Veinte personas agolpadas en una sala de espera de 9 metros cuadrados sin aire acondicionado. El televisor emite reportajes de fiestas folklóricas y oficios tradicionales. Se repiten en bucle las mismas noticias: la fiesta de la cebolla en Madunice, el insoportable sonido de unos arpistas de boca, suenan violines y voces desentonadas en una fiesta local y un publirreportaje sobre la ciudad de Skalica. La emisión se corta, haciendo los cantos y sonidos más odiosos aún. Eso sí, hay WiFi en la sala. Aquí no existe un sistema de citas ni hojas de cálculo, pero hay internet para las abuelas.
La fórmula es sencilla: llegas y esperas. Cuando la enfermera sale de su cueva, date por satisfecho que recoja tus papeles y no te haga volver al día siguiente. Luego toca esperar. La gente tiene la cara derretida de tanto esperar. Las madres han perdido la paciencia con sus hijos revoltosos de aburrimiento. La puerta permanece cerrada a cal y canto como el rastrillo medieval de esos castillos arruinados que, entre saltos pixelados, aparecen en pantalla.
La enfermera pide a los recién llegados -ávidos por deshacerse de sus volantes sudorosos- que depositen sus papeles en una patética mesilla que pasa inadvertida pese a estar en el centro de la escena. Al lado, apenas hay espacio para un hombre en silla de ruedas.
¿La paciencia se agota o se recarga? Todo este tiempo perdido se aliviaría con un programa de citas pero, insisto, eso es una quimera en este hospital y en este país. Televisión e internet, esa es la modernización que basta a la plebe. La niña que tengo al lado intenta distraerme con su cara de mala leche. Si me atienden antes que a ella, me mata.
La puerta entreabierta del ambulatorio se cierra de golpe para frenar en seco cualquier atisbo de esperanza de una consulta rápida. Estoy convencido de que reemiten el reportaje sobre los arpistas de boca para ahuyentar a la clientela. Yo resistiré. Al menos hasta la tercera (o cuarta) repetición.
Sin citas, no se puede hacer aquello tan español de «¿qué hora tenía usted»?, comparar y quejarse. Claro que luego entras y tan calladito y simpático con el ortopeda que te ha hecho esperar una eternidad. Porque nos quejamos del sistema pero dependemos de él. Si aguanto un poco más, yo creo que se me cura la herida.
Por fin suenan las palabras mágicas: «Pan Begg. Na rengen». Directo a la sala de radiografías. Esto me lo conozco. Hay que depositar los papeles en una ventanilla secreta (muy kafkiano todo) y esperar a que te llamen. Esto suele ser rápido… Hasta que, sin darme cuenta, ya ha pasado otra hora.
La radiografía se hace en un momento pero en la consulta del Dr. Ottakringer van a otro ritmo. Finalmente, un chico en prácticas -lo deduzco porque no encuentra las vendas, titubea y pregunta al veterano qué hacer- me rehace el yeso y salgo tres horas después de entrar con una mano que pesa un kilo y la noticia de tener que volver en 5 semanas. No sé si es peor estar enyesado un mes o saber que me toca volver a pasar por el aro. La próxima vez, ¡mejor no lesionarse!
