La revancha del despertador

Día de viaje. Nervios habituales. Me despierto, miro el reloj. Son las 4 de la mañana. Vuelvo a dormir.

Me vuelvo a despertar. Miro el reloj. Son las 7.38. ¡Pánico! Tengo clase a las 7.30. ¡Mierda! ¡Sal, sal, sal pitando!

Pantalones, sudadera, agua fría. Pillo la bici, en plan Sagan. Llego al ayuntamiento. Dejo la bici, subo las escaleras como una bala. Abro una puerta. Despacho equivocado. Pruebo la puerta contigua. Negativo.

¡Cazzo! ¡La clase está en el segundo piso! Un último esfuerzo. Legañoso y con la voz ronca, medito pronunciar alguna nimia excusa antes de girar el paño.

Son las 7.45. Tiempo récord. Los alumnos -todos ellos trabajadores del municipio- ya se estaban levantando para hacer otros menesteres. Les freno a tiempo, con alivio. Me resigno a decir la verdad y comienza otro día como si nada hubiera pasado. Mi cara y mi voz denotan cansancio y agitación pero intento disimularlo con hombría.

Las bicicletas son para el verano

El Váh a la altura de Piešťany

El verano llegó y se fue casi sin avisar. Un agosto lluvioso ha dejado para septiembre algunos días de sol e incluso algunas horas de calor, aunque el frío matinal ya ha hecho acto de presencia coincidiendo con el primer día de otoño.

La iglesia de Drahovce, cerca de Piešťany

Hoy he cogido la bicicleta y he seguido la senda del río Váh/pantano de Sĺňava hasta Drahovce, uno de los numerosos pueblecitos que guarnecen la llanura cárpata. La estampa es típica de cualquier aldea eslovaca: casitas bien cuidadas con huertos concediendo sus últimos frutos, pequeños bares donde corren ríos de cerveza y slivovica a escondidas, un campo de fútbol oliendo a fertilizante y la coqueta iglesia que sólo abre para los feligreses.

Hotel Slovan, decadente belleza de Piešťany

Otoño tiene una luz especial y un aire melancólico. Los verdes dejarán paso a los amarillos y marrones y el recuerdo de mangas cortas y baños nocturnos se esfumará con el viento. El humo de leña ya impregna las calles vacías con el aroma otoñal.

Pedaleando, me acuerdo de Italia y de las carreteras del Prosecco. Los campos de maíz, las viñas recién recolectadas, el Piave en lugar del Váh… Creo que en cualquier momento me toparé con una cuadrilla de alpini tomando un aperitivo en la pizzería de Stefano. En el fondo, no somos tan diferentes cuando estamos arraigados a la tierra. Las fronteras son patrimonio de la mente.

Un día de senderismo cerca de Považská BystricaBanská Bystrica el día de la Insurrección Nacional EslovacaMural en la estación de LeopoldovVel'ke Biele Pleso, en los Tatras

Cinematik

Dentro de una semana volveré a “casa” para celebrar onomásticas y festivales pero mi aventura eslovaca continúa. Lo único que termina es el verano, otro verano. En la memoria quedarán caminatas entre la niebla en los Tatras, visitas fugaces a la inocencia de Javorinka, horas de celuloide en el Cinematik, la pasión de los bailes folklóricos, una excursión al desfiladero de Manínska tiesňava, el descenso en canoa de Trenčin a Beckov, baños en el Váh, el Danubio y el Hornád, cervezas y vinos, un día en familia en Banská Bystrica, el primer contacto con Budapest, un paseo nocturno en barca bajo los puentes de Piešťany y un largo etcétera que quedará al azar de la memoria, frágil y selectiva como el tiempo.

Al Este del Andén

Paisaje de Eslovaquia Central

La ventaja de un país pequeño como Eslovaquia es que puedes viajar de Oeste (Bratislava) a Este (Košice) en el mismo día. Los trenes -algunos vetustos, ruidosos y compartimentados; otros dotados con aire acondicionado y wifi- recorren día sí y día también los 400 kilómetros que separan las dos «grandes» ciudades eslovacas.

Por el camino, quedan paisajes bucólicos de alta y baja montaña, hectáreas de agricultura extensiva, casas humildes con huertas mimadas, fábricas humeantes, ríos y embalses, castillos en ruinas, iglesias con balcón de madera y cúpulas bulbosas y demás imágenes para nutrir vista y mente.

Banska Stiavnica entre la niebla

Las casas en ruina son una estampa típica de Eslovaquia

Mi viaje al Este empezó en uno de los pueblos más pintorescos de Eslovaquia Central: Banská Štiavnica. Situado en las faldas de una montaña volcánica, este antiguo establecimiento minero se consolidó en la Edad Media como el principal proveedor de oro y plata del Reino de Hungría. Sus empinadas calles adoquinadas y sus sólidas casas y fortificaciones son testimonio de una época de esplendor que duró varios siglos y fomentó la industrialización en un ambiente muy rural.

Calle adoquinada de Banska Stiavnica

Para ser una ciudad declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, Banská Štiavnica recibe muy pocos turistas, quizás debido a que sólo es accesible por carreteras secundarias. Sin embargo, quien supere el terreno montañoso tendrá la recompensa de un pueblo con arte, historia y carácter envuelto en un paisaje frondoso. Sus habitantes, como los mineros de antaño, deben estar acostumbrados a superar rampas y lidiar con un clima inestable, pero el esfuerzo para el visitante vale la pena.

Este lago invita a un chapuzón

Uno de los lagos artificiales de Banska StiavnicaEntre las joyas de su entorno están los tajchy, pequeños lagos artificiales que en su día proporcionaban energía hidráulica a las minas y que actualmente permiten un baño refrescante en verano. Yo me remojé en uno a medio camino entre el sugerente y ruinoso Calvario y la pintoresca aldea de Banská Belá.

Hrhovské rybníky

Después de un par de días de sol y lluvia, retomamos el viaje hacia el Este desde la céntrica Zvolen. Un par de horas más tarde, el tren entraba en la meseta de Slovenský kras, un parque nacional que comparte frontera con Hungría. El singular panorama entre Plešivec y Rožňava deleitaría a geólogos; mientras tanto, mi mirada se detenía en el lago de Hrhov, el paso rocoso de zádielska tiesňava y los restos del castillo de Turňa.

Hlavna ulica, la calle central que articula el centro de Kosice

Košice –el «Wild East», como dirían los de Bl’ava- nos recibió con gotas de lluvia y un andén provinciano muy típico de las estaciones eslovacas. Por la tarde, nada más salir del trolebús y mientras alimentaba la máquina de billetes con calderilla, se acercaron tres niños gitanos pidiendo limosna. Sus ojos se iluminaron al avistar  en mi mano 10 miserables céntimos pero, aún así, no cedí ante su insistencia.

Kosice desde el campanario de la catedral de Santa Isabel

Tras esta anécdota, descubrí el que quizás sea el casco antiguo más bonito de Eslovaquia. Mejor estructurado y con más oferta de ocio nocturno que Bratislava, el centro de Košice sorprenderá por su belleza y equilibrio. Una larga calle central divide la ciudad y en el núcleo está Santa Isabel, la catedral gótica situada más al este de Europa. Impresiona más por fuera que por dentro y merece desafiar el vértigo para apreciar la ciudad desde su estupendo campanario (60 metros), que ofrece una vista de pájaro sobre calles adoquinadas y edificios neoclásicos como el Teatro Nacional (Divadlo).

Cerca del parque de la estación

En el centro de Košice no escasean bares y restaurantes, que dan ambiente a la ciudad cuando cae la noche. Mi gran descubrimiento fue el Collosseum, una sala de conciertos muy punk. Pósters de Misfits, Ramones, Lemmy y The Clash decoraban este local de dos plantas lleno de personalidad y de bajos precios. Días atrás había tocado The Adicts y más adelante tocaría Agnostic Front, así que me tuve que conformar con un grupo de reggae neozelandés. Lo mejor del local, sin duda, es el futbolín de hockey que hay al lado del escenario.

El río HornádPuente ferroviario cerca de Malá Lodina

Tras el buen sabor de boca de Košice, emprendimos el viaje de vuelta desde Veľká Lodina, un pequeño pueblecito a orillas del río Hornád. El sol sacó la mejor versión de esta escena rural de valles verdes y aguas tranquilas que debe cambiar mucho con la nieve y las inundaciones.

No faltó el ritual baño para afrontar el retorno con energías renovadas. El Este permanecerá en mi memoria como un lugar acogedor, fresco, exuberante y diferente.

Reencuentro con el Váh tras superar los Tatras

Antes de retomar la senda del río Váh, observo al norte la grandiosidad de los Tatras, mi próximo destino.

Días Vieneses (y II)

Campos de fútbol en Donaupark

La segunda semana empezó en Petrzalka, el barrio obrero de Bratislava, a pocos kilómetros de Viena. A diferencia de los primeros días en la capital de Austria, los seminarios en el Cervantes resultaron cada vez más prácticos y hubo más colegueo y buena sintonía entre todos.

Karlskirche

Esta vez, acepté la invitación de Matthias, un joven austríaco amante del fútbol y el reggae, que me alojó en su piso de Spittelau, al lado del incinerador de Hundertwasser. Un buen tipo, sin duda, muy relajado y abierto. Trabaja de cocinero y su tiempo libre lo dedica al deporte y a la música, donde toca la guitarra en un grupo llamado Barefoot Basement.

Donauturm

El lunes por la tarde, jugué a fútbol con sus amigos en Donaupark, una inmensa zona verde con vistas a lo que parece el distrito financiero de Viena. Después del partidillo, nos dimos un chapuzón en el lago (mi bautizo en el Danubio) y nos tomamos unas cervezas y un Wiener Schnitzel (escalopa vienesa) en el Gasthaus Kopp. Los chicos dijeron que este pub es toda una institución en la ciudad y que los camareros siempre son los mismos. Buena señal, ¿no? A nosotros nos atendió un camarero muy directo que sabía cómo agilizar los pedidos a base de humor y oficio.

El martes por la noche quedé de nuevo con los amigos de Matthias para ver el 7-1 de Alemania a Brasil en el Adria, un bar en el Donaukanal que estaba a petar de alemanes. ¡Vaya palizón! Al día siguiente, vi la otra semifinal del Mundial con Matthias en una cervecería cercana a su casa. Después de los penaltis, me retiré dejando al chaval en buena compañía.

Arsenal

En mis ratos libres, paseé velozmente por la Viena oficial, desde la concurrida Stefanplatz hasta el Rathaus pasando por la monumental Biblioteca Nacional y el Museumsquartier. También me dejé perder por los jardines del Palacio Belvedere y el Arsenal, un antiguo complejo militar con toques moriscos. Pero si me tengo que quedar con algo de la ciudad, no son sus imperiales edificios sino sus zonas verdes alrededor del Danubio.

Belvedere

El último día me despedí de Viena y de mis compañeros de curso entre lluvia y amenaza de tormenta. ¿Quién hubiera dicho que aquella misma semana y en aquella misma ciudad me había dado un baño de alivio estival?

Una vez un camarero vienés nos recriminó por querer juntar mesas «¿Qué hacéis?» -nos dijo-, «¡Esto no es Berlín!»

– Crucé la calle con el semáforo en rojo y el urbano me miró y me dijo «Next time, you pay».
– ¿Acaso era Robocop?

– ¿Nombres extraños? Cuando trabajaba de abogado, me vino un hombre que se llamaba «Hitler Stalin»
– Lo primero que le dije fue: «Usted no deja a nadie contento»

Días Vieneses (I)

Viena desde el Riesenrad

Estreno el mes de julio en Viena. ¿La excusa? Un curso de formación de profesores de español en el Instituto Cervantes. ¿Lo mejor? Reencontrarme con el sentido del humor de españolitos (y latinos) desperdigados por el mundo y descubrir la otra cara de la ciudad en mis ratos libres. Vamos, una experiencia que no vivía desde Toronto.

Paseo en Prater

Pasé la primera noche en casa de Xin, un couchsurfer de origen taiwanés que me acogió en su piso del 15º distrito. Por la mañana, sin destino claro y con el cielo encapotado, acudí al Cervantes para las primeras clases. Revisando el correo, obtuve la respuesta de dos couchsurfers que aceptaron mi solicitud de última hora para quedarme en su casa. Un problema menos.

La famosa noria de Viena

El caso de Astrid fue especial. Me dijo que estaba alojando a una pareja ucraniana pero que, si no me importaba dormir en el suelo, podía unirme a ellos. Nada más llegar a su piso, Andrei y Lisa estaban esperando en la cocina con un borsch –una sopa de berza típica de los países del Este- recién hecho. Resulta que habían estado haciendo autoestop por Europa durante dos meses y Viena se encontraba en el ecuador de su aventura. Eran la mar de simpáticos y me aseguraron que ahora es un buen momento para visitar su país, ya que no hay tanto marrón como se dice (excepto en un par de regiones, donde la tensión política es más alta) y los precios han bajado espectacularmente.

Siguiendo los pasos de Friedensreich Hundertwasser

Esa tarde con Andrei y Lisa fue especial gracias a nuestra anfitriona, Astrid, quien, junto a su preciosa perra Chili, nos llevó a casa de sus amigos y nos mostró Viena desde las zonas verdes: el Donaukanal, que oxigena el centro urbano, el Donauinsel, un buen sitio donde refrescarse en verano, y Prater, un parque que cubre varias hectáreas. De camino, pasamos por los edificios de Hundertwasser, algo así como la versión austríaca y contemporánea de Gaudí.

Subidos en el Wiener Riesenrad

Lo que empezó con un café en casa de Álex –un piso lleno de carácter, adornado con guitarras y estufa de leña-, acabó con una vuelta en la Noria –sí, aquella del famoso discurso de Orson Wells en El Tercer Hombre– y un strudel casero en muy buena compañía. ¿Quién lo hubiera dicho aquella mañana lluviosa?

Viena desde Kahlenberg

Siguiendo la línea verde desde Schottenring, el tercer día me llevó al piso de Kathi y Johanna, dos estudiantes austríacas que me hospedaron un par de noches. Junto a Kathi, que había hecho su EVS en Rumanía, subí (en autobús) hasta la montaña de Kahlenberg, que goza de preciosas vistas sobre Viena, desde los cercanos viñedos hasta los lejanos molinos de viento que marcan la senda hacia Bratislava. Por la noche, vimos el fútbol entre cervezas. En Viena, se interesan mucho por el fútbol y, siendo una ciudad tan cosmopolita, aficionados de todas las nacionalidades se reúnen en espacios públicos para seguir los partidos. ¡Mejor que ver España caer ante Chile yo solito en un bar eslovaco!

A parte de birras y fútbol, con las chicas pasé un buen rato conversando sobre política austríaca (¿os acordáis de Haider?), Europa y demás banalidades. Al mediodía, habíamos comido en Deewan, un local de comida pakistaní cuyo lema es “come lo que quieras, paga lo que quieras”.

Donaukanal a la altura de Roßauer Lände

La última noche me quedé en casa de Rachel, una californiana amiga de Xin (mi primer anfitrión) que también estaba muy al día del Mundial. Con ella cené en Rebhuhn, un restaurante donde sirven porciones inmensas de platos típicos austríacos. El menú era ilegible pero, por suerte, la camarera colombiana me recomendó un estofado de cerdo en cerveza negra apto para cazadores codiciosos. Rematamos la noche con unas cervezas checas en el Donaukanal junto a dos húngaras, una panameña y el novio indio de Rachel. Al día siguiente, regresé a Eslovaquia para pasar el finde y recargar pilas.

-Chico: ¿Compartimos una birra?
-Chica: Mmmm, no, prefiero una entera

Trenčin y la pequeña Eslovaquia

El castillo de Trenčin

Despido un mes de sol y lluvia con una visita a Trenčin, ciudad coronada por los restos de un castillo medieval que resistió avances húngaros y otomanos pero que no pudo con el deterioro del tiempo. Hoy en día, se pueden visitar sus ruinas, entre las que destaca una reformada torre que regala una excelente panorámica sobre la ciudad y los Cárpatos Blancos más allá del río Váh.

Vista del campo de fútbol y el río Váh desde el castillo

A los pies de la roca yace Trenčin, más pueblo que ciudad, pese a ser hogar de famosos deportistas como Martin Skrtel (futbolista del Liverpool), Marián Gáborík, Zdeno Chára o Marián Hossa (destacados jugadores de la NHL). El vetusto campo de fútbol, con sus distintivos focos en forma de piruleta, es más propio de un equipo de regional que del subcampeón de Eslovaquia. Desde la grada norte, los rivales pueden admirar el imponente castillo, dejando a sus espaldas gatos reposando sobre viejos cortacéspedes a pocos metros del Váh.

Kiosko de la estación de Trenčin

Mención aparte merece la estación de trenes, un retazo del siglo XX que soporta las reformas a regañadientes. Entre sus estrechas paredes de azulejos verdes, se empotra un quiosco empapelado de revistas y paquetes de tabaco que apenas deja ver al vendedor y, ¡mejor aún! una diminuta parada de frutos secos con balanza de aguja. Todo esto por no hablar de las ventanillas de compra de billetes y el panel con los horarios de trenes, una estampa tan coqueta como obsoleta.

Trenčin vista desde una de las ventanas del castillo

Este tipo de sorpresas son las que depara día a día Eslovaquia, un país de pequeñas ciudades y comunidades que sabe cuidar las tradiciones y que retiene el contacto con la naturaleza. El huerto, el bosque y la campiña siempre quedan a tiro de piedra, detrás de las fábricas, los pánelak y demás residuos del comunismo que afean el paisaje eslovaco.

En el aspecto estético, Trenčin supera a otras ciudades como Žilina o Trnava porque los edificios feos –como el Prior, donde se podían comprar un par de vaqueros en tiempos soviéticos- quedan escondidos o alejados del casco antiguo.

 

Niños jugando en la fuente en el centro de Trenčin

La ciudad tiene un par de iglesias preciosas –eso sí, hay que visitarlas en horario de misa ya que cierran el resto del día-, una sinagoga (más castigada por el comunismo que por el nazismo) y un par de plazas llenas de vida. La más grande de ellas estaba abarrotada de familias con motivo del Día Internacional de los Niños, una bonita iniciativa que llenó el escenario de grupos folklóricos infantiles, reforzando el sentido comunitario de grandes y pequeños. Y es que, muchas veces, la vida a menor escala funciona mejor.

Pequeño gran hombre

Cuando vives fuera, el tiempo pasa de otra forma, con otro ritmo, pero pasa irremediablemente. Las agujas del reloj avanzan con la misma ferocidad para todos, sin paradas ni excepciones. Sólo cuando muere alguien que ha formado parte de tu infancia, de tu entorno o de tu mundo cognitivo, te das cuenta que el tiempo corre y no se detiene para nadie, ya sea un renombrado político o un trabajador anónimo. El cuerpo experimenta un breve momento de sorpresa para luego continuar con la vida como si nada hubiera pasado.

En los últimos meses, han caído personalidades incombustibles como Nelson Mandela y Gabriel García Márquez, dos viejas locomotoras que parecían destinadas a la vida eterna. Hasta que la muerte, paciente e implacable, les alcanzó. Por caer, incluso ha caído el Último Guerrero, un héroe de infancia que arrasó en el cuadrilátero de los 90 con sus colores vivaces, sus bronceados músculos y su energía salvaje pero que hace unas semanas cayó rendido al hombre de la guadaña.

Hoy me he despertado con la noticia de la muerte del señor Clavero. Poca gente lo conocerá y poca gente lo recordará pero merece un tributo. Era nuestro vecino de la calle Lope de Vega, un pequeño roedor que trabajó toda su vida para construir una vida digna y justa para su familia y sus vecinos. Con 80 años, aún se zambullía en su mono blanco y subía su raquítica pero fiel escalera de madera dispuesto a reparar el mundo con la brocha gorda. Su pequeño bigote y sus ojos inquisitivos encajaban con su diminuta figura, en la que no cabía su enorme corazón. Era un hombre justo y solidario que obró con honestidad e integridad. Un ejemplo de buena persona.

Pertenecía a esa generación que rozó la hambruna y que tuvo que ganarse la vida con sudor y habilidad manual. No conocía la palabra ‘chapucero’ y sus labores eran pequeñas obras de arte de lo cotidiano. Sabía cómo perforar una pared para instalar cables y enchufes y tapaba los ‘bujeros’ con arte para evitar el rastro de cualquier imperfección. Él iluminó nuestro piso con maestría de orfebre y emblanqueció la escalera comunitaria con tal precisión que me daba reparo entrar la bicicleta y manchar las estrechas paredes con las ruedas.

Recuerdo que molestaba a los lampistas más vagos con su mirada detectivesca. Ellos lo verían como un viejo jubilado sin nada mejor que hacer pero él sabía lo que era el trabajo bien hecho y no tenía problemas en explicarlo cual maestro de escuela quisquilloso pero razonable. Si hacía algo, lo hacía bien y exigía lo mismo a sus insospechados discípulos.

Yo me lo encontraba a menudo en el tejado, donde convirtió el lavadero de su mujer en un flamante espacio dotado de las últimas modernidades. Lo dejó tan impoluto e impecable como las camisas que ella le planchaba.

El señor Clavero no fue un gran estadista, ni un pensador, ni un político –ni aspiraba a ello- pero sus pequeñas acciones mejoraron nuestro entorno de una forma práctica y eficaz. Siempre estuvo involucrado en la comunidad y nunca faltó a una reunión de vecinos. Fue un gran aliado para mi madre cuando tuvieron que lidiar con vecinos agrios, pasivos e insolidarios. Siempre estaba allí para echar una mano, fuera reparando una tubería rota, firmando un presupuesto o esbozando una sonrisa pilla.

Con la dignidad como bandera, Fernando Clavero aportó su granito de arena para mejorar una sociedad que ya se habrá olvidado de él. El mundo sería un mejor lugar con pequeños hombres como el señor Clavero, con sus defectos y sus virtudes. Mientras tanto, el reloj avanza y el tiempo pasa. Como si nada hubiera sucedido.

Primavera en Praga

El puente de Carlos sobre el río Vltava, símbolo de Praga

Viajar en Semana Santa siempre tiene sus riesgos, como la lluvia y las multitudes. Así nos recibió Praga el viernes por la mañana. Por fortuna, la capital de la República Checa rebosa cultura y la muestra de Art Nouveau en el lujoso Obecní Dům nos transportó durante una hora a la Europa burguesa de finales del siglo XIX, una época marcada por formas femeninas, alegorías naturalistas y juegos geométricos.

Fachadas de estilo Art Nouveau en el centro de Praga

Las mujeres trazadas por Alfons Mucha y Gustav Klimt empapelaban las calles de París y Viena al mismo tiempo que la alta sociedad anglosajona se encaprichaba con los muebles de Mackintosh y las lámparas de Tiffany y Barcelona despertaba al modernismo de Gaudí. Los hoteles, iglesias y edificios públicos de Praga aún reflejan este secesionismo artístico de mujeres floreadas despreocupadas por los cambios que se avecinaban en la Europa del siglo XX.

Vista externa de la catedral de San Pedro y San Pablo, en Vyšehrad

El arte, la religión y la historia emanan de cada esquina de esta preciosa ciudad que, sin embargo, corre el riesgo de ser arruinada por el turismo de masas. Hordas de japoneses, rusos y americanos pululan la ciudad como moscas atontadas. La catedral de San Vito, el puente de Carlos y el reloj astronómico, por muy impresionantes que sean, pierden un poco de encanto con tanto visitante. Peor aún es el turismo de borrachera promovido por jóvenes ingleses de neurona cervecera que acabarán abrazando farolas o perdiéndose entre la noche.

La cerveza y el tranvía recorren el barrio de Smíchov

Por fortuna, pude descubrir la otra cara de Praga con dos de sus habitantes. El viernes, Daniela me ofreció una guía nocturna por cafés literarios y garitos de rock donde los clásicos resonaron entre generosas jarras de cerveza, la bebida nacional. El domingo por la tarde fue Martin, un eslovaco de mirada despierta y mente ágil, quién nos condujo hasta el barrio industrial de Smíchov desde las frondosas murallas de Vyšehrad. Este parque público ofrece estupendas vistas sobre Praga y el río Vltava y alberga la basílica de San Pedro y San Pablo, coloreada con elementos modernistas, y el cementerio de Slavín, donde yacen los restos de famosos poetas y artistas checos, entre ellos Jan Neruda.

La ciudad medieval de Cesky Krumlov, a 2 horas de Praga

El sábado salimos de Praga en dirección a Český Krumlov, una ciudad medieval incluida en el patrimonio de la UNESCO. El castillo que domina la aldea simboliza el poder de la familia Rosenberg, quien gobernó la región de Bohemia durante tres siglos. La prosperidad de este pintoresco pueblo construido entre los meandros del Vltava continúa hoy en día gracias al turismo y el rafting. Me pregunto cómo será fuera de temporada: ¿un pueblo fantasma?

Smíchov, un barrio obrero con sabor a 'pivo'

Mi visita a Praga terminó el lunes de Pascua donde había empezado el viernes santo: con Alfons Mucha. Aunque se hizo famoso en París por sus delicados carteles de mujeres bohemias adornadas con elegantes símbolos florales, la auténtica devoción de Mucha estaba en su país. Él creó el primer sello de Checoslovaquia, aquella nación surgida del yugo del Imperio Austro-Húngaro y, en pleno apogeo del Art Nouveau parisino, decidió comenzar, por cuenta propia, una serie de gigantescos cuadros dedicados a la historia eslava. Durante veinte años trabajó en la Epopeya Eslava, su último regalo a la ciudad de Praga, una obra maestra que completó antes de caer víctima de la Gestapo.

La epopeya eslava de Mucha, expuesta en la Galería Nacional de Praga © radio.cz

Ahora, esos veinte colosos se exponen orgullosamente la Galería Nacional de Praga, rindiendo tributo a Mucha, uno de los grandes defensores (y creadores) de la identidad eslava. Su visión influyó mis últimas horas en la capital checa, donde quedarán muchos secretos por descubrir.

Aires de primavera

Ruinas del castillo de Branč

La primavera en Europa Central ha llegado antes de lo previsto. Desde hace varias semanas, el sol ilumina las calles, el verde domina los campos y las flores despiertan con hermosura de su letargo invernal. Los sonidos, los olores y los colores de esta estación han vuelto para reclamar su espacio y la mejor manera de disfrutarla es saliendo de casa.

La primavera es una excursión con Pavol, Michal y Eeva al monumento de Bradlo, donde yacen los restos de Štefánik, uno de los anti-héroes de la Gran Guerra, y a las ruinas del castillo de Branč, que domina la ciudad de Trnava y la frontera Este de la República Checa. El buen tiempo invita a una comida al fresco en un restaurante con columpios de roble y una dulce bábovka de chocolate.

Las primeras flores de la temporada en los Cárpatos

La primavera es una caminata con Hana por los Pequeños Cárpatos, ese sistema montañoso que traza un arco por Centroeuropa desde Chequia hasta Rumanía. Los riachuelos y los senderos que parten desde Modra, la ciudad de los azulejos, nos conducen hasta Pezinok pasando por el alto de Velke Homola. El primer día oficial de primavera nos recibe con ligero viento, termómetros por encima de los 20 grados, vegetación de robles y hayas y camisetas de manga corta.

Dirección Dubcové

La primavera es comprarse una bici de segunda mano y recorrer la orilla del río Váh hasta la presa de Sľňava, entre ciclistas, patinadores, patos y cisnes. Recuerdo con nostalgia mis aventuras en Francia, Canadá e Italia. Todas empezaron en primavera y sobre la bicicleta respiré mis primeros aires de libertad.

La primavera es visitar el casco antiguo de Bratislava iluminado por los rayos del equinoccio y pasear al lado del Danubio hasta que lo moderno se convierte en salvaje. Todo esto, impulsado por una dosis de arte cortesía de Alfons Mucha.

Primeras floraciones en Horná Streda

La primavera es rescatar sapos que se dirigen en masa al diminuto lago de Striebornica ajenos a los peligros que cruzan el cálido asfalto en su camino reproductivo.

Casas pintorescas en Ducové

La primavera es podar manzanos en Ducové y preparar un guláš casero en medio de la naturaleza, rodeado de buena gente (Aurel, Peter, Bruno y compañía). El sonido del furgón de helados acentúa el aire bucólico de este paisaje pintoresco compuesto por agricultores, animales y campos que se beneficiarán de la llegada del buen tiempo.

Panelák

Panelák en Vlčince, Žilina

Ni iglesias, ni plazas, ni ayuntamientos. Si hay un elemento arquitectónico común en todas las ciudades de la antigua Checoslovaquia, estos son los ‘panelák’. Se trata de bloques de pisos de hormigón que se construyeron en la posguerra como respuesta a la falta de vivienda y a la utopía de crear una sociedad igualitaria. Se construyeron de forma rápida, con material barato y sacrificando la estética por la funcionalidad.

En la República Checa, uno de cada tres ciudadanos vive o ha vivido en uno de estos horrendos bloques que afean las ciudades y yacen como una herencia muy visible del comunismo, por mucho que hoy en día se hayan pintado de colores vivos.

Por fuera, los ‘panelák’ se caracterizan por su monstruoso tamaño y su sombría uniformidad soviética. Por dentro, contienen pequeños habitáculos que no distan para nada de nuestra vida moderna forjada a golpe de Ikea.

Interior ajardinado de un bloque  en Vlčince

En Bratislava, la mayoría de la población se concentra en Petržalka, donde se encuentra la mayor aglomeración de ‘panelák’ de Chequia y Eslovaquia. Allí sobreviven, como monumento al siniestro poder del comunismo y como puerta de entrada a todo aquél que llega desde Viena.

Sin embargo, y a diferencia de las ciudades-dormitorio occidentales, asociadas con inmigración, pobreza y delincuencia, los ‘panelák’ eslovacos son lugares tranquilos donde habita la clase media. En época comunista, estos bloques uniformes rodeados de espacios verdes podían albergar tranquilamente a un abogado, un médico, un conductor de autobús o un ex presidiario.

Panelák de Nové Mesto nad Váhom

La primera vez que tuve que rodear un ‘panelák’ fue en Nové Mesto nad Váhom, donde esperaba encontrarme a un carterista o un mendigo en cada esquina. Las calles están poco iluminadas y los bloques apenas permiten un respiro, pero la mayor amenaza que te puedes encontrar es un niño jugando a hockey con su padre o una señora paseando su perrito. Parece Bellvitge pero podría ser Les Corts.

La semana pasada visité Žilina, en el norte de Eslovaquia, una ciudad que conserva dos bonitas plazas y algunos edificios interesantes pese a una planificación urbanística realmente caótica. Allí tuve la oportunidad de visitar tres bloques de extrarradio: dos en el barrio de Solinky y uno en Vlčince, donde pasé la noche.

La plaza mayor de Žilina

Los estrechos ascensores ejercen de máquina del tiempo hacia un pasado donde la denuncia podía ser el arma silencioso de un vecino envidioso. Nadie escapaba de un igualitarismo forzado por el temor y la sospecha. Ahora, por suerte, el uniformismo queda por fuera y cada uno decora y gestiona su casa a su imagen y semejanza. Algunos aún conservan el olor rancio del comunismo mientras otros se dejan seducir por el falso resplandor del euro. En cualquier caso, visitar un ‘panelák’ es un fascinante ejercicio de historia tan recomendable como pasar una tarde de cine viendo ‘La vida de los otros’ o ‘Goodbye Lenin’.

A nadie se le escapa la fealdad de estos paneles de hormigón que ponen a prueba aquello del determinismo geográfico. Los ‘panelák’ del siglo XXI se han maquillado con varias capas de chapa y pintura pero estas metrópolis de Lego multicolor permanecerán siempre como el símbolo de un fracaso. Económico, político y arquitectónico.

Crónicas desde Europa Central, el Sureste Asiático y Latinoamérica

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