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Mexpresiones (I): «Ya está. Ya quedó»

Hoy es 15 de septiembre, Día de la Independencia de México. Aprovecho la ocasión para desempolvar el blog y empezar una serie dedicada a las expresiones más mexicanas que he escuchado en mis cuatro años en el país.

Comienzo con una frase que se escucha cuando hay que arreglar algo pero se hace a medias. En mis primeras semanas en Ciudad de México, ya fui testimonio de lo que en España llamaríamos «chapuzas», una palabra que, junto al «no me apetece», hace especial gracia a mis amigos mexicanos.

El caso es que, cuando algo no funciona y hay que arreglarlo, se soluciona temporalmente y «ya está» o «ya quedó». Esto puede ser un apagón debido a una sobrecarga eléctrica, un ascensor en mal estado, una cañería rota, un bache en la calle, o cualquier obra en necesidad de reparación.

Si algo falla, se llama a alguien que tenga (pocas) nociones y se pone un parche al asunto. Con el «ya está» o «ya quedó», el experto se va a su casa y problema arreglado… hasta el día siguiente. La cuestión es salir del paso y mañana ya será otro día.

Esta expresión refleja la actitud del vivir para hoy y dejar las cosas por hacer. Es la antítesis de «lo barato sale caro» y un trabajo bien hecho. En caso de duda, se pinta por encima y hasta la próxima.

Oír esta expresión puede ser causa de frustración o admiración. Que cada uno se lo tome a su gusto. Y aquí lo dejo porque «ya quedó».

Visto en México

Cuando viajamos, tendemos a confirmar o desmentir estereotipos creados a través de los medios, las películas, el arte, la literatura o nuestra propia imaginación. También comparamos el país o la ciudad que visitamos con nuestra realidad más cercana. Es humano contrastar, criticar y formar opiniones. Cada cual tiene su perspectiva del mundo y la realidad es subjetiva.

Detrás de los estereotipos siempre hay una pizca de verdad y, cuando nos topamos con ella, confirmamos nuestras expectativas y lo compartimos con el mundo. El riesgo, evidentemente, es caer en la generalización y sentar cátedra, quedándonos en lo superficial de una cultura.

México, donde vivo desde 2020, es el país que más ha confirmado ciertos clichés, al menos los buenos, y me hace pensar si realmente son así los mexicanos o tiene más que ver con mi sesgo cognitivo. En cualquier caso, y sin ánimo de crear prejuicios, comparto tres: la música, la comida y la colores.

EL RITMO DE LA VIDA

El silencio brilla por su ausencia en la ciudad. Hay miles de ruidos que inundan las calles a todas horas. El grito del gas hace las funciones de gallo despertador. Una reunión de Zoom se verá interrumpida por la grabación en bucle del «¡Se coooompran colchones, refrigeradores…!» del ropavejero. En los tianguis, que son los mercados callejeros, las voces más estridentes anunciarán su producto acabando con un «Le damos precio. Pásele». A todo esto, cabe añadir las sirenas de las ambulancias, el cláxon de los conductores impacientes, los arcáicos organilleros y las señales acústicas procedentes de vendedores ambulantes de camotes, frutas, tortas (bocatas) y helados, por citar unos cuantos.

No en vano, las fiestas patrias se inician cada 15 de septiembre por la noche con el famoso grito de la independencia. Entre todo este paisaje sonoro, está la música popular, que suele salir de bocinas (altavoces) a cualquier hora del día. La música regional, especialmente la banda sinaloense, se escucha a todo bombo, sea desde una tortillería, una tienda de abarrotes o el camión de la basura que, a su vez, anuncia su llegada con una campana. Las rancheras y los mariachis se unen a esta fiesta sonora en la que últimamente, se está colando el reggaetón.

LA SENDA DEL TACO

Si uno viaja a México, no pasará hambre. Asociamos el país a todo tipo de antojos hechos a base de harina de maíz. Los tacos, en toda su diversidad (al pastor, suadero, campechano, de carnitas, de canasta, de barbacoa, de cochinita…), son el sustento de la nación. Están en todas partes y se comen a todas horas. Con verdura (cebolla y cilantro), salsas (roja y verde) y limones, se piden, se sirven y se engullen con anhelo.

Una orden de tacos se acompaña de la bebida nacional que no es ni la chela (cerveza), ni el pulque, ni las aguas de sabores, ni el mezcal, ni mucho menos el tequila, sino la omnipresente Coca-Cola. En cualquier esquina habrá alguien zampándose un taquito, posiblemente balanceando su plato en el capó de un coche. Sí, la escena del policía gordito metiéndose un par de tacos entre pecho y espalda con música de banda de fondo es común encontrarla y riza el rizo de los estereotipos.

CON LOS OJOS ABIERTOS

La mexicanidad entra por el oído y el estómago pero, sobre todo, por la vista. Los colores vivos, la luz natural y las formas atrevidas, tan bien representados por artistas como Rivera, Orozco, Siqueiros, Velasco, Dr. Atl, Camarena, Kahlo y Carrington, se reflejan en todo el país. La inspiración, sin duda, es la naturaleza y esta entra con fuerza y descaro.

El espectáculo visual se observa en casas pintadas con colores chillones, buganbilias que tiñen sus hojas de rosa chilango, pétalos de cempasúchil que marcan en naranja el camino de los muertos, el vistoso despliegue de frutas exóticas que nos transportan a tiempos prehispánicos, las artesanías regionales que juegan con preciosos estampados multicolor e incluso el diseño llamativo de las modernas camisetas de fútbol. El estallido de colores y los juegos de luz penetran en cada aspecto de la vida y exponen México al mundo.

Puede que estos paisajes se adapten a la imagen que tenía o que buscaba del país. Puede que sólo sea mi propia realidad y que un local lo vea con ojos muy distintos. O puede que no. En cualquier caso, animo a que cada uno lo experimente en primera persona y se de un festín para los sentidos. No saldrá decepcionado.

El arte del engaño

«En México, no te fíes de nadie. Absolutamente nadie. Te van a intentar engañar.»

Esa fue la primera advertencia que me dio un español a las pocas semanas de aterrizar en Ciudad de México. No iba yo pidiendo consejos pero me lo dijo con el rostro serio de quien ha sido engatusado en más de una ocasión, sea por amor, por negocios o por los dos.

Con el paso de los meses, me he expuesto en varias ocasiones a las promesas vacías de algunos mexicanos, provengan del casero, del vecino o del vendedor de frutas. Por lo general, soy un tipo esquivo, acostumbrado a detectar intentos de estafa por mi pinta de anglosajón. Incluso en la uni me utilizaron de cebo para ver si cobraban más a los guiris en la Rambla. Vamos, que pocas veces caeré en la picaresca del falso amigo que sólo vela por sus propios intereses.

Aún así, debo admitir que el mexicano miente muy bien, con estilo. En su jerga, existe una palabra para denominar discursos largos e insustanciales que llevan al engaño. Es el choro y chorear podría ser deporte nacional. No sé si esto se extiende a Latinoamérica pero me imagino que sí.

Creo que el arte del choreo consiste en creer tu propia mentira. Sonarás más convincente si te crees la trola y saldrás con la conciencia tranquila al incumplir tu promesa.

Un ejemplo. Mi vecino promete arreglarme la ducha. Emite un sentido discurso sobre la amistad y el compromiso e incluso fijamos una hora para que la labor se consuma.

«¿A las 8 de la mañana? Por supuesto, estoy a tu total disposición. Mañana reservo el día para tí y, como buen amigo, sabes que puedes contar conmigo para lo que quieras. Allí estaré, sin faltar. Carnal.»

Este discurso, que me deja medio compungido, es un choro en toda regla. ¿Por qué? Porque al día siguiente, como es de esperar, el tipo no se presenta. Eso es precisamente lo que hace un buen chorero. Te promete el cielo, sabiendo bien que es pura farsa y, al día siguiente, actúa como si no hubiera pasado nada.

Por lo general, el chorero se quedará tan pancho y no hay que esperar disculpas ni mucho menos pedir explicaciones. En algunos casos, te ofrecerán nimias excusas inventándose otro choro y, nuevamente, quedándose tan panchos. Un círculo vicioso de la mentira, vaya.

Un amigo mexicano que trabaja para un famoso fabricante de coches afronta estas situaciones a diario. ¿Que un proveedor asegura que tendrá el pedido listo en un par de horas? Calcula días, si es que se acuerdan de ti. ¿Que te llamarán cuando llegue la pieza? Ves buscando otro sitio porqué lo más probable es que no te llamen… Él lo sabe bien porque es de aquí y seguramente habrá tenido que inventarse más de un choro para justificarse ante sus jefes gringos.

¿Cómo podemos lidiar con esta constante en nuestro día a día? Pues detectando el choro y disfrutándolo sin esperar absolutamente nada a cambio. Asumamos y admiremos el arte del engaño como algo tan típico como los tacos y los mariachis. Paciencia y ¡Viva México!

Cerebros lavados y manos sucias

Pasado un mes de semi-confinamiento por el Covid-19, el Gobierno de México empieza a tomar medidas más visibles. En la ciudad, algunas estaciones de metro han cerrado, se ha acordonado el acceso a la mayoría de parques públicos, la policía empieza a supervisar el uso de mascarillas en los mercados, y las calles están empapeladas con carteles que apelan a quedarse en casa. Aún así, el gobierno no se atreve -y, seguramente, tampoco pueda permitirse- emitir una orden de cuarentena más estricta, con multas y toques de queda.

Un paseo por Lomas de Chapultepec -colonia de embajadas y lujosas mansiones- y Polanco -zona financiera y colonia judía- me confirma una teoría: los ricos están acatando la cuarentena desde la comodidad de sus casas con jardines y terrazas. Los policías observan desde sus coches las calles vacías, sin mucho que hacer. En los suburbios populares hay más movimiento y, por ende, es allí dónde se extenderán los casos de infectados y muertos, cuyas cifras están siendo completamente inventadas por el ejecutivo. La mayoría de trabajadores vive de la economía informal, o sea, que si no trabajan, no cobran, y por eso se resisten a cerrar. Muchos se niegan a creer en la amenaza invisible del coronavirus.

El tráfico en mi calle se ha reducido considerablemente y el ruido más molesto me llega ahora de los vecinos. Un endeble muro de cartón yeso me separa de una tienda de abarrotes. El señor que lo regenta es un padre de familia de mediana edad y voz extremadamente compungida. Sus frases más repetidas son “No tenemos”, “No nos queda” y “No ha llegado”. Su producto estrella es la Coca-Cola y tiene la costumbre de poner las mismas baladas pop cada mañana. Pero lo que más me irrita es la emisora cristiana que lava su cerebro y  la de muchos mexicanos a base de sermones incendiarios. Me dan ganas de responder con Slayer, Marilyn Manson o Sepultura…

No es una mala persona, todo lo contrario, pero su ignorancia azota y amenaza a gran parte del país. Entiendo que tenga que generar ingresos para mantener su negocio a flote y velar por su familia, pero poner su fe en Dios para superar esta crisis sanitaria es un craso error. Esta mañana, sin ir más lejos, han pasado unos trabajadores municipales para inspeccionar los negocios que aún quedan abiertos y nuestro amigo les ha dicho, tan pancho, que Dios le protegerá.

A ver si nos enteramos de una vez. No busquemos una solución metafísica a un problema físico. La religión es el opio de los pobres y ha sido una gran arma para someter al pueblo, a golpe de miedo, durante siglos. Pero es pura farsa. Ya estamos en el siglo XXI, ¡por favor! Está bien actuar de una forma cristiana y ayudar al prójimo, pero a mi que no me vengan con fábulas ridículas y dañinas. Un Dios que condena el aborto y la homosexualidad mientras tolera el abuso sexual y las epidemias no me representa. No necesito la fe, la confesión ni la compasión divina para arreglar mis problemas. Creo en la ciencia y en la naturaleza y paso de creencias sobrenaturales que no vienen a caso.

Los predicadores que siembran odio y se aprovechan de la ignorancia del populacho pueden bañar su crucifijo en lejía y esconder sus despreciables discursos tras una mascarilla insonorizada. Si existiera la voluntad divina, estaríais postrados en una cama de hospital rezando para que os cayera del cielo un respirador. Dejad de lavar el cerebro y lavaros las manos. ¡Ándele!

El arte de esperar

Asia tiene otro ritmo de vida. El tiempo pasa de una manera más pausada y las prisas son algo desconocido para los asiáticos, al menos en Myanmar. Lo confieso: en año y medio aquí, no he sido capaz de asimilar este compás parsimonioso que marca la andadura de los birmanos. Yo sigo con mis ansias de abarcarlo todo y de llegar de un punto a otro de la ciudad lo más rápido posible, lamentando las trabas que ralentizan mi camino hacia la próxima meta volante.

Mi paso acelerado por esta carrera de obstáculos que se llama calle contrasta con la pausa y el sosiego de los birmanos. Ellos se toman la vida a pasos pequeños y, excepto cuando conducen un coche en un atasco, no muestran ninguna preocupación por la marcha del tiempo. Es algo que aceptan de forma natural e inevitable. Esperar es parte de la vida y aquí lo han convertido en arte.

“Kha Na Lay”. Esta expresión resume a la perfección este país y su relación con el tiempo. Significa “espera un momento” pero la duración de ese “momento” es incierta e inabarcable. Podría ser un minuto, una hora, una semana o una eternidad.

Si estás en un taxi y te apetece comer algo o debes pasar brevemente por el supermercado, el taxista no tendrá problema en pararse. Viceversa, el taxista se detendrá en medio del trayecto para repostar o incluso tomar más clientes. Sólo basta un “Kha Na Lay”, que lo soluciona todo.

La gran virtud de los birmanos es saber esperar y esperar sin hacer nada. Es habitual ver a taxistas o conductores de triciclos dormir a pierna suelta en sus vehículos a plena luz del día. Si entre servicio y servicio no tienen nada que hacer, harán precisamente eso, nada. Es algo que admiro y que dista tanto de nuestra sociedad en la que se nos ha dicho que el tiempo es oro y el que lo pierde es bobo. Parece que llenar cada minuto de nuestro día haciendo algo “productivo” es aprovechar el tiempo. Quizás no sea así. Quizás ignorar las agujas del reloj de vez en cuando nos haga valorar la vida más.

Dicho esto, y por mucho que intente evitarlo, sigo con mi horror vacui temporal y mi ansia de acelerar por las calles a pasos agigantados, esquivando coches, bicicletas, tenderetes, perros y todo lo que ponga por mi camino hacia un destino incierto. ¡Menos prisas, más Kha Na Lay!

Esperando el 552

Miércoles de mayo en Melbourne. El día amanece con sol, cielos azules y temperaturas otoñales. Un paseo matinal me lleva desde Brighton Beach, donde los chinos toman fotos delante de las pintorescas casetas de madera, hasta el sosegado barrio de Saint Kilda, un enclave bohemio a orillas del mar. Todo muy tranquilo y bastante hippy. ‘Fish and chips’ para comer, como si estuviéramos en una versión liviana de la costa inglesa. Los escaparates de las numerosas pastelerías en la calle principal me tientan a poner un final dulce al merodeo costero.

A media tarde, el tranvía penetra el skyline de Melbourne y me apeo en Smith Street, en Fitzroy, el barrio más musical y hípster de la ciudad. Bares, cafeterías, restaurantes, tiendas de discos y tiendas de segunda mano atestan y dan vidilla al sinfín de edificios de época victoriana modernizados con grafitis. A cada paso hay algo que ver y mis pies me dirigen a varias librerías y tiendas ‘vintage’. Quince pavos más tarde, salgo con unos pantalones de segunda mano y un libreto para colorear dibujos de los Ramones, Led Zep y Bowie. Hey, ho!

Acabo calle arriba en Preston, esperando el bus 552. En la parada, un aborigen con ‘didgeridoo’ me da el visto bueno cuando le digo que soy inglés. Me muestro un poco esquivo porque es de noche y no sé de qué palo van los pobres aborígenes urbanos que tienen mal beber. Éste parece inocuo y, según parece, se gana la calderilla tocando en centros comerciales.

El aborigen con didgeridoo se queda en segundo plano soplando su instrumento cuando ocurre la situación más extraña y divertida del día. Una pareja joven y arreglada se para enfrente de mí y me suelta:

“Tienes la luz de Jesús dentro tuyo”

Perplejo, tardo un rato en darme cuenta que son unos fanáticos cristianos en busca de víctimas para su causa. Visto que el bus no pasa y que la tía está buena, les doy palique. Con ojos ardientes, me invitan a su iglesia. Les digo que me eduqué en colegios católicos y que ya me conozco el sermón. Insisten en que no tiene nada que ver con el catolicismo y no tardan en contarme sus historias.

La rubia, un bombón, me explica que sus padres habían muerto, que su hermana era una alcohólica y que ella sufría de anorexia cuando Jesús la salvó. Y aquí estaba, tan feliz y embriagada por el espíritu santo y la madre que lo parió.

El discurso es tan impostado que pienso que son actores y me imagino la cámara oculta a la vuelta de la esquina. Aunque la conversación me entretiene, yo les doy largas. En parte, me ofende que estos dos payasos bien vestidos piensen que pudiera ser tan crédulo. Por otra parte, me motiva el hecho de acompañar a la rubia al lado oscuro.

Al final, la cosa queda en nada porque el bus 552 decide pasar y estropear la fiesta. En un último intento desesperado, el tío, un embustero de fina barba y deje demoníaco, me pregunta si tengo un problema con mi rodilla izquierda. Buen truco. Como he dicho, me conozco el sermón y no caigo en esa vieja trampa. Y ahí queda la cosa. Que Dios nos pille confesados.

Titanic en Rakhine: ni tocados ni hundidos

Lunes por la mañana. Día festivo en Myanmar. Antes de regresar a Yangon, acabamos el fin de semana de sol y playa con una excursión en barco rumbo a la isla de Gwa. Ya habíamos sobrevivido ocho horas en autobús por carreteras de curvas polvorientas, el tedioso control de pasaportes en la frontera de Rakhine y un divertido trasbordo con veinte personas encima de un tuktuk de andar por casa. La fiesta del sábado, con barbacoa, música alrededor de una fogata, cervezas y baños nocturnos en paños menores, estuvo a la altura de las circunstancias.

El domingo, más sosegado, me llevó por accidente a una boda local donde el alcohol brillaba por su ausencia. En estos casos, sólo hace falta quedarse un rato fuera observando el panorama para que te inviten, te sientan con los novios y te ofrezcan cafés, refrescos azucarados y bebidas energéticas que no quieres. Al cabo de un rato, una vez encandilados a los invitados con nuestra presencia europea, nos volvimos al campamento y la noche se fue apagando a fuego lento.

¿Por dónde iba? Ah sí, el momento Titanic. Un barco de bambú construido por fascículos y treinta personas a bordo no parece, a priori, una buena idea pero, en Asia, es el pan de cada día. Aquí hacemos lo que no se nos ocurriría en casa, como ir en moto sin casco por caminos de tierra o saltar de un tren en marcha con chanclas y a lo loco. Los seguros y las reglas no existen o se ignoran, todo se improvisa al momento y, junto al riesgo, se aprecia esa incomparable sensación de libertad.

Total, que a un kilómetro de la costa, el extractor de agua deja de funcionar y el barcucho de bambú empieza a llenarse de agua. El chaval que maneja el chiringuito no da abasto y nos piden que saltemos para aligerar la carga. Al ver el bote salvavidas -una inestable canoa de madera para no más de nueve personas-, pienso en aquello de “mujeres y niños primero”. Sin embargo, el bote no se llena y decido meterme dentro. Aunque algunos se tiran al mar en plan Vigilantes de la Playa, me doy cuenta de que la situación no es tan seria cuando la gente se preocupa más de poner a salvo sus cámaras y móviles que de hundirse. La situación fue bastante cómica, incluso para los birmanos que, pese a vivir rodeados de costa, no saben nadar.

Mientras los demás quedaron dispersados en alta mar, los primeros supervivientes desembarcamos cual Robinson Crusoe en la isla de Gwa. Por desgracia, la playa no escapa de la acción contaminante del hombre pero sus aguas acogen un fascinante despliegue de medusas, corales y peces de colores tropicales. Personalmente, me quedo con la belleza paradisíaca de la isla de Bhell, unos kilómetros al norte, desierta e impoluta.

 

Tras el accidentado paso por la isla, emprendimos el viaje de regreso a casa. Y volvimos, por supuesto, en el mismo barco que casi nos hundió. 😉

Noche de perros y ratas

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Myanmar, como tantos países en vías de desarrollo, tiene muchos perros callejeros. Durante el día, descansan tranquilamente en las aceras o esquivan el tráfico en busca de restos de comida. No crean problemas y asumen su rango social por detrás de personas y vehículos. Esperan pacientemente la noche, momento en el cual salen de su letargo y ocupan una posición dominante en el paisaje urbano.

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El sábado, al volver de fiesta, decidí seguir el camino que suelo tomar para llegar a casa. La ausencia de coches facilitaba el paso y así continué hasta apercibir las primeras siluetas de los perros. En las calles silenciosas, vacías de gente, aumentaban su presencia. Algunos estirados en medio de la calle, otros vigilantes y expectantes.

Al estrecharse la calle, me entró el miedo en el cuerpo. Ese miedo de estar en territorio hostil, donde mis pasos rompían un silencio tenso. Un par de ratas cruzando la calle sólo añadían ambiente al escenario tétrico en el que me había metido. Viendo que los perros se multiplicaban mientras la calle se oscurecía, decidí dar dos pasos atrás y volver hacia dónde hubiera presencia humana. Hubiera salido corriendo de no ser que eso atraería aún más su curiosidad. Al ver la luz de los taxistas lánguidos, sentí alivio instantáneo.

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Ahora ya sé que la noche pertenece a los perros y no voy a ser yo quien los disturbe. Bastante tengo con oírlos desde mi piso mientras aúllan como lobos y resuelven sus diferencias territoriales al amparo del vacío nocturno.

Buster Keaton a la birmana

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La gran ventaja de vivir en una ciudad es un mayor acceso a la cultura. Y Yangon, pese a sus deficiencias estructurales, no es una excepción. Esta semana ha empezado el Memory, un festival de cine que recupera viejos clásicos y cintas más recientes que hablan, de alguna forma, sobre la memoria histórica. El Instituto Francés patrocina el evento, dando a la programación un claro acento francés. ¡Hasta han traído a Catherine Deneuve!

El sábado me acerqué al multisalas Na Pi Taw para ver ‘Bird People’, una interesante película que sigue dos historias paralelas que ocurren en un hotel de aeropuerto en París. Primero está Gary, un exitoso empresario que tras un ataque de pánico decide dejarlo todo –trabajo y familia- y empezar de cero. Luego entra en escena Audrey, una chica de la limpieza joven y soñadora que se transforma en pájaro durante una noche y recorre los aledaños del hotel desde el aire. Pese al ritmo lento, la película consigue atrapar al espectador, especialmente en las secuencias a vista de pájaro.

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En Myanmar, incluso ir al cine puede ser una experiencia diferente. La sesión empieza con una rendición del himno nacional –todos en pie- y, durante la proyección, es habitual que la gente conteste el teléfono y hable en voz alta. También hay censura en algunas escenas picantes o violentas. Los billetes son baratos –el Memory, por cierto, es gratuito- y mucha gente va al cine a hacer el picnic.

El domingo me di una sesión doble, empezando por ‘Diamond Island’, el primer largometraje de ficción del franco-camboyano Davy Chou. La película, presentada en Cannes, sigue las historias de unos chavales que trabajan en la construcción de una urbanización de lujo en Phnom Penh, la capital de Camboya. Sin caer en los tópicos de la pobreza o el pasado violento del país, la cinta retrata una nueva generación enganchada a los móviles y atraída por el estilo de vida occidental. Todo esto narrado con un estilo artístico heredero del cine europeo y, tal y como dice su director, sin ánimo de juzgar.

La mejor sesión de cine, sin embargo, tuvo lugar en Waziya Cinema, una sala de cine grande, vetusta y austera. La película escogida fue ‘Seven Chances’, un clásico rodado en el año 1925 por el maestro Buster Keaton, gran cómico, fantástico acróbata y uno de los mejores cineastas de todos los tiempos. Pero lo mejor fue ver la película con banda en directo y doblaje a tiempo real en birmano. El resultado, una versión hilarante y extremadamente entretenida de una cinta ya de por sí entretenida. Sin lugar a dudas, este será uno de los momentos cinematográficos que quedará para siempre en mi memoria.

Un día en el hospital

Veinte personas agolpadas en una sala de espera de 9 metros cuadrados sin aire acondicionado. El televisor emite reportajes de fiestas folklóricas y oficios tradicionales. Se repiten en bucle las mismas noticias: la fiesta de la cebolla en Madunice, el insoportable sonido de unos arpistas de boca, suenan violines y voces desentonadas en una fiesta local y un publirreportaje sobre la ciudad de Skalica. La emisión se corta, haciendo los cantos y sonidos más odiosos aún. Eso sí, hay WiFi en la sala. Aquí no existe un sistema de citas ni hojas de cálculo, pero hay internet para las abuelas.

La fórmula es sencilla: llegas y esperas. Cuando la enfermera sale de su cueva, date por satisfecho que recoja tus papeles y no te haga volver al día siguiente. Luego toca esperar. La gente tiene la cara derretida de tanto esperar. Las madres han perdido la paciencia con sus hijos revoltosos de aburrimiento. La puerta permanece cerrada a cal y canto como el rastrillo medieval de esos castillos arruinados que, entre saltos pixelados, aparecen en pantalla.

En la sala de espera del ambulatorio de Piestany apenas hay sitio para un paciente en silla de ruedas.

La enfermera pide a los recién llegados -ávidos por deshacerse de sus volantes sudorosos- que depositen sus papeles en una patética mesilla que pasa inadvertida pese a estar en el centro de la escena. Al lado, apenas hay espacio para un hombre en silla de ruedas.

¿La paciencia se agota o se recarga? Todo este tiempo perdido se aliviaría con un programa de citas pero, insisto, eso es una quimera en este hospital y en este país. Televisión e internet, esa es la modernización que basta a la plebe. La niña que tengo al lado intenta distraerme con su cara de mala leche. Si me atienden antes que a ella, me mata.

La puerta entreabierta del ambulatorio se cierra de golpe para frenar en seco cualquier atisbo de esperanza de una consulta rápida. Estoy convencido de que reemiten el reportaje sobre los arpistas de boca para ahuyentar a la clientela. Yo resistiré. Al menos hasta la tercera (o cuarta) repetición.

Sin citas, no se puede hacer aquello tan español de «¿qué hora tenía usted»?, comparar y quejarse. Claro que luego entras y tan calladito y simpático con el ortopeda que te ha hecho esperar una eternidad. Porque nos quejamos del sistema pero dependemos de él. Si aguanto un poco más, yo creo que se me cura la herida.

Por fin suenan las palabras mágicas: «Pan Begg. Na rengen». Directo a la sala de radiografías. Esto me lo conozco. Hay que depositar los papeles en una ventanilla secreta (muy kafkiano todo) y esperar a que te llamen. Esto suele ser rápido… Hasta que, sin darme cuenta, ya ha pasado otra hora.

La radiografía se hace en un momento pero en la consulta del Dr. Ottakringer van a otro ritmo. Finalmente, un chico en prácticas -lo deduzco porque no encuentra las vendas, titubea y pregunta al veterano qué hacer- me rehace el yeso y salgo tres horas después de entrar con una mano que pesa un kilo y la noticia de tener que volver en 5 semanas. No sé si es peor estar enyesado un mes o saber que me toca volver a pasar por el aro. La próxima vez, ¡mejor no lesionarse!