Apenas una semana después de aterrizar en Yangon, hago mi primera escapada a Bagan, la ciudad de los templos budistas, en el norte de Myanmar. Con la reserva de autobús en la mano –se pueden comprar en hostales, hoteles o agencias de viajes-, rápidamente preparo la mochila y paro un taxi.
Una hora y media de intenso tráfico y varios desvíos por carreteras secundarias a las afueras de la ciudad me llevan al laberinto que es la estación de autobuses de Yangon. En realidad, se trata de un pueblo descampado donde aparcan miles de autobuses delante de casetas rudimentarias. Hay que guiarse con el billete en mano y esperar a que la gente adecuada te indique el lugar correcto. Toda una experiencia que confirma la teoría del “caos organizado” que rige la ciudad y el país.
En el bus nocturno, decorado con cortinillas amarillas y rosas de un tono muy kitsch, suenan cánticos budistas y, hasta la hora de cenar, se emiten clips humorísticos de dudosa calidad. En cualquier caso, el viaje no se me hace muy largo y a las 4.30 de la mañana ya estoy en el hostal en New Bagan. Sin caer en la tentación de dormir, alquilo una e-bike –una moto eléctrica- y en la penumbra de la madrugada recorro la carretera polvorienta de Old Bagan al encuentro del alba.
Un local me dirige hacia un buen puesto, el pequeño templo de Kyan Ma Ba. Desde allí se revela ante nosotros un panorama realmente espectacular: miles de pagodas y templos budistas afloran en un mar de vegetación frondosa. Los ocres de estos monumentos medievales esparcidos por doquier se mimetizan con el verde de los árboles que se despiertan al sonido de pájaros y plegarias budistas. Desde allí, decido seguir la carretera sin rumbo fijo en busca de templos perdidos.
Durante mi primer día, noto miradas de curiosidad entre los visitantes. Algunos, de forma tímida, piden tomarse fotos conmigo, al igual que hacen con tantos turistas de piel blanca, aún una rareza en estas partes. Apenas balbucean inglés, sonríen y se quedan mirando. Otros, los vendedores locales que pululan por los templos –muchos de ellos niños-, han perdido su timidez e intentan venderte postales, pinturas, ropa y souvenirs varios con un ímpetu capitalista que no he encontrado en los mercaderes de Yangon.
En los vendedores ambulantes de Bagan intuyo el casi inevitable cambio de actitud que traerá el progreso. Los visitantes extranjeros nos hacemos constantemente las mismas preguntas: ¿cuánto afectará el progreso económico y turístico al talante amable, pacífico y solidario de los birmanos? ¿Cómo reaccionará el país después de tantos años de aislamiento? ¿Seguirá Myanmar el modelo de Tailandia y su turismo de excesos? Espero que no.
De momento, ya me he fijado que las gorras americanas y el horrendo look rapero abundan entre los adolescentes ávidos de selfies y ensombrecen los preciosos vestidos tradicionales llenos de luz y color que, por ahora, sigue marcando la moda birmana.
Por la tarde, me apunto al paseo en barca que organiza el hostal. Desde el Irrawaddy, la vena fluvial que atraviesa todo el país, los últimos rayos de sol iluminan las estupas doradas que confieren al paisaje una dimensión espiritual. En la distancia, la silueta del Monte Popa invita a peregrinos a escalar los 777 escalones hacia su monasterio budista.
La cena colectiva entre viajeros me reconforta. Entre filipinos, americanos, vietnamitas, alemanes, holandeses y escandinavos, corroboro que he tomado la decisión correcta, la de viajar. Me encanta escuchar sus historias y me motivan a seguir sus pasos. Me sorprende gratamente ver el alto número de chicas que viajan solas, lo que dice mucho en favor de la seguridad en los países del sudeste asiático. Por cierto, soy el único chico en una habitación de seis.
El segundo día me uno a un grupo de europeos para ver la salida del sol. Merece la pena encontrar un templo más pequeño y aislado para disfrutar del amanecer en silencio. También vale la pena visitar Bagan con un buen guía local. Christopher, un joven de la zona, nos enseña las perlas del complejo arqueológico que contiene más de 2000 templos en pie. Algunos están cubiertos por andamios de bambú y lonas protectoras debido a terremotos, el más reciente en verano de 2016. Viajamos en motocicletas que se alquilan a unos 3 euros al cambio y cuya única dificultad consiste en manejarla entre los senderos arenosos que conducen a los templos. El sol nos castiga durante toda la mañana pero la visita a los novicios de un monasterio budista y la degustación de un mosto de palmera ponen la guinda a una excursión muy recomendable.
La puesta de sol y una cena a cuatro bandas en un restaurante indio marcan el principio del final de mi estancia en Bagan. El último día me lo tomo con calma y, en el bus de vuelta a la caótica Yangon, mis ánimos se enfrían con un aire acondicionado a temperaturas polares.













