
¿Qué sabemos de Macedonia? Más bien poco. Muchos pensarán en una ensalada de frutas, otros lo asociarán a la antigua Yugoslavia y algunos ignorarán que es un país independiente en el corazón de los Balcanes. Razones suficientes, pues, para descubrirla y salir de dudas.

Una semana de viaje por estas tierras en el mes de mayo me reveló el lago más antiguo de Europa, un paisaje de iglesias y mezquitas que conviven en paz, comida que combina lo mejor del Mediterráneo y el Oriente Medio y una capital chapucera pero dinámica por donde circulan autobuses rojos de doble piso, como si fuera Londres.

Por estas tierras montañosas sin salida al mar han pasado muchos pueblos: griegos, romanos, búlgaros, serbios, turcos… Su pasado reciente está ligado a la Yugoslavia de Tito y de su disolución nació este país que comparte nombre con la vecina región griega. El macedonio es un idioma eslavo que utiliza el alfabeto cirílico, la herencia de dos monjes que evangelizaron Europa Central desde este cruce de caminos.
En los últimos meses, parece que Macedonia sólo exista como lugar de paso para los inmigrantes sirios. ¿Pero alguien sabía que hay un creciente malestar político –por corrupción interna, no por miedo al foráneo- que ha llevado a una parte de la población a manifestarse en las calles en la llamada revolución del color?

Macedonia es un país que ha perdido muchas oportunidades. No sacó partida de salir indemne de las guerras balcánicas. No aprovechó el reciente bajón económico de Grecia para afianzar su identidad política. Gasta en ladrillos, estatuas y banderas en lugar de invertir en servicios básicos y mejorar el nivel adquisitivo de sus ciudadanos. Se ha quedado en tierra de nadie y ahora busca su lugar en los confines de la Unión Europea.

Quizás la actitud relajada y despreocupada de los macedonios les haya frenado en el aspecto económico y haya dañado en el ámbito político pero, a su vez, les aporta algo especial en el terreno personal. Ellos se crean su propio caos pero, al mismo tiempo, se adaptan a las circunstancias y se las apañan. Un ejemplo divertido sucedió en Matka, un precioso barranco a las afueras de Skopje que recibe muchos visitantes durante los fines de semana. Allí se reúne gente de todo pelaje: excursionistas domingueros, pijos de poca monta, familias con el cochecito a cuestas y hordas de adolescentes vestidas para hacerse un estupendo ‘selfie’ en la naturaleza. El caso es que, después tomar cuatro fotos y ensuciar el paisaje, la fauna urbana crea enormes atascos y el sonido del claxon se impone al eco de pájaros, ríos y árboles. Pero, ni cortos ni perezosos, los hombres salen de sus coches, se autogestionan el tráfico y salen del desconcierto como si no hubiera pasado nada.

Los Balcanes se disfrutan precisamente si uno viaja con actitud relajada y mente abierta. Siempre habrán obstáculos por el camino, como que los buses no se paren donde dicta la lógica o que los horarios sean un secreto a voces, pero siempre habrá una solución. Los macedonios encuentran un remedio a todo. ¿Quieres subir una montaña? Te ofrecen ir en taxi. ¿Te ha dado por pedir yogurt para desayunar y no tienen en el bar? El camarero lo encarga directamente del supermercado. ¿Una amiga ha osado pedir Coca-Cola Zero en un local de copas? Le traen una Pepsi con un vaso de agua, para reducir el efecto del azúcar.

Hablando se entiende la gente. Y el idioma no es un problema si hay ganas de comunicarse. Los macedonios siempre están dispuestos a hablar y no sólo por negocio. Incluso cuando rechazas sus avances para venderte un exclusivo paseo en barca, una habitación de 6 euros o un viaje en taxi por medio país, te siguen hablando. En algunos lugares, como Ohrid, el afán turístico es más evidente. Aunque se puede tolerar, es mejor escapar a pueblecitos como Trpejca, un pequeño paraíso donde preparan comida auténtica y deliciosa a escasos metros del lago. Allí, hablando, conocí a personas decentes que aún no se habían dejado tentar por el dinero fácil. Esa misma gente, con su aire desenfadado, talante pasivo, cierto desencanto por el ayer y pesimismo por el mañana, es la que hizo crecer mi fascinación por los Balcanes.

Las contradicciones de Macedonia se acentúan en su capital, Skopje. Afectada por un terremoto en 1963 y afeada por la posterior arquitectura comunista, en los últimos años ha sido objeto un ridículo makeover que ha llenado las calles de numerosas estatuas, columnas griegas de quita y pon y otras costosas instalaciones sin ton ni son como, por ejemplo, tres sauces neozelandeses plantados en medio del río Vardar. Ni que decir tiene que los locales se avergüenzan de este despilfarre arquitectónico para blanquear dinero que está convirtiendo su ciudad en una copia barata y kitch de grandes capitales europeas. Por suerte, algunas zonas como el barrio del Bazar aún mantienen su esencia y personalidad, con locales, restaurantes y costumbres de clara influencia turca.

Y eso me lleva finalmente a la comida, el resultado de una fantástica mezcla de culturas que aprecian ingredientes frescos y recetas sencillas. En Macedonia se puede comer a todas horas. Por la mañana, las panaderías están a reventar con exquisitas pastas de hojaldre rellenas de queso, espinacas o carne. Como aperitivo, se puede tomar un ayvar, lutenica o pindzur, salsas a base de tomate y verduras asadas. Ese sabor a la parrilla se encuentra también en el kebapci, salchichas típicas de los locales turcos, que se suele acompañar con shopska, una ensalada colmada de queso Feta rallado. Como postre, un buen baklava o trileche y, para redondear el festín cotidiano, café turco y rakia.
Cada país tendrá sus variantes y reclamará su plato como auténtico pero la pasión por la comida en los Balcanes es común. Las reuniones familiares y las quedadas de los amigos siempre se hacen rodeadas de buena comida y bebida, y sin prisas. Eso es siempre buena señal. Los problemas permanecerán pero quedarán para otro día.