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Paisajes sonoros de México

Vendedor de helados

Cada ciudad y cada cultura incorpora un paisaje sonoro particular. En Birmania, los mantras budistas marcan el inicio del día y los aullidos de los perros callejeros pregonan la noche. En Inglaterra, la melodía encantadora del furgón de helados saca a niños y niñas de sus casas en verano. En Canadá, los tranvías anuncian su paso mediante un chirrío eléctrico, mientras que cada estación de tren en Eslovaquia cuenta con su melodía propia. En la campiña de Italia, el repique de campanas y el sonido del gallo se adelantan al alba. Y en países musulmanes como Turquía y Macedonia, las llamadas a la oración emanan desde lo alto de los alminares y dotan a la jornada de un orden religioso.

Sonidos exóticos, sonidos mundanos. Agudos, graves, distorsionados, nítidos, imperceptibles, estridentes, molestos, tiernos, repetitivos, únicos, mecánicos, orgánicos, pegadizos, cansinos, nostálgicos. El sonido nos rodea y nos provoca constantemente. No podemos escapar de él.

México, un país que entra por la vista y el oído a todo volumen, presenta un mapa sonoro muy peculiar. Mantiene el eco de profesiones ya extintas en Europa y cuyas melodías, cantinelas, instrumentos y voces nos transportan a un tiempo pasado.

El organillero

(c) esasandy_lokUna melodía mecánica y desafinada se eleva por encima de calles transitadas, pero no destaca precisamente por su tono agradable o el virtuosismo del instrumentista. Las notas salen de la máquina del tiempo que es el organillo. Esta caja de madera la opera un hombre o una mujer con uniforme caqui que, simplemente, debe girar una manivela para activar la musiquita. El tono es irregular y de baja calidad a la vez que hipnótico y entrañable. Apenas se distinguen las canciones entre sí. La escena resulta más patética y nostálgica cuando el organillo se acompaña de un mono de peluche tocando los platos. ¿Quién da una monedita?

El carrito de los camotes

El carrito de los camotesSi oyes un chirrido extremadamente agudo y molesto que penetra hasta la médula, es muy probable que sea el platanero. Muchos asociamos este ruido al afilador de cuchillos y navajas, pero, en este caso, el silbido inoxidable procede del carrito de los camotes, una pequeña locomotora a leña que calienta los plátanos, el camote (moniato) y el nopal. El vapor que expulsa por la chimenea provoca la estridencia que incluso el más sordo logrará percibir. El plato estrella, servido sobre una bandeja de poliestireno, es el plátano macho con leche condensada, canela y miel. Un subidón de azúcar para añadir al shock sonoro.

El ropavejero

“Se compran colchones, tambores, refrigeradores, lavadoras, microondas o algo de fierro viejo que venda”. Esta voz femenina sale de los megáfonos de las furgonetas de todos los chatarreros de la ciudad. Al principio, pensé que la chica lo iba repitiendo a viva voz en cada esquina, de ahí su timbre cansado. Pronto me percaté que la niña no poseía el don de la ubicuidad y que se trataba de una grabación. Al parecer, lo registró la hija de un ropavejero después de varias horas de tomas. El resultado es una cantinela tan pesada como pegadiza que todo visitante a la ciudad oirá más de una vez. Estuve tentado de vender la nevera rota de mi casero tras oír el verso por enésima vez. Otra variante es el grito de «¡hierro!» a primera hora.

El barrendero

No sabía dónde tirar la basura hasta que sonó la campana, literalmente. El barrendero anuncia el inminente paso del camión de la basura con una campana de mano. El camión se para en la calle y un nutrido grupo de limpiadores recoge y -¡atención!- separa los residuos. Por cierto, los operarios trabajan sin guantes, ni mascarillas, ni nada. Un sonido más en mi día a día mexicano, más allá del motor de coches, los corridos radiofónicos y las sirenas de policías y ambulancias.