Precisa. Puntual. El giro de la llave y el crujido de la puerta rompen el silencio de la madrugada. Casi sin querer, mi cabeza reconoce el gesto con un ligero tambaleo a medio sueño. Otras veces, su llegada coincide con mi gateo matinal entre cocina y baño. Lo que me toma por sorpresa es en realidad un acto previsible, regular y calculado al minuto. Ella acaba su día cuando los demás apenas empiezan el suyo. Su discreta existencia tan sólo queda delatada a las 6.45 de la mañana, momento en que su llave penetra el cerrojo y deja entrar un halo de luz, el que desprende el rellano, en ese habitáculo tan cercano pero a la vez tan distante.
Su silencio alimenta mi curiosidad. ¿De dónde llega? ¿Acaso ocupa el turno nocturno en una fábrica o en un hospital? ¿Quizás entretiene almas perdidas bajo el amparo de la noche? Me la imagino esbozando una sonrisa cómplice al conductor del autobús que la deposita, puntual y sin retrasos, en las calles vacías de un pueblo bañado de hojas otoñales. Me imagino el paso ligero de unos tacones deseosos de reposar en un armario caluroso. Me imagino una persona cumplidora, desafortunada en el amor, que da más de lo que recibe.
Mientras las criaturas diurnas empiezan su rutina laboral, ella permanecerá solitaria en un mundo recóndito, soñando con despertar de su letargo al otro lado de las 6.45 de la mañana.