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La frontera comunista

Cruzar fronteras tiene su gracia pero conlleva un elemento de suspense. Cuando cedes tu pasaporte al guardia de turno, sea en un aeropuerto de primera o en medio de la nada, estás entregando tu pedacito de libertad y la vulnerabilidad te recorre el cuerpo.

Este viaje empieza en Galati, cerca de la desembocadura del Danubio. Tres fronteras en tres kilómetros (Rumanía, Moldavia, Ucrania). Preguntas discretas de la agente rumana mientras afirma, sin discreción alguna, que no le caen bien los ucranianos pese a no haber pisado jamás el país vecino. El funcionario moldavo, directo al grano: “¿gas lacrimógeno?, ¿cuchillo?, ¿pistola eléctrica? Pasen…”. El joven soldado ucraniano, ante una máquina de rayos X apagada, inspecciona con entusiasmo nuestras mochilas, se queda mirando una bolsita de lavanda e indulta una ensalada con un “No son drogas, ¿verdad?”. Así da gusto.

Hasta que llegamos a Transnistria. Mejor dicho, hasta que intentamos salir. ¿Y dónde está eso? Transnistria es un territorio encasillado entre la orilla oriental del río Dniester y la frontera con Ucrania. Autoproclamó su independencia a principios de los 90 tras la disolución de la Unión Soviética. Los soldados rusos se quedaron y también lo hizo el comunismo. Es un estado sin reconocimiento internacional que, en teoría, forma parte de Moldavia. En realidad, es un pequeño enclave de habla rusa que tiene sus propias leyes, su propia moneda, pasaporte, matrícula, himno y una bandera que mantiene el martillo y la hoz.

Los símbolos soviéticos –estatuas y calles dedicadas a Lenin, murales de realismo socialista, tanques de la armada roja convertidos en monumentos, grandes avenidas, una silenciosa pero visible presencia militar- abundan tanto en Bender como en la capital Tiraspol, cuyo equipo de fútbol es, curiosamente, campeón de Moldavia.

Transnistria es fascinante –no sólo por sus mujeres, que también-, pero resulta algo inquietante. Es como un museo viviente del comunismo anclado entre verdes praderas y un río resplandeciente donde no pasa el tiempo. Aquí se habla ruso y se mira hacia Moscú. La vida transcurre con normalidad pero hay algo que no cuadra.

Finales de abril. Nos despertamos con los ensayos para el desfile militar del 1 de mayo, Día del Trabajador. Las señoras de Tiraspol, acostumbradas al espectáculo, ni se inmutan. Un apagón nos obliga a bajar del vetusto trolebús hacia Bender. Un pasajero aparca el bus porque la conductora no ve claro lo de la marcha atrás. Este incidente y el perro agresivo que se nos cruzaría más tarde en el camino podrían interpretarse como una premonición de lo que ocurriría en la frontera.

Bus de Bender a Chisinau, capital de Moldavia. Un joven agente de fronteras registra los pasaportes. Se queda mirando los nuestros (Polonia, Irlanda, Reino Unido) y nota que falta algo. Nos bajamos del bus y su jefe, un burócrata oportunista de suspicaces ojos grises, nos dice que necesitamos una cartilla de inmigración. “O pagáis una multa o volvéis para la frontera con Ucrania”. Y punto. Todo esto en ruso.

Momentos de confusión, incredulidad e impotencia que pronto se tornan en cabreo. Nos negamos a pagar la multa (léase soborno). El autobús se va y nos quedamos tirados en tierra de nadie en un país inexistente. El oficial, amparado por su posición de poder, se niega a ceder. Nosotros tampoco.

Al cabo de un rato, llega otro agente uniformado, más regordete y conciliador. Dice que ha llamado a la frontera por la que entramos el día anterior, que se acuerdan de nosotros y que seguramente perdimos la cartilla. Pura mentira. Nunca se nos dio ni un papelito ni un sello. En este momento, me convenzo de que se trata de una trampa entre agentes para sacarse un dinerillo extra.

Finalmente, al ver que no cedemos, el poli bueno nos deja marchar. A los pocos minutos, nos recoge otro bus y acaba nuestra experiencia comunista. “Tranquilos, ahora estáis en Moldavia”, dice el conductor.

Chipre, la isla dividida

Cuando visitas Berlín, puedes imaginarte cómo sería una ciudad brutalmente dividida por un muro hasta hace apenas 30 años. Es historia reciente, pero historia. En Nicosia, capital de Chipre, experimentas esa división urbana en pleno siglo XXI. Esa separación, tan absurda como fascinante, se presenta en forma de barricadas, puestos de control fronterizo, alambres, banderas, soldados y tierra de nadie. En este escenario bélico, curiosamente, reina la paz. Una paz tensa en la que coexisten chipriotas, griegos y turcos desde 1974. Y así estamos.

 

Nicosia refleja perfectamente la paradoja de una isla cuyo gran valor y, a la vez, gran ruina, son los contrastes. Una isla que ha pasado por manos griegas, persas, romanas, cristianas, otomanas y británicas, ha sido incapaz de superar barreras geopolíticas y culturales que la mantienen en un estado de limbo. Ambos bandos están atrincherados en sus posiciones ideológicas, más pendientes de su madre patria que de su propio desarrollo e identidad.

El resultado son dos Chipres. La griega, más turística y desarrollada, forma parte de la zona euro y vive como cualquier otra isla moderna, a base de sol y playa. La costa de Paphos atrae a muchos turistas ingleses deseosos de temperaturas mediterráneas, mientras que el puerto de Limassol se ha hecho con la clientela rusa. Más al Este queda Larnaca, que guarda pequeñas joyas como un lago salado donde pasan el invierno miles de flamencos imperturbados por la cercanía del aeropuerto y la base militar. Por cierto, a orillas del lago queda Hala Sultan Tekke, uno de los santuarios del Islam, donde yace la tumba de la nodriza de Mahoma.

La llamada República Turca del Norte de Chipre es más rural y salvaje. La cordillera de Kyrenia se alza imponente en el horizonte y, en su vertiente sur, despliega dos enormes banderas –la de Turquía y la de Chipre del Norte, idéntica a la turca pero con los colores invertidos- estratégicamente situadas para ser vistas en Lefkosa (Nicosia). Es un ejemplo de las pequeñas provocaciones que se repiten a diario en forma de inútiles ejercicios militares en las zonas fronterizas.

Las balas al aire se pierden en un paisaje de naranjos, limoneros, castillos medievales, acantilados y estatuas del omnipresente Atatürk. Las universidades y las bases militares –con sus cercanos burdeles- aparecen como setas en un territorio más propicio a la agricultura y al turismo. En los últimos años, la caída de la lira turca ha pausado la inversión en infraestructura y, por ahora, los visitantes se pueden aprovechar de precios bajos. Desayunos a precios de merienda.

La construcción parece crecer alrededor de la ciudad portuaria de Girne (Kyrenia en griego), que recibe mucho turista turco por su proximidad con Anatolia. Muchos turcos hacen la travesía para jugar en casinos, prohibidos en el país de Erdoğan. El turismo  también despunta tímidamente en la ciudad amurallada de Famagusta, al sureste de la isla, cuya tajante invasión aún escuece a los grecochipriotas. El resto del Norte de Chipre presenta un panorama menos desarrollado y más salvaje, con carreteras vacías y pueblos pintorescos atrapados en el tiempo. Hombres bebiendo café o té en el bar y algún perro suelto cobijado a la sombra de una vieja iglesia o mezquita.

La presencia militar es más un estorbo que una ayuda o una amenaza. El ejército turco controla y bloquea muchas rutas que apetecería descubrir en coche, en bicicleta o a pie. Su despliegue sonoro hacia los montes Trodoos es otro ejercicio de futilidad militar. Irritar por hacer algo.

En Nicosia confluyen las dos Chipres, separadas por la famosa línea verde dibujada en 1964 para apaciguar las tensiones entre grecochipriotas y turcochipriotas. Esa línea divisoria que cruza la calle Ledra, se convertiría en frontera diez años más tarde con la intervención/invasión turca del norte de la isla. Hoy en día, se puede pasar de un lado al otro con pasaporte en mano. Los turcos, considerados ocupadores, tienen vetado la entrada al sur, o sea, a la Chipre oficial y reconocida.

A ambos lados de la frontera, se respira un ambiente sereno pero los contrastes son evidentes. Al sur, abundan las oficinas, los comercios y las franquicias de comida rápida. A medida que se acerca la frontera, las calles se estrechan y se vacían, sacando a relucir preciosas casas de fachadas blancas enmarcadas en piedra amarilla y rematadas con persianas verdes o azules. Edificios religiosos caídos en desuso se asoman entre palacetes y casas restauradas. Sólo algunos grafitis y murales dejan entrever la proximidad de la línea verde, que aparece de sorpresa en forma de calles sin salida y cabinas donde soldados solitarios hacen su turno claramente aburridos.

 

Pasado el cruce de Ledra, los edificios están más descuidados y se nota más bullicio en las calles. El té, los bazares y los kebabs contribuyen a la impresión de haber cambiado de país. La mezquita de Selimiye ocupa la antigua catedral gótica de Santa Sofía, una práctica muy típica tras la conquista otomana. El contacto y el contraste entre culturas es el gran atractivo de la ciudad y de la isla que, pese a su multiculturalidad, no cede y niega a unificarse.

Esperando el 552

Miércoles de mayo en Melbourne. El día amanece con sol, cielos azules y temperaturas otoñales. Un paseo matinal me lleva desde Brighton Beach, donde los chinos toman fotos delante de las pintorescas casetas de madera, hasta el sosegado barrio de Saint Kilda, un enclave bohemio a orillas del mar. Todo muy tranquilo y bastante hippy. ‘Fish and chips’ para comer, como si estuviéramos en una versión liviana de la costa inglesa. Los escaparates de las numerosas pastelerías en la calle principal me tientan a poner un final dulce al merodeo costero.

A media tarde, el tranvía penetra el skyline de Melbourne y me apeo en Smith Street, en Fitzroy, el barrio más musical y hípster de la ciudad. Bares, cafeterías, restaurantes, tiendas de discos y tiendas de segunda mano atestan y dan vidilla al sinfín de edificios de época victoriana modernizados con grafitis. A cada paso hay algo que ver y mis pies me dirigen a varias librerías y tiendas ‘vintage’. Quince pavos más tarde, salgo con unos pantalones de segunda mano y un libreto para colorear dibujos de los Ramones, Led Zep y Bowie. Hey, ho!

Acabo calle arriba en Preston, esperando el bus 552. En la parada, un aborigen con ‘didgeridoo’ me da el visto bueno cuando le digo que soy inglés. Me muestro un poco esquivo porque es de noche y no sé de qué palo van los pobres aborígenes urbanos que tienen mal beber. Éste parece inocuo y, según parece, se gana la calderilla tocando en centros comerciales.

El aborigen con didgeridoo se queda en segundo plano soplando su instrumento cuando ocurre la situación más extraña y divertida del día. Una pareja joven y arreglada se para enfrente de mí y me suelta:

“Tienes la luz de Jesús dentro tuyo”

Perplejo, tardo un rato en darme cuenta que son unos fanáticos cristianos en busca de víctimas para su causa. Visto que el bus no pasa y que la tía está buena, les doy palique. Con ojos ardientes, me invitan a su iglesia. Les digo que me eduqué en colegios católicos y que ya me conozco el sermón. Insisten en que no tiene nada que ver con el catolicismo y no tardan en contarme sus historias.

La rubia, un bombón, me explica que sus padres habían muerto, que su hermana era una alcohólica y que ella sufría de anorexia cuando Jesús la salvó. Y aquí estaba, tan feliz y embriagada por el espíritu santo y la madre que lo parió.

El discurso es tan impostado que pienso que son actores y me imagino la cámara oculta a la vuelta de la esquina. Aunque la conversación me entretiene, yo les doy largas. En parte, me ofende que estos dos payasos bien vestidos piensen que pudiera ser tan crédulo. Por otra parte, me motiva el hecho de acompañar a la rubia al lado oscuro.

Al final, la cosa queda en nada porque el bus 552 decide pasar y estropear la fiesta. En un último intento desesperado, el tío, un embustero de fina barba y deje demoníaco, me pregunta si tengo un problema con mi rodilla izquierda. Buen truco. Como he dicho, me conozco el sermón y no caigo en esa vieja trampa. Y ahí queda la cosa. Que Dios nos pille confesados.

Titanic en Rakhine: ni tocados ni hundidos

Lunes por la mañana. Día festivo en Myanmar. Antes de regresar a Yangon, acabamos el fin de semana de sol y playa con una excursión en barco rumbo a la isla de Gwa. Ya habíamos sobrevivido ocho horas en autobús por carreteras de curvas polvorientas, el tedioso control de pasaportes en la frontera de Rakhine y un divertido trasbordo con veinte personas encima de un tuktuk de andar por casa. La fiesta del sábado, con barbacoa, música alrededor de una fogata, cervezas y baños nocturnos en paños menores, estuvo a la altura de las circunstancias.

El domingo, más sosegado, me llevó por accidente a una boda local donde el alcohol brillaba por su ausencia. En estos casos, sólo hace falta quedarse un rato fuera observando el panorama para que te inviten, te sientan con los novios y te ofrezcan cafés, refrescos azucarados y bebidas energéticas que no quieres. Al cabo de un rato, una vez encandilados a los invitados con nuestra presencia europea, nos volvimos al campamento y la noche se fue apagando a fuego lento.

¿Por dónde iba? Ah sí, el momento Titanic. Un barco de bambú construido por fascículos y treinta personas a bordo no parece, a priori, una buena idea pero, en Asia, es el pan de cada día. Aquí hacemos lo que no se nos ocurriría en casa, como ir en moto sin casco por caminos de tierra o saltar de un tren en marcha con chanclas y a lo loco. Los seguros y las reglas no existen o se ignoran, todo se improvisa al momento y, junto al riesgo, se aprecia esa incomparable sensación de libertad.

Total, que a un kilómetro de la costa, el extractor de agua deja de funcionar y el barcucho de bambú empieza a llenarse de agua. El chaval que maneja el chiringuito no da abasto y nos piden que saltemos para aligerar la carga. Al ver el bote salvavidas -una inestable canoa de madera para no más de nueve personas-, pienso en aquello de “mujeres y niños primero”. Sin embargo, el bote no se llena y decido meterme dentro. Aunque algunos se tiran al mar en plan Vigilantes de la Playa, me doy cuenta de que la situación no es tan seria cuando la gente se preocupa más de poner a salvo sus cámaras y móviles que de hundirse. La situación fue bastante cómica, incluso para los birmanos que, pese a vivir rodeados de costa, no saben nadar.

Mientras los demás quedaron dispersados en alta mar, los primeros supervivientes desembarcamos cual Robinson Crusoe en la isla de Gwa. Por desgracia, la playa no escapa de la acción contaminante del hombre pero sus aguas acogen un fascinante despliegue de medusas, corales y peces de colores tropicales. Personalmente, me quedo con la belleza paradisíaca de la isla de Bhell, unos kilómetros al norte, desierta e impoluta.

 

Tras el accidentado paso por la isla, emprendimos el viaje de regreso a casa. Y volvimos, por supuesto, en el mismo barco que casi nos hundió. 😉

Fin de año en el lago Inle

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Myanmar es un país muy fotogénico gracias a sus templos, sus mercados, sus gentes, sus tradiciones y sus preciosos paisajes. La muestra más evidente de todo ello es quizás el lago Inle, una reserva de la biosfera plantada en la zona montañosa al sur del estado de Shan. Para llegar hasta allí hay que ascender por carreteras serpenteantes que ponen a prueba el estómago a la vez que alegran la vista. También existe un tren que parte de Thazi y asciende hasta las cumbres de Kalaw, destino turístico de muchos excursionistas.

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Los esfuerzos se verán recompensados una vez llegados a Inle, un lago sereno pero dinámico donde la vida se desenvuelve entre pequeñas embarcaciones de madera y casas flotantes. Pensé que me encontraría una Venecia asiática diseñada para el turista. Al llegar a Nyaungshwe, la ciudad más próxima al lago, da esa impresión, con mucho foráneo, bancos y hoteles. Sin embargo, el lago en sí sigue siendo dominio de los locales, que lo utilizan para conrear sus cultivos y emprender sus negocios sin la excesiva dependencia del dinero extranjero. Cierto, reciben cada vez más turistas y no rechazarán esa aportación económica, pero aún no dependen de ella.

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Mi primer día lo dedico a explorar los alrededores de Nyaungshwe, recorriendo en bicicleta los campos y las carreteras que rodean el lago. En las aldeas, los campesinos y pescadores subsisten con una vida humilde, ajenos al boom turístico que se apercibe en la ciudad. Vacas, bueyes, perros y gallinas se cruzan por el camino sin pestañear. Al mediodía, me permito un plato de pescado al ajo, cilantro y lima acompañado de una ensalada de tomate y sésamo. Por la tarde, comparto una copa de vino local (nada especial) con un grupo de amigas francesas del hostal.

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El último día del año me apunto a la excursión en barca que organiza el hostal. El recorrido empieza al alba en pleno lago y continúa con un fascinante paseo entre las casas flotantes y las plantaciones acuáticas. En una de las casas disfrutamos de una comida preparada por una familia muy genuina que nos pinta la cara con crema de thanaka. Desde allí nos ponen en una canoa de madera y remamos como lo hacen los nativos. También visitamos un negocio de cigarros, una pequeña fábrica textil y una forja artesanal, y en ninguna nos presionan para hacer la compra. En fin, un día muy completo en un lugar que desprende belleza en cada esquina.

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El año termina con una cena de Nochevieja entre cervezas y viajeros con la promesa de más viajes en el horizonte. El primer día del año lo pasaré en un bus de vuelta a Yangon.

Navidades en el estado de Shan (II)

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Amanece un día soleado en Lashio y nos dirigimos a la oficina de Byron, un canadiense que, después de vivir unos años en Tailandia, ha cruzado la frontera para montar su empresa de aventuras. Conoce muy bien la situación del país y el conglomerado étnico-lingüístico de esta región.

El estado de Shan, como otras regiones de Myanmar, tiene un conflicto abierto con las autoridades militares birmanas. La raíz del desencuentro, simplificando mucho, está en la conferencia de Panglong (1947) que dio paso a la independencia de Birmania pero a su vez abría la posibilidad de estados autónomos al cabo de 10 años. Este derecho a la secesión quedó en jaque con el gobierno militar que ha controlado el país hasta las recientes elecciones. Actualmente, existen grupos armados y hay zonas restringidas para el acceso a extranjeros.

Byron nos asegura que Lashio es una zona segura porque está rodeada de bases militares. Aun así, antes de hacer una salida, siempre hace las llamadas pertinentes para asegurar que no haya riesgo para sus clientes. Paseando en moto por la campiña y observando sus habitantes parece difícil pensar que esta sea una zona de lucha. La diversidad étnica y lingüística es aparente –el birmano apenas se utiliza y los dialectos shan varían de pueblo en pueblo- pero las personas parecen estar más ocupadas en sus familias, sus campos y su ganado que en cuestiones políticas.

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La primera parada en la ruta en moto la hacemos en el pueblo de nuestro guía Ipou, donde nos invitan a una boda. Las mujeres visten faldas negras estampadas con motivos tradicionales shan y lucen un cinturón plateado símbolo de su estado civil. Ambas familias habrán negociado previamente una dote a pagar por el marido, tradicionalmente valorada en ganado pero, hoy en día, en dinero.

Tras el tentempié de la boda, nos adentramos por caminos más arduos y tortuosos, poniendo a prueba nuestro equilibrio en la motocicleta. Pasamos por puentes estrechos, baches, charcos, piedras, tramos blandos, arenosos y empinados hasta llegar a un pueblo somnoliento con una cascada caudalosa.

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Después de comer, dejo la moto en manos de nuestro otro guía Alex y, de paquete, empiezo a disfrutar del paisaje montañoso por el que circulan ocasionalmente vacas, niños y todo tipo de vehículos a motor. Antes de la puesta de sol, seguimos a pie un riachuelo que nos conduce a una pequeña catarata remota. Allí nos damos el primer baño de las vacaciones y relajamos el cuerpo después de todo un día encima de la moto. Byron nos espera en su casa con una cena mexicana, un cambio bienvenido después de tanto arroz y fideos.

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El martes empieza con un desayuno en un bar de familia que no sirve más allá de las 10 de la mañana. En el patio semicubierto, las mesitas están repletas de tazas de té o café y platos de sopa y fideos devorados por los fieles clientes. Es de esos lugares que lleva años haciendo lo mismo y haciéndolo bien, sin trucos ni trampas. El inicio idóneo para un día de caminata entre valles y bosques.

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Los campesinos nos miran con la misma curiosidad que nosotros a ellos. Mientras ellos se preguntan qué sentido tendrá caminar sin más por estas viejas tierras, nosotros nos asombramos por un estilo de vida rural anclado en el tiempo. Búfalos pastando y regocijándose en baños de barro, carros tirados por bueyes, casitas de bambú, herramientas de madera, baños al natural, luces y silencios.

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Nuestro destino es una pequeña aldea donde los hombres labran el campo y las mujeres hacen labores manuales como fabricar cestas. El líder del pueblo nos alberga a cambio de una donación voluntaria y nos ofrece una suculenta cena a base de ensaladas y arroces. Previamente, nos hemos refrescado en el riachuelo que sirve de baño público, un intrínseco sistema de troncos perforados que vierte agua dulce y, de paso, alimenta un generador hidráulico que aporta electricidad al pueblo. Hombres y mujeres se bañan a una distancia prudencial pero visible.

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Dormimos cinco en una habitación de bambú y la temperatura aguanta hasta más o menos las tres de la madrugada, cuando el frío penetra la aldea. Nos levantamos al canto de los gallos y secamos el rocío de nuestros zapatos alrededor de un fuego de leña. Nos despedimos de la familia y seguimos el camino hacia la carretera principal. Nuestro último día de aventura incluye un placentero paseo en paddleboard por un lago artificial y, por la tarde, senderismo y baño en una impresionante pero desconocida catarata que se abre paso en medio del bosque.

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Las chicas se marchan pero yo me quedo el tiempo suficiente como para pasar una mañana en el templo hindú de Shangkhai junto al simpático australiano Morgan y Alex, nuestro cortés guía. El templo, construido por los trabajadores del ferrocarril británico entre Mandalay y Lashio en 1903, tiene una piscina de agua dulce y alberga hasta 5000 peregrinos en su fiesta anual en el mes de febrero. Desde aquí, me despido del norte del estado de Shan y emprendo un lento viaje en autobús hacia una de las perlas de Myanmar, el lago Inle.

Navidades en el estado de Shan (I)

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Invierno es el mejor momento para viajar en Myanmar. Es la temporada seca, el clima es agradable y todo funciona con normalidad. El tráfico para salir de Yangon es insoportable, como de costumbre, pero el cuerpo ya se acostumbra a este ritmo de vida. Cuando alcanzo la estación de autobuses, ya es de noche. Una húngara, una holandesa, una vietnamita y un australiano forman el grupo al que me he unido para pasar las navidades. El destino es Lashio, en la frontera con China, donde haremos tres días de rutas en moto y a pie entre ríos, cascadas y montañas.

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El aire acondicionado del autobús nocturno ya nos prepara para unas temperaturas más bajas que en Yangon. Hacia las tres de la madrugada, descendemos en la terminal de autobuses de Mandalay y, entre cinco, tomamos un taxi hacia Pyin Oo Lwin, en el estado de Shan. En el hotel, una antigua casa colonial británica que cayó en manos del gobierno militar, nos damos el tiempo justo para una ducha y un pequeño descanso. Dedicamos la mañana a visitar el parque botánico aprovechando que se celebra la fiesta de las flores. Es curioso ver a los locales abrigados con chaquetas, bufandas y gorros de lana en un día nublado pero templado.

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Pyin Oo Lwin, como la mayoría de pueblos y ciudades en Myanmar, no tiene gran cosa en cuanto a arquitectura. Aquí se viene a disfrutar de la naturaleza o a contemplar la vida cotidiana de sus habitantes. Personalmente, me quedo con los colores y olores del mercado, un laberinto de tenderetes de ropa y comida que parece nunca agotarse. En las calles, las motos y los perros circulan por todas partes y las cabras y gallinas también se unen a este curioso paisaje urbano.

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El día de navidad los pasamos en el tren de Pyin Oo Lwin a Lashio. Viajar en tren en Myanmar ya es una experiencia fantástica pero este tramo ofrece unas vistas realmente espectaculares. El momento cumbre llega al cruzar el viaducto de Goteik, un puente de 689 metros no apto para personas con vértigo. El lento traqueteo del centenario ferrocarril confiere al pasajero la sensación de estar en una atracción de feria histórica.

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A media tarde, el tren para en Hsipaw, donde la mayoría de foráneos se apean para hacer senderismo. Curiosamente, es a partir de entonces cuando el paisaje pasa a ser aún más precioso. Las vías de tren se abren paso entre una vegetación frondosa que se bate contra las ventanas como si la naturaleza reclamara al hombre su territorio. Entre rama y rama, se observan pueblos de tez polvorienta y se intuyen los meandros del río Myitnge. Mientras tanto, el tren va descargando mercancías y vendedores ambulantes vienen y van.

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Llegamos a Lashio de noche. El motor de nuestro tuk-tuk se quema en la primera cuesta y, tras un apaño mecánico, alcanzamos el centro antes de que cierre la parada de fideos del mercado. Ahora toca descansar y prepararnos para la aventura que nos ha organizado Byron, un canadiense afincado en esta zona desde hace un par de años.

La montaña dorada

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Viernes por la tarde. He quedado con otros cuatro profesores para ir a Kyaikhteeyoe, en la región montañosa del estado de Mon, al este de Myanmar. El primer reto es llegar a la estación de ferrocarril en el centro de Yangon. El tráfico de las 5 de la tarde es intenso y los coches taponan las vías principales hacia downtown. El joven taxista se muestra tranquilo y dicharachero –apenas logro descifrar su inglés- pero la hora larga hasta la estación se hace exasperante. De golpe, el río de coches desvanece como por arte de magia. Llego con 5 minutos de margen, al igual que una de las chicas, pero la compra del billete atrasará toda la operación, con lo cual optamos por el tren de las 9 y una cena previa en Fat Man.

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Con nuestros billetes en mano –ni siquiera 2,50 euros al cambio- subimos al compartimento de primera clase, bastante básico pero con espacio para estirar las piernas. Las ventanas abiertas dejan entrar todo tipo de bichos atraídos por la luz interior. Vendedores ambulantes recorren los vagones con sus particulares cánticos. Algunos se bajan incluso con el tren en plena marcha. El ritmo es lento pero agradable. El ferrocarril fue construido hace más de un siglo por los ingleses y las mismas vías se siguen utilizando hoy en día, marcando un traqueteo irregular pero constante. Cuatro horas más tarde, llegamos a Kyaikto y nos subimos a una furgoneta abierta que nos acerca al hotel, entre la estación de tren y pie de montaña. El joven recepcionista, adormentado y confundido, coge unas llaves al vuelo y recuperamos un poco de sueño.

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Un desayuno a base de fruta y huevos nos da la energía necesaria para afrontar la caminata hacia Golden Rock, la roca dorada que se sostiene en la cima de una montaña y que se ha convertido en un lugar de peregrinaje de budistas. El camino empieza desde la aldea Kin Pun Sakhan, al que accedemos subidos en una especie de tuk-tuk cargado de salvado de arroz.

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Abastecidos de agua, nueces caramelizadas y gorras de paja, empezamos la travesía. El primer tramo, una pendiente árida hacia un pequeño monasterio con un modelo a escala de la roca dorada, resulta el más exigente. Ni siquiera las nubes nos impiden sudar la gota gorda. Alcanzamos el falso peñasco jadeantes y sudando a chorros. Aún quedan 5 horas de subida aunque, por suerte, el desnivel será más llevadero y el sendero estará bien delimitado y protegido por abundante vegetación.

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Por el camino, los lugareños venden refrescos, comida, ropa y demás souvenirs en casetas de bambú estratégicamente construidas. Los niños juegan y miran con curiosidad a los foráneos mientras perros y adultos se estiran al amparo de la sombra. Los comerciantes no presionan al viajero para que compre y sus sonrisas parecen sinceras e inocentes. Tan sólo en el último tramo, a pie de cima, oigo a los críos más espabilados acompañar su “hello” con “money”, esa palabra tan sucia y reprobable.

Sobrevivimos a base de plátanos, nueces, té, café y litros de agua. La basura, siempre presente, es lo único que afea un paisaje verde que se estrecha durante millas en el horizonte. La cantidad de plástico que esparcimos los humanos en la naturaleza nos acabará acechando y eso me entristece. Falta cultura de reciclaje y sostenibilidad en tiempos de excesiva modernización. Por otro lado, ajenos a la pobreza que les rodea, los niños parecen felices.

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Cuantas más horas caminas, más fatiga acumulas en las piernas pero más saboreas el final. Así ocurrió cuando alcanzamos la meta, Kyaikhteeyoe, con el tiempo justo para disfrutar de la puesta de sol. Cierto, el extranjero tiene que pagar para entrar en este recinto religioso abarrotado de gente y adornado con elementos kitsch. Pese a ello, se respira un ambiente pacífico y espiritual. La roca laminada de oro es la atracción principal y no defrauda. La leyenda dice que un pelo de Buda la mantiene en equilibrio, desafiando la gravedad y el abismo. Casi tan espectacular como la roca son las vistas sobre el delta de Yangon, resplandeciente entre los últimos rayos del día.

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El descenso se hace en camión a través de una carretera asfaltada de rampas empinadas y curvas cerradas. El trayecto, tan divertido como peligroso, se asemeja más a una montaña rusa. Por suerte, los frenos funcionan bien y llegamos al pueblo sanos y salvos. La cena y la cerveza entran con ganas pero también aceleran el cansancio. Dos de las chicas vuelven al hotel en moto a cualquier precio. Me quedo con los irlandeses y, casi al instante, un padre de familia se apiada de nosotros y nos ofrece un pasaje en su coche. Nunca he visto a un grupo de niños tan callados, quizás era la primera vez que tenían a tres blancos en el maletero de su coche. El hombre, cumpliendo con su deber budista, no nos dejó pagar y, encima, llegamos antes que las chicas. Lo mismo me pasó al día siguiente cuando una familia se paró en la carretera para llevarnos a mí y a Mike a la estación de tren. Reconforta saber que aún hay gente que trata al turista como persona y no como fuente de dinero.

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Lo mejor del viaje, a parte de la larga caminata en la montaña, es el trayecto en tren. Sin prisas, uno puede apreciar arrozales, granjas, aldeas y pueblos que pasan al lento traqueteo del tren. Dentro y fuera del vagón, desfila un paisaje humano lleno de vida y color que poco habrá cambiado en los últimos 100 años. Las ventanas y puertas abiertas conceden al pasajero un aire de libertad que parecía abocado a la historia.

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Al adentrar la zona industrial de Yangon y vislumbrar chabolas empequeñecidas por modernos bloques de pisos, aflora de nuevo la misma pregunta: ¿cuánto afectará el progreso a esta gente apacible y bienintencionada?

Primerísimas impresiones de Myanmar

las-normas-de-trafico-no-existen-en-las-calles-de-yangonNo llevo ni 12 horas en Yangon, la antigua capital de Birmania, y ya me doy cuenta de que esto es otro mundo. Tercer mundo, algunos dirán…

Los monzones confieren a la ciudad un verde tropical que transmite humedad. Las pagodas doradas brillan con esplendor entre avenidas de palmeras y musgo. El budismo marca el ritmo de una sociedad pobre pero de naturaleza apacible.

Las mujeres protegen su cutis con una crema de thanaka que les otorga un aspecto fantasmagórico. Los hombres, de facciones rasgadas y piel oscura, tripulan las calles ataviados con sus faldas holgadas, llamadas longyi. En cada esquina se percibe una pobreza amortiguada por el talante pacífico del budismo. Lo que podría devenir caos, en el tráfico por ejemplo, se queda en simple desorden temporal.

Las últimas tormentas de la temporada amenazan con disturbar la rutina de los comerciantes nocturnos. Anochece pronto pero las paradas de frutas, tés y negocios varios registran buenas cifras. Resulta muy extraño pasear por este mercadillo de chozas oscuras y no tener la sensación de ser la víctima sino un vecino curioso.

Macedonia

Las montañas de Galičica, en el suroeste de Macedonia

¿Qué sabemos de Macedonia? Más bien poco. Muchos pensarán en una ensalada de frutas, otros lo asociarán a la antigua Yugoslavia y algunos ignorarán que es un país independiente en el corazón de los Balcanes. Razones suficientes, pues, para descubrirla y salir de dudas.

Monasterio de Svety Naum en el lago Ohrid Paisajes de mezquitas No es mármol todo lo que reluce

Una semana de viaje por estas tierras en el mes de mayo me reveló el lago más antiguo de Europa, un paisaje de iglesias y mezquitas que conviven en paz, comida que combina lo mejor del Mediterráneo y el Oriente Medio y una capital chapucera pero dinámica por donde circulan autobuses rojos de doble piso, como si fuera Londres.

La revolución del color

Por estas tierras montañosas sin salida al mar han pasado muchos pueblos: griegos, romanos, búlgaros, serbios, turcos… Su pasado reciente está ligado a la Yugoslavia de Tito y de su disolución nació este país que comparte nombre con la vecina región griega. El macedonio es un idioma eslavo que utiliza el alfabeto cirílico, la herencia de dos monjes que evangelizaron Europa Central desde este cruce de caminos.

En los últimos meses, parece que Macedonia sólo exista como lugar de paso para los inmigrantes sirios. ¿Pero alguien sabía que hay un creciente malestar político –por corrupción interna, no por miedo al foráneo- que ha llevado a una parte de la población a manifestarse en las calles en la llamada revolución del color?

Lago Ohrid, en la frontera con Albania

Macedonia es un país que ha perdido muchas oportunidades. No sacó partida de salir indemne de las guerras balcánicas. No aprovechó el reciente bajón económico de Grecia para afianzar su identidad política. Gasta en ladrillos, estatuas y banderas en lugar de invertir en servicios básicos y mejorar el nivel adquisitivo de sus ciudadanos. Se ha quedado en tierra de nadie y ahora busca su lugar en los confines de la Unión Europea.

Matka canyon

Quizás la actitud relajada y despreocupada de los macedonios les haya frenado en el aspecto económico y haya dañado en el ámbito político pero, a su vez, les aporta algo especial en el terreno personal. Ellos se crean su propio caos pero, al mismo tiempo, se adaptan a las circunstancias y se las apañan. Un ejemplo divertido sucedió en Matka, un precioso barranco a las afueras de Skopje que recibe muchos visitantes durante los fines de semana. Allí se reúne gente de todo pelaje: excursionistas domingueros, pijos de poca monta, familias con el cochecito a cuestas y hordas de adolescentes vestidas para hacerse un estupendo ‘selfie’ en la naturaleza. El caso es que, después tomar cuatro fotos y ensuciar el paisaje, la fauna urbana crea enormes atascos y el sonido del claxon se impone al eco de pájaros, ríos y árboles. Pero, ni cortos ni perezosos, los hombres salen de sus coches, se autogestionan el tráfico y salen del desconcierto como si no hubiera pasado nada.

Aparque quien pueda Autobuses fabricados en Japón Modelo comunista

Los Balcanes se disfrutan precisamente si uno viaja con actitud relajada y mente abierta. Siempre habrán obstáculos por el camino, como que los buses no se paren donde dicta la lógica o que los horarios sean un secreto a voces, pero siempre habrá una solución. Los macedonios encuentran un remedio a todo. ¿Quieres subir una montaña? Te ofrecen ir en taxi. ¿Te ha dado por pedir yogurt para desayunar y no tienen en el bar? El camarero lo encarga directamente del supermercado. ¿Una amiga ha osado pedir Coca-Cola Zero en un local de copas? Le traen una Pepsi con un vaso de agua, para reducir el efecto del azúcar.

Trpejca, pequeña perla del lago Ohrid

Hablando se entiende la gente. Y el idioma no es un problema si hay ganas de comunicarse. Los macedonios siempre están dispuestos a hablar y no sólo por negocio. Incluso cuando rechazas sus avances para venderte un exclusivo paseo en barca, una habitación de 6 euros o un viaje en taxi por medio país, te siguen hablando. En algunos lugares, como Ohrid, el afán turístico es más evidente. Aunque se puede tolerar, es mejor escapar a pueblecitos como Trpejca, un pequeño paraíso donde preparan comida auténtica y deliciosa a escasos metros del lago. Allí, hablando, conocí a personas decentes que aún no se habían dejado tentar por el dinero fácil. Esa misma gente, con su aire desenfadado, talante pasivo, cierto desencanto por el ayer y pesimismo por el mañana, es la que hizo crecer mi fascinación por los Balcanes.

Mejor que Saint Tropez

Las contradicciones de Macedonia se acentúan en su capital, Skopje. Afectada por un terremoto en 1963 y afeada por la posterior arquitectura comunista, en los últimos años ha sido objeto un ridículo makeover que ha llenado las calles de numerosas estatuas, columnas griegas de quita y pon y otras costosas instalaciones sin ton ni son como, por ejemplo, tres sauces neozelandeses plantados en medio del río Vardar. Ni que decir tiene que los locales se avergüenzan de este despilfarre arquitectónico para blanquear dinero que está convirtiendo su ciudad en una copia barata y kitch de grandes capitales europeas. Por suerte, algunas zonas como el barrio del Bazar aún mantienen su esencia y personalidad, con locales, restaurantes y costumbres de clara influencia turca.

Vista nocturna desde Kale, en Skopje Skopje, en reconstrucción La plaza de Alejandro Magno, con Vodno al fondo

Y eso me lleva finalmente a la comida, el resultado de una fantástica mezcla de culturas que aprecian ingredientes frescos y recetas sencillas. En Macedonia se puede comer a todas horas. Por la mañana, las panaderías están a reventar con exquisitas pastas de hojaldre rellenas de queso, espinacas o carne. Como aperitivo, se puede tomar un ayvar, lutenica o pindzur, salsas a base de tomate y verduras asadas. Ese sabor a la parrilla se encuentra también en el kebapci, salchichas típicas de los locales turcos, que se suele acompañar con shopska, una ensalada colmada de queso Feta rallado. Como postre, un buen baklava o trileche y, para redondear el festín cotidiano, café turco y rakia.

Cada país tendrá sus variantes y reclamará su plato como auténtico pero la pasión por la comida en los Balcanes es común. Las reuniones familiares y las quedadas de los amigos siempre se hacen rodeadas de buena comida y bebida, y sin prisas. Eso es siempre buena señal. Los problemas permanecerán pero quedarán para otro día.