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Trenčin y la pequeña Eslovaquia

El castillo de Trenčin

Despido un mes de sol y lluvia con una visita a Trenčin, ciudad coronada por los restos de un castillo medieval que resistió avances húngaros y otomanos pero que no pudo con el deterioro del tiempo. Hoy en día, se pueden visitar sus ruinas, entre las que destaca una reformada torre que regala una excelente panorámica sobre la ciudad y los Cárpatos Blancos más allá del río Váh.

Vista del campo de fútbol y el río Váh desde el castillo

A los pies de la roca yace Trenčin, más pueblo que ciudad, pese a ser hogar de famosos deportistas como Martin Skrtel (futbolista del Liverpool), Marián Gáborík, Zdeno Chára o Marián Hossa (destacados jugadores de la NHL). El vetusto campo de fútbol, con sus distintivos focos en forma de piruleta, es más propio de un equipo de regional que del subcampeón de Eslovaquia. Desde la grada norte, los rivales pueden admirar el imponente castillo, dejando a sus espaldas gatos reposando sobre viejos cortacéspedes a pocos metros del Váh.

Kiosko de la estación de Trenčin

Mención aparte merece la estación de trenes, un retazo del siglo XX que soporta las reformas a regañadientes. Entre sus estrechas paredes de azulejos verdes, se empotra un quiosco empapelado de revistas y paquetes de tabaco que apenas deja ver al vendedor y, ¡mejor aún! una diminuta parada de frutos secos con balanza de aguja. Todo esto por no hablar de las ventanillas de compra de billetes y el panel con los horarios de trenes, una estampa tan coqueta como obsoleta.

Trenčin vista desde una de las ventanas del castillo

Este tipo de sorpresas son las que depara día a día Eslovaquia, un país de pequeñas ciudades y comunidades que sabe cuidar las tradiciones y que retiene el contacto con la naturaleza. El huerto, el bosque y la campiña siempre quedan a tiro de piedra, detrás de las fábricas, los pánelak y demás residuos del comunismo que afean el paisaje eslovaco.

En el aspecto estético, Trenčin supera a otras ciudades como Žilina o Trnava porque los edificios feos –como el Prior, donde se podían comprar un par de vaqueros en tiempos soviéticos- quedan escondidos o alejados del casco antiguo.

 

Niños jugando en la fuente en el centro de Trenčin

La ciudad tiene un par de iglesias preciosas –eso sí, hay que visitarlas en horario de misa ya que cierran el resto del día-, una sinagoga (más castigada por el comunismo que por el nazismo) y un par de plazas llenas de vida. La más grande de ellas estaba abarrotada de familias con motivo del Día Internacional de los Niños, una bonita iniciativa que llenó el escenario de grupos folklóricos infantiles, reforzando el sentido comunitario de grandes y pequeños. Y es que, muchas veces, la vida a menor escala funciona mejor.