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El tren de medianoche

Pasada la Navidad mediterránea, Budapest y Bratislava me reciben con las calles blancas y el piso resbaladizo. Se cumplen dos años desde que llegué a estas tierras para seguir viajando. En este tiempo, me he acostumbrado al ritmo de vida y al carácter de Europa Central. Mi asignatura pendiente, por pereza y por razones prácticas, sigue siendo el idioma. Chapurreo algunas frases y comprendo palabras al vuelo pero veo difícil participar en conversaciones más dilatadas sin recurrir al inglés o, en algunos casos, al español o al italiano. Aun así, le echo morro y me lanzo sin miedo. Aunque, a veces, quizás debería aceptar la derrota a tiempo. De hacerlo, no me metería en una conversación a medianoche en el compartimento de un tren.

La estación de Bratislava, cubierta de nieve.

Así de valiente me quedé atrapado en un diálogo a tres bandas entre un viejo alcohólico adormecido y una señora con ganas de cháchara. Entre asentimientos, recursos faciales de aparente empatía y expresiones-comodín tan escuetas como vacías, sobreviví el trayecto entre Bratislava y Trnava. La señora, con tal de darme palique, se preocupaba poco de mi timidez verbal. Lo que entendí en aquella media hora seguramente es más producto de mi imaginación que de la realidad, pero casi mejor así. Deduje que ella había visitado a su hermana en la República Checa y que había trabajado con personas sin techo. De ahí que se pusiera a dar un sermón al pobre alcohólico, aunque no sé si en tono crítico o solidario.

El caso es que, en un cierto punto, el hombre desenfundó una botellita de colonia que, a buen seguro, no iba a utilizar para perfumarse. La mujer resopló y quitó el pie del acelerador, acostumbrada quizás a las causas perdidas en un país donde el olor a alcohol, como los viejos fantasmas comunistas, sigue permeando calles, parques y transportes públicos. Welcome back to Slovak Paradise!

6.45 de la mañana

Precisa. Puntual. El giro de la llave y el crujido de la puerta rompen el silencio de la madrugada. Casi sin querer, mi cabeza reconoce el gesto con un ligero tambaleo a medio sueño. Otras veces, su llegada coincide con mi gateo matinal entre cocina y baño. Lo que me toma por sorpresa es en realidad un acto previsible, regular y calculado al minuto. Ella acaba su día cuando los demás apenas empiezan el suyo. Su discreta existencia tan sólo queda delatada a las 6.45 de la mañana, momento en que su llave penetra el cerrojo y deja entrar un halo de luz, el que desprende el rellano, en ese habitáculo tan cercano pero a la vez tan distante.

Su silencio alimenta mi curiosidad. ¿De dónde llega? ¿Acaso ocupa el turno nocturno en una fábrica o en un hospital? ¿Quizás entretiene almas perdidas bajo el amparo de la noche? Me la imagino esbozando una sonrisa cómplice al conductor del autobús que la deposita, puntual y sin retrasos, en las calles vacías de un pueblo bañado de hojas otoñales. Me imagino el paso ligero de unos tacones deseosos de reposar en un armario caluroso. Me imagino una persona cumplidora, desafortunada en el amor, que da más de lo que recibe.

Mientras las criaturas diurnas empiezan su rutina laboral, ella permanecerá solitaria en un mundo recóndito, soñando con despertar de su letargo al otro lado de las 6.45 de la mañana.

La revancha del despertador

Día de viaje. Nervios habituales. Me despierto, miro el reloj. Son las 4 de la mañana. Vuelvo a dormir.

Me vuelvo a despertar. Miro el reloj. Son las 7.38. ¡Pánico! Tengo clase a las 7.30. ¡Mierda! ¡Sal, sal, sal pitando!

Pantalones, sudadera, agua fría. Pillo la bici, en plan Sagan. Llego al ayuntamiento. Dejo la bici, subo las escaleras como una bala. Abro una puerta. Despacho equivocado. Pruebo la puerta contigua. Negativo.

¡Cazzo! ¡La clase está en el segundo piso! Un último esfuerzo. Legañoso y con la voz ronca, medito pronunciar alguna nimia excusa antes de girar el paño.

Son las 7.45. Tiempo récord. Los alumnos -todos ellos trabajadores del municipio- ya se estaban levantando para hacer otros menesteres. Les freno a tiempo, con alivio. Me resigno a decir la verdad y comienza otro día como si nada hubiera pasado. Mi cara y mi voz denotan cansancio y agitación pero intento disimularlo con hombría.

Las bicicletas son para el verano

El Váh a la altura de Piešťany

El verano llegó y se fue casi sin avisar. Un agosto lluvioso ha dejado para septiembre algunos días de sol e incluso algunas horas de calor, aunque el frío matinal ya ha hecho acto de presencia coincidiendo con el primer día de otoño.

La iglesia de Drahovce, cerca de Piešťany

Hoy he cogido la bicicleta y he seguido la senda del río Váh/pantano de Sĺňava hasta Drahovce, uno de los numerosos pueblecitos que guarnecen la llanura cárpata. La estampa es típica de cualquier aldea eslovaca: casitas bien cuidadas con huertos concediendo sus últimos frutos, pequeños bares donde corren ríos de cerveza y slivovica a escondidas, un campo de fútbol oliendo a fertilizante y la coqueta iglesia que sólo abre para los feligreses.

Hotel Slovan, decadente belleza de Piešťany

Otoño tiene una luz especial y un aire melancólico. Los verdes dejarán paso a los amarillos y marrones y el recuerdo de mangas cortas y baños nocturnos se esfumará con el viento. El humo de leña ya impregna las calles vacías con el aroma otoñal.

Pedaleando, me acuerdo de Italia y de las carreteras del Prosecco. Los campos de maíz, las viñas recién recolectadas, el Piave en lugar del Váh… Creo que en cualquier momento me toparé con una cuadrilla de alpini tomando un aperitivo en la pizzería de Stefano. En el fondo, no somos tan diferentes cuando estamos arraigados a la tierra. Las fronteras son patrimonio de la mente.

Un día de senderismo cerca de Považská BystricaBanská Bystrica el día de la Insurrección Nacional EslovacaMural en la estación de LeopoldovVel'ke Biele Pleso, en los Tatras

Cinematik

Dentro de una semana volveré a “casa” para celebrar onomásticas y festivales pero mi aventura eslovaca continúa. Lo único que termina es el verano, otro verano. En la memoria quedarán caminatas entre la niebla en los Tatras, visitas fugaces a la inocencia de Javorinka, horas de celuloide en el Cinematik, la pasión de los bailes folklóricos, una excursión al desfiladero de Manínska tiesňava, el descenso en canoa de Trenčin a Beckov, baños en el Váh, el Danubio y el Hornád, cervezas y vinos, un día en familia en Banská Bystrica, el primer contacto con Budapest, un paseo nocturno en barca bajo los puentes de Piešťany y un largo etcétera que quedará al azar de la memoria, frágil y selectiva como el tiempo.

Pequeño gran hombre

Cuando vives fuera, el tiempo pasa de otra forma, con otro ritmo, pero pasa irremediablemente. Las agujas del reloj avanzan con la misma ferocidad para todos, sin paradas ni excepciones. Sólo cuando muere alguien que ha formado parte de tu infancia, de tu entorno o de tu mundo cognitivo, te das cuenta que el tiempo corre y no se detiene para nadie, ya sea un renombrado político o un trabajador anónimo. El cuerpo experimenta un breve momento de sorpresa para luego continuar con la vida como si nada hubiera pasado.

En los últimos meses, han caído personalidades incombustibles como Nelson Mandela y Gabriel García Márquez, dos viejas locomotoras que parecían destinadas a la vida eterna. Hasta que la muerte, paciente e implacable, les alcanzó. Por caer, incluso ha caído el Último Guerrero, un héroe de infancia que arrasó en el cuadrilátero de los 90 con sus colores vivaces, sus bronceados músculos y su energía salvaje pero que hace unas semanas cayó rendido al hombre de la guadaña.

Hoy me he despertado con la noticia de la muerte del señor Clavero. Poca gente lo conocerá y poca gente lo recordará pero merece un tributo. Era nuestro vecino de la calle Lope de Vega, un pequeño roedor que trabajó toda su vida para construir una vida digna y justa para su familia y sus vecinos. Con 80 años, aún se zambullía en su mono blanco y subía su raquítica pero fiel escalera de madera dispuesto a reparar el mundo con la brocha gorda. Su pequeño bigote y sus ojos inquisitivos encajaban con su diminuta figura, en la que no cabía su enorme corazón. Era un hombre justo y solidario que obró con honestidad e integridad. Un ejemplo de buena persona.

Pertenecía a esa generación que rozó la hambruna y que tuvo que ganarse la vida con sudor y habilidad manual. No conocía la palabra ‘chapucero’ y sus labores eran pequeñas obras de arte de lo cotidiano. Sabía cómo perforar una pared para instalar cables y enchufes y tapaba los ‘bujeros’ con arte para evitar el rastro de cualquier imperfección. Él iluminó nuestro piso con maestría de orfebre y emblanqueció la escalera comunitaria con tal precisión que me daba reparo entrar la bicicleta y manchar las estrechas paredes con las ruedas.

Recuerdo que molestaba a los lampistas más vagos con su mirada detectivesca. Ellos lo verían como un viejo jubilado sin nada mejor que hacer pero él sabía lo que era el trabajo bien hecho y no tenía problemas en explicarlo cual maestro de escuela quisquilloso pero razonable. Si hacía algo, lo hacía bien y exigía lo mismo a sus insospechados discípulos.

Yo me lo encontraba a menudo en el tejado, donde convirtió el lavadero de su mujer en un flamante espacio dotado de las últimas modernidades. Lo dejó tan impoluto e impecable como las camisas que ella le planchaba.

El señor Clavero no fue un gran estadista, ni un pensador, ni un político –ni aspiraba a ello- pero sus pequeñas acciones mejoraron nuestro entorno de una forma práctica y eficaz. Siempre estuvo involucrado en la comunidad y nunca faltó a una reunión de vecinos. Fue un gran aliado para mi madre cuando tuvieron que lidiar con vecinos agrios, pasivos e insolidarios. Siempre estaba allí para echar una mano, fuera reparando una tubería rota, firmando un presupuesto o esbozando una sonrisa pilla.

Con la dignidad como bandera, Fernando Clavero aportó su granito de arena para mejorar una sociedad que ya se habrá olvidado de él. El mundo sería un mejor lugar con pequeños hombres como el señor Clavero, con sus defectos y sus virtudes. Mientras tanto, el reloj avanza y el tiempo pasa. Como si nada hubiera sucedido.