American Pie

Jennifer Coolidge, la madre de Stifler en 'American Pie'

Nuestro bar se ha apuntado a la moda de los idiomas y, para hacerlo más divertido, organiza cada lunes juegos en diferentes lenguas. En la primera sesión, decidimos probar con el Pictionary en inglés. Se trata de un sencillo juego en el que los participantes tienen que adivinar una palabra que puede ser dibujada, gesticulada o explicada por otro jugador (sin revelar la palabra clave, se entiende).

La primera partida no tiene mucho éxito de público puesto que, aparte de Eeva, nuestra voluntaria finlandesa, sólo acuden al evento el amigo Pavol, una señora con inglés de fascículos y una madre rubia, bronceada y exhuberante, junto su hija de 6 años. El juego se desenvuelve de forma anárquica y sin más distracción que la niña recreándose con las ratas del bar (sí, tenemos dos ratas de laboratorio como mascotas).

A falta de pocas casillas para completar el tablero y dar por finalizada la partida, la rubia, una MILF en toda regla, saca una carta y se pone a reír.

“¡Que sea stripper, que sea stripper!” me susurra al oído el bribón de Pavol con su mirada pícara.

“Es que no sé si puedo explicarlo sin soltar un taco”, continúa la chica, haciéndose la tímida mientras deja entrever sus enormes pechos. Finalmente, se lanza y dice:

“Vale, en la peli ‘American Pie’ (aquí ya indica la solución), el prota pone su (ejem)… su “polla” dentro”.

Las carcajadas suceden el jugoso comentario, que tiene especial gracia viniendo de una que tiene la pinta de haberse comido unas cuantas… Tartas. Esa era la respuesta.

La sala de profesores

La sala de profesores

Un círculo de mesas componen el epicentro de esta sala donde se acumulan libros, carpesanos y secretos en voz alta. Tengo la sensación de penetrar un lugar sagrado, vetado a esa eterna juventud que deambula por pasillos cercanos.

Las estanterías contemplan el ir y venir de profesores, cada cual protege con sigilo su metro cuadrado de pupitre. La mayoría son mujeres y desconozco sus nombres. No entiendo su idioma, pero observo.

Observo al profesor de matemáticas. Un chaval joven y apocado que dibuja una sonrisa tímida mientras ingiere sus natillas como pidiendo perdón. Sus canas desafían su edad. Parece una buena persona que se refugia de las mujeres entre ecuaciones.

Huelo el perfume de la profesora morena de labios inflados. El maquillaje, el colágeno y sus modelitos camuflan sus años y, a buen seguro, provocará más de un sueño erótico entre los adolescentes. Morbo no le falta.

Escucho botar las pelotas de baloncesto del profesor de educación física. Pelo largo y rizado, panza a la vista y brazos peludos. Me lo imagino un viernes por la noche levantando pintas de cerveza en algún bar de la zona.

Hablo en francés con la profesora de psicología. Oronda, simpática y agradable. Casi tanto como Henrietta, una mujer que derrocha clase, generosidad e interés. También intercambio palabras con Jarka, mi intérprete, cuya personalidad robótica no me acaba de convencer.

Preparo la clase con Stano, un ex-policía reconvertido en profesor todoterreno. Si le piden enseñar física cuántica en chino, él lo hará. Así funciona la escuela en Vrbové. Si tienes título universitario, puedes dar clase de lo que sea.

Una profesora miope y una rubia de bote con mentón grande completan la escena, que se interrumpe con el sonido de la campana y la presencia del dinámico director, que nos aúpa con ímpetu hacia las aulas.

El instituto

Fachada del instituto de Vrbové

Encontrar trabajo no ha sido difícil en Eslovaquia. De acuerdo, la paga es baja pero en pocas semanas ya me las apaño en un bar, una escuela de idiomas y un instituto. La historia del colegio es curiosa y empezó con una llamada a las nueve de la mañana de un lunes.

«Buenos días, nos han enviado tu contacto. Estamos buscando un profesor nativo de inglés y nos interesaría que pasaras por nuestra escuela»

«De acuerdo, intentaré acercarme antes del viernes»

Vrbové está a 10 kilómetros de Piešťany, es decir, a unos 20 minutos en bus. El Gymnázium (instituto) se esconde en un edificio sobrio situado a 50 metros de la parada de autobús. Allí me recibe Jarka, una profesora programada con la misión de contratarme.

Al rato de hablar con ella, ya me está ofreciendo dar clases de geografía, biología y química en inglés. Al parecer, la profesora americana que asumía todo este trabajo está de baja (imagino que por depresión) y necesitan desesperadamente profesores angloparlantes. Yo le freno las intenciones y sólo acepto probar con las clases de conversación una vez a la semana.  Esto ya le vale y, de aquí, voy al despacho del director y luego a secretaría.

El director es un pequeño hombrecillo de pelo y bigote gris. Aunque dirige una escuela bilingüe, no habla ni una palabra de inglés. Tras un breve discurso, se levanta de su butaca de cuero y empieza un trepidante recorrido clase por clase presentándome como el nuevo profesor de inglés. Sin apenas tiempo de respirar, suelto cuatro palabras a los jóvenes alumnos y, antes de darme cuenta de lo que está pasando, vuelvo a casa con una pila de papeles para formalizar el contrato. Surrealista, extraño, curioso, sospechoso. Si fuera así de fácil encontrar trabajo en España, otro gallo cantaría.

Apariciones nocturnas

Segunda noche en ZiWell, el bar donde trabajo sin saber una palabra de eslovaco. Los clientes parecen aceptar mi situación e incluso algunos están contentos de practicar conmigo su inglés. De vez en cuando, también entran extranjeros como John, un escocés que ha venido a Eslovaquia porque la intervención dental le sale a mitad de precio. En la consulta del dentista ha conocido a dos belgas que están en Piešťany por la misma razón. Parecen amigos de toda la vida.

Como quien no quiere la cosa, entablan conversación con Aifel, un cliente habitual que debe su nombre a su tamaño (mide más de 2 metros). De padre checo y madre eslovaca, este larguirucho jugador de volley es muy buena compañía y tiene buenas salidas. La primera vez que hablé con él, le comenté lo pequeño que me veía a su lado. “Ese es tu problema”, me respondió sin inmutarse. ¡Grande!

La noche llega a su fin y, de la nada, aparece Ondrey, un simpático chaval con claros signos de embriaguez. ¿O es acaso idiotez? Sinceramente, no lo sé distinguir pero le sirvo un vodka igualmente.

“Sé que ahora parezco un idiota –chapurrea a duras penas en inglés- pero es porque estoy borracho”, aclara Ondrey mientras tambalea y sonríe. “En realidad, soy un abogado”, apostilla. Si ese fuera el caso, Dios salve el sistema judicial.

Lo mejor llega cuando el simpático abogado empieza a hablar con John, el cual, sin abandonar su fuerte acento escocés, le pregunta:

“So, Oondre, how auld are yeee?” (¿Qué edad tienes?).

El chaval, anonadado, se queda mirando al infinito.

Segunda intentona: “How many yeeers do ye have?” (¿Cuántos años tienes?).

A saber lo que le mentiría el bueno de Ondrey pero, con alcohol de por medio, el surrealista diálogo duró un buen rato. Entre otros temas, oí que hablaban de Hostel, la película de terror que ha dado tan mala fama a Eslovaquia.

Finalmente, el fornido escocés se marcha con su amigo belga, precisando: “Él se va a su habitación, y yo a la mía”. Gracias por la aclaración, big John. Y cuidado con los hostales eslovacos.

Slovakian Paradise

Ocho y media de la mañana de un sábado a mitad de enero. En el descampado que hace las funciones de mercado, cuatro viejos desafían la intemperie con cuatro tristes paradas de verduras. Allí hemos quedado con Pavol, un tipo con tanta predilección por las cuevas como por el alcohol. Es un chaval inteligente y viajado pero tiene ese punto de locura que lo hace tan interesante como peligroso.

Tras una hora y media de paseo entre campos y bosques, no conseguimos dar con la gruta secreta que había descubierto años atrás. Tampoco importa. La mañana soleada y los senderos por pequeñas pistas de esquí teñidas de verde han valido el madrugón. En el camino de vuelta, paramos en un antiguo búnker soviético en el que dos hombres y un perro mastican klobasa (chorizo) al fuego de una improvisada barbacoa.

Nuestro último destino es el Papagaj, un decrépito bar donde tres clientes beben (sin ganas) su cerveza matinal mientras miran (sin interés) un film de Nicole Kidman doblado al eslovaco.

“Welcome to Slovakian Paradise”, anuncia irónicamente nuestro querido Pavol, antes de ordenar una cerveza y el chupito de Becherovka que tanto anhelaba. Nunca el paraíso estuvo tan desolado. Na zdravie!

Bears have no expression so you don’t know if they are angry (Pavol D)

Piešt’any

El río Váh a su paso por Piešt'any

Despierto un lunes soleado en Piešt’any, una pequeña ciudad construida a orillas del río Váh, un afluente del Danubio. Pasadas las tres calles que conforman el centro, la atención se dirige hacia Spa Island, el coqueto istmo donde acuden los turistas en busca de las relajantes aguas termales.

Lejos de los parques y los campos de golf, la sobriedad soviética marca la arquitectura de Piešt’any, aunque (afortunadamente) a pequeña escala. La influencia comunista  se observa en algunos bloques de apartamentos, viejas bicicletas oxidadas y edificios públicos como la casa de cultura (Dom Umenia), un monstruo de hormigón que mancha la preciosa vista al río. Los murales de la estación de ferrocarril y la mugre del extrarradio también contribuyen a esta imagen de un pasado austero donde cada uno hacía el trabajo que le tocaba.

A bote pronto, Piešt’any me transmite una sensación de seguridad y eficacia. Las vida funciona sin demasiadas complicaciones y las cosas se llaman por su nombre. Precisamente la lengua será mi mayor obstáculo pero confío en el decente nivel de inglés de los eslovacos para comunicarme con ellos. De momento, nye hovorim po slovensky (no hablo eslovaco). Y una sonrisa.

Rumbo a Bratislava

Treviso. Siete y media de la mañana. El aroma a café impregna un bar donde los primeros obreros del día ponen a prueba la lucidez de las camareras. Ellas responden con desparpajo mientras recibo la llamada de Nicola, que acaba de llegar a la estación.

Embutimos nuestro equipaje en el maletero de su Golf blanco y, en cinco, tomamos la autopista con dirección a Viena, donde se bajará Francesco, un atleta de pelo rizado que busca fortuna en tierras austriacas. La lluvia nos acompaña hasta la frontera, donde hacemos nuestra primera parada y entablamos conversación con Carmen, quien conoció a Nicola haciendo un voluntariado en Turquía.

A las dos llegamos a las afueras de Viena y, una horita más tarde, me reencuentro con Bratislava, un poco más gris y soviética que en aquella mágica tarde de agosto cuando la descubrí por primera vez junto a Hana. Como aquel día, comemos en el Slovak Pub, donde presentamos las delicias de la gastronomía eslovaca (pirogi con bryndza, halusky y gulash) a Nicola y Carmen.

El tren de las seis se nos escapa por los pelos y eso nos permite reunirnos con Ali y Miro, dos amigos de Hana que pasan la tarde de domingo en un bar de viejos atiborrándose de chupitos de vodka barato. Mi última imagen de ellos es bajando unas escaleras mecánicas como dos niños en un parque de atracciones. Así es Bratislava.

Crónicas desde Europa Central, el Sureste Asiático y Latinoamérica

Diseña un sitio como este con WordPress.com
Comenzar