El tren de medianoche

Pasada la Navidad mediterránea, Budapest y Bratislava me reciben con las calles blancas y el piso resbaladizo. Se cumplen dos años desde que llegué a estas tierras para seguir viajando. En este tiempo, me he acostumbrado al ritmo de vida y al carácter de Europa Central. Mi asignatura pendiente, por pereza y por razones prácticas, sigue siendo el idioma. Chapurreo algunas frases y comprendo palabras al vuelo pero veo difícil participar en conversaciones más dilatadas sin recurrir al inglés o, en algunos casos, al español o al italiano. Aun así, le echo morro y me lanzo sin miedo. Aunque, a veces, quizás debería aceptar la derrota a tiempo. De hacerlo, no me metería en una conversación a medianoche en el compartimento de un tren.

La estación de Bratislava, cubierta de nieve.

Así de valiente me quedé atrapado en un diálogo a tres bandas entre un viejo alcohólico adormecido y una señora con ganas de cháchara. Entre asentimientos, recursos faciales de aparente empatía y expresiones-comodín tan escuetas como vacías, sobreviví el trayecto entre Bratislava y Trnava. La señora, con tal de darme palique, se preocupaba poco de mi timidez verbal. Lo que entendí en aquella media hora seguramente es más producto de mi imaginación que de la realidad, pero casi mejor así. Deduje que ella había visitado a su hermana en la República Checa y que había trabajado con personas sin techo. De ahí que se pusiera a dar un sermón al pobre alcohólico, aunque no sé si en tono crítico o solidario.

El caso es que, en un cierto punto, el hombre desenfundó una botellita de colonia que, a buen seguro, no iba a utilizar para perfumarse. La mujer resopló y quitó el pie del acelerador, acostumbrada quizás a las causas perdidas en un país donde el olor a alcohol, como los viejos fantasmas comunistas, sigue permeando calles, parques y transportes públicos. Welcome back to Slovak Paradise!

6.45 de la mañana

Precisa. Puntual. El giro de la llave y el crujido de la puerta rompen el silencio de la madrugada. Casi sin querer, mi cabeza reconoce el gesto con un ligero tambaleo a medio sueño. Otras veces, su llegada coincide con mi gateo matinal entre cocina y baño. Lo que me toma por sorpresa es en realidad un acto previsible, regular y calculado al minuto. Ella acaba su día cuando los demás apenas empiezan el suyo. Su discreta existencia tan sólo queda delatada a las 6.45 de la mañana, momento en que su llave penetra el cerrojo y deja entrar un halo de luz, el que desprende el rellano, en ese habitáculo tan cercano pero a la vez tan distante.

Su silencio alimenta mi curiosidad. ¿De dónde llega? ¿Acaso ocupa el turno nocturno en una fábrica o en un hospital? ¿Quizás entretiene almas perdidas bajo el amparo de la noche? Me la imagino esbozando una sonrisa cómplice al conductor del autobús que la deposita, puntual y sin retrasos, en las calles vacías de un pueblo bañado de hojas otoñales. Me imagino el paso ligero de unos tacones deseosos de reposar en un armario caluroso. Me imagino una persona cumplidora, desafortunada en el amor, que da más de lo que recibe.

Mientras las criaturas diurnas empiezan su rutina laboral, ella permanecerá solitaria en un mundo recóndito, soñando con despertar de su letargo al otro lado de las 6.45 de la mañana.

The Rugby Express

RUC Piešťany on a very hot day in Žilina.

The Piešťany lads achieved another milestone last Saturday by attending the Žilina Beach Rugby tournament. The day (and night) was a great success and we all had great fun mingling with fellow rugby players from Žilina and Bratislava.

We had a very small contingent, but we can be proud of each and every one of them: Adam (a captain, a winner), Jakub (consistent as ever), ‘bigfoot’ Michal (who didn’t shy away from any tackle), David and Martin (the quick ones), plus ‘old’ James who was pleased to share valuable playing time with the youngest side in Slovakia. Also present was big Dominik Gulás, who was ruled out by an injury.

After a placid train journey to Žilina, we wisely decided to share a taxi to the venue, a beach club close to the Váh river. Once there, the organisers informed us that two teams hadn’t turned up so, after a quick reshuffle (they must be used to this in Slovakia), they decided to do a 4-a-side tournament with 5 teams: two from hosts Žilina (Bears and Beers) and two from Slovan Bratislava, plus RUC Piešťany. That meant playing four games under immense heat. Better than the eight initially scheduled, I guess.

As it turned out, our first match was the best one. There was great handling –hardly a dropped pass in the first few minutes-, committed tackles and, thanks to the speed and skill of our youngsters, a handful of tries. I for one was out of breath after one minute, time enough to swallow some sand and choke my lungs. The heat was excruciating and, as we only had two replacements, we couldn’t wait to get off the sand to catch some air and drinks. Despite the exhaustion, we won the first game due to good teamwork, fitness and talent.

From the second game onwards, we had an extra couple of guys provided by the other teams, who kept praising our quick, clean and brave performance and were always happy to give us a compliment and a tip. In this respect, I should mention Michal Mihalík who, on and off the field, kept giving us positive and constructive feedback.

The second game, with the help of a couple of ‘Bears’, finished in a draw, with David and Martin getting the best part of the tries. In the end, everyone scored a try except Michal the gentle giant –who was an exceptional tackler, not afraid of anyone- and myself although, in my defence, I have to say I did provide quite a few assists, the best one being a long ball that perfectly fell into David’s hands for him to score. I could try it again 100 times and it wouldn’t work. That was more satisfying than any ball I could cross the line with. But let’s not get carried away!

After a win and a draw, we felt confident and we were well aware of our strengths. However, game 3 caught us off guard and by the time we woke up, we had already conceded a few sloppy tries. But still there were good contributions from our players who never gave up and were not afraid of tackling and running at big men. Bravo.

Match 4 saw us fall again but we were always competitive. Special mention goes to David who got a bunch of tries, one generously gifted by Mihalík, a true gentleman. We also have to thank the Bears and Slovan players who briefly joined our ranks and gave us extra legs on a hot summer day.

After these matches of 5 minutes per half, we all agreed to call it a day and avoid any play-offs. After the competition –all in a very friendly spirit-, we picked up our medals, attended the press, had a nice gulaš lunch and finished it off with a swim in the nearby Váh, a personal moment enjoyed by the Piešťany players.

A delay with the train back home turned in our favour as we were forced to mingle with the other teams. Martin a.k.a. ‘Casanova’ always kept an eye on the pretty girls, much to the amusement of Adam and myself. Meanwhile, Michal a.k.a. ‘Bigfoot’ helped the groundsman out with repositioning the volleyball nets on the pitch.

The 100 minute delay meant we got to the station with enough time to improvise a touch-rugby clinic in the underpass. That was the beginning of the camaraderie with the Slovan Bratislava crew, who payed for our taxi and ushered us on to the train.

The rugby atmosphere would continue on the train restaurant, where else if not? We took over the whole wagon and, no sooner had we sat down, bottles of beer and shots of stronger stuff were circulating faster than the train itself. Martin was well away with the partygoers on one table while nearby most of the lads were devotedly listening to Mihalík’s discourse on, I guess, rugby. I, instead, was left speaking in Slovakenglish with a few Moravians who had spent the delay soaking up beers and borovičkas served by a happy-go-lucky waiter who ended his shift drinking with the rugby lot. Typical rugby! Typical Slovakia!

We just made it off the train in time after saying a long goodbye to our newfound friends, who had showed the lads that a game of rugby doesn’t just end after the final whistle. I can only imagine the state in which they would get to Bratislava but you can rest assured that our responsible and clean-living lads arrived home in one piece. At least I hope so!

Recuperando la inocencia perdida

Súľovske Vrchy

Primer fin de semana de junio. Sol tempranero, cielo despejado, temperaturas en ascenso, pantalones cortos. Sensación de verano.

El tren de las 7 nos regala en Trenčín a tres jubilados preparados para un día de senderismo en los Cárpatos. La señora, maquillada para la ocasión, nos ofrece las fresas de su jardín mientras recuenta sus rutas a pie por estas tierras. Ella, cual antigua maestra, habla. Sus acompañantes, un hombre de rostro honesto y mirada pueril y una mujer de menos edad que ambos, asienten e intervienen cuando les toca. Los dejamos con sus historias y sonrisas en Považká Bystrica, localidad encasillada entre las cordilleras de Strážovske Vrchy y Javorníky, a orilla y orilla del río Váh. La ruta de hoy tiene principio y final en Bytča y nos llevará por bosques de hayas y pueblos que aún no han perdido la inocencia.

HrabovéPienso sobre todo en Hrabové, donde las gallinas campan a sus anchas en medio de la carretera y los vecinos mantienen la costumbre de saludar. Sus calles vacías nos reciben a las 9 de la mañana con una canción de gramófono emanando por los altavoces del pueblo. El anuncio de una asamblea para presentar al nuevo entrenador del equipo local de fútbol sirve de banda sonora mientras afrontamos las primeras rampas. Las casas, tan bien cuidadas como los cementerios, presentan unos jardines aprovechados hasta el último milímetro con flores, verduras y frutas que relucen al sol.

Vistas hacia la valle de Súľov

Fuera del pueblo, tan sólo el sonido de algún tractor lejano interrumpe un bucólico paseo entre prados y bosques que rezuman vida. La recompensa a tanta subida son las formaciones rocosas de Súľovské Vrchy, que remiten a un mar prehistórico ahora lleno de tierra y vegetación. En uno de estos picos de conglomerado –zlepenec en eslovaco- reposan las ruinas de una pequeña fortaleza medieval que desafía las leyes de la ingeniería.

Estación de ferrocarril de BytčaA la vuelta, ya en descenso, paramos en el único bar del pueblo donde dos hombres descamisados se resguardan del sol de media tarde con cerveza en mano. El camarero, genuinamente simpático, nos pregunta si hemos visto serpientes por el camino, asegurándonos, en cualquier caso, que no son venenosas. También dice que el oso –imagino que sólo habrá uno y será cliente habitual- no suele pasar mucho por allí.

El Váh desde el tren

Cuando veo estos lugares y sus gentes, me pregunto cuánto tardarán en perder esa inocencia que tan raro es encontrar. En el tren de vuelta, el joven revisor, curioso por saber qué sendero habíamos tomado, pone a dormir mis temores, al menos hasta mañana.

Pioneros

Ras, dva, tri, Rugby Piešťany!!

Ni fútbol, ni tenis, ni ciclismo. El deporte nacional en Eslovaquia es el hockey sobre hielo. Desde una edad muy temprana, los niños calzan patines, se deslizan sobre el hielo y aprenden a manejar el palo como parte de su rutina diaria. Sueñan con seguir los pasos de los Hossa, Gáborík, Chára, Tatar y Šatan en la NHL y aspiran a dar al país su segundo campeonato del mundo tras el logro del 2002, una efeméride situada al mismo nivel que la revolución de terciopelo o la entrada del país en la Unión Europea.

El Mundial de fútbol pasó inadvertido en Eslovaquia -raro era encontrar algún bar que diese los partidos por televisión-, y las Olimpiadas (de invierno, se sobreentiende) tuvieron un poco más de repercusión, gracias al hockey y a una biatleta de origen ruso.

Cuando llega el campeonato del mundo de hockey, cada año a principios de mayo, los eslovacos exhiben tímidamente sus banderas, llenan los bares y vacían las calles para apoyar a los suyos, si bien con más esperanza que expectativa. La alegría suele durar poco, luego el pesimismo se reinstala y la vida vuelve a la normalidad.

El caso es que hay una cultura de hockey muy arraigada y las imágenes de hombres barbudos y toscos acaparan páginas de deportes y carteles publicitarios. Incluso las mujeres están al tanto de palabras como power-play, faceoff, hooking, slashing y puck.

Scrabby y Kubo haciendo el trabajo sucio

Viendo la abundancia de tipos grandes y robustos y su aprecio por el deporte de contacto, parecía que el rugby sería un deporte ideal para los eslovacos. Así empezó Rugby Union Club Piešťany, la idea loca de un inglés y un francés surgida de una conversación de bar. El objetivo era convencer a estos bebedores de cerveza y slivovica para ceder sus cuerpos al noble deporte del rugby. En eso fracasamos (por el momento). Sin embargo, convencimos a un grupo de scouts y sus amigos, la mayoría de peso pluma, a que lo probaran. Y parece que les gustó porque, con paciencia y dedicación, ya llevamos medio año entrenando.

Vestuario improvisado

Nieve, lluvia, sol. Los chicos repetían cada domingo, primero en la calle, luego en el parque y finalmente en un campo cedido por la región de Trnava. Cada vez pedían más contacto y menos tocata y le tomaron cariño al balón ovalado, incluso exhibiéndolo en clase.

Adam se reveló como un auténtico apertura

El pasado sábado, conseguimos un hito histórico para el rugby eslovaco. Por primera vez, un equipo juvenil participó en un torneo de Sevens. Fue en la localidad fronteriza de Esztergom, en Hungría, y los chicos, algunos de los cuales habían entrenado sólo tres veces, dieron la talla.

David contra Goliat

El primer partido acabó con una mínima derrota dignificada con un par de ensayos de pura calidad. El segundo partido, contra los campeones de Szeged, fue una lucha dispar e injusta entre niños y hombres de la que los niños salieron escaldados. Eso no les impidió lanzar un par de placajes valientes y guardar fuerzas para un último partido que ganaron con holgura. La victoria final puso el colofón a una jornada para la historia que, con un poco de suerte y trabajo, tendrá continuidad.

Pase lo que pase en esta frágil aventura del rugby en Piešťany y en Eslovaquia, siempre tendré el orgullo de haber formado parte de este equipo. Rugby zdar!

Primer equipo juvenil de Eslovaquia

Los héroes de Esztergom, pioneros del rugby en Piešťany: Michal Bartovič (segunda línea), Tomáš Škrabak (talonador),  Tomáš Opial (ala), Adam Scherrer (apertura), Jakub Augustin (pilier/centro),  Lukáš Pomajbo (medio-melé/centro), Pavlo Osypenko (ala), Ján Lehuta (ala), Lukáš Chmelo (pilier/centro). Equipo técnico: Terry Purton y Filip Kráľ.

Paris

Cartel de Social Distortion en Le Bataclan

Mike Ness fue la excusa para una extraña escapada a París, donde me reencontré con viejas melodías, viejos amigos y viejos fantasmas.

Vista parcial de la iglesia de Saint-Merri

El cielo encapotado y la lluvia proporcionaron el telón de fondo ideal para descubrir la cara más oscura y siniestra de esta capital de capitales. Detrás de la belleza gótica de Notre-Dame, de la inocencia pueril de los Jardines de Luxemburgo, de la majestuosidad de la plaza de la Concordia y los Campos Elíseos, de los innumerables palacios llenos de clase, arte e historia, del prestigio de la Sorbona, de la finesse de los cafés y del bullicio de Montmartre, detrás de todo esto, se esconde una miseria que ni Victor Hugo hubiera imaginado.

Ese submundo se deja ver a plena sombra en las estaciones del RER, el ferrocarril de la banlieue, donde yacen almas sin techo, sin destino y sin esperanza. Son las sobras putrefactas de una sociedad acelerada que camina ciega hacia la mediocridad. Estas criaturas que pululan los bajos fondos parisinos han perdido la dignidad, el respeto y, peor aún, la humanidad. Son las víctimas de una ciudad inclemente ante cualquier signo de debilidad. En París, o triunfas o fracasas.

La tumba de Edith Piaf en el cementerio de Père LachaiseLo mismo sucedió antaño con los escritores y artistas que hoy pueblan el cementerio de Père Lachaise o compiten a título póstumo por un rincón en el Louvre o el Orsay. Mención especial merecen estos dos museos, cuyas colecciones desbordan el palacio real y la antigua estación de tren que las acogen.

Un rincón con encanto, le Marché des Enfants RougesLa hiper-abundancia de reliquias, esculturas y pinturas del Louvre, por no hablar del edificio en sí, hace que corramos el riesgo de ignorar grandes obras de arte. Como una buena canción escondida al final de un extenso recopilatorio, en esta galería un ánfora etrusca, un retrato renacentista o un Delacroix pueden quedar eclipsados por grandes hits como la Mona Lisa, acechada a diario por una horda de turistas iconoplastas.

En el Musée d’Orsay saldé mi cuenta pendiente con los pintores a ambos lados del impresionismo. En muy buena compañía, pasé por la lúgubre iglesia de Van Gogh en Auvers-sur-Oise y me bañé en los veranos puntillistas de Signac, Cross y Seurat. Cuál burgueses adinerados, nos metimos en el cabaret crudo de Toulouse-Lautrec y pasamos de puntillas por la vie en rose de Renoir. Luego viajamos a la Francia rural de Sisley y Pisarro y nos fijamos en la postura obrera de los acuchilladores de parqué de Caillebotte y las espigadoras de Millet.

Como buenos observadores, espiamos desde el césped a la mujer de Monet, devolvimos la mirada penetrante a la Olympia de Manet y, de paso, nos colamos en su petit déjeuner sur l’herbe. A todo esto, Degas se mostró esquivo, Berthe Morisot cautivadora y Gauguin juguetón. Por último, nos acoplamos a la procesión de Ornans, gentileza de Courbet, quién, con sonrisa en boca y pincel en mano, nos enseñó el verdadero origen del mundo.

Salas de cine MK2 en Quai de la Seine

La República vestida de rojo obreroUna cerveza entre periodistas en Ménilmontant y Belleville, a tiro de piedra de la guarida de Édith Piaf, y un paseo matinal por el Canal Saint-Martin hasta el Bassin de la Villette marcaron mi feliz reencuentro con el periodismo paria.

La plaza de la República se despertó el 1 de mayo vestida de banderas rojas y tatuada con hoces y martillos que han perdido su fuerza y su gracia. No así París, que, bajo el sol o la lluvia, entre las élites y las clases obreras, el cruasán y el cus-cus, pese a los islamistas y Le Pen, la buena vida y la miseria, el blanco y el negro, sigue conservando el esplendor, el charm y su condición de enfant terrible del continente europeo.

Ring of FireP.S: En mi pequeño cobijo del Marne, miro hacia atrás y repaso sueños y cicatrices. El vacío de mi estómago pesa como una losa que no quiere reposar hasta recuperar la inocencia perdida. El silencio aplaca fricciones y se encarga de regar un fuego incandescente. À bientôt, Paris.

Viejos conocidos

El cartel de Degas me sedujo al museo

Lo que me gusta de una ciudad es poder revisitarla. Calles, edificios, monumentos, parques, bares, puentes, canales, galerías, estaciones y plazas se convierten en elementos familiares de un rompecabezas mental que va encajando a medida que avanzamos. Con cada nueva visita, se añaden nuevas piezas al puzle de recuerdos, hasta conformar nuestra particular visión de una ciudad o de un país.

Cada vez que voy a Viena, me doy cuenta de lo habitable que es. Antes de conocerla, me había formado esta imagen de antigua urbe imperial diseñada para clases adineradas amantes de la ópera y la pulcritud. Evidentemente, hay espacio para el refinamiento y el despilfarro pero también ebulle una subcultura que convive muy bien con la Viena clásica.

No hay que ir muy lejos para disfrutar de esa curiosa mezcla. A dos pasos de Stephansplatz está Café Leopold Hawelka, un famoso local frecuentado por bohemios, viejos ricachones y turistas. Sus muebles y paredes de madera oscura le confieren un tono lúgubre a la vez que acogedor. El joven maître –probablemente chutado de cafeína- atiende con igual cortesía al excéntrico vienés con corbata y gabardina que al grupo de estudiantes francesas que embellecen el salón con su je ne sais quoi. Los locales pedirán un kleiner Schwarzer (corto) o un großer Schwarzer (largo), mientras que los novicios pedirán un café expreso o un cappuccino. Yo, inducido por mi amigo Matthias, me tomo una cerveza y tan a gusto.

Escapada a VienaUn paseo por las calles del primer distrito nos lleva a un lugar que ya formaba parte de mi mapa mental, el Rebhuhn, un excelente restaurante al que se va para comer bien y disfrutar de un ambiente tranquilo y placentero. La luz natural invade este espacioso gasthaus capaz de atender tanto a un grupo de ejecutivos con hambre como a una pareja cinéfila con ganas de romance. La comida es potente pero sofisticada. Nunca pensé que un bloodwurst –piensen en morcilla- con puré de peras pudiera resultar tan ligero.

El tranvía –¡cómo me gustan las ciudades con viejos tranvías!- nos deja en otro punto de mi tablero: el WUK. Esta antigua fábrica de locomotoras reconvertida a centro cultural parece el lugar idóneo para reencontrarme con la música de dos viejos conocidos, Two Gallants. Hará casi diez años que los vi por primera vez, casi por casualidad, en Sidecar, uno de los garitos más pequeños de Barcelona. Desde entonces, los he seguido por varios países y Viena –donde esperaban un millar de fans un lunes por la noche- no iba a ser una excepción. Ahora han incorporado más riff y distorsión a su directo pero clásicos como ‘The Prodigal Son’, ‘Steady Rollin’ y ‘Despite What You’ve Been Told’ siguen poniendo a estos dos galanes de San Francisco a la altura del mejor Bob Dylan. Insisto, y no me importa ser pesado en ello.

Tras el concierto, me reúno con Matthias y sus colegas futboleros en el Debakel, un bar para fumadores y jugadores nocturnos. Aquí la excusa del “mañana trabajo” no se utiliza. Quizás un bratwurst crepuscular, servido en plato de cerámica desde la ventanilla de un quiosco, ayuda a mitigar el cansancio.

Pieza de Warhol en el Museo Albertina de Viena

A la mañana siguiente, añado dos nuevas piezas a mi pasatiempo vienés. Para desayunar, el Café Himmelblau, en Kutschkermarkt, una cafetería para señoras y señoritas donde el cocinero trabaja mejor con resaca.

Luego, me doy una inyección de cultura en el Albertina, museo que alberga una magnífica colección de arte moderno, desde Courbet hasta Warhol. Lo que me atrajo hasta allí fueron los pasteles de Degas y Seurat y las acuarelas de Cézanne, prestadas del Musée d’Orsay, mi cuenta pendiente. Como sucede cada vez que voy a visitar a los impresionistas –viejos amigos como Manet, Monet, Toulouse-Lautrec y Signac-, descubro nuevos artistas de talento equiparable.

Agrego Segatini al mundo campesino de Millet mientras sonrío con la burguesía caricaturesca de Daumier; me quedo con la femme fatale de Schwabe sorprendiendo al enterrador y la osadía pornográfica de Félicien Rops; reservo un lugar para LeBrun y Théo van Rysselberghe en la escuela de puntillistas; paso de puntillas por los perturbadores sueños de Redon, Nuncques y Kupka; y me dejo seducir por las mujeres de Mucha, Mariano Fortuny y Aristide Maillol, previo paso por los burdeles de Degas y Toulouse-Lautrec.

Los colores chillones de la colección permanente –salpicada de Picassos, Monets, Magrittes y Matisses– estimulan mis sentidos y me dan una nueva razón para volver algún día a redescubrir la ciudad. Escapadas así dan gusto.

Fade Away

As you get older, time flies by dramatically. Seasons come and go in a flash and you start counting years instead of months or weeks. Friends move on, kids are born, bodies age, faces wrinkle and people pass away. That is when the past catches up on you, memories randomly float in your mind and nostalgia kicks in.

This week, my grandmother Barbara died, putting an end to an existence that marked part of my childhood. Once a wartime nurse, she was a kind and generous woman who always looked out for us and wasn’t afraid to speak her mind in public, even if we sometimes felt embarrassed by her ticking someone off.

The last few years of slow decay should not mar the memory of a decent person whose common sense and generosity live on in my mother and my uncle. The same goes for her husband, steady old Jim Douglas, who almost made it to 100 with a weekly dose of golf, a daily drop of Scotch whisky and the constant devotion of his wife.

When we were children, my sister and I used to spend our summers in England. During one month, we would catch up with the eccentric characters in our family –especially on my father’s side- and discover the pleasures of city and country life.

The holidays usually started and ended in London, where we experienced first-hand the excitement of a big bustling city: jumping on double-decker buses, visiting all the museums and landmarks in town, walking around ageless parks, observing the tide-changes of the Thames from our Great Uncle’s houseboat, venturing into the West End for a musical or simply playing up and down the staircase in Granny’s old house in Chelsea.

After the furore of London, where excitement and hassle often become one, there was nothing more welcoming and relaxing than a trip to Kent. The Channel winds that sculpt the magnificent White Cliffs of Dover would wipe away any remnants of city stress. That is where the Douglas family came into the picture. Jim and Barbara never failed to pick us up at Dover or, to my Dad’s delight, Martin Mill, a picturesque little station caught in a time between Constable and The Railway Children. That is where the summer really began.

I remember the ticking sound of the turn indicator as my grandfather’s car approached a crossroad. I remember the plastic box of toys my grandmother had collected from car boot-sales and second-hand shops. I remember the smell of polished carpets in a bland flat that overlooked a much more inviting garden. I remember my first bike ride on the sloping village green at St Margaret’s at Cliffe. I remember throwing pebbles from the Deal prom and picking blackberries in the country with my dad. I remember the fresh smell of rain after a morning at the Tides waterpark. I remember playing on the Mitchells’ farm from dawn till dusk. I remember admiring acres of wheat fields, which would turn into Weetabix and Shreddies for breakfast. I remember tucking into fresh lemon sole bought from the local fishmonger and buying bangers from old Mr. Hubbard

My grandparents will always be a part of these memories and I am eternally grateful to have had a taste of this idyllic and innocent world which, I am afraid, doesn’t exist anymore. At least not in modern England.

Jim and Barbara were a consistent presence in my early life and they were the image of good old-fashioned decency and serenity, even in their last fragile years. But it is precisely this human fragility which worries me most about the future. We are creatures of experience and I am fully aware that life is all about savouring those magical moments that merely occur. One dreaded day, however, memories will slowly fade away. Until then, let us continue this epic journey without forgetting those we leave behind but also without being bogged down in the slippery sands of nostalgia.

El sainete de los viernes

Iglesia de aspecto satánico enfrente del instituto

Ya llevo un año en Eslovaquia y, como quien no quiere la cosa, también llevo un añito en el instituto bilingüe de Vrbové. Me presento una vez a la semana, me pongo delante de 20 adolescentes y les intento sacar conversación en inglés. Tres grupos, seis horitas, unas risillas y para casa.

El instituto no se caracteriza precisamente por su rigor y seriedad, lo cual ya me va bien. El vaivén de alumnos por el pasillo y el cambio de aulas es una constante y la comunicación brilla por su ausencia. Por otra parte, la sala de profesores es un corrillo de cotilleos, rímel e indiferencia del cual me mantengo, forzosamente, al margen.

Este viernes, como otros, la situación tomó forma de esperpento. Después de navegar una primera sesión a trancas y barrancas, la segunda empezó con cuatro chicas pidiéndome permiso para salir antes y tomar el autobús. La última vez que cedí, me desertó la mitad del grupo.

Primera interrupción. Dos alumnas llaman a la puerta para anunciar algo que, entiendo, no me afecta. Continuamos.

Segunda interrupción. La secretaria me viene con papel y boli en mano para que firme un nuevo contrato. La mando a paseo, la muy buena, y continuamos.

Luego, mientras las del bus se marchan, dos alumnos me informan de que tienen que ir a recoger las notas. ¿Oportunistas? Al parecer, es lo que habían anunciado las dos mensajeras de antes. En este punto, ya me empiezo a cabrear. Bastante me cuesta centrar la atención de los chavales como para que, encima, la clase se convierta en el camarote de los hermanos Marx.

Tercera interrupción. En la puerta aparece una profesora rodeada de una cuadrilla de alumnos que, entre risas, me piden cambiar de clase. ¡Lo que faltaba! Esta vez estallo y les mando todos a tomar por saco. Menuda broma. Ni corto ni perezoso, pillo mis trastos y me voy.

Recojo mis pertenencias –chaqueta, guantes y gorro de lana, que está nevando con ganas- y, a la falta de títeres en la sala de profesores a los que poder ventilar mi frustración, me planto directamente en el despacho del director. Sí, aquel pequeño zorro cuyo inglés es tan limitado como mi eslovaco. Y se lo digo (imagínense más gestos que palabras):

¡ME VOY!

Me quedo a gusto… por un momento. Hasta que el hombre –sin haber detectado mi cabreo-, mira por la ventana y me contesta:

Sí, sí, sí… Tiempo horrible. Mucha nieve. Alumnos para casa. Todos.

Me quedo sin palabras. Vaya revés me ha metido el tipo sin comerlo ni beberlo. Directa y por la escuadra, de pura chiripa. Y yo, con la frustración en el cuerpo y la cara de circunstancias.

Lo peor de todo es que, veinte minutos más tarde, y con los humos bajados a golpe de nieve, me paso por secretaría y firmo un contrato por tres meses más. ¡Tener rabietas para esto!

Llaves de libertad

Monumento que recuerda a los que sacrificaron su vida intentando escapar del comunismo

Un día gris y lluvioso de 1989 marcó el principio del fin del hermetismo comunista en Checoslovaquia. Hicieron falta 21 años y un par de llaves para vengar a la generación acallada por los tanques soviéticos tras la esperanzadora pero efímera Primavera de Praga. Esta vez, ni siquiera las porras de la policía soviética pudieron con el empeño de un grupo de estudiantes y disidentes políticos que veían en las palabras de Gorbachov y, más aún, en los acontecimientos de Polonia, Hungría y Alemania Oriental una oportunidad para acabar, de una vez por todas, con 40 años de sospechas, puertas cerradas y pensamiento único.

El sistema soviético tenía los días contados pero no se iba a marchar así por las buenas, no sin un último alarde de su patético y destartalado poder. Tuvieron que ser los jóvenes quienes lucharan por deshacerse del yugo comunista y bramaran aires de libertad por las calles de Praga y Bratislava. Los golpes y las patadas de la policía en las manifestaciones de Praga del 17 de noviembre de 1989 contrastaban con la impotencia de la guardia fronteriza de Berlín que, una semana antes, observaba con asombro pero sin violencia cómo se derrumbaba ante sus ojos el símbolo más visible de la cortina de acero.

Praga siempre ha asumido un papel protagonista en la disidencia al sistema comunista, desde el manifiesto de un grupo de intelectuales en 1977 hasta la Revolución de Terciopelo que estos días celebra un cuarto de siglo. Sin embargo, no todo se reduce a Praga ni a Vaclav Havel, el dramaturgo reconvertido a político que fue elegido el primer presidente de Checoslovaquia tras la disolución definitiva del comunismo.

Placa en honor a los muertos que intentaron cruzar la frontera en Devin

Fueron los estudiantes de Bratislava quienes primero salieron a la calle en una manifestación espontánea y pacífica convocada en la víspera del Día Internacional de los Estudiantes, el 16 de noviembre de 1989. Reclamaban una educación imparcial que no escondiera ni tergiversara los hechos del pasado. En su mensaje había una clara crítica al régimen y un deseo de apertura social, política y económica. Fueron esos estudiantes a orillas del Danubio quienes encendieron la mecha de unas protestas recibidas al día siguiente con golpes y bastonazos en Praga. Pese a los palos y las amenazas, el fin a 41 años de comunismo parecía irreversible.

Durante varias semanas, estudiantes e intelectuales ocuparon plazas, teatros y campus universitarios y convencieron a los más escépticos –aquellos silenciados por los tanques del Pacto de Varsovia en verano del 68- que, esta vez sí, el cambio era posible. Pedían elecciones democráticas, apertura exterior y libertad de expresión. Sus únicas armas eran las pancartas, las canciones y unas llaves agitadas al aire como metáfora de libertad y adiós a la cerradura comunista.

Manifestantes en Praga, el 19 de noviembre de 1989

En pocos días, lo que había empezado como una pequeña protesta estudiantil ganó adeptos y paralizó el país hasta que el régimen, abandonado por la otrora poderosa Unión Soviética, no tuvo más remedio que claudicar y dar paso a un nuevo capítulo en la historia de Europa. El espíritu de cambio, las canciones de Karel Kryl y el retorno de viejos reformistas como Alexander Dubček -el rostro humano del socialismo en los años 60- llenaron de emotividad esta pequeña revolución que, pese a las tensiones e incertidumbres iniciales, triunfó sin un solo muerto.

La nueva década trajo consigo nuevos problemas derivados de una transición repentina y caótica que convirtió la ilusión en pesimismo. Las mafias, el clientelismo y la corrupción política se instalaron en un país que optaría por dividirse de forma amistosa, más motivado por el ego de sus líderes políticos (Klaus y Mečiar) que por el sentimiento popular. Pero eso es otra historia.

Hoy, Bratislava y Praga despiertan con otro día de noviembre gris y lluvioso. Las llaves de libertad acumulan polvo mientras sus dueños recuerdan con nostalgia y melancolía a aquella generación que decidió enfrentarse a los fantasmas de sus padres y cantar victoria sin derramar ni una gota de sangre.

Crónicas desde Europa Central, el Sureste Asiático y Latinoamérica

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