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Cerebros lavados y manos sucias

Pasado un mes de semi-confinamiento por el Covid-19, el Gobierno de México empieza a tomar medidas más visibles. En la ciudad, algunas estaciones de metro han cerrado, se ha acordonado el acceso a la mayoría de parques públicos, la policía empieza a supervisar el uso de mascarillas en los mercados, y las calles están empapeladas con carteles que apelan a quedarse en casa. Aún así, el gobierno no se atreve -y, seguramente, tampoco pueda permitirse- emitir una orden de cuarentena más estricta, con multas y toques de queda.

Un paseo por Lomas de Chapultepec -colonia de embajadas y lujosas mansiones- y Polanco -zona financiera y colonia judía- me confirma una teoría: los ricos están acatando la cuarentena desde la comodidad de sus casas con jardines y terrazas. Los policías observan desde sus coches las calles vacías, sin mucho que hacer. En los suburbios populares hay más movimiento y, por ende, es allí dónde se extenderán los casos de infectados y muertos, cuyas cifras están siendo completamente inventadas por el ejecutivo. La mayoría de trabajadores vive de la economía informal, o sea, que si no trabajan, no cobran, y por eso se resisten a cerrar. Muchos se niegan a creer en la amenaza invisible del coronavirus.

El tráfico en mi calle se ha reducido considerablemente y el ruido más molesto me llega ahora de los vecinos. Un endeble muro de cartón yeso me separa de una tienda de abarrotes. El señor que lo regenta es un padre de familia de mediana edad y voz extremadamente compungida. Sus frases más repetidas son “No tenemos”, “No nos queda” y “No ha llegado”. Su producto estrella es la Coca-Cola y tiene la costumbre de poner las mismas baladas pop cada mañana. Pero lo que más me irrita es la emisora cristiana que lava su cerebro y  la de muchos mexicanos a base de sermones incendiarios. Me dan ganas de responder con Slayer, Marilyn Manson o Sepultura…

No es una mala persona, todo lo contrario, pero su ignorancia azota y amenaza a gran parte del país. Entiendo que tenga que generar ingresos para mantener su negocio a flote y velar por su familia, pero poner su fe en Dios para superar esta crisis sanitaria es un craso error. Esta mañana, sin ir más lejos, han pasado unos trabajadores municipales para inspeccionar los negocios que aún quedan abiertos y nuestro amigo les ha dicho, tan pancho, que Dios le protegerá.

A ver si nos enteramos de una vez. No busquemos una solución metafísica a un problema físico. La religión es el opio de los pobres y ha sido una gran arma para someter al pueblo, a golpe de miedo, durante siglos. Pero es pura farsa. Ya estamos en el siglo XXI, ¡por favor! Está bien actuar de una forma cristiana y ayudar al prójimo, pero a mi que no me vengan con fábulas ridículas y dañinas. Un Dios que condena el aborto y la homosexualidad mientras tolera el abuso sexual y las epidemias no me representa. No necesito la fe, la confesión ni la compasión divina para arreglar mis problemas. Creo en la ciencia y en la naturaleza y paso de creencias sobrenaturales que no vienen a caso.

Los predicadores que siembran odio y se aprovechan de la ignorancia del populacho pueden bañar su crucifijo en lejía y esconder sus despreciables discursos tras una mascarilla insonorizada. Si existiera la voluntad divina, estaríais postrados en una cama de hospital rezando para que os cayera del cielo un respirador. Dejad de lavar el cerebro y lavaros las manos. ¡Ándele!

Un día en el hospital

Veinte personas agolpadas en una sala de espera de 9 metros cuadrados sin aire acondicionado. El televisor emite reportajes de fiestas folklóricas y oficios tradicionales. Se repiten en bucle las mismas noticias: la fiesta de la cebolla en Madunice, el insoportable sonido de unos arpistas de boca, suenan violines y voces desentonadas en una fiesta local y un publirreportaje sobre la ciudad de Skalica. La emisión se corta, haciendo los cantos y sonidos más odiosos aún. Eso sí, hay WiFi en la sala. Aquí no existe un sistema de citas ni hojas de cálculo, pero hay internet para las abuelas.

La fórmula es sencilla: llegas y esperas. Cuando la enfermera sale de su cueva, date por satisfecho que recoja tus papeles y no te haga volver al día siguiente. Luego toca esperar. La gente tiene la cara derretida de tanto esperar. Las madres han perdido la paciencia con sus hijos revoltosos de aburrimiento. La puerta permanece cerrada a cal y canto como el rastrillo medieval de esos castillos arruinados que, entre saltos pixelados, aparecen en pantalla.

En la sala de espera del ambulatorio de Piestany apenas hay sitio para un paciente en silla de ruedas.

La enfermera pide a los recién llegados -ávidos por deshacerse de sus volantes sudorosos- que depositen sus papeles en una patética mesilla que pasa inadvertida pese a estar en el centro de la escena. Al lado, apenas hay espacio para un hombre en silla de ruedas.

¿La paciencia se agota o se recarga? Todo este tiempo perdido se aliviaría con un programa de citas pero, insisto, eso es una quimera en este hospital y en este país. Televisión e internet, esa es la modernización que basta a la plebe. La niña que tengo al lado intenta distraerme con su cara de mala leche. Si me atienden antes que a ella, me mata.

La puerta entreabierta del ambulatorio se cierra de golpe para frenar en seco cualquier atisbo de esperanza de una consulta rápida. Estoy convencido de que reemiten el reportaje sobre los arpistas de boca para ahuyentar a la clientela. Yo resistiré. Al menos hasta la tercera (o cuarta) repetición.

Sin citas, no se puede hacer aquello tan español de «¿qué hora tenía usted»?, comparar y quejarse. Claro que luego entras y tan calladito y simpático con el ortopeda que te ha hecho esperar una eternidad. Porque nos quejamos del sistema pero dependemos de él. Si aguanto un poco más, yo creo que se me cura la herida.

Por fin suenan las palabras mágicas: «Pan Begg. Na rengen». Directo a la sala de radiografías. Esto me lo conozco. Hay que depositar los papeles en una ventanilla secreta (muy kafkiano todo) y esperar a que te llamen. Esto suele ser rápido… Hasta que, sin darme cuenta, ya ha pasado otra hora.

La radiografía se hace en un momento pero en la consulta del Dr. Ottakringer van a otro ritmo. Finalmente, un chico en prácticas -lo deduzco porque no encuentra las vendas, titubea y pregunta al veterano qué hacer- me rehace el yeso y salgo tres horas después de entrar con una mano que pesa un kilo y la noticia de tener que volver en 5 semanas. No sé si es peor estar enyesado un mes o saber que me toca volver a pasar por el aro. La próxima vez, ¡mejor no lesionarse!