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El Everest en bicicleta

Referencias a picos sudamericanos

He subido el Monte Everest en bicicleta, con mascarilla pero sin oxígeno. Mi recorrido atraviesa el Monte Cáucaso y los Cárpatos hasta dar con los Alpes, donde me desvío brevemente por el Monte Blanco. El camino de vuelta cruza los Apalaches y las Rocallosas, antes de descender el Aconcagua y el resto de los Andes. De allí, doy el salto hacia a los Urales y tomo el camino a casa a través de los Vosgos.

Parque público Cárpatos

Los muebles de bejuco, palma y mimbre son populares en Lomas de ChapultepecTodo esto lo hago en menos de una hora y sin salir de la Ciudad de México. De hecho, no abandono siquiera Lomas de Chapultepec, una preciosa colonia ajardinada cuyas calles empinadas y serpenteantes reciben nombres de cordilleras y montañas del mundo. El paseo ofrece una ruta bíblica por el Monte Hermon, el Monte Sinaí y el Monte Líbano, pero también permite trazar la mitología griega por Párnaso, Athos y el Monte Olimpo. A más altura, se sitúan Elbruz y Ararat, colosos del Cáucaso.

La Vuelta a Lomas reserva una breve etapa en los Pirineos y un itinerario por los grandes volcanes de América, desde la Sierra Grande estadounidense hasta el Monte Antuco chileno pasando por el Irazú (Costa Rica), la Sierra Cotopaxi y el Monte Chimborazo, dos techos ecuatorianos.

Las sierras mexicanas están bien representadas en la séptima sección de esta rica zona en embajadas y mansiones, y alternan sugerentes nombres prehispánicos (Mazapil, Tejupilco, Jiutepec, Tlacoyunga, Ixtlan, Acultzingo) con adjetivos hispánicos un tanto prosaicos (Sierra Negra, Sierra Fría, Sierra Gorda, Sierra Mojada).

Detalle del parque de Barranca de Barrilaco Montañas Rocallosas Oeste y Monte Cárpatos

El diseño de este Grand Tour deja en la cuneta puertos importantes como el Kilimanjaro africano, mientras incorpora pequeñas pendientes como los Montes Cheviots -una cadena en la frontera anglo-escocesa- o Auvernia, en el Macizo Central francés, propicio terreno rompepiernas.

Mapa de Ecobici Cruce de Hernán Cortés y Virreyes 2

Más allá de los Cárpatos, las calles dejan paso a Virreyes y Corregidores. Entre ellos se cruza, literalmente, el nombre de Hernán Cortés, actualmente exiliado frente la embajada de Corea del Sur. Esta es una de tantas curiosidades del destino que regala el callejero defeño. La mejor metáfora, de la ciudad y del país, es que (las avenidas de) los Insurgentes y la Revolución siempre terminan en Reforma. Pero eso ya es otra historia.

Chipre, la isla dividida

Cuando visitas Berlín, puedes imaginarte cómo sería una ciudad brutalmente dividida por un muro hasta hace apenas 30 años. Es historia reciente, pero historia. En Nicosia, capital de Chipre, experimentas esa división urbana en pleno siglo XXI. Esa separación, tan absurda como fascinante, se presenta en forma de barricadas, puestos de control fronterizo, alambres, banderas, soldados y tierra de nadie. En este escenario bélico, curiosamente, reina la paz. Una paz tensa en la que coexisten chipriotas, griegos y turcos desde 1974. Y así estamos.

 

Nicosia refleja perfectamente la paradoja de una isla cuyo gran valor y, a la vez, gran ruina, son los contrastes. Una isla que ha pasado por manos griegas, persas, romanas, cristianas, otomanas y británicas, ha sido incapaz de superar barreras geopolíticas y culturales que la mantienen en un estado de limbo. Ambos bandos están atrincherados en sus posiciones ideológicas, más pendientes de su madre patria que de su propio desarrollo e identidad.

El resultado son dos Chipres. La griega, más turística y desarrollada, forma parte de la zona euro y vive como cualquier otra isla moderna, a base de sol y playa. La costa de Paphos atrae a muchos turistas ingleses deseosos de temperaturas mediterráneas, mientras que el puerto de Limassol se ha hecho con la clientela rusa. Más al Este queda Larnaca, que guarda pequeñas joyas como un lago salado donde pasan el invierno miles de flamencos imperturbados por la cercanía del aeropuerto y la base militar. Por cierto, a orillas del lago queda Hala Sultan Tekke, uno de los santuarios del Islam, donde yace la tumba de la nodriza de Mahoma.

La llamada República Turca del Norte de Chipre es más rural y salvaje. La cordillera de Kyrenia se alza imponente en el horizonte y, en su vertiente sur, despliega dos enormes banderas –la de Turquía y la de Chipre del Norte, idéntica a la turca pero con los colores invertidos- estratégicamente situadas para ser vistas en Lefkosa (Nicosia). Es un ejemplo de las pequeñas provocaciones que se repiten a diario en forma de inútiles ejercicios militares en las zonas fronterizas.

Las balas al aire se pierden en un paisaje de naranjos, limoneros, castillos medievales, acantilados y estatuas del omnipresente Atatürk. Las universidades y las bases militares –con sus cercanos burdeles- aparecen como setas en un territorio más propicio a la agricultura y al turismo. En los últimos años, la caída de la lira turca ha pausado la inversión en infraestructura y, por ahora, los visitantes se pueden aprovechar de precios bajos. Desayunos a precios de merienda.

La construcción parece crecer alrededor de la ciudad portuaria de Girne (Kyrenia en griego), que recibe mucho turista turco por su proximidad con Anatolia. Muchos turcos hacen la travesía para jugar en casinos, prohibidos en el país de Erdoğan. El turismo  también despunta tímidamente en la ciudad amurallada de Famagusta, al sureste de la isla, cuya tajante invasión aún escuece a los grecochipriotas. El resto del Norte de Chipre presenta un panorama menos desarrollado y más salvaje, con carreteras vacías y pueblos pintorescos atrapados en el tiempo. Hombres bebiendo café o té en el bar y algún perro suelto cobijado a la sombra de una vieja iglesia o mezquita.

La presencia militar es más un estorbo que una ayuda o una amenaza. El ejército turco controla y bloquea muchas rutas que apetecería descubrir en coche, en bicicleta o a pie. Su despliegue sonoro hacia los montes Trodoos es otro ejercicio de futilidad militar. Irritar por hacer algo.

En Nicosia confluyen las dos Chipres, separadas por la famosa línea verde dibujada en 1964 para apaciguar las tensiones entre grecochipriotas y turcochipriotas. Esa línea divisoria que cruza la calle Ledra, se convertiría en frontera diez años más tarde con la intervención/invasión turca del norte de la isla. Hoy en día, se puede pasar de un lado al otro con pasaporte en mano. Los turcos, considerados ocupadores, tienen vetado la entrada al sur, o sea, a la Chipre oficial y reconocida.

A ambos lados de la frontera, se respira un ambiente sereno pero los contrastes son evidentes. Al sur, abundan las oficinas, los comercios y las franquicias de comida rápida. A medida que se acerca la frontera, las calles se estrechan y se vacían, sacando a relucir preciosas casas de fachadas blancas enmarcadas en piedra amarilla y rematadas con persianas verdes o azules. Edificios religiosos caídos en desuso se asoman entre palacetes y casas restauradas. Sólo algunos grafitis y murales dejan entrever la proximidad de la línea verde, que aparece de sorpresa en forma de calles sin salida y cabinas donde soldados solitarios hacen su turno claramente aburridos.

 

Pasado el cruce de Ledra, los edificios están más descuidados y se nota más bullicio en las calles. El té, los bazares y los kebabs contribuyen a la impresión de haber cambiado de país. La mezquita de Selimiye ocupa la antigua catedral gótica de Santa Sofía, una práctica muy típica tras la conquista otomana. El contacto y el contraste entre culturas es el gran atractivo de la ciudad y de la isla que, pese a su multiculturalidad, no cede y niega a unificarse.

Navidades en el estado de Shan (II)

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Amanece un día soleado en Lashio y nos dirigimos a la oficina de Byron, un canadiense que, después de vivir unos años en Tailandia, ha cruzado la frontera para montar su empresa de aventuras. Conoce muy bien la situación del país y el conglomerado étnico-lingüístico de esta región.

El estado de Shan, como otras regiones de Myanmar, tiene un conflicto abierto con las autoridades militares birmanas. La raíz del desencuentro, simplificando mucho, está en la conferencia de Panglong (1947) que dio paso a la independencia de Birmania pero a su vez abría la posibilidad de estados autónomos al cabo de 10 años. Este derecho a la secesión quedó en jaque con el gobierno militar que ha controlado el país hasta las recientes elecciones. Actualmente, existen grupos armados y hay zonas restringidas para el acceso a extranjeros.

Byron nos asegura que Lashio es una zona segura porque está rodeada de bases militares. Aun así, antes de hacer una salida, siempre hace las llamadas pertinentes para asegurar que no haya riesgo para sus clientes. Paseando en moto por la campiña y observando sus habitantes parece difícil pensar que esta sea una zona de lucha. La diversidad étnica y lingüística es aparente –el birmano apenas se utiliza y los dialectos shan varían de pueblo en pueblo- pero las personas parecen estar más ocupadas en sus familias, sus campos y su ganado que en cuestiones políticas.

Boda Shan

La primera parada en la ruta en moto la hacemos en el pueblo de nuestro guía Ipou, donde nos invitan a una boda. Las mujeres visten faldas negras estampadas con motivos tradicionales shan y lucen un cinturón plateado símbolo de su estado civil. Ambas familias habrán negociado previamente una dote a pagar por el marido, tradicionalmente valorada en ganado pero, hoy en día, en dinero.

Tras el tentempié de la boda, nos adentramos por caminos más arduos y tortuosos, poniendo a prueba nuestro equilibrio en la motocicleta. Pasamos por puentes estrechos, baches, charcos, piedras, tramos blandos, arenosos y empinados hasta llegar a un pueblo somnoliento con una cascada caudalosa.

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Después de comer, dejo la moto en manos de nuestro otro guía Alex y, de paquete, empiezo a disfrutar del paisaje montañoso por el que circulan ocasionalmente vacas, niños y todo tipo de vehículos a motor. Antes de la puesta de sol, seguimos a pie un riachuelo que nos conduce a una pequeña catarata remota. Allí nos damos el primer baño de las vacaciones y relajamos el cuerpo después de todo un día encima de la moto. Byron nos espera en su casa con una cena mexicana, un cambio bienvenido después de tanto arroz y fideos.

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El martes empieza con un desayuno en un bar de familia que no sirve más allá de las 10 de la mañana. En el patio semicubierto, las mesitas están repletas de tazas de té o café y platos de sopa y fideos devorados por los fieles clientes. Es de esos lugares que lleva años haciendo lo mismo y haciéndolo bien, sin trucos ni trampas. El inicio idóneo para un día de caminata entre valles y bosques.

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Los campesinos nos miran con la misma curiosidad que nosotros a ellos. Mientras ellos se preguntan qué sentido tendrá caminar sin más por estas viejas tierras, nosotros nos asombramos por un estilo de vida rural anclado en el tiempo. Búfalos pastando y regocijándose en baños de barro, carros tirados por bueyes, casitas de bambú, herramientas de madera, baños al natural, luces y silencios.

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Nuestro destino es una pequeña aldea donde los hombres labran el campo y las mujeres hacen labores manuales como fabricar cestas. El líder del pueblo nos alberga a cambio de una donación voluntaria y nos ofrece una suculenta cena a base de ensaladas y arroces. Previamente, nos hemos refrescado en el riachuelo que sirve de baño público, un intrínseco sistema de troncos perforados que vierte agua dulce y, de paso, alimenta un generador hidráulico que aporta electricidad al pueblo. Hombres y mujeres se bañan a una distancia prudencial pero visible.

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Dormimos cinco en una habitación de bambú y la temperatura aguanta hasta más o menos las tres de la madrugada, cuando el frío penetra la aldea. Nos levantamos al canto de los gallos y secamos el rocío de nuestros zapatos alrededor de un fuego de leña. Nos despedimos de la familia y seguimos el camino hacia la carretera principal. Nuestro último día de aventura incluye un placentero paseo en paddleboard por un lago artificial y, por la tarde, senderismo y baño en una impresionante pero desconocida catarata que se abre paso en medio del bosque.

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Las chicas se marchan pero yo me quedo el tiempo suficiente como para pasar una mañana en el templo hindú de Shangkhai junto al simpático australiano Morgan y Alex, nuestro cortés guía. El templo, construido por los trabajadores del ferrocarril británico entre Mandalay y Lashio en 1903, tiene una piscina de agua dulce y alberga hasta 5000 peregrinos en su fiesta anual en el mes de febrero. Desde aquí, me despido del norte del estado de Shan y emprendo un lento viaje en autobús hacia una de las perlas de Myanmar, el lago Inle.

Berlin

Berlín. Una ciudad donde todo es posible, donde todo vale. Tolerante, relajada, activista, extravagante, verde, vegana y excesiva. Una ciudad marcada por las cicatrices del siglo XX. Una capital insólita, un vivero de creatividad lleno de contrastes. Edificios sólidos y sobrios junto a ruinas en plena ebullición artística. Madres con velo paseando entre camellos urbanos, punks y transexuales. Riqueza y decadencia. Orden y suciedad. Occidente y Oriente.

Mural en el East Side Gallery

Por fin saldé mi cuenta con Berlín y, entre sus bares de humo, sus artistas y sus parques, he recuperado las ganas de escribir. Cuatro días han sido suficientes para darme una inyección de cultura que sólo las grandes ciudades ofrecen.

El primer soplo de inspiración llegó el viernes con Marta, una amiga de periodismo que dejó atrás un trabajo seguro –léase aburrido- en Barcelona para dar la vuelta al mundo y acabó en Berlín organizando fiestas matutinas y representando artistas de todo pelaje. Muchos de ellos se dejan ver por el RAW Gelände, un antiguo taller de reparación de trenes cuyos almacenes cubiertos de grafiti se han convertido en lugar de fiesta y recreación alternativa. Gimnasios, skateparks, zonas de escalada y piscinas se esconden en el interior de estos locales que viven en un estado de semiclandestinidad a vista de todos.

La terracita de Urban Spree, en RAW Gallery

Y es que, quien manda en Berlín no es el alcalde, las grandes constructoras o los vecinos de oído delicado. Allí quien manda es la fiesta, los artistas y las comunidades. La historia dejó muchos edificios abandonados que los berlineses recuperaron con ingenio, arte y estilo. Con los años, el proceso de gentrificación ha neutralizado muchos barrios pero el espíritu rebelde, creativo e inconformista de los berlineses sigue muy vivo. Un buen ejemplo es el antiguo aeropuerto de Tempelhof, que se salvó de la fiebre del ladrillo gracias a un movimiento popular que lo ha transformado en parque y reserva natural. Ahora, la pista de aterrizaje se llena de bicicletas, patines y cometas, las alondras anidan en sus matorrales y brotan huertos urbanos en los márgenes.

Huertos urbanos en el antiguo aeropuerto de Tempelhof

Berlín sorprende por su dinamismo cultural y sus zonas verdes. El sol, un mercado de antigüedades y el olor a comida atraen los domingos a centenares de personas a Mauer Park. Los que prefieren un sabor más clásico pueden visitar los preciosos jardines del Palacio de Charlottenburg, una de las pocas construcciones de época prusiana que sobrevivió la 2ª Guerra Mundial. Otra sería la Puerta de Brandemburgo, parada obligatoria para cualquier turista y monumento de gran carga simbólica, desde Napoleón hasta la caída del Muro de Berlín.

East Side Gallery, work in progress

La historia emana por cada rincón y ningún símbolo es más visible que el muro que dividió la ciudad durante tres décadas. Resulta curioso pensar que el antiguo Berlín Oeste, completamente rodeado de tanques, soldados y barricadas soviéticas, y geográficamente aislado en un mar comunista, fuera visto como un vía de escape (interior) hacia la libertad. Escapar hacia adentro para huir de un falso exterior. Ahora, los restos del muro yacen como recuerdo del disparate humano y, a la vez, emblema de esperanza.

Productos de la Alemania del Este, expuestos en el museo de la DDR

La herida que tardará más en cicatrizar, sin embargo, será el genocidio durante la 2ª Guerra Mundial. Aunque Alemania haya sabido aceptar la culpa y rendir el justo tributo a sus víctimas –el Memorial a los Judíos Asesinados da fe de ello-, el país siempre tendrá que cargar con la lastra de los fanáticos que idearon los campos de concentración y firmaron la muerte sistemática de millones de personas inocentes. Bastaría refrescar la memoria de otras dictaduras, otros crímenes de guerra y otros genocidios que se han barrido bajo la alfombra. Pero esa es otra historia.

Berlín, hervidero de músicos y artistas

Afortunadamente, Alemania ha sabido salir al otro lado de las derrotas y, como sus equipos de fútbol, se ha recuperado con pundonor. En esa recuperación han jugado su papel los inmigrantes. En Kreuzberg, el barrio de los turcos, se exponen los contrastes de la Nueva Alemania. Los mercadillos del canal, los mejores kebabs y un ambiente cosmopolita chocan con plazas mugrientas, drogas y alcohol. En Koti, se reúnen borrachos y drogadictos a plena luz del día. En Görlitzer Park, los traficantes subsaharianos campan a sus anchas y ofrecen todo tipo de estupefacientes. Aun así, como comentaba mi amigo Georg, no hay una sensación de inseguridad.

De comunista a cubista

La tolerancia también permite que existan sitios como Köpi, un centro cultural ocupa en el que se organizan conciertos de verdad. El sábado tuve la suerte de ir a uno con Georg y sus amigos (Frank, Marius y dos chicas polacas). Los restos de un antiguo edificio modernista florecían entre una puerta de humo. En el escenario, cinco tipos dotados de capuchas nazarenas de color rosa –un guiño cachondo al KKK, sin duda- hacían una versión de “Nervous Breakdown” de Black Flag. No se quitaron las capuchas ni dejaron de acribillar sus guitarras hasta que bajaron del escenario. Su punk de garaje dio paso a Le Prince Harry, un dúo belga de punk electrónico con elementos de Devo y The Adicts. Quizás en casa no los escucharía, pero en directo y en aquel sitio, sonaron como debían. Guitarrazo limpio y teclado a todo volumen, lleno de distorsión y potencia. En el bar, un desfile de camareros borrachos despachaba birras tiradas de precio. Marius –un Casanovas que accidentalmente le partió el diente de su amiga- quería invitarnos a una fiesta en Wedding (nombre de un barrio). Aunque el plan era tentador, acabé la noche tomando un kebab con Georg en Friederichshain antes de irme a dormir.

Atardecer en el ventoso parque de Tenpelhof

Al día siguiente, con el chute de punk-rock que tenía en el cuerpo, tenía ganas de más música en directo. El aperitivo lo encontramos en Urban Spree (parte del RAW Gallery), que albergaba una feria de cómics y donde actuaba uno de los artistas de Marta. Un teclado con divertidos efectos de sonido, rápidos cambios de escenario, ropa kitch, accesorios flúor y toneladas de energía y humor son las armas que tiene SPT, un artista americano de la generación disco, para ponerse a la gente en el bolsillo. No me extraña que su extravagancia haya alcanzado la red y que encaje tan bien en Berlín. Lo mismo se puede decir de , una artista transexual que actuó esa misma noche en Schokoladen, en Mitte. Sólo en Berlín se pueden ver estas cosas. Un placer. Gracias por la inspiración.

Llaves de libertad

Monumento que recuerda a los que sacrificaron su vida intentando escapar del comunismo

Un día gris y lluvioso de 1989 marcó el principio del fin del hermetismo comunista en Checoslovaquia. Hicieron falta 21 años y un par de llaves para vengar a la generación acallada por los tanques soviéticos tras la esperanzadora pero efímera Primavera de Praga. Esta vez, ni siquiera las porras de la policía soviética pudieron con el empeño de un grupo de estudiantes y disidentes políticos que veían en las palabras de Gorbachov y, más aún, en los acontecimientos de Polonia, Hungría y Alemania Oriental una oportunidad para acabar, de una vez por todas, con 40 años de sospechas, puertas cerradas y pensamiento único.

El sistema soviético tenía los días contados pero no se iba a marchar así por las buenas, no sin un último alarde de su patético y destartalado poder. Tuvieron que ser los jóvenes quienes lucharan por deshacerse del yugo comunista y bramaran aires de libertad por las calles de Praga y Bratislava. Los golpes y las patadas de la policía en las manifestaciones de Praga del 17 de noviembre de 1989 contrastaban con la impotencia de la guardia fronteriza de Berlín que, una semana antes, observaba con asombro pero sin violencia cómo se derrumbaba ante sus ojos el símbolo más visible de la cortina de acero.

Praga siempre ha asumido un papel protagonista en la disidencia al sistema comunista, desde el manifiesto de un grupo de intelectuales en 1977 hasta la Revolución de Terciopelo que estos días celebra un cuarto de siglo. Sin embargo, no todo se reduce a Praga ni a Vaclav Havel, el dramaturgo reconvertido a político que fue elegido el primer presidente de Checoslovaquia tras la disolución definitiva del comunismo.

Placa en honor a los muertos que intentaron cruzar la frontera en Devin

Fueron los estudiantes de Bratislava quienes primero salieron a la calle en una manifestación espontánea y pacífica convocada en la víspera del Día Internacional de los Estudiantes, el 16 de noviembre de 1989. Reclamaban una educación imparcial que no escondiera ni tergiversara los hechos del pasado. En su mensaje había una clara crítica al régimen y un deseo de apertura social, política y económica. Fueron esos estudiantes a orillas del Danubio quienes encendieron la mecha de unas protestas recibidas al día siguiente con golpes y bastonazos en Praga. Pese a los palos y las amenazas, el fin a 41 años de comunismo parecía irreversible.

Durante varias semanas, estudiantes e intelectuales ocuparon plazas, teatros y campus universitarios y convencieron a los más escépticos –aquellos silenciados por los tanques del Pacto de Varsovia en verano del 68- que, esta vez sí, el cambio era posible. Pedían elecciones democráticas, apertura exterior y libertad de expresión. Sus únicas armas eran las pancartas, las canciones y unas llaves agitadas al aire como metáfora de libertad y adiós a la cerradura comunista.

Manifestantes en Praga, el 19 de noviembre de 1989

En pocos días, lo que había empezado como una pequeña protesta estudiantil ganó adeptos y paralizó el país hasta que el régimen, abandonado por la otrora poderosa Unión Soviética, no tuvo más remedio que claudicar y dar paso a un nuevo capítulo en la historia de Europa. El espíritu de cambio, las canciones de Karel Kryl y el retorno de viejos reformistas como Alexander Dubček -el rostro humano del socialismo en los años 60- llenaron de emotividad esta pequeña revolución que, pese a las tensiones e incertidumbres iniciales, triunfó sin un solo muerto.

La nueva década trajo consigo nuevos problemas derivados de una transición repentina y caótica que convirtió la ilusión en pesimismo. Las mafias, el clientelismo y la corrupción política se instalaron en un país que optaría por dividirse de forma amistosa, más motivado por el ego de sus líderes políticos (Klaus y Mečiar) que por el sentimiento popular. Pero eso es otra historia.

Hoy, Bratislava y Praga despiertan con otro día de noviembre gris y lluvioso. Las llaves de libertad acumulan polvo mientras sus dueños recuerdan con nostalgia y melancolía a aquella generación que decidió enfrentarse a los fantasmas de sus padres y cantar victoria sin derramar ni una gota de sangre.