por la tarde con un paseo a pie por el bosque de Chapultepec. Familias, parejas y amigos abarrotan los caminos mientras los vendedores hacen su agosto gritando en tonos agudos. Por el sol y el calor, bien podría ser verano. Incluso los payasos se mofan de la cantinela de los vendedores al tiempo que las parejas más apasionadas cobijan su amor bajo la arboleda y regodeándose en el césped. Por unas horas, los chilangos se olvidan de los problemas y creamos la ilusión de vivir en un mundo feliz.