Pasada la Navidad mediterránea, Budapest y Bratislava me reciben con las calles blancas y el piso resbaladizo. Se cumplen dos años desde que llegué a estas tierras para seguir viajando. En este tiempo, me he acostumbrado al ritmo de vida y al carácter de Europa Central. Mi asignatura pendiente, por pereza y por razones prácticas, sigue siendo el idioma. Chapurreo algunas frases y comprendo palabras al vuelo pero veo difícil participar en conversaciones más dilatadas sin recurrir al inglés o, en algunos casos, al español o al italiano. Aun así, le echo morro y me lanzo sin miedo. Aunque, a veces, quizás debería aceptar la derrota a tiempo. De hacerlo, no me metería en una conversación a medianoche en el compartimento de un tren.
Así de valiente me quedé atrapado en un diálogo a tres bandas entre un viejo alcohólico adormecido y una señora con ganas de cháchara. Entre asentimientos, recursos faciales de aparente empatía y expresiones-comodín tan escuetas como vacías, sobreviví el trayecto entre Bratislava y Trnava. La señora, con tal de darme palique, se preocupaba poco de mi timidez verbal. Lo que entendí en aquella media hora seguramente es más producto de mi imaginación que de la realidad, pero casi mejor así. Deduje que ella había visitado a su hermana en la República Checa y que había trabajado con personas sin techo. De ahí que se pusiera a dar un sermón al pobre alcohólico, aunque no sé si en tono crítico o solidario.
El caso es que, en un cierto punto, el hombre desenfundó una botellita de colonia que, a buen seguro, no iba a utilizar para perfumarse. La mujer resopló y quitó el pie del acelerador, acostumbrada quizás a las causas perdidas en un país donde el olor a alcohol, como los viejos fantasmas comunistas, sigue permeando calles, parques y transportes públicos. Welcome back to Slovak Paradise!








