Cruzar el charco

Vuelta a empezar. Ya cansado de las mismas preguntas -¿cuándo dejarás de viajar?, ¿no has pensado en sentar cabeza?, ¿cuándo vuelves?, ¿no te cansas?- y advertencias -¡ten cuidado!, ¿no es muy peligroso?, ¿tienes póliza de secuestro? Algunas en sorna, la mayoría bienintencionadas, todas fútiles.

Once de febrero. Terminal 2 del aeropuerto del Prat. Primer vuelo: Barcelona-Nueva York. Típicas preguntas de seguridad del personal de tierra. El chico del mostrador de facturación me insta a comprar un vuelo de vuelta, porque ir a México no cuenta como salir de EE.UU. Le enseño mi visado de trabajo temporal y asunto zanjado.

Sí, voy con incógnitas. ¿Aguantaré una ciudad tan grande, caótica y contaminada? ¿Seré blanco fácil para los delincuentes? ¿Iré por la calle con la paranoia de que me atracarán en cada esquina? ¿Cuánto tardaré en conseguir piso? ¿Solventaré la burocracia laboral? ¿Me cansaré del trabajo? El mejor remedio a todas estas dudas es lanzarse y pensar menos. Cuanto más piensas y más escuchas a los agoreros, más posibilidades tienes de quedarte en casa. Hay que escuchar a los que te animan a seguir tu camino.

Marcho con ganas de sentir, degustar, oler, tocar y ver algo nuevo; formar mi propia idea de América Latina; empaparme de cultura, dibujar paisajes a pie y expandir conocimientos y sensaciones. Dejo casa y corazón en Europa Central, las islas británicas, el Sureste Asiático, Canadá, el Mediterráneo. Ahora toca México. Primer objetivo: llegar.

La frontera comunista

Cruzar fronteras tiene su gracia pero conlleva un elemento de suspense. Cuando cedes tu pasaporte al guardia de turno, sea en un aeropuerto de primera o en medio de la nada, estás entregando tu pedacito de libertad y la vulnerabilidad te recorre el cuerpo.

Este viaje empieza en Galati, cerca de la desembocadura del Danubio. Tres fronteras en tres kilómetros (Rumanía, Moldavia, Ucrania). Preguntas discretas de la agente rumana mientras afirma, sin discreción alguna, que no le caen bien los ucranianos pese a no haber pisado jamás el país vecino. El funcionario moldavo, directo al grano: “¿gas lacrimógeno?, ¿cuchillo?, ¿pistola eléctrica? Pasen…”. El joven soldado ucraniano, ante una máquina de rayos X apagada, inspecciona con entusiasmo nuestras mochilas, se queda mirando una bolsita de lavanda e indulta una ensalada con un “No son drogas, ¿verdad?”. Así da gusto.

Hasta que llegamos a Transnistria. Mejor dicho, hasta que intentamos salir. ¿Y dónde está eso? Transnistria es un territorio encasillado entre la orilla oriental del río Dniester y la frontera con Ucrania. Autoproclamó su independencia a principios de los 90 tras la disolución de la Unión Soviética. Los soldados rusos se quedaron y también lo hizo el comunismo. Es un estado sin reconocimiento internacional que, en teoría, forma parte de Moldavia. En realidad, es un pequeño enclave de habla rusa que tiene sus propias leyes, su propia moneda, pasaporte, matrícula, himno y una bandera que mantiene el martillo y la hoz.

Los símbolos soviéticos –estatuas y calles dedicadas a Lenin, murales de realismo socialista, tanques de la armada roja convertidos en monumentos, grandes avenidas, una silenciosa pero visible presencia militar- abundan tanto en Bender como en la capital Tiraspol, cuyo equipo de fútbol es, curiosamente, campeón de Moldavia.

Transnistria es fascinante –no sólo por sus mujeres, que también-, pero resulta algo inquietante. Es como un museo viviente del comunismo anclado entre verdes praderas y un río resplandeciente donde no pasa el tiempo. Aquí se habla ruso y se mira hacia Moscú. La vida transcurre con normalidad pero hay algo que no cuadra.

Finales de abril. Nos despertamos con los ensayos para el desfile militar del 1 de mayo, Día del Trabajador. Las señoras de Tiraspol, acostumbradas al espectáculo, ni se inmutan. Un apagón nos obliga a bajar del vetusto trolebús hacia Bender. Un pasajero aparca el bus porque la conductora no ve claro lo de la marcha atrás. Este incidente y el perro agresivo que se nos cruzaría más tarde en el camino podrían interpretarse como una premonición de lo que ocurriría en la frontera.

Bus de Bender a Chisinau, capital de Moldavia. Un joven agente de fronteras registra los pasaportes. Se queda mirando los nuestros (Polonia, Irlanda, Reino Unido) y nota que falta algo. Nos bajamos del bus y su jefe, un burócrata oportunista de suspicaces ojos grises, nos dice que necesitamos una cartilla de inmigración. “O pagáis una multa o volvéis para la frontera con Ucrania”. Y punto. Todo esto en ruso.

Momentos de confusión, incredulidad e impotencia que pronto se tornan en cabreo. Nos negamos a pagar la multa (léase soborno). El autobús se va y nos quedamos tirados en tierra de nadie en un país inexistente. El oficial, amparado por su posición de poder, se niega a ceder. Nosotros tampoco.

Al cabo de un rato, llega otro agente uniformado, más regordete y conciliador. Dice que ha llamado a la frontera por la que entramos el día anterior, que se acuerdan de nosotros y que seguramente perdimos la cartilla. Pura mentira. Nunca se nos dio ni un papelito ni un sello. En este momento, me convenzo de que se trata de una trampa entre agentes para sacarse un dinerillo extra.

Finalmente, al ver que no cedemos, el poli bueno nos deja marchar. A los pocos minutos, nos recoge otro bus y acaba nuestra experiencia comunista. “Tranquilos, ahora estáis en Moldavia”, dice el conductor.

Bene

Años noventa. Un sábado por la mañana. Bene recoge a Dominic en Sarrià para ir al partido del Sitari. La película azul del parabrisas filtra el sol y da un tinte nostálgico a la zona alta de Barcelona. Me siento protegido. No sólo por la enorme figura de dos exjugadores de rugby en los asientos delanteros sino por la apacible charla de dos amigos unidos por los valores de este deporte. Uno nacido en Asturias y crecido en Barcelona, orgulloso de sus orígenes celtas y de su clase obrera. Otro nacido en Londres, educado en internados y asentado en Barcelona previo paso por Madrid. Ambos amantes de la buena comida y muy casados.

Las visitas de Bene y Mari Luz fueron siempre motivo de alegría. No sólo por sus memorables paellas sino por la calidez que transmitían con sus bromas, sus historias y sus risas. Su humanidad se desbordaba ante la presencia de niños y perros.

Desde joven, Bene tuvo que lidiar con muchas dificultades familiares y la compañía de ascensores para la que trabajó fielmente hasta su jubilación le trató como un peón cuando era el factótum de la empresa. Pese a ello, cada vez que aparecía en casa o cuando pasábamos los veranos en su querida Galicia, nos alegraba el día con su repertorio de chistes y juegos de palabras. Casi le teníamos prohibido ponerse serio, cosa que ocurría cuando hablaba de política.

Bene era esa persona con la que siempre podías contar. Dio mucho a los demás sin recibir tanto a cambio. Entrenaba al equipo de rugby, iba al mercado, cocinaba para todos, conducía, atendía funerales, visitaba hospitales y, sobre todo, te alegraba el día.

Recuerdo una noche en la que me quedé sin transporte en Barcelona. Justo cuando la estación cerraba, apareció Bene. No sólo me alojó sino que organizamos una comida en casa de mis padres al día siguiente. También fue Bene quién me llevó a casa después de dos meses en el hospital.

Bene siempre estuvo allí para todos, con su inmensa silueta enfundada en una camiseta de rugby y su bigote risueño. Pero no sólo estuvo sino que nos hizo más felices. Ahora nos toca celebrar y devolver esa masa de honestidad, generosidad y humanidad que Benedigno Díaz nos ha regalado. Mari Luz y Georgina son su mejor legado. ¡Un brindis por el primera línea y primera clase galaico-asturiano!

Chipre, la isla dividida

Cuando visitas Berlín, puedes imaginarte cómo sería una ciudad brutalmente dividida por un muro hasta hace apenas 30 años. Es historia reciente, pero historia. En Nicosia, capital de Chipre, experimentas esa división urbana en pleno siglo XXI. Esa separación, tan absurda como fascinante, se presenta en forma de barricadas, puestos de control fronterizo, alambres, banderas, soldados y tierra de nadie. En este escenario bélico, curiosamente, reina la paz. Una paz tensa en la que coexisten chipriotas, griegos y turcos desde 1974. Y así estamos.

 

Nicosia refleja perfectamente la paradoja de una isla cuyo gran valor y, a la vez, gran ruina, son los contrastes. Una isla que ha pasado por manos griegas, persas, romanas, cristianas, otomanas y británicas, ha sido incapaz de superar barreras geopolíticas y culturales que la mantienen en un estado de limbo. Ambos bandos están atrincherados en sus posiciones ideológicas, más pendientes de su madre patria que de su propio desarrollo e identidad.

El resultado son dos Chipres. La griega, más turística y desarrollada, forma parte de la zona euro y vive como cualquier otra isla moderna, a base de sol y playa. La costa de Paphos atrae a muchos turistas ingleses deseosos de temperaturas mediterráneas, mientras que el puerto de Limassol se ha hecho con la clientela rusa. Más al Este queda Larnaca, que guarda pequeñas joyas como un lago salado donde pasan el invierno miles de flamencos imperturbados por la cercanía del aeropuerto y la base militar. Por cierto, a orillas del lago queda Hala Sultan Tekke, uno de los santuarios del Islam, donde yace la tumba de la nodriza de Mahoma.

La llamada República Turca del Norte de Chipre es más rural y salvaje. La cordillera de Kyrenia se alza imponente en el horizonte y, en su vertiente sur, despliega dos enormes banderas –la de Turquía y la de Chipre del Norte, idéntica a la turca pero con los colores invertidos- estratégicamente situadas para ser vistas en Lefkosa (Nicosia). Es un ejemplo de las pequeñas provocaciones que se repiten a diario en forma de inútiles ejercicios militares en las zonas fronterizas.

Las balas al aire se pierden en un paisaje de naranjos, limoneros, castillos medievales, acantilados y estatuas del omnipresente Atatürk. Las universidades y las bases militares –con sus cercanos burdeles- aparecen como setas en un territorio más propicio a la agricultura y al turismo. En los últimos años, la caída de la lira turca ha pausado la inversión en infraestructura y, por ahora, los visitantes se pueden aprovechar de precios bajos. Desayunos a precios de merienda.

La construcción parece crecer alrededor de la ciudad portuaria de Girne (Kyrenia en griego), que recibe mucho turista turco por su proximidad con Anatolia. Muchos turcos hacen la travesía para jugar en casinos, prohibidos en el país de Erdoğan. El turismo  también despunta tímidamente en la ciudad amurallada de Famagusta, al sureste de la isla, cuya tajante invasión aún escuece a los grecochipriotas. El resto del Norte de Chipre presenta un panorama menos desarrollado y más salvaje, con carreteras vacías y pueblos pintorescos atrapados en el tiempo. Hombres bebiendo café o té en el bar y algún perro suelto cobijado a la sombra de una vieja iglesia o mezquita.

La presencia militar es más un estorbo que una ayuda o una amenaza. El ejército turco controla y bloquea muchas rutas que apetecería descubrir en coche, en bicicleta o a pie. Su despliegue sonoro hacia los montes Trodoos es otro ejercicio de futilidad militar. Irritar por hacer algo.

En Nicosia confluyen las dos Chipres, separadas por la famosa línea verde dibujada en 1964 para apaciguar las tensiones entre grecochipriotas y turcochipriotas. Esa línea divisoria que cruza la calle Ledra, se convertiría en frontera diez años más tarde con la intervención/invasión turca del norte de la isla. Hoy en día, se puede pasar de un lado al otro con pasaporte en mano. Los turcos, considerados ocupadores, tienen vetado la entrada al sur, o sea, a la Chipre oficial y reconocida.

A ambos lados de la frontera, se respira un ambiente sereno pero los contrastes son evidentes. Al sur, abundan las oficinas, los comercios y las franquicias de comida rápida. A medida que se acerca la frontera, las calles se estrechan y se vacían, sacando a relucir preciosas casas de fachadas blancas enmarcadas en piedra amarilla y rematadas con persianas verdes o azules. Edificios religiosos caídos en desuso se asoman entre palacetes y casas restauradas. Sólo algunos grafitis y murales dejan entrever la proximidad de la línea verde, que aparece de sorpresa en forma de calles sin salida y cabinas donde soldados solitarios hacen su turno claramente aburridos.

 

Pasado el cruce de Ledra, los edificios están más descuidados y se nota más bullicio en las calles. El té, los bazares y los kebabs contribuyen a la impresión de haber cambiado de país. La mezquita de Selimiye ocupa la antigua catedral gótica de Santa Sofía, una práctica muy típica tras la conquista otomana. El contacto y el contraste entre culturas es el gran atractivo de la ciudad y de la isla que, pese a su multiculturalidad, no cede y niega a unificarse.

El arte de esperar

Asia tiene otro ritmo de vida. El tiempo pasa de una manera más pausada y las prisas son algo desconocido para los asiáticos, al menos en Myanmar. Lo confieso: en año y medio aquí, no he sido capaz de asimilar este compás parsimonioso que marca la andadura de los birmanos. Yo sigo con mis ansias de abarcarlo todo y de llegar de un punto a otro de la ciudad lo más rápido posible, lamentando las trabas que ralentizan mi camino hacia la próxima meta volante.

Mi paso acelerado por esta carrera de obstáculos que se llama calle contrasta con la pausa y el sosiego de los birmanos. Ellos se toman la vida a pasos pequeños y, excepto cuando conducen un coche en un atasco, no muestran ninguna preocupación por la marcha del tiempo. Es algo que aceptan de forma natural e inevitable. Esperar es parte de la vida y aquí lo han convertido en arte.

“Kha Na Lay”. Esta expresión resume a la perfección este país y su relación con el tiempo. Significa “espera un momento” pero la duración de ese “momento” es incierta e inabarcable. Podría ser un minuto, una hora, una semana o una eternidad.

Si estás en un taxi y te apetece comer algo o debes pasar brevemente por el supermercado, el taxista no tendrá problema en pararse. Viceversa, el taxista se detendrá en medio del trayecto para repostar o incluso tomar más clientes. Sólo basta un “Kha Na Lay”, que lo soluciona todo.

La gran virtud de los birmanos es saber esperar y esperar sin hacer nada. Es habitual ver a taxistas o conductores de triciclos dormir a pierna suelta en sus vehículos a plena luz del día. Si entre servicio y servicio no tienen nada que hacer, harán precisamente eso, nada. Es algo que admiro y que dista tanto de nuestra sociedad en la que se nos ha dicho que el tiempo es oro y el que lo pierde es bobo. Parece que llenar cada minuto de nuestro día haciendo algo “productivo” es aprovechar el tiempo. Quizás no sea así. Quizás ignorar las agujas del reloj de vez en cuando nos haga valorar la vida más.

Dicho esto, y por mucho que intente evitarlo, sigo con mi horror vacui temporal y mi ansia de acelerar por las calles a pasos agigantados, esquivando coches, bicicletas, tenderetes, perros y todo lo que ponga por mi camino hacia un destino incierto. ¡Menos prisas, más Kha Na Lay!

Sábado de desmadre

Las crestas son cada vez más visibles en Myanmar © David H.

Los marginados se han dejado sentir alto y fuerte este fin de semana en Yangon. Punks con crestas y drag queens con plataformas están dando marcha y aire fresco a la vieja capital de Birmania. Propios y ajenos asisten con una mezcla de sorpresa y cierta normalidad a esta dulce transición social que hubiera sido impensable hace sólo unos años.

Yangon cuenta con una creciente legión de punks © David H.

People’s Park es una inmensa explanada verde -con parque de atracciones incluida- que protege la entrada oeste de Shwedagon Pagoda, símbolo dorado de la ciudad y lugar de culto para budistas y birmanos. Desde una esquina, bajo el cobijo de dos grandes aviones retirados, brota el murmullo de acordes y melodías familiares. Mientras el sol se esconde en el horizonte, bajo la serena mirada de la estupa dorada, escucho los sonidos de antaño. Alkaline Trio, Against Me, Anti-Flag, Offspring, Bad Religion, Rancid, Rise AgainstThe Distillers Pennywise emanan con renovado vigor desde unos altavoces muy castigados.

Los punks locales tienen pinta y actitud © David H. Sábado de pogos en People's Park © David H.

Varios grupos toman la alternativa en el escenario pero la imagen y el mensaje están en el público. Chavales vestidos con tejanos y chupas de cuero adornadas al más puro estilo del punk ochentero salen a relucir. No faltan las botas militares, los parches, los pinchos, las crestas y el pelo engominado para un look muy cuidado que casa bien con la tez oscura de estos pequeños aprendices de punk. Incluso los niños lucen algo confundidos este atuendo rebelde que contrasta espléndidamente con los vestidos de colores y las faldas a cuadros de los birmanos.

El guitarrista de No U Turn durante el concierto del sábado en Yangon © David H. The Rebel Riot y No U Turn comandan con sus guitarras y cánticos este diminuto ejército de punks que está encontrando su sitio en un país que ha sido propulsado al siglo XXI de la noche a la mañana. El hecho de que puedan campar a sus anchas a un centenar de metros del venerado Shwedagon es ya un triunfo de su libertad. Y todo esto, por cierto, auspiciado por la embajada de Suiza.

Los suizos Überyou derrocharon buenas vibraciones en Yangon © David H.Mientras los punks dan saltos de libertad en un rincón de Pyay Road, un poco más arriba Yangon sale del armario en la noche grande del festival LGBT &Proud. El Instituto Francés, adalid de la cultura sin censura ni fronteras, acoge una fiesta llena de purpurina, lentejuelas y desenfreno. El escenario se llena de clásicos ochenteros bailados con una alegría, regocijo y descaro libres de etiquetas y orientaciones sexuales. Las drags se meten al público en el bolsillo con sus movimientos exagerados y dan fervor a una fiesta reivindicativa que simboliza el progreso de una sociedad silenciada durante 60 años de dominio militar.

Myanmar sigue siendo una democracia débil con muchas heridas abiertas pero que punks y gays puedan celebrar su identidad a viva voz y sin represalias demuestra la buena salud del país. Y poder vivirlo en primera persona me hace sentir feliz y afortunado. ¡Que la fiesta no decaiga!

Texto: J.B.
Fotos: David H.

Esperando el 552

Miércoles de mayo en Melbourne. El día amanece con sol, cielos azules y temperaturas otoñales. Un paseo matinal me lleva desde Brighton Beach, donde los chinos toman fotos delante de las pintorescas casetas de madera, hasta el sosegado barrio de Saint Kilda, un enclave bohemio a orillas del mar. Todo muy tranquilo y bastante hippy. ‘Fish and chips’ para comer, como si estuviéramos en una versión liviana de la costa inglesa. Los escaparates de las numerosas pastelerías en la calle principal me tientan a poner un final dulce al merodeo costero.

A media tarde, el tranvía penetra el skyline de Melbourne y me apeo en Smith Street, en Fitzroy, el barrio más musical y hípster de la ciudad. Bares, cafeterías, restaurantes, tiendas de discos y tiendas de segunda mano atestan y dan vidilla al sinfín de edificios de época victoriana modernizados con grafitis. A cada paso hay algo que ver y mis pies me dirigen a varias librerías y tiendas ‘vintage’. Quince pavos más tarde, salgo con unos pantalones de segunda mano y un libreto para colorear dibujos de los Ramones, Led Zep y Bowie. Hey, ho!

Acabo calle arriba en Preston, esperando el bus 552. En la parada, un aborigen con ‘didgeridoo’ me da el visto bueno cuando le digo que soy inglés. Me muestro un poco esquivo porque es de noche y no sé de qué palo van los pobres aborígenes urbanos que tienen mal beber. Éste parece inocuo y, según parece, se gana la calderilla tocando en centros comerciales.

El aborigen con didgeridoo se queda en segundo plano soplando su instrumento cuando ocurre la situación más extraña y divertida del día. Una pareja joven y arreglada se para enfrente de mí y me suelta:

“Tienes la luz de Jesús dentro tuyo”

Perplejo, tardo un rato en darme cuenta que son unos fanáticos cristianos en busca de víctimas para su causa. Visto que el bus no pasa y que la tía está buena, les doy palique. Con ojos ardientes, me invitan a su iglesia. Les digo que me eduqué en colegios católicos y que ya me conozco el sermón. Insisten en que no tiene nada que ver con el catolicismo y no tardan en contarme sus historias.

La rubia, un bombón, me explica que sus padres habían muerto, que su hermana era una alcohólica y que ella sufría de anorexia cuando Jesús la salvó. Y aquí estaba, tan feliz y embriagada por el espíritu santo y la madre que lo parió.

El discurso es tan impostado que pienso que son actores y me imagino la cámara oculta a la vuelta de la esquina. Aunque la conversación me entretiene, yo les doy largas. En parte, me ofende que estos dos payasos bien vestidos piensen que pudiera ser tan crédulo. Por otra parte, me motiva el hecho de acompañar a la rubia al lado oscuro.

Al final, la cosa queda en nada porque el bus 552 decide pasar y estropear la fiesta. En un último intento desesperado, el tío, un embustero de fina barba y deje demoníaco, me pregunta si tengo un problema con mi rodilla izquierda. Buen truco. Como he dicho, me conozco el sermón y no caigo en esa vieja trampa. Y ahí queda la cosa. Que Dios nos pille confesados.

Titanic en Rakhine: ni tocados ni hundidos

Lunes por la mañana. Día festivo en Myanmar. Antes de regresar a Yangon, acabamos el fin de semana de sol y playa con una excursión en barco rumbo a la isla de Gwa. Ya habíamos sobrevivido ocho horas en autobús por carreteras de curvas polvorientas, el tedioso control de pasaportes en la frontera de Rakhine y un divertido trasbordo con veinte personas encima de un tuktuk de andar por casa. La fiesta del sábado, con barbacoa, música alrededor de una fogata, cervezas y baños nocturnos en paños menores, estuvo a la altura de las circunstancias.

El domingo, más sosegado, me llevó por accidente a una boda local donde el alcohol brillaba por su ausencia. En estos casos, sólo hace falta quedarse un rato fuera observando el panorama para que te inviten, te sientan con los novios y te ofrezcan cafés, refrescos azucarados y bebidas energéticas que no quieres. Al cabo de un rato, una vez encandilados a los invitados con nuestra presencia europea, nos volvimos al campamento y la noche se fue apagando a fuego lento.

¿Por dónde iba? Ah sí, el momento Titanic. Un barco de bambú construido por fascículos y treinta personas a bordo no parece, a priori, una buena idea pero, en Asia, es el pan de cada día. Aquí hacemos lo que no se nos ocurriría en casa, como ir en moto sin casco por caminos de tierra o saltar de un tren en marcha con chanclas y a lo loco. Los seguros y las reglas no existen o se ignoran, todo se improvisa al momento y, junto al riesgo, se aprecia esa incomparable sensación de libertad.

Total, que a un kilómetro de la costa, el extractor de agua deja de funcionar y el barcucho de bambú empieza a llenarse de agua. El chaval que maneja el chiringuito no da abasto y nos piden que saltemos para aligerar la carga. Al ver el bote salvavidas -una inestable canoa de madera para no más de nueve personas-, pienso en aquello de “mujeres y niños primero”. Sin embargo, el bote no se llena y decido meterme dentro. Aunque algunos se tiran al mar en plan Vigilantes de la Playa, me doy cuenta de que la situación no es tan seria cuando la gente se preocupa más de poner a salvo sus cámaras y móviles que de hundirse. La situación fue bastante cómica, incluso para los birmanos que, pese a vivir rodeados de costa, no saben nadar.

Mientras los demás quedaron dispersados en alta mar, los primeros supervivientes desembarcamos cual Robinson Crusoe en la isla de Gwa. Por desgracia, la playa no escapa de la acción contaminante del hombre pero sus aguas acogen un fascinante despliegue de medusas, corales y peces de colores tropicales. Personalmente, me quedo con la belleza paradisíaca de la isla de Bhell, unos kilómetros al norte, desierta e impoluta.

 

Tras el accidentado paso por la isla, emprendimos el viaje de regreso a casa. Y volvimos, por supuesto, en el mismo barco que casi nos hundió. 😉

Fin de año en el lago Inle

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Myanmar es un país muy fotogénico gracias a sus templos, sus mercados, sus gentes, sus tradiciones y sus preciosos paisajes. La muestra más evidente de todo ello es quizás el lago Inle, una reserva de la biosfera plantada en la zona montañosa al sur del estado de Shan. Para llegar hasta allí hay que ascender por carreteras serpenteantes que ponen a prueba el estómago a la vez que alegran la vista. También existe un tren que parte de Thazi y asciende hasta las cumbres de Kalaw, destino turístico de muchos excursionistas.

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Los esfuerzos se verán recompensados una vez llegados a Inle, un lago sereno pero dinámico donde la vida se desenvuelve entre pequeñas embarcaciones de madera y casas flotantes. Pensé que me encontraría una Venecia asiática diseñada para el turista. Al llegar a Nyaungshwe, la ciudad más próxima al lago, da esa impresión, con mucho foráneo, bancos y hoteles. Sin embargo, el lago en sí sigue siendo dominio de los locales, que lo utilizan para conrear sus cultivos y emprender sus negocios sin la excesiva dependencia del dinero extranjero. Cierto, reciben cada vez más turistas y no rechazarán esa aportación económica, pero aún no dependen de ella.

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Mi primer día lo dedico a explorar los alrededores de Nyaungshwe, recorriendo en bicicleta los campos y las carreteras que rodean el lago. En las aldeas, los campesinos y pescadores subsisten con una vida humilde, ajenos al boom turístico que se apercibe en la ciudad. Vacas, bueyes, perros y gallinas se cruzan por el camino sin pestañear. Al mediodía, me permito un plato de pescado al ajo, cilantro y lima acompañado de una ensalada de tomate y sésamo. Por la tarde, comparto una copa de vino local (nada especial) con un grupo de amigas francesas del hostal.

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El último día del año me apunto a la excursión en barca que organiza el hostal. El recorrido empieza al alba en pleno lago y continúa con un fascinante paseo entre las casas flotantes y las plantaciones acuáticas. En una de las casas disfrutamos de una comida preparada por una familia muy genuina que nos pinta la cara con crema de thanaka. Desde allí nos ponen en una canoa de madera y remamos como lo hacen los nativos. También visitamos un negocio de cigarros, una pequeña fábrica textil y una forja artesanal, y en ninguna nos presionan para hacer la compra. En fin, un día muy completo en un lugar que desprende belleza en cada esquina.

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El año termina con una cena de Nochevieja entre cervezas y viajeros con la promesa de más viajes en el horizonte. El primer día del año lo pasaré en un bus de vuelta a Yangon.

Navidades en el estado de Shan (II)

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Amanece un día soleado en Lashio y nos dirigimos a la oficina de Byron, un canadiense que, después de vivir unos años en Tailandia, ha cruzado la frontera para montar su empresa de aventuras. Conoce muy bien la situación del país y el conglomerado étnico-lingüístico de esta región.

El estado de Shan, como otras regiones de Myanmar, tiene un conflicto abierto con las autoridades militares birmanas. La raíz del desencuentro, simplificando mucho, está en la conferencia de Panglong (1947) que dio paso a la independencia de Birmania pero a su vez abría la posibilidad de estados autónomos al cabo de 10 años. Este derecho a la secesión quedó en jaque con el gobierno militar que ha controlado el país hasta las recientes elecciones. Actualmente, existen grupos armados y hay zonas restringidas para el acceso a extranjeros.

Byron nos asegura que Lashio es una zona segura porque está rodeada de bases militares. Aun así, antes de hacer una salida, siempre hace las llamadas pertinentes para asegurar que no haya riesgo para sus clientes. Paseando en moto por la campiña y observando sus habitantes parece difícil pensar que esta sea una zona de lucha. La diversidad étnica y lingüística es aparente –el birmano apenas se utiliza y los dialectos shan varían de pueblo en pueblo- pero las personas parecen estar más ocupadas en sus familias, sus campos y su ganado que en cuestiones políticas.

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La primera parada en la ruta en moto la hacemos en el pueblo de nuestro guía Ipou, donde nos invitan a una boda. Las mujeres visten faldas negras estampadas con motivos tradicionales shan y lucen un cinturón plateado símbolo de su estado civil. Ambas familias habrán negociado previamente una dote a pagar por el marido, tradicionalmente valorada en ganado pero, hoy en día, en dinero.

Tras el tentempié de la boda, nos adentramos por caminos más arduos y tortuosos, poniendo a prueba nuestro equilibrio en la motocicleta. Pasamos por puentes estrechos, baches, charcos, piedras, tramos blandos, arenosos y empinados hasta llegar a un pueblo somnoliento con una cascada caudalosa.

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Después de comer, dejo la moto en manos de nuestro otro guía Alex y, de paquete, empiezo a disfrutar del paisaje montañoso por el que circulan ocasionalmente vacas, niños y todo tipo de vehículos a motor. Antes de la puesta de sol, seguimos a pie un riachuelo que nos conduce a una pequeña catarata remota. Allí nos damos el primer baño de las vacaciones y relajamos el cuerpo después de todo un día encima de la moto. Byron nos espera en su casa con una cena mexicana, un cambio bienvenido después de tanto arroz y fideos.

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El martes empieza con un desayuno en un bar de familia que no sirve más allá de las 10 de la mañana. En el patio semicubierto, las mesitas están repletas de tazas de té o café y platos de sopa y fideos devorados por los fieles clientes. Es de esos lugares que lleva años haciendo lo mismo y haciéndolo bien, sin trucos ni trampas. El inicio idóneo para un día de caminata entre valles y bosques.

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Los campesinos nos miran con la misma curiosidad que nosotros a ellos. Mientras ellos se preguntan qué sentido tendrá caminar sin más por estas viejas tierras, nosotros nos asombramos por un estilo de vida rural anclado en el tiempo. Búfalos pastando y regocijándose en baños de barro, carros tirados por bueyes, casitas de bambú, herramientas de madera, baños al natural, luces y silencios.

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Nuestro destino es una pequeña aldea donde los hombres labran el campo y las mujeres hacen labores manuales como fabricar cestas. El líder del pueblo nos alberga a cambio de una donación voluntaria y nos ofrece una suculenta cena a base de ensaladas y arroces. Previamente, nos hemos refrescado en el riachuelo que sirve de baño público, un intrínseco sistema de troncos perforados que vierte agua dulce y, de paso, alimenta un generador hidráulico que aporta electricidad al pueblo. Hombres y mujeres se bañan a una distancia prudencial pero visible.

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Dormimos cinco en una habitación de bambú y la temperatura aguanta hasta más o menos las tres de la madrugada, cuando el frío penetra la aldea. Nos levantamos al canto de los gallos y secamos el rocío de nuestros zapatos alrededor de un fuego de leña. Nos despedimos de la familia y seguimos el camino hacia la carretera principal. Nuestro último día de aventura incluye un placentero paseo en paddleboard por un lago artificial y, por la tarde, senderismo y baño en una impresionante pero desconocida catarata que se abre paso en medio del bosque.

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Las chicas se marchan pero yo me quedo el tiempo suficiente como para pasar una mañana en el templo hindú de Shangkhai junto al simpático australiano Morgan y Alex, nuestro cortés guía. El templo, construido por los trabajadores del ferrocarril británico entre Mandalay y Lashio en 1903, tiene una piscina de agua dulce y alberga hasta 5000 peregrinos en su fiesta anual en el mes de febrero. Desde aquí, me despido del norte del estado de Shan y emprendo un lento viaje en autobús hacia una de las perlas de Myanmar, el lago Inle.

Crónicas desde Europa Central, el Sureste Asiático y Latinoamérica

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