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Titanic en Rakhine: ni tocados ni hundidos

Lunes por la mañana. Día festivo en Myanmar. Antes de regresar a Yangon, acabamos el fin de semana de sol y playa con una excursión en barco rumbo a la isla de Gwa. Ya habíamos sobrevivido ocho horas en autobús por carreteras de curvas polvorientas, el tedioso control de pasaportes en la frontera de Rakhine y un divertido trasbordo con veinte personas encima de un tuktuk de andar por casa. La fiesta del sábado, con barbacoa, música alrededor de una fogata, cervezas y baños nocturnos en paños menores, estuvo a la altura de las circunstancias.

El domingo, más sosegado, me llevó por accidente a una boda local donde el alcohol brillaba por su ausencia. En estos casos, sólo hace falta quedarse un rato fuera observando el panorama para que te inviten, te sientan con los novios y te ofrezcan cafés, refrescos azucarados y bebidas energéticas que no quieres. Al cabo de un rato, una vez encandilados a los invitados con nuestra presencia europea, nos volvimos al campamento y la noche se fue apagando a fuego lento.

¿Por dónde iba? Ah sí, el momento Titanic. Un barco de bambú construido por fascículos y treinta personas a bordo no parece, a priori, una buena idea pero, en Asia, es el pan de cada día. Aquí hacemos lo que no se nos ocurriría en casa, como ir en moto sin casco por caminos de tierra o saltar de un tren en marcha con chanclas y a lo loco. Los seguros y las reglas no existen o se ignoran, todo se improvisa al momento y, junto al riesgo, se aprecia esa incomparable sensación de libertad.

Total, que a un kilómetro de la costa, el extractor de agua deja de funcionar y el barcucho de bambú empieza a llenarse de agua. El chaval que maneja el chiringuito no da abasto y nos piden que saltemos para aligerar la carga. Al ver el bote salvavidas -una inestable canoa de madera para no más de nueve personas-, pienso en aquello de “mujeres y niños primero”. Sin embargo, el bote no se llena y decido meterme dentro. Aunque algunos se tiran al mar en plan Vigilantes de la Playa, me doy cuenta de que la situación no es tan seria cuando la gente se preocupa más de poner a salvo sus cámaras y móviles que de hundirse. La situación fue bastante cómica, incluso para los birmanos que, pese a vivir rodeados de costa, no saben nadar.

Mientras los demás quedaron dispersados en alta mar, los primeros supervivientes desembarcamos cual Robinson Crusoe en la isla de Gwa. Por desgracia, la playa no escapa de la acción contaminante del hombre pero sus aguas acogen un fascinante despliegue de medusas, corales y peces de colores tropicales. Personalmente, me quedo con la belleza paradisíaca de la isla de Bhell, unos kilómetros al norte, desierta e impoluta.

 

Tras el accidentado paso por la isla, emprendimos el viaje de regreso a casa. Y volvimos, por supuesto, en el mismo barco que casi nos hundió. 😉

Fin de año en el lago Inle

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Myanmar es un país muy fotogénico gracias a sus templos, sus mercados, sus gentes, sus tradiciones y sus preciosos paisajes. La muestra más evidente de todo ello es quizás el lago Inle, una reserva de la biosfera plantada en la zona montañosa al sur del estado de Shan. Para llegar hasta allí hay que ascender por carreteras serpenteantes que ponen a prueba el estómago a la vez que alegran la vista. También existe un tren que parte de Thazi y asciende hasta las cumbres de Kalaw, destino turístico de muchos excursionistas.

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Los esfuerzos se verán recompensados una vez llegados a Inle, un lago sereno pero dinámico donde la vida se desenvuelve entre pequeñas embarcaciones de madera y casas flotantes. Pensé que me encontraría una Venecia asiática diseñada para el turista. Al llegar a Nyaungshwe, la ciudad más próxima al lago, da esa impresión, con mucho foráneo, bancos y hoteles. Sin embargo, el lago en sí sigue siendo dominio de los locales, que lo utilizan para conrear sus cultivos y emprender sus negocios sin la excesiva dependencia del dinero extranjero. Cierto, reciben cada vez más turistas y no rechazarán esa aportación económica, pero aún no dependen de ella.

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Mi primer día lo dedico a explorar los alrededores de Nyaungshwe, recorriendo en bicicleta los campos y las carreteras que rodean el lago. En las aldeas, los campesinos y pescadores subsisten con una vida humilde, ajenos al boom turístico que se apercibe en la ciudad. Vacas, bueyes, perros y gallinas se cruzan por el camino sin pestañear. Al mediodía, me permito un plato de pescado al ajo, cilantro y lima acompañado de una ensalada de tomate y sésamo. Por la tarde, comparto una copa de vino local (nada especial) con un grupo de amigas francesas del hostal.

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El último día del año me apunto a la excursión en barca que organiza el hostal. El recorrido empieza al alba en pleno lago y continúa con un fascinante paseo entre las casas flotantes y las plantaciones acuáticas. En una de las casas disfrutamos de una comida preparada por una familia muy genuina que nos pinta la cara con crema de thanaka. Desde allí nos ponen en una canoa de madera y remamos como lo hacen los nativos. También visitamos un negocio de cigarros, una pequeña fábrica textil y una forja artesanal, y en ninguna nos presionan para hacer la compra. En fin, un día muy completo en un lugar que desprende belleza en cada esquina.

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El año termina con una cena de Nochevieja entre cervezas y viajeros con la promesa de más viajes en el horizonte. El primer día del año lo pasaré en un bus de vuelta a Yangon.

Navidades en el estado de Shan (II)

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Amanece un día soleado en Lashio y nos dirigimos a la oficina de Byron, un canadiense que, después de vivir unos años en Tailandia, ha cruzado la frontera para montar su empresa de aventuras. Conoce muy bien la situación del país y el conglomerado étnico-lingüístico de esta región.

El estado de Shan, como otras regiones de Myanmar, tiene un conflicto abierto con las autoridades militares birmanas. La raíz del desencuentro, simplificando mucho, está en la conferencia de Panglong (1947) que dio paso a la independencia de Birmania pero a su vez abría la posibilidad de estados autónomos al cabo de 10 años. Este derecho a la secesión quedó en jaque con el gobierno militar que ha controlado el país hasta las recientes elecciones. Actualmente, existen grupos armados y hay zonas restringidas para el acceso a extranjeros.

Byron nos asegura que Lashio es una zona segura porque está rodeada de bases militares. Aun así, antes de hacer una salida, siempre hace las llamadas pertinentes para asegurar que no haya riesgo para sus clientes. Paseando en moto por la campiña y observando sus habitantes parece difícil pensar que esta sea una zona de lucha. La diversidad étnica y lingüística es aparente –el birmano apenas se utiliza y los dialectos shan varían de pueblo en pueblo- pero las personas parecen estar más ocupadas en sus familias, sus campos y su ganado que en cuestiones políticas.

Boda Shan

La primera parada en la ruta en moto la hacemos en el pueblo de nuestro guía Ipou, donde nos invitan a una boda. Las mujeres visten faldas negras estampadas con motivos tradicionales shan y lucen un cinturón plateado símbolo de su estado civil. Ambas familias habrán negociado previamente una dote a pagar por el marido, tradicionalmente valorada en ganado pero, hoy en día, en dinero.

Tras el tentempié de la boda, nos adentramos por caminos más arduos y tortuosos, poniendo a prueba nuestro equilibrio en la motocicleta. Pasamos por puentes estrechos, baches, charcos, piedras, tramos blandos, arenosos y empinados hasta llegar a un pueblo somnoliento con una cascada caudalosa.

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Después de comer, dejo la moto en manos de nuestro otro guía Alex y, de paquete, empiezo a disfrutar del paisaje montañoso por el que circulan ocasionalmente vacas, niños y todo tipo de vehículos a motor. Antes de la puesta de sol, seguimos a pie un riachuelo que nos conduce a una pequeña catarata remota. Allí nos damos el primer baño de las vacaciones y relajamos el cuerpo después de todo un día encima de la moto. Byron nos espera en su casa con una cena mexicana, un cambio bienvenido después de tanto arroz y fideos.

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El martes empieza con un desayuno en un bar de familia que no sirve más allá de las 10 de la mañana. En el patio semicubierto, las mesitas están repletas de tazas de té o café y platos de sopa y fideos devorados por los fieles clientes. Es de esos lugares que lleva años haciendo lo mismo y haciéndolo bien, sin trucos ni trampas. El inicio idóneo para un día de caminata entre valles y bosques.

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Los campesinos nos miran con la misma curiosidad que nosotros a ellos. Mientras ellos se preguntan qué sentido tendrá caminar sin más por estas viejas tierras, nosotros nos asombramos por un estilo de vida rural anclado en el tiempo. Búfalos pastando y regocijándose en baños de barro, carros tirados por bueyes, casitas de bambú, herramientas de madera, baños al natural, luces y silencios.

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Nuestro destino es una pequeña aldea donde los hombres labran el campo y las mujeres hacen labores manuales como fabricar cestas. El líder del pueblo nos alberga a cambio de una donación voluntaria y nos ofrece una suculenta cena a base de ensaladas y arroces. Previamente, nos hemos refrescado en el riachuelo que sirve de baño público, un intrínseco sistema de troncos perforados que vierte agua dulce y, de paso, alimenta un generador hidráulico que aporta electricidad al pueblo. Hombres y mujeres se bañan a una distancia prudencial pero visible.

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Dormimos cinco en una habitación de bambú y la temperatura aguanta hasta más o menos las tres de la madrugada, cuando el frío penetra la aldea. Nos levantamos al canto de los gallos y secamos el rocío de nuestros zapatos alrededor de un fuego de leña. Nos despedimos de la familia y seguimos el camino hacia la carretera principal. Nuestro último día de aventura incluye un placentero paseo en paddleboard por un lago artificial y, por la tarde, senderismo y baño en una impresionante pero desconocida catarata que se abre paso en medio del bosque.

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Las chicas se marchan pero yo me quedo el tiempo suficiente como para pasar una mañana en el templo hindú de Shangkhai junto al simpático australiano Morgan y Alex, nuestro cortés guía. El templo, construido por los trabajadores del ferrocarril británico entre Mandalay y Lashio en 1903, tiene una piscina de agua dulce y alberga hasta 5000 peregrinos en su fiesta anual en el mes de febrero. Desde aquí, me despido del norte del estado de Shan y emprendo un lento viaje en autobús hacia una de las perlas de Myanmar, el lago Inle.

Navidades en el estado de Shan (I)

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Invierno es el mejor momento para viajar en Myanmar. Es la temporada seca, el clima es agradable y todo funciona con normalidad. El tráfico para salir de Yangon es insoportable, como de costumbre, pero el cuerpo ya se acostumbra a este ritmo de vida. Cuando alcanzo la estación de autobuses, ya es de noche. Una húngara, una holandesa, una vietnamita y un australiano forman el grupo al que me he unido para pasar las navidades. El destino es Lashio, en la frontera con China, donde haremos tres días de rutas en moto y a pie entre ríos, cascadas y montañas.

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El aire acondicionado del autobús nocturno ya nos prepara para unas temperaturas más bajas que en Yangon. Hacia las tres de la madrugada, descendemos en la terminal de autobuses de Mandalay y, entre cinco, tomamos un taxi hacia Pyin Oo Lwin, en el estado de Shan. En el hotel, una antigua casa colonial británica que cayó en manos del gobierno militar, nos damos el tiempo justo para una ducha y un pequeño descanso. Dedicamos la mañana a visitar el parque botánico aprovechando que se celebra la fiesta de las flores. Es curioso ver a los locales abrigados con chaquetas, bufandas y gorros de lana en un día nublado pero templado.

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Pyin Oo Lwin, como la mayoría de pueblos y ciudades en Myanmar, no tiene gran cosa en cuanto a arquitectura. Aquí se viene a disfrutar de la naturaleza o a contemplar la vida cotidiana de sus habitantes. Personalmente, me quedo con los colores y olores del mercado, un laberinto de tenderetes de ropa y comida que parece nunca agotarse. En las calles, las motos y los perros circulan por todas partes y las cabras y gallinas también se unen a este curioso paisaje urbano.

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El día de navidad los pasamos en el tren de Pyin Oo Lwin a Lashio. Viajar en tren en Myanmar ya es una experiencia fantástica pero este tramo ofrece unas vistas realmente espectaculares. El momento cumbre llega al cruzar el viaducto de Goteik, un puente de 689 metros no apto para personas con vértigo. El lento traqueteo del centenario ferrocarril confiere al pasajero la sensación de estar en una atracción de feria histórica.

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A media tarde, el tren para en Hsipaw, donde la mayoría de foráneos se apean para hacer senderismo. Curiosamente, es a partir de entonces cuando el paisaje pasa a ser aún más precioso. Las vías de tren se abren paso entre una vegetación frondosa que se bate contra las ventanas como si la naturaleza reclamara al hombre su territorio. Entre rama y rama, se observan pueblos de tez polvorienta y se intuyen los meandros del río Myitnge. Mientras tanto, el tren va descargando mercancías y vendedores ambulantes vienen y van.

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Llegamos a Lashio de noche. El motor de nuestro tuk-tuk se quema en la primera cuesta y, tras un apaño mecánico, alcanzamos el centro antes de que cierre la parada de fideos del mercado. Ahora toca descansar y prepararnos para la aventura que nos ha organizado Byron, un canadiense afincado en esta zona desde hace un par de años.

Macedonia

Las montañas de Galičica, en el suroeste de Macedonia

¿Qué sabemos de Macedonia? Más bien poco. Muchos pensarán en una ensalada de frutas, otros lo asociarán a la antigua Yugoslavia y algunos ignorarán que es un país independiente en el corazón de los Balcanes. Razones suficientes, pues, para descubrirla y salir de dudas.

Monasterio de Svety Naum en el lago Ohrid Paisajes de mezquitas No es mármol todo lo que reluce

Una semana de viaje por estas tierras en el mes de mayo me reveló el lago más antiguo de Europa, un paisaje de iglesias y mezquitas que conviven en paz, comida que combina lo mejor del Mediterráneo y el Oriente Medio y una capital chapucera pero dinámica por donde circulan autobuses rojos de doble piso, como si fuera Londres.

La revolución del color

Por estas tierras montañosas sin salida al mar han pasado muchos pueblos: griegos, romanos, búlgaros, serbios, turcos… Su pasado reciente está ligado a la Yugoslavia de Tito y de su disolución nació este país que comparte nombre con la vecina región griega. El macedonio es un idioma eslavo que utiliza el alfabeto cirílico, la herencia de dos monjes que evangelizaron Europa Central desde este cruce de caminos.

En los últimos meses, parece que Macedonia sólo exista como lugar de paso para los inmigrantes sirios. ¿Pero alguien sabía que hay un creciente malestar político –por corrupción interna, no por miedo al foráneo- que ha llevado a una parte de la población a manifestarse en las calles en la llamada revolución del color?

Lago Ohrid, en la frontera con Albania

Macedonia es un país que ha perdido muchas oportunidades. No sacó partida de salir indemne de las guerras balcánicas. No aprovechó el reciente bajón económico de Grecia para afianzar su identidad política. Gasta en ladrillos, estatuas y banderas en lugar de invertir en servicios básicos y mejorar el nivel adquisitivo de sus ciudadanos. Se ha quedado en tierra de nadie y ahora busca su lugar en los confines de la Unión Europea.

Matka canyon

Quizás la actitud relajada y despreocupada de los macedonios les haya frenado en el aspecto económico y haya dañado en el ámbito político pero, a su vez, les aporta algo especial en el terreno personal. Ellos se crean su propio caos pero, al mismo tiempo, se adaptan a las circunstancias y se las apañan. Un ejemplo divertido sucedió en Matka, un precioso barranco a las afueras de Skopje que recibe muchos visitantes durante los fines de semana. Allí se reúne gente de todo pelaje: excursionistas domingueros, pijos de poca monta, familias con el cochecito a cuestas y hordas de adolescentes vestidas para hacerse un estupendo ‘selfie’ en la naturaleza. El caso es que, después tomar cuatro fotos y ensuciar el paisaje, la fauna urbana crea enormes atascos y el sonido del claxon se impone al eco de pájaros, ríos y árboles. Pero, ni cortos ni perezosos, los hombres salen de sus coches, se autogestionan el tráfico y salen del desconcierto como si no hubiera pasado nada.

Aparque quien pueda Autobuses fabricados en Japón Modelo comunista

Los Balcanes se disfrutan precisamente si uno viaja con actitud relajada y mente abierta. Siempre habrán obstáculos por el camino, como que los buses no se paren donde dicta la lógica o que los horarios sean un secreto a voces, pero siempre habrá una solución. Los macedonios encuentran un remedio a todo. ¿Quieres subir una montaña? Te ofrecen ir en taxi. ¿Te ha dado por pedir yogurt para desayunar y no tienen en el bar? El camarero lo encarga directamente del supermercado. ¿Una amiga ha osado pedir Coca-Cola Zero en un local de copas? Le traen una Pepsi con un vaso de agua, para reducir el efecto del azúcar.

Trpejca, pequeña perla del lago Ohrid

Hablando se entiende la gente. Y el idioma no es un problema si hay ganas de comunicarse. Los macedonios siempre están dispuestos a hablar y no sólo por negocio. Incluso cuando rechazas sus avances para venderte un exclusivo paseo en barca, una habitación de 6 euros o un viaje en taxi por medio país, te siguen hablando. En algunos lugares, como Ohrid, el afán turístico es más evidente. Aunque se puede tolerar, es mejor escapar a pueblecitos como Trpejca, un pequeño paraíso donde preparan comida auténtica y deliciosa a escasos metros del lago. Allí, hablando, conocí a personas decentes que aún no se habían dejado tentar por el dinero fácil. Esa misma gente, con su aire desenfadado, talante pasivo, cierto desencanto por el ayer y pesimismo por el mañana, es la que hizo crecer mi fascinación por los Balcanes.

Mejor que Saint Tropez

Las contradicciones de Macedonia se acentúan en su capital, Skopje. Afectada por un terremoto en 1963 y afeada por la posterior arquitectura comunista, en los últimos años ha sido objeto un ridículo makeover que ha llenado las calles de numerosas estatuas, columnas griegas de quita y pon y otras costosas instalaciones sin ton ni son como, por ejemplo, tres sauces neozelandeses plantados en medio del río Vardar. Ni que decir tiene que los locales se avergüenzan de este despilfarre arquitectónico para blanquear dinero que está convirtiendo su ciudad en una copia barata y kitch de grandes capitales europeas. Por suerte, algunas zonas como el barrio del Bazar aún mantienen su esencia y personalidad, con locales, restaurantes y costumbres de clara influencia turca.

Vista nocturna desde Kale, en Skopje Skopje, en reconstrucción La plaza de Alejandro Magno, con Vodno al fondo

Y eso me lleva finalmente a la comida, el resultado de una fantástica mezcla de culturas que aprecian ingredientes frescos y recetas sencillas. En Macedonia se puede comer a todas horas. Por la mañana, las panaderías están a reventar con exquisitas pastas de hojaldre rellenas de queso, espinacas o carne. Como aperitivo, se puede tomar un ayvar, lutenica o pindzur, salsas a base de tomate y verduras asadas. Ese sabor a la parrilla se encuentra también en el kebapci, salchichas típicas de los locales turcos, que se suele acompañar con shopska, una ensalada colmada de queso Feta rallado. Como postre, un buen baklava o trileche y, para redondear el festín cotidiano, café turco y rakia.

Cada país tendrá sus variantes y reclamará su plato como auténtico pero la pasión por la comida en los Balcanes es común. Las reuniones familiares y las quedadas de los amigos siempre se hacen rodeadas de buena comida y bebida, y sin prisas. Eso es siempre buena señal. Los problemas permanecerán pero quedarán para otro día.

Recuperando la inocencia perdida

Súľovske Vrchy

Primer fin de semana de junio. Sol tempranero, cielo despejado, temperaturas en ascenso, pantalones cortos. Sensación de verano.

El tren de las 7 nos regala en Trenčín a tres jubilados preparados para un día de senderismo en los Cárpatos. La señora, maquillada para la ocasión, nos ofrece las fresas de su jardín mientras recuenta sus rutas a pie por estas tierras. Ella, cual antigua maestra, habla. Sus acompañantes, un hombre de rostro honesto y mirada pueril y una mujer de menos edad que ambos, asienten e intervienen cuando les toca. Los dejamos con sus historias y sonrisas en Považká Bystrica, localidad encasillada entre las cordilleras de Strážovske Vrchy y Javorníky, a orilla y orilla del río Váh. La ruta de hoy tiene principio y final en Bytča y nos llevará por bosques de hayas y pueblos que aún no han perdido la inocencia.

HrabovéPienso sobre todo en Hrabové, donde las gallinas campan a sus anchas en medio de la carretera y los vecinos mantienen la costumbre de saludar. Sus calles vacías nos reciben a las 9 de la mañana con una canción de gramófono emanando por los altavoces del pueblo. El anuncio de una asamblea para presentar al nuevo entrenador del equipo local de fútbol sirve de banda sonora mientras afrontamos las primeras rampas. Las casas, tan bien cuidadas como los cementerios, presentan unos jardines aprovechados hasta el último milímetro con flores, verduras y frutas que relucen al sol.

Vistas hacia la valle de Súľov

Fuera del pueblo, tan sólo el sonido de algún tractor lejano interrumpe un bucólico paseo entre prados y bosques que rezuman vida. La recompensa a tanta subida son las formaciones rocosas de Súľovské Vrchy, que remiten a un mar prehistórico ahora lleno de tierra y vegetación. En uno de estos picos de conglomerado –zlepenec en eslovaco- reposan las ruinas de una pequeña fortaleza medieval que desafía las leyes de la ingeniería.

Estación de ferrocarril de BytčaA la vuelta, ya en descenso, paramos en el único bar del pueblo donde dos hombres descamisados se resguardan del sol de media tarde con cerveza en mano. El camarero, genuinamente simpático, nos pregunta si hemos visto serpientes por el camino, asegurándonos, en cualquier caso, que no son venenosas. También dice que el oso –imagino que sólo habrá uno y será cliente habitual- no suele pasar mucho por allí.

El Váh desde el tren

Cuando veo estos lugares y sus gentes, me pregunto cuánto tardarán en perder esa inocencia que tan raro es encontrar. En el tren de vuelta, el joven revisor, curioso por saber qué sendero habíamos tomado, pone a dormir mis temores, al menos hasta mañana.

Las bicicletas son para el verano

El Váh a la altura de Piešťany

El verano llegó y se fue casi sin avisar. Un agosto lluvioso ha dejado para septiembre algunos días de sol e incluso algunas horas de calor, aunque el frío matinal ya ha hecho acto de presencia coincidiendo con el primer día de otoño.

La iglesia de Drahovce, cerca de Piešťany

Hoy he cogido la bicicleta y he seguido la senda del río Váh/pantano de Sĺňava hasta Drahovce, uno de los numerosos pueblecitos que guarnecen la llanura cárpata. La estampa es típica de cualquier aldea eslovaca: casitas bien cuidadas con huertos concediendo sus últimos frutos, pequeños bares donde corren ríos de cerveza y slivovica a escondidas, un campo de fútbol oliendo a fertilizante y la coqueta iglesia que sólo abre para los feligreses.

Hotel Slovan, decadente belleza de Piešťany

Otoño tiene una luz especial y un aire melancólico. Los verdes dejarán paso a los amarillos y marrones y el recuerdo de mangas cortas y baños nocturnos se esfumará con el viento. El humo de leña ya impregna las calles vacías con el aroma otoñal.

Pedaleando, me acuerdo de Italia y de las carreteras del Prosecco. Los campos de maíz, las viñas recién recolectadas, el Piave en lugar del Váh… Creo que en cualquier momento me toparé con una cuadrilla de alpini tomando un aperitivo en la pizzería de Stefano. En el fondo, no somos tan diferentes cuando estamos arraigados a la tierra. Las fronteras son patrimonio de la mente.

Un día de senderismo cerca de Považská BystricaBanská Bystrica el día de la Insurrección Nacional EslovacaMural en la estación de LeopoldovVel'ke Biele Pleso, en los Tatras

Cinematik

Dentro de una semana volveré a “casa” para celebrar onomásticas y festivales pero mi aventura eslovaca continúa. Lo único que termina es el verano, otro verano. En la memoria quedarán caminatas entre la niebla en los Tatras, visitas fugaces a la inocencia de Javorinka, horas de celuloide en el Cinematik, la pasión de los bailes folklóricos, una excursión al desfiladero de Manínska tiesňava, el descenso en canoa de Trenčin a Beckov, baños en el Váh, el Danubio y el Hornád, cervezas y vinos, un día en familia en Banská Bystrica, el primer contacto con Budapest, un paseo nocturno en barca bajo los puentes de Piešťany y un largo etcétera que quedará al azar de la memoria, frágil y selectiva como el tiempo.

Al Este del Andén

Paisaje de Eslovaquia Central

La ventaja de un país pequeño como Eslovaquia es que puedes viajar de Oeste (Bratislava) a Este (Košice) en el mismo día. Los trenes -algunos vetustos, ruidosos y compartimentados; otros dotados con aire acondicionado y wifi- recorren día sí y día también los 400 kilómetros que separan las dos «grandes» ciudades eslovacas.

Por el camino, quedan paisajes bucólicos de alta y baja montaña, hectáreas de agricultura extensiva, casas humildes con huertas mimadas, fábricas humeantes, ríos y embalses, castillos en ruinas, iglesias con balcón de madera y cúpulas bulbosas y demás imágenes para nutrir vista y mente.

Banska Stiavnica entre la niebla

Las casas en ruina son una estampa típica de Eslovaquia

Mi viaje al Este empezó en uno de los pueblos más pintorescos de Eslovaquia Central: Banská Štiavnica. Situado en las faldas de una montaña volcánica, este antiguo establecimiento minero se consolidó en la Edad Media como el principal proveedor de oro y plata del Reino de Hungría. Sus empinadas calles adoquinadas y sus sólidas casas y fortificaciones son testimonio de una época de esplendor que duró varios siglos y fomentó la industrialización en un ambiente muy rural.

Calle adoquinada de Banska Stiavnica

Para ser una ciudad declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, Banská Štiavnica recibe muy pocos turistas, quizás debido a que sólo es accesible por carreteras secundarias. Sin embargo, quien supere el terreno montañoso tendrá la recompensa de un pueblo con arte, historia y carácter envuelto en un paisaje frondoso. Sus habitantes, como los mineros de antaño, deben estar acostumbrados a superar rampas y lidiar con un clima inestable, pero el esfuerzo para el visitante vale la pena.

Este lago invita a un chapuzón

Uno de los lagos artificiales de Banska StiavnicaEntre las joyas de su entorno están los tajchy, pequeños lagos artificiales que en su día proporcionaban energía hidráulica a las minas y que actualmente permiten un baño refrescante en verano. Yo me remojé en uno a medio camino entre el sugerente y ruinoso Calvario y la pintoresca aldea de Banská Belá.

Hrhovské rybníky

Después de un par de días de sol y lluvia, retomamos el viaje hacia el Este desde la céntrica Zvolen. Un par de horas más tarde, el tren entraba en la meseta de Slovenský kras, un parque nacional que comparte frontera con Hungría. El singular panorama entre Plešivec y Rožňava deleitaría a geólogos; mientras tanto, mi mirada se detenía en el lago de Hrhov, el paso rocoso de zádielska tiesňava y los restos del castillo de Turňa.

Hlavna ulica, la calle central que articula el centro de Kosice

Košice –el «Wild East», como dirían los de Bl’ava- nos recibió con gotas de lluvia y un andén provinciano muy típico de las estaciones eslovacas. Por la tarde, nada más salir del trolebús y mientras alimentaba la máquina de billetes con calderilla, se acercaron tres niños gitanos pidiendo limosna. Sus ojos se iluminaron al avistar  en mi mano 10 miserables céntimos pero, aún así, no cedí ante su insistencia.

Kosice desde el campanario de la catedral de Santa Isabel

Tras esta anécdota, descubrí el que quizás sea el casco antiguo más bonito de Eslovaquia. Mejor estructurado y con más oferta de ocio nocturno que Bratislava, el centro de Košice sorprenderá por su belleza y equilibrio. Una larga calle central divide la ciudad y en el núcleo está Santa Isabel, la catedral gótica situada más al este de Europa. Impresiona más por fuera que por dentro y merece desafiar el vértigo para apreciar la ciudad desde su estupendo campanario (60 metros), que ofrece una vista de pájaro sobre calles adoquinadas y edificios neoclásicos como el Teatro Nacional (Divadlo).

Cerca del parque de la estación

En el centro de Košice no escasean bares y restaurantes, que dan ambiente a la ciudad cuando cae la noche. Mi gran descubrimiento fue el Collosseum, una sala de conciertos muy punk. Pósters de Misfits, Ramones, Lemmy y The Clash decoraban este local de dos plantas lleno de personalidad y de bajos precios. Días atrás había tocado The Adicts y más adelante tocaría Agnostic Front, así que me tuve que conformar con un grupo de reggae neozelandés. Lo mejor del local, sin duda, es el futbolín de hockey que hay al lado del escenario.

El río HornádPuente ferroviario cerca de Malá Lodina

Tras el buen sabor de boca de Košice, emprendimos el viaje de vuelta desde Veľká Lodina, un pequeño pueblecito a orillas del río Hornád. El sol sacó la mejor versión de esta escena rural de valles verdes y aguas tranquilas que debe cambiar mucho con la nieve y las inundaciones.

No faltó el ritual baño para afrontar el retorno con energías renovadas. El Este permanecerá en mi memoria como un lugar acogedor, fresco, exuberante y diferente.

Reencuentro con el Váh tras superar los Tatras

Antes de retomar la senda del río Váh, observo al norte la grandiosidad de los Tatras, mi próximo destino.

Días Vieneses (I)

Viena desde el Riesenrad

Estreno el mes de julio en Viena. ¿La excusa? Un curso de formación de profesores de español en el Instituto Cervantes. ¿Lo mejor? Reencontrarme con el sentido del humor de españolitos (y latinos) desperdigados por el mundo y descubrir la otra cara de la ciudad en mis ratos libres. Vamos, una experiencia que no vivía desde Toronto.

Paseo en Prater

Pasé la primera noche en casa de Xin, un couchsurfer de origen taiwanés que me acogió en su piso del 15º distrito. Por la mañana, sin destino claro y con el cielo encapotado, acudí al Cervantes para las primeras clases. Revisando el correo, obtuve la respuesta de dos couchsurfers que aceptaron mi solicitud de última hora para quedarme en su casa. Un problema menos.

La famosa noria de Viena

El caso de Astrid fue especial. Me dijo que estaba alojando a una pareja ucraniana pero que, si no me importaba dormir en el suelo, podía unirme a ellos. Nada más llegar a su piso, Andrei y Lisa estaban esperando en la cocina con un borsch –una sopa de berza típica de los países del Este- recién hecho. Resulta que habían estado haciendo autoestop por Europa durante dos meses y Viena se encontraba en el ecuador de su aventura. Eran la mar de simpáticos y me aseguraron que ahora es un buen momento para visitar su país, ya que no hay tanto marrón como se dice (excepto en un par de regiones, donde la tensión política es más alta) y los precios han bajado espectacularmente.

Siguiendo los pasos de Friedensreich Hundertwasser

Esa tarde con Andrei y Lisa fue especial gracias a nuestra anfitriona, Astrid, quien, junto a su preciosa perra Chili, nos llevó a casa de sus amigos y nos mostró Viena desde las zonas verdes: el Donaukanal, que oxigena el centro urbano, el Donauinsel, un buen sitio donde refrescarse en verano, y Prater, un parque que cubre varias hectáreas. De camino, pasamos por los edificios de Hundertwasser, algo así como la versión austríaca y contemporánea de Gaudí.

Subidos en el Wiener Riesenrad

Lo que empezó con un café en casa de Álex –un piso lleno de carácter, adornado con guitarras y estufa de leña-, acabó con una vuelta en la Noria –sí, aquella del famoso discurso de Orson Wells en El Tercer Hombre– y un strudel casero en muy buena compañía. ¿Quién lo hubiera dicho aquella mañana lluviosa?

Viena desde Kahlenberg

Siguiendo la línea verde desde Schottenring, el tercer día me llevó al piso de Kathi y Johanna, dos estudiantes austríacas que me hospedaron un par de noches. Junto a Kathi, que había hecho su EVS en Rumanía, subí (en autobús) hasta la montaña de Kahlenberg, que goza de preciosas vistas sobre Viena, desde los cercanos viñedos hasta los lejanos molinos de viento que marcan la senda hacia Bratislava. Por la noche, vimos el fútbol entre cervezas. En Viena, se interesan mucho por el fútbol y, siendo una ciudad tan cosmopolita, aficionados de todas las nacionalidades se reúnen en espacios públicos para seguir los partidos. ¡Mejor que ver España caer ante Chile yo solito en un bar eslovaco!

A parte de birras y fútbol, con las chicas pasé un buen rato conversando sobre política austríaca (¿os acordáis de Haider?), Europa y demás banalidades. Al mediodía, habíamos comido en Deewan, un local de comida pakistaní cuyo lema es “come lo que quieras, paga lo que quieras”.

Donaukanal a la altura de Roßauer Lände

La última noche me quedé en casa de Rachel, una californiana amiga de Xin (mi primer anfitrión) que también estaba muy al día del Mundial. Con ella cené en Rebhuhn, un restaurante donde sirven porciones inmensas de platos típicos austríacos. El menú era ilegible pero, por suerte, la camarera colombiana me recomendó un estofado de cerdo en cerveza negra apto para cazadores codiciosos. Rematamos la noche con unas cervezas checas en el Donaukanal junto a dos húngaras, una panameña y el novio indio de Rachel. Al día siguiente, regresé a Eslovaquia para pasar el finde y recargar pilas.

-Chico: ¿Compartimos una birra?
-Chica: Mmmm, no, prefiero una entera

Aires de primavera

Ruinas del castillo de Branč

La primavera en Europa Central ha llegado antes de lo previsto. Desde hace varias semanas, el sol ilumina las calles, el verde domina los campos y las flores despiertan con hermosura de su letargo invernal. Los sonidos, los olores y los colores de esta estación han vuelto para reclamar su espacio y la mejor manera de disfrutarla es saliendo de casa.

La primavera es una excursión con Pavol, Michal y Eeva al monumento de Bradlo, donde yacen los restos de Štefánik, uno de los anti-héroes de la Gran Guerra, y a las ruinas del castillo de Branč, que domina la ciudad de Trnava y la frontera Este de la República Checa. El buen tiempo invita a una comida al fresco en un restaurante con columpios de roble y una dulce bábovka de chocolate.

Las primeras flores de la temporada en los Cárpatos

La primavera es una caminata con Hana por los Pequeños Cárpatos, ese sistema montañoso que traza un arco por Centroeuropa desde Chequia hasta Rumanía. Los riachuelos y los senderos que parten desde Modra, la ciudad de los azulejos, nos conducen hasta Pezinok pasando por el alto de Velke Homola. El primer día oficial de primavera nos recibe con ligero viento, termómetros por encima de los 20 grados, vegetación de robles y hayas y camisetas de manga corta.

Dirección Dubcové

La primavera es comprarse una bici de segunda mano y recorrer la orilla del río Váh hasta la presa de Sľňava, entre ciclistas, patinadores, patos y cisnes. Recuerdo con nostalgia mis aventuras en Francia, Canadá e Italia. Todas empezaron en primavera y sobre la bicicleta respiré mis primeros aires de libertad.

La primavera es visitar el casco antiguo de Bratislava iluminado por los rayos del equinoccio y pasear al lado del Danubio hasta que lo moderno se convierte en salvaje. Todo esto, impulsado por una dosis de arte cortesía de Alfons Mucha.

Primeras floraciones en Horná Streda

La primavera es rescatar sapos que se dirigen en masa al diminuto lago de Striebornica ajenos a los peligros que cruzan el cálido asfalto en su camino reproductivo.

Casas pintorescas en Ducové

La primavera es podar manzanos en Ducové y preparar un guláš casero en medio de la naturaleza, rodeado de buena gente (Aurel, Peter, Bruno y compañía). El sonido del furgón de helados acentúa el aire bucólico de este paisaje pintoresco compuesto por agricultores, animales y campos que se beneficiarán de la llegada del buen tiempo.