Navidades en el estado de Shan (I)

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Invierno es el mejor momento para viajar en Myanmar. Es la temporada seca, el clima es agradable y todo funciona con normalidad. El tráfico para salir de Yangon es insoportable, como de costumbre, pero el cuerpo ya se acostumbra a este ritmo de vida. Cuando alcanzo la estación de autobuses, ya es de noche. Una húngara, una holandesa, una vietnamita y un australiano forman el grupo al que me he unido para pasar las navidades. El destino es Lashio, en la frontera con China, donde haremos tres días de rutas en moto y a pie entre ríos, cascadas y montañas.

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El aire acondicionado del autobús nocturno ya nos prepara para unas temperaturas más bajas que en Yangon. Hacia las tres de la madrugada, descendemos en la terminal de autobuses de Mandalay y, entre cinco, tomamos un taxi hacia Pyin Oo Lwin, en el estado de Shan. En el hotel, una antigua casa colonial británica que cayó en manos del gobierno militar, nos damos el tiempo justo para una ducha y un pequeño descanso. Dedicamos la mañana a visitar el parque botánico aprovechando que se celebra la fiesta de las flores. Es curioso ver a los locales abrigados con chaquetas, bufandas y gorros de lana en un día nublado pero templado.

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Pyin Oo Lwin, como la mayoría de pueblos y ciudades en Myanmar, no tiene gran cosa en cuanto a arquitectura. Aquí se viene a disfrutar de la naturaleza o a contemplar la vida cotidiana de sus habitantes. Personalmente, me quedo con los colores y olores del mercado, un laberinto de tenderetes de ropa y comida que parece nunca agotarse. En las calles, las motos y los perros circulan por todas partes y las cabras y gallinas también se unen a este curioso paisaje urbano.

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El día de navidad los pasamos en el tren de Pyin Oo Lwin a Lashio. Viajar en tren en Myanmar ya es una experiencia fantástica pero este tramo ofrece unas vistas realmente espectaculares. El momento cumbre llega al cruzar el viaducto de Goteik, un puente de 689 metros no apto para personas con vértigo. El lento traqueteo del centenario ferrocarril confiere al pasajero la sensación de estar en una atracción de feria histórica.

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A media tarde, el tren para en Hsipaw, donde la mayoría de foráneos se apean para hacer senderismo. Curiosamente, es a partir de entonces cuando el paisaje pasa a ser aún más precioso. Las vías de tren se abren paso entre una vegetación frondosa que se bate contra las ventanas como si la naturaleza reclamara al hombre su territorio. Entre rama y rama, se observan pueblos de tez polvorienta y se intuyen los meandros del río Myitnge. Mientras tanto, el tren va descargando mercancías y vendedores ambulantes vienen y van.

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Llegamos a Lashio de noche. El motor de nuestro tuk-tuk se quema en la primera cuesta y, tras un apaño mecánico, alcanzamos el centro antes de que cierre la parada de fideos del mercado. Ahora toca descansar y prepararnos para la aventura que nos ha organizado Byron, un canadiense afincado en esta zona desde hace un par de años.

El deporte rey

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He visto partidos en directo de la liga española, la inglesa y la italiana. He tenido la suerte de presenciar eliminatorias de la Champions League, he vivido ascensos y he viajado a finales de copa. Pero en pocos sitios he sentido tanta pasión por el fútbol como en Myanmar, en especial con su selección nacional.

Es imposible pasear por Yangon sin ver un escudo del Chelsea o del Manchester United estampado en un coche, una tienda o un triciclo. Las camisetas (falsas) de los grandes de Europa abundan y cuando dices que eres de Barcelona, Messi es la primera palabra que les viene en boca. Los bares a pie de calle se llenan para ver los partidos de la Premier League, que repiten hasta la saciedad.

Sin embargo, estos días los focos recaen en las selecciones del sureste asiático que, lejos poder clasificarse para un Mundial, compiten entre sí por la Copa Suzuki. Suena un poco a broma pero esta competición se la toman aquí muy en serio y cuando juega Myanmar en casa, se desata la locura.

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El estadio Thuwunna, al este de Yangon, se convierte en una marea roja que vive el fútbol como una fiesta en la que poder expresar su maltrecho orgullo nacional. Los vendedores ambulantes, además de fideos, arroz y las sempiternas nueces de areca que mastican los taxistas, venden camisetas, banderas, pegatinas y cintas de tela con los colores de la selección.

Los precios –entre 2 y 4 euros al cambio- hacen el fútbol accesible y se forman largas colas para comprar entradas. En el estadio, no hay diferencia entre tribuna y goles, creando un ambiente más cálido y unificado. Esto es algo que realmente merece la pena vivir, guste el fútbol o no.

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La experiencia es muy Myanmar. Las medidas de seguridad brillan por su ausencia y dudo que el estadio cumpla con cualquier normativa de la FIFA. Los accesos son muy básicos y, quien tenga que hacer sus necesidades, que lo haga en los aledaños, al lado de las paradas de cocina improvisadas. Las gradas, abarrotadas, obligan a ver el partido de pie. Incluso los árboles se asoman entre vomitorios.

Las bebidas se sirven en bolsas de plástico con caña para evitar su posible uso como misiles. Aun así, en momentos de aireo, las bolsas también se lanzan al campo, aunque suelen quedar colgando en las vallas que rodean el terreno de juego. A parte de estos gestos de agitación puntual, el seguidor es muy respetuoso y educado.

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Las miradas de sorpresa al ver a un extranjero en las gradas nunca cesan. Protagonizas más ‘selfies’ que su jugador estrella pero, en el fondo, te agradecen que animes a su equipo. Los cánticos son muy inocentes y el repertorio es limitado, sin esa saña que se le suele dispensar al equipo rival o al árbitro en Europa.

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Evidentemente, la emoción de la victoria –la semana pasada ante Malasia– se desinfla un poco con el sabor amargo de la derrota, como el domingo frente a los vecinos tailandeses. Sea durante el himno o al marcar un gol, no hay duda que las 35.000 almas que llenan el estadio representan con orgullo los 54 millones que viven en el país. Lo que les falta en calidad futbolística lo superan con creces en pasión. El poder del deporte es innegable. Myanmar go!

Noche de perros y ratas

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Myanmar, como tantos países en vías de desarrollo, tiene muchos perros callejeros. Durante el día, descansan tranquilamente en las aceras o esquivan el tráfico en busca de restos de comida. No crean problemas y asumen su rango social por detrás de personas y vehículos. Esperan pacientemente la noche, momento en el cual salen de su letargo y ocupan una posición dominante en el paisaje urbano.

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El sábado, al volver de fiesta, decidí seguir el camino que suelo tomar para llegar a casa. La ausencia de coches facilitaba el paso y así continué hasta apercibir las primeras siluetas de los perros. En las calles silenciosas, vacías de gente, aumentaban su presencia. Algunos estirados en medio de la calle, otros vigilantes y expectantes.

Al estrecharse la calle, me entró el miedo en el cuerpo. Ese miedo de estar en territorio hostil, donde mis pasos rompían un silencio tenso. Un par de ratas cruzando la calle sólo añadían ambiente al escenario tétrico en el que me había metido. Viendo que los perros se multiplicaban mientras la calle se oscurecía, decidí dar dos pasos atrás y volver hacia dónde hubiera presencia humana. Hubiera salido corriendo de no ser que eso atraería aún más su curiosidad. Al ver la luz de los taxistas lánguidos, sentí alivio instantáneo.

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Ahora ya sé que la noche pertenece a los perros y no voy a ser yo quien los disturbe. Bastante tengo con oírlos desde mi piso mientras aúllan como lobos y resuelven sus diferencias territoriales al amparo del vacío nocturno.

Buster Keaton a la birmana

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La gran ventaja de vivir en una ciudad es un mayor acceso a la cultura. Y Yangon, pese a sus deficiencias estructurales, no es una excepción. Esta semana ha empezado el Memory, un festival de cine que recupera viejos clásicos y cintas más recientes que hablan, de alguna forma, sobre la memoria histórica. El Instituto Francés patrocina el evento, dando a la programación un claro acento francés. ¡Hasta han traído a Catherine Deneuve!

El sábado me acerqué al multisalas Na Pi Taw para ver ‘Bird People’, una interesante película que sigue dos historias paralelas que ocurren en un hotel de aeropuerto en París. Primero está Gary, un exitoso empresario que tras un ataque de pánico decide dejarlo todo –trabajo y familia- y empezar de cero. Luego entra en escena Audrey, una chica de la limpieza joven y soñadora que se transforma en pájaro durante una noche y recorre los aledaños del hotel desde el aire. Pese al ritmo lento, la película consigue atrapar al espectador, especialmente en las secuencias a vista de pájaro.

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En Myanmar, incluso ir al cine puede ser una experiencia diferente. La sesión empieza con una rendición del himno nacional –todos en pie- y, durante la proyección, es habitual que la gente conteste el teléfono y hable en voz alta. También hay censura en algunas escenas picantes o violentas. Los billetes son baratos –el Memory, por cierto, es gratuito- y mucha gente va al cine a hacer el picnic.

El domingo me di una sesión doble, empezando por ‘Diamond Island’, el primer largometraje de ficción del franco-camboyano Davy Chou. La película, presentada en Cannes, sigue las historias de unos chavales que trabajan en la construcción de una urbanización de lujo en Phnom Penh, la capital de Camboya. Sin caer en los tópicos de la pobreza o el pasado violento del país, la cinta retrata una nueva generación enganchada a los móviles y atraída por el estilo de vida occidental. Todo esto narrado con un estilo artístico heredero del cine europeo y, tal y como dice su director, sin ánimo de juzgar.

La mejor sesión de cine, sin embargo, tuvo lugar en Waziya Cinema, una sala de cine grande, vetusta y austera. La película escogida fue ‘Seven Chances’, un clásico rodado en el año 1925 por el maestro Buster Keaton, gran cómico, fantástico acróbata y uno de los mejores cineastas de todos los tiempos. Pero lo mejor fue ver la película con banda en directo y doblaje a tiempo real en birmano. El resultado, una versión hilarante y extremadamente entretenida de una cinta ya de por sí entretenida. Sin lugar a dudas, este será uno de los momentos cinematográficos que quedará para siempre en mi memoria.

La montaña dorada

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Viernes por la tarde. He quedado con otros cuatro profesores para ir a Kyaikhteeyoe, en la región montañosa del estado de Mon, al este de Myanmar. El primer reto es llegar a la estación de ferrocarril en el centro de Yangon. El tráfico de las 5 de la tarde es intenso y los coches taponan las vías principales hacia downtown. El joven taxista se muestra tranquilo y dicharachero –apenas logro descifrar su inglés- pero la hora larga hasta la estación se hace exasperante. De golpe, el río de coches desvanece como por arte de magia. Llego con 5 minutos de margen, al igual que una de las chicas, pero la compra del billete atrasará toda la operación, con lo cual optamos por el tren de las 9 y una cena previa en Fat Man.

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Con nuestros billetes en mano –ni siquiera 2,50 euros al cambio- subimos al compartimento de primera clase, bastante básico pero con espacio para estirar las piernas. Las ventanas abiertas dejan entrar todo tipo de bichos atraídos por la luz interior. Vendedores ambulantes recorren los vagones con sus particulares cánticos. Algunos se bajan incluso con el tren en plena marcha. El ritmo es lento pero agradable. El ferrocarril fue construido hace más de un siglo por los ingleses y las mismas vías se siguen utilizando hoy en día, marcando un traqueteo irregular pero constante. Cuatro horas más tarde, llegamos a Kyaikto y nos subimos a una furgoneta abierta que nos acerca al hotel, entre la estación de tren y pie de montaña. El joven recepcionista, adormentado y confundido, coge unas llaves al vuelo y recuperamos un poco de sueño.

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Un desayuno a base de fruta y huevos nos da la energía necesaria para afrontar la caminata hacia Golden Rock, la roca dorada que se sostiene en la cima de una montaña y que se ha convertido en un lugar de peregrinaje de budistas. El camino empieza desde la aldea Kin Pun Sakhan, al que accedemos subidos en una especie de tuk-tuk cargado de salvado de arroz.

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Abastecidos de agua, nueces caramelizadas y gorras de paja, empezamos la travesía. El primer tramo, una pendiente árida hacia un pequeño monasterio con un modelo a escala de la roca dorada, resulta el más exigente. Ni siquiera las nubes nos impiden sudar la gota gorda. Alcanzamos el falso peñasco jadeantes y sudando a chorros. Aún quedan 5 horas de subida aunque, por suerte, el desnivel será más llevadero y el sendero estará bien delimitado y protegido por abundante vegetación.

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Por el camino, los lugareños venden refrescos, comida, ropa y demás souvenirs en casetas de bambú estratégicamente construidas. Los niños juegan y miran con curiosidad a los foráneos mientras perros y adultos se estiran al amparo de la sombra. Los comerciantes no presionan al viajero para que compre y sus sonrisas parecen sinceras e inocentes. Tan sólo en el último tramo, a pie de cima, oigo a los críos más espabilados acompañar su “hello” con “money”, esa palabra tan sucia y reprobable.

Sobrevivimos a base de plátanos, nueces, té, café y litros de agua. La basura, siempre presente, es lo único que afea un paisaje verde que se estrecha durante millas en el horizonte. La cantidad de plástico que esparcimos los humanos en la naturaleza nos acabará acechando y eso me entristece. Falta cultura de reciclaje y sostenibilidad en tiempos de excesiva modernización. Por otro lado, ajenos a la pobreza que les rodea, los niños parecen felices.

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Cuantas más horas caminas, más fatiga acumulas en las piernas pero más saboreas el final. Así ocurrió cuando alcanzamos la meta, Kyaikhteeyoe, con el tiempo justo para disfrutar de la puesta de sol. Cierto, el extranjero tiene que pagar para entrar en este recinto religioso abarrotado de gente y adornado con elementos kitsch. Pese a ello, se respira un ambiente pacífico y espiritual. La roca laminada de oro es la atracción principal y no defrauda. La leyenda dice que un pelo de Buda la mantiene en equilibrio, desafiando la gravedad y el abismo. Casi tan espectacular como la roca son las vistas sobre el delta de Yangon, resplandeciente entre los últimos rayos del día.

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El descenso se hace en camión a través de una carretera asfaltada de rampas empinadas y curvas cerradas. El trayecto, tan divertido como peligroso, se asemeja más a una montaña rusa. Por suerte, los frenos funcionan bien y llegamos al pueblo sanos y salvos. La cena y la cerveza entran con ganas pero también aceleran el cansancio. Dos de las chicas vuelven al hotel en moto a cualquier precio. Me quedo con los irlandeses y, casi al instante, un padre de familia se apiada de nosotros y nos ofrece un pasaje en su coche. Nunca he visto a un grupo de niños tan callados, quizás era la primera vez que tenían a tres blancos en el maletero de su coche. El hombre, cumpliendo con su deber budista, no nos dejó pagar y, encima, llegamos antes que las chicas. Lo mismo me pasó al día siguiente cuando una familia se paró en la carretera para llevarnos a mí y a Mike a la estación de tren. Reconforta saber que aún hay gente que trata al turista como persona y no como fuente de dinero.

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Lo mejor del viaje, a parte de la larga caminata en la montaña, es el trayecto en tren. Sin prisas, uno puede apreciar arrozales, granjas, aldeas y pueblos que pasan al lento traqueteo del tren. Dentro y fuera del vagón, desfila un paisaje humano lleno de vida y color que poco habrá cambiado en los últimos 100 años. Las ventanas y puertas abiertas conceden al pasajero un aire de libertad que parecía abocado a la historia.

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Al adentrar la zona industrial de Yangon y vislumbrar chabolas empequeñecidas por modernos bloques de pisos, aflora de nuevo la misma pregunta: ¿cuánto afectará el progreso a esta gente apacible y bienintencionada?

Bagan, la ciudad de los templos

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Apenas una semana después de aterrizar en Yangon, hago mi primera escapada a Bagan, la ciudad de los templos budistas, en el norte de Myanmar. Con la reserva de autobús en la mano –se pueden comprar en hostales, hoteles o agencias de viajes-, rápidamente preparo la mochila y paro un taxi.

Una hora y media de intenso tráfico y varios desvíos por carreteras secundarias a las afueras de la ciudad me llevan al laberinto que es la estación de autobuses de Yangon. En realidad, se trata de un pueblo descampado donde aparcan miles de autobuses delante de casetas rudimentarias. Hay que guiarse con el billete en mano y esperar a que la gente adecuada te indique el lugar correcto. Toda una experiencia que confirma la teoría del “caos organizado” que rige la ciudad y el país.

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En el bus nocturno, decorado con cortinillas amarillas y rosas de un tono muy kitsch, suenan cánticos budistas y, hasta la hora de cenar, se emiten clips humorísticos de dudosa calidad. En cualquier caso, el viaje no se me hace muy largo y a las 4.30 de la mañana ya estoy en el hostal en New Bagan. Sin caer en la tentación de dormir, alquilo una e-bike –una moto eléctrica- y en la penumbra de la madrugada recorro la carretera polvorienta de Old Bagan al encuentro del alba.

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Un local me dirige hacia un buen puesto, el pequeño templo de Kyan Ma Ba. Desde allí se revela ante nosotros un panorama realmente espectacular: miles de pagodas y templos budistas afloran en un mar de vegetación frondosa. Los ocres de estos monumentos medievales esparcidos por doquier se mimetizan con el verde de los árboles que se despiertan al sonido de pájaros y plegarias budistas. Desde allí, decido seguir la carretera sin rumbo fijo en busca de templos perdidos.

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Durante mi primer día, noto miradas de curiosidad entre los visitantes. Algunos, de forma tímida, piden tomarse fotos conmigo, al igual que hacen con tantos turistas de piel blanca, aún una rareza en estas partes. Apenas balbucean inglés, sonríen y se quedan mirando. Otros, los vendedores locales que pululan por los templos –muchos de ellos niños-, han perdido su timidez e intentan venderte postales, pinturas, ropa y souvenirs varios con un ímpetu capitalista que no he encontrado en los mercaderes de Yangon.

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En los vendedores ambulantes de Bagan intuyo el casi inevitable cambio de actitud que traerá el progreso. Los visitantes extranjeros nos hacemos constantemente las mismas preguntas: ¿cuánto afectará el progreso económico y turístico al talante amable, pacífico y solidario de los birmanos? ¿Cómo reaccionará el país después de tantos años de aislamiento? ¿Seguirá Myanmar el modelo de Tailandia y su turismo de excesos? Espero que no.

De momento, ya me he fijado que las gorras americanas y el horrendo look rapero abundan entre los adolescentes ávidos de selfies y ensombrecen los preciosos vestidos tradicionales llenos de luz y color que, por ahora, sigue marcando la moda birmana.

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Por la tarde, me apunto al paseo en barca que organiza el hostal. Desde el Irrawaddy, la vena fluvial que atraviesa todo el país, los últimos rayos de sol iluminan las estupas doradas que confieren al paisaje una dimensión espiritual. En la distancia, la silueta del Monte Popa invita a peregrinos a escalar los 777 escalones hacia su monasterio budista.

La cena colectiva entre viajeros me reconforta. Entre filipinos, americanos, vietnamitas, alemanes, holandeses y escandinavos, corroboro que he tomado la decisión correcta, la de viajar. Me encanta escuchar sus historias y me motivan a seguir sus pasos. Me sorprende gratamente ver el alto número de chicas que viajan solas, lo que dice mucho en favor de la seguridad en los países del sudeste asiático. Por cierto, soy el único chico en una habitación de seis.

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El segundo día me uno a un grupo de europeos para ver la salida del sol. Merece la pena encontrar un templo más pequeño y aislado para disfrutar del amanecer en silencio. También vale la pena visitar Bagan con un buen guía local. Christopher, un joven de la zona, nos enseña las perlas del complejo arqueológico que contiene más de 2000 templos en pie. Algunos están cubiertos por andamios de bambú y lonas protectoras debido a terremotos, el más reciente en verano de 2016. Viajamos en motocicletas que se alquilan a unos 3 euros al cambio y cuya única dificultad consiste en manejarla entre los senderos arenosos que conducen a los templos. El sol nos castiga durante toda la mañana pero la visita a los novicios de un monasterio budista y la degustación de un mosto de palmera ponen la guinda a una excursión muy recomendable.

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La puesta de sol y una cena a cuatro bandas en un restaurante indio marcan el principio del final de mi estancia en Bagan. El último día me lo tomo con calma y, en el bus de vuelta a la caótica Yangon, mis ánimos se enfrían con un aire acondicionado a temperaturas polares.

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Primerísimas impresiones de Myanmar

las-normas-de-trafico-no-existen-en-las-calles-de-yangonNo llevo ni 12 horas en Yangon, la antigua capital de Birmania, y ya me doy cuenta de que esto es otro mundo. Tercer mundo, algunos dirán…

Los monzones confieren a la ciudad un verde tropical que transmite humedad. Las pagodas doradas brillan con esplendor entre avenidas de palmeras y musgo. El budismo marca el ritmo de una sociedad pobre pero de naturaleza apacible.

Las mujeres protegen su cutis con una crema de thanaka que les otorga un aspecto fantasmagórico. Los hombres, de facciones rasgadas y piel oscura, tripulan las calles ataviados con sus faldas holgadas, llamadas longyi. En cada esquina se percibe una pobreza amortiguada por el talante pacífico del budismo. Lo que podría devenir caos, en el tráfico por ejemplo, se queda en simple desorden temporal.

Las últimas tormentas de la temporada amenazan con disturbar la rutina de los comerciantes nocturnos. Anochece pronto pero las paradas de frutas, tés y negocios varios registran buenas cifras. Resulta muy extraño pasear por este mercadillo de chozas oscuras y no tener la sensación de ser la víctima sino un vecino curioso.

Un día en el hospital

Veinte personas agolpadas en una sala de espera de 9 metros cuadrados sin aire acondicionado. El televisor emite reportajes de fiestas folklóricas y oficios tradicionales. Se repiten en bucle las mismas noticias: la fiesta de la cebolla en Madunice, el insoportable sonido de unos arpistas de boca, suenan violines y voces desentonadas en una fiesta local y un publirreportaje sobre la ciudad de Skalica. La emisión se corta, haciendo los cantos y sonidos más odiosos aún. Eso sí, hay WiFi en la sala. Aquí no existe un sistema de citas ni hojas de cálculo, pero hay internet para las abuelas.

La fórmula es sencilla: llegas y esperas. Cuando la enfermera sale de su cueva, date por satisfecho que recoja tus papeles y no te haga volver al día siguiente. Luego toca esperar. La gente tiene la cara derretida de tanto esperar. Las madres han perdido la paciencia con sus hijos revoltosos de aburrimiento. La puerta permanece cerrada a cal y canto como el rastrillo medieval de esos castillos arruinados que, entre saltos pixelados, aparecen en pantalla.

En la sala de espera del ambulatorio de Piestany apenas hay sitio para un paciente en silla de ruedas.

La enfermera pide a los recién llegados -ávidos por deshacerse de sus volantes sudorosos- que depositen sus papeles en una patética mesilla que pasa inadvertida pese a estar en el centro de la escena. Al lado, apenas hay espacio para un hombre en silla de ruedas.

¿La paciencia se agota o se recarga? Todo este tiempo perdido se aliviaría con un programa de citas pero, insisto, eso es una quimera en este hospital y en este país. Televisión e internet, esa es la modernización que basta a la plebe. La niña que tengo al lado intenta distraerme con su cara de mala leche. Si me atienden antes que a ella, me mata.

La puerta entreabierta del ambulatorio se cierra de golpe para frenar en seco cualquier atisbo de esperanza de una consulta rápida. Estoy convencido de que reemiten el reportaje sobre los arpistas de boca para ahuyentar a la clientela. Yo resistiré. Al menos hasta la tercera (o cuarta) repetición.

Sin citas, no se puede hacer aquello tan español de «¿qué hora tenía usted»?, comparar y quejarse. Claro que luego entras y tan calladito y simpático con el ortopeda que te ha hecho esperar una eternidad. Porque nos quejamos del sistema pero dependemos de él. Si aguanto un poco más, yo creo que se me cura la herida.

Por fin suenan las palabras mágicas: «Pan Begg. Na rengen». Directo a la sala de radiografías. Esto me lo conozco. Hay que depositar los papeles en una ventanilla secreta (muy kafkiano todo) y esperar a que te llamen. Esto suele ser rápido… Hasta que, sin darme cuenta, ya ha pasado otra hora.

La radiografía se hace en un momento pero en la consulta del Dr. Ottakringer van a otro ritmo. Finalmente, un chico en prácticas -lo deduzco porque no encuentra las vendas, titubea y pregunta al veterano qué hacer- me rehace el yeso y salgo tres horas después de entrar con una mano que pesa un kilo y la noticia de tener que volver en 5 semanas. No sé si es peor estar enyesado un mes o saber que me toca volver a pasar por el aro. La próxima vez, ¡mejor no lesionarse!

Macedonia

Las montañas de Galičica, en el suroeste de Macedonia

¿Qué sabemos de Macedonia? Más bien poco. Muchos pensarán en una ensalada de frutas, otros lo asociarán a la antigua Yugoslavia y algunos ignorarán que es un país independiente en el corazón de los Balcanes. Razones suficientes, pues, para descubrirla y salir de dudas.

Monasterio de Svety Naum en el lago Ohrid Paisajes de mezquitas No es mármol todo lo que reluce

Una semana de viaje por estas tierras en el mes de mayo me reveló el lago más antiguo de Europa, un paisaje de iglesias y mezquitas que conviven en paz, comida que combina lo mejor del Mediterráneo y el Oriente Medio y una capital chapucera pero dinámica por donde circulan autobuses rojos de doble piso, como si fuera Londres.

La revolución del color

Por estas tierras montañosas sin salida al mar han pasado muchos pueblos: griegos, romanos, búlgaros, serbios, turcos… Su pasado reciente está ligado a la Yugoslavia de Tito y de su disolución nació este país que comparte nombre con la vecina región griega. El macedonio es un idioma eslavo que utiliza el alfabeto cirílico, la herencia de dos monjes que evangelizaron Europa Central desde este cruce de caminos.

En los últimos meses, parece que Macedonia sólo exista como lugar de paso para los inmigrantes sirios. ¿Pero alguien sabía que hay un creciente malestar político –por corrupción interna, no por miedo al foráneo- que ha llevado a una parte de la población a manifestarse en las calles en la llamada revolución del color?

Lago Ohrid, en la frontera con Albania

Macedonia es un país que ha perdido muchas oportunidades. No sacó partida de salir indemne de las guerras balcánicas. No aprovechó el reciente bajón económico de Grecia para afianzar su identidad política. Gasta en ladrillos, estatuas y banderas en lugar de invertir en servicios básicos y mejorar el nivel adquisitivo de sus ciudadanos. Se ha quedado en tierra de nadie y ahora busca su lugar en los confines de la Unión Europea.

Matka canyon

Quizás la actitud relajada y despreocupada de los macedonios les haya frenado en el aspecto económico y haya dañado en el ámbito político pero, a su vez, les aporta algo especial en el terreno personal. Ellos se crean su propio caos pero, al mismo tiempo, se adaptan a las circunstancias y se las apañan. Un ejemplo divertido sucedió en Matka, un precioso barranco a las afueras de Skopje que recibe muchos visitantes durante los fines de semana. Allí se reúne gente de todo pelaje: excursionistas domingueros, pijos de poca monta, familias con el cochecito a cuestas y hordas de adolescentes vestidas para hacerse un estupendo ‘selfie’ en la naturaleza. El caso es que, después tomar cuatro fotos y ensuciar el paisaje, la fauna urbana crea enormes atascos y el sonido del claxon se impone al eco de pájaros, ríos y árboles. Pero, ni cortos ni perezosos, los hombres salen de sus coches, se autogestionan el tráfico y salen del desconcierto como si no hubiera pasado nada.

Aparque quien pueda Autobuses fabricados en Japón Modelo comunista

Los Balcanes se disfrutan precisamente si uno viaja con actitud relajada y mente abierta. Siempre habrán obstáculos por el camino, como que los buses no se paren donde dicta la lógica o que los horarios sean un secreto a voces, pero siempre habrá una solución. Los macedonios encuentran un remedio a todo. ¿Quieres subir una montaña? Te ofrecen ir en taxi. ¿Te ha dado por pedir yogurt para desayunar y no tienen en el bar? El camarero lo encarga directamente del supermercado. ¿Una amiga ha osado pedir Coca-Cola Zero en un local de copas? Le traen una Pepsi con un vaso de agua, para reducir el efecto del azúcar.

Trpejca, pequeña perla del lago Ohrid

Hablando se entiende la gente. Y el idioma no es un problema si hay ganas de comunicarse. Los macedonios siempre están dispuestos a hablar y no sólo por negocio. Incluso cuando rechazas sus avances para venderte un exclusivo paseo en barca, una habitación de 6 euros o un viaje en taxi por medio país, te siguen hablando. En algunos lugares, como Ohrid, el afán turístico es más evidente. Aunque se puede tolerar, es mejor escapar a pueblecitos como Trpejca, un pequeño paraíso donde preparan comida auténtica y deliciosa a escasos metros del lago. Allí, hablando, conocí a personas decentes que aún no se habían dejado tentar por el dinero fácil. Esa misma gente, con su aire desenfadado, talante pasivo, cierto desencanto por el ayer y pesimismo por el mañana, es la que hizo crecer mi fascinación por los Balcanes.

Mejor que Saint Tropez

Las contradicciones de Macedonia se acentúan en su capital, Skopje. Afectada por un terremoto en 1963 y afeada por la posterior arquitectura comunista, en los últimos años ha sido objeto un ridículo makeover que ha llenado las calles de numerosas estatuas, columnas griegas de quita y pon y otras costosas instalaciones sin ton ni son como, por ejemplo, tres sauces neozelandeses plantados en medio del río Vardar. Ni que decir tiene que los locales se avergüenzan de este despilfarre arquitectónico para blanquear dinero que está convirtiendo su ciudad en una copia barata y kitch de grandes capitales europeas. Por suerte, algunas zonas como el barrio del Bazar aún mantienen su esencia y personalidad, con locales, restaurantes y costumbres de clara influencia turca.

Vista nocturna desde Kale, en Skopje Skopje, en reconstrucción La plaza de Alejandro Magno, con Vodno al fondo

Y eso me lleva finalmente a la comida, el resultado de una fantástica mezcla de culturas que aprecian ingredientes frescos y recetas sencillas. En Macedonia se puede comer a todas horas. Por la mañana, las panaderías están a reventar con exquisitas pastas de hojaldre rellenas de queso, espinacas o carne. Como aperitivo, se puede tomar un ayvar, lutenica o pindzur, salsas a base de tomate y verduras asadas. Ese sabor a la parrilla se encuentra también en el kebapci, salchichas típicas de los locales turcos, que se suele acompañar con shopska, una ensalada colmada de queso Feta rallado. Como postre, un buen baklava o trileche y, para redondear el festín cotidiano, café turco y rakia.

Cada país tendrá sus variantes y reclamará su plato como auténtico pero la pasión por la comida en los Balcanes es común. Las reuniones familiares y las quedadas de los amigos siempre se hacen rodeadas de buena comida y bebida, y sin prisas. Eso es siempre buena señal. Los problemas permanecerán pero quedarán para otro día.

Berlin

Berlín. Una ciudad donde todo es posible, donde todo vale. Tolerante, relajada, activista, extravagante, verde, vegana y excesiva. Una ciudad marcada por las cicatrices del siglo XX. Una capital insólita, un vivero de creatividad lleno de contrastes. Edificios sólidos y sobrios junto a ruinas en plena ebullición artística. Madres con velo paseando entre camellos urbanos, punks y transexuales. Riqueza y decadencia. Orden y suciedad. Occidente y Oriente.

Mural en el East Side Gallery

Por fin saldé mi cuenta con Berlín y, entre sus bares de humo, sus artistas y sus parques, he recuperado las ganas de escribir. Cuatro días han sido suficientes para darme una inyección de cultura que sólo las grandes ciudades ofrecen.

El primer soplo de inspiración llegó el viernes con Marta, una amiga de periodismo que dejó atrás un trabajo seguro –léase aburrido- en Barcelona para dar la vuelta al mundo y acabó en Berlín organizando fiestas matutinas y representando artistas de todo pelaje. Muchos de ellos se dejan ver por el RAW Gelände, un antiguo taller de reparación de trenes cuyos almacenes cubiertos de grafiti se han convertido en lugar de fiesta y recreación alternativa. Gimnasios, skateparks, zonas de escalada y piscinas se esconden en el interior de estos locales que viven en un estado de semiclandestinidad a vista de todos.

La terracita de Urban Spree, en RAW Gallery

Y es que, quien manda en Berlín no es el alcalde, las grandes constructoras o los vecinos de oído delicado. Allí quien manda es la fiesta, los artistas y las comunidades. La historia dejó muchos edificios abandonados que los berlineses recuperaron con ingenio, arte y estilo. Con los años, el proceso de gentrificación ha neutralizado muchos barrios pero el espíritu rebelde, creativo e inconformista de los berlineses sigue muy vivo. Un buen ejemplo es el antiguo aeropuerto de Tempelhof, que se salvó de la fiebre del ladrillo gracias a un movimiento popular que lo ha transformado en parque y reserva natural. Ahora, la pista de aterrizaje se llena de bicicletas, patines y cometas, las alondras anidan en sus matorrales y brotan huertos urbanos en los márgenes.

Huertos urbanos en el antiguo aeropuerto de Tempelhof

Berlín sorprende por su dinamismo cultural y sus zonas verdes. El sol, un mercado de antigüedades y el olor a comida atraen los domingos a centenares de personas a Mauer Park. Los que prefieren un sabor más clásico pueden visitar los preciosos jardines del Palacio de Charlottenburg, una de las pocas construcciones de época prusiana que sobrevivió la 2ª Guerra Mundial. Otra sería la Puerta de Brandemburgo, parada obligatoria para cualquier turista y monumento de gran carga simbólica, desde Napoleón hasta la caída del Muro de Berlín.

East Side Gallery, work in progress

La historia emana por cada rincón y ningún símbolo es más visible que el muro que dividió la ciudad durante tres décadas. Resulta curioso pensar que el antiguo Berlín Oeste, completamente rodeado de tanques, soldados y barricadas soviéticas, y geográficamente aislado en un mar comunista, fuera visto como un vía de escape (interior) hacia la libertad. Escapar hacia adentro para huir de un falso exterior. Ahora, los restos del muro yacen como recuerdo del disparate humano y, a la vez, emblema de esperanza.

Productos de la Alemania del Este, expuestos en el museo de la DDR

La herida que tardará más en cicatrizar, sin embargo, será el genocidio durante la 2ª Guerra Mundial. Aunque Alemania haya sabido aceptar la culpa y rendir el justo tributo a sus víctimas –el Memorial a los Judíos Asesinados da fe de ello-, el país siempre tendrá que cargar con la lastra de los fanáticos que idearon los campos de concentración y firmaron la muerte sistemática de millones de personas inocentes. Bastaría refrescar la memoria de otras dictaduras, otros crímenes de guerra y otros genocidios que se han barrido bajo la alfombra. Pero esa es otra historia.

Berlín, hervidero de músicos y artistas

Afortunadamente, Alemania ha sabido salir al otro lado de las derrotas y, como sus equipos de fútbol, se ha recuperado con pundonor. En esa recuperación han jugado su papel los inmigrantes. En Kreuzberg, el barrio de los turcos, se exponen los contrastes de la Nueva Alemania. Los mercadillos del canal, los mejores kebabs y un ambiente cosmopolita chocan con plazas mugrientas, drogas y alcohol. En Koti, se reúnen borrachos y drogadictos a plena luz del día. En Görlitzer Park, los traficantes subsaharianos campan a sus anchas y ofrecen todo tipo de estupefacientes. Aun así, como comentaba mi amigo Georg, no hay una sensación de inseguridad.

De comunista a cubista

La tolerancia también permite que existan sitios como Köpi, un centro cultural ocupa en el que se organizan conciertos de verdad. El sábado tuve la suerte de ir a uno con Georg y sus amigos (Frank, Marius y dos chicas polacas). Los restos de un antiguo edificio modernista florecían entre una puerta de humo. En el escenario, cinco tipos dotados de capuchas nazarenas de color rosa –un guiño cachondo al KKK, sin duda- hacían una versión de “Nervous Breakdown” de Black Flag. No se quitaron las capuchas ni dejaron de acribillar sus guitarras hasta que bajaron del escenario. Su punk de garaje dio paso a Le Prince Harry, un dúo belga de punk electrónico con elementos de Devo y The Adicts. Quizás en casa no los escucharía, pero en directo y en aquel sitio, sonaron como debían. Guitarrazo limpio y teclado a todo volumen, lleno de distorsión y potencia. En el bar, un desfile de camareros borrachos despachaba birras tiradas de precio. Marius –un Casanovas que accidentalmente le partió el diente de su amiga- quería invitarnos a una fiesta en Wedding (nombre de un barrio). Aunque el plan era tentador, acabé la noche tomando un kebab con Georg en Friederichshain antes de irme a dormir.

Atardecer en el ventoso parque de Tenpelhof

Al día siguiente, con el chute de punk-rock que tenía en el cuerpo, tenía ganas de más música en directo. El aperitivo lo encontramos en Urban Spree (parte del RAW Gallery), que albergaba una feria de cómics y donde actuaba uno de los artistas de Marta. Un teclado con divertidos efectos de sonido, rápidos cambios de escenario, ropa kitch, accesorios flúor y toneladas de energía y humor son las armas que tiene SPT, un artista americano de la generación disco, para ponerse a la gente en el bolsillo. No me extraña que su extravagancia haya alcanzado la red y que encaje tan bien en Berlín. Lo mismo se puede decir de , una artista transexual que actuó esa misma noche en Schokoladen, en Mitte. Sólo en Berlín se pueden ver estas cosas. Un placer. Gracias por la inspiración.

Crónicas desde Europa Central, el Sureste Asiático y Latinoamérica

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