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Mexpresiones (I): «Ya está. Ya quedó»

Hoy es 15 de septiembre, Día de la Independencia de México. Aprovecho la ocasión para desempolvar el blog y empezar una serie dedicada a las expresiones más mexicanas que he escuchado en mis cuatro años en el país.

Comienzo con una frase que se escucha cuando hay que arreglar algo pero se hace a medias. En mis primeras semanas en Ciudad de México, ya fui testimonio de lo que en España llamaríamos «chapuzas», una palabra que, junto al «no me apetece», hace especial gracia a mis amigos mexicanos.

El caso es que, cuando algo no funciona y hay que arreglarlo, se soluciona temporalmente y «ya está» o «ya quedó». Esto puede ser un apagón debido a una sobrecarga eléctrica, un ascensor en mal estado, una cañería rota, un bache en la calle, o cualquier obra en necesidad de reparación.

Si algo falla, se llama a alguien que tenga (pocas) nociones y se pone un parche al asunto. Con el «ya está» o «ya quedó», el experto se va a su casa y problema arreglado… hasta el día siguiente. La cuestión es salir del paso y mañana ya será otro día.

Esta expresión refleja la actitud del vivir para hoy y dejar las cosas por hacer. Es la antítesis de «lo barato sale caro» y un trabajo bien hecho. En caso de duda, se pinta por encima y hasta la próxima.

Oír esta expresión puede ser causa de frustración o admiración. Que cada uno se lo tome a su gusto. Y aquí lo dejo porque «ya quedó».

El arte del engaño

«En México, no te fíes de nadie. Absolutamente nadie. Te van a intentar engañar.»

Esa fue la primera advertencia que me dio un español a las pocas semanas de aterrizar en Ciudad de México. No iba yo pidiendo consejos pero me lo dijo con el rostro serio de quien ha sido engatusado en más de una ocasión, sea por amor, por negocios o por los dos.

Con el paso de los meses, me he expuesto en varias ocasiones a las promesas vacías de algunos mexicanos, provengan del casero, del vecino o del vendedor de frutas. Por lo general, soy un tipo esquivo, acostumbrado a detectar intentos de estafa por mi pinta de anglosajón. Incluso en la uni me utilizaron de cebo para ver si cobraban más a los guiris en la Rambla. Vamos, que pocas veces caeré en la picaresca del falso amigo que sólo vela por sus propios intereses.

Aún así, debo admitir que el mexicano miente muy bien, con estilo. En su jerga, existe una palabra para denominar discursos largos e insustanciales que llevan al engaño. Es el choro y chorear podría ser deporte nacional. No sé si esto se extiende a Latinoamérica pero me imagino que sí.

Creo que el arte del choreo consiste en creer tu propia mentira. Sonarás más convincente si te crees la trola y saldrás con la conciencia tranquila al incumplir tu promesa.

Un ejemplo. Mi vecino promete arreglarme la ducha. Emite un sentido discurso sobre la amistad y el compromiso e incluso fijamos una hora para que la labor se consuma.

«¿A las 8 de la mañana? Por supuesto, estoy a tu total disposición. Mañana reservo el día para tí y, como buen amigo, sabes que puedes contar conmigo para lo que quieras. Allí estaré, sin faltar. Carnal.»

Este discurso, que me deja medio compungido, es un choro en toda regla. ¿Por qué? Porque al día siguiente, como es de esperar, el tipo no se presenta. Eso es precisamente lo que hace un buen chorero. Te promete el cielo, sabiendo bien que es pura farsa y, al día siguiente, actúa como si no hubiera pasado nada.

Por lo general, el chorero se quedará tan pancho y no hay que esperar disculpas ni mucho menos pedir explicaciones. En algunos casos, te ofrecerán nimias excusas inventándose otro choro y, nuevamente, quedándose tan panchos. Un círculo vicioso de la mentira, vaya.

Un amigo mexicano que trabaja para un famoso fabricante de coches afronta estas situaciones a diario. ¿Que un proveedor asegura que tendrá el pedido listo en un par de horas? Calcula días, si es que se acuerdan de ti. ¿Que te llamarán cuando llegue la pieza? Ves buscando otro sitio porqué lo más probable es que no te llamen… Él lo sabe bien porque es de aquí y seguramente habrá tenido que inventarse más de un choro para justificarse ante sus jefes gringos.

¿Cómo podemos lidiar con esta constante en nuestro día a día? Pues detectando el choro y disfrutándolo sin esperar absolutamente nada a cambio. Asumamos y admiremos el arte del engaño como algo tan típico como los tacos y los mariachis. Paciencia y ¡Viva México!

El Everest en bicicleta

Referencias a picos sudamericanos

He subido el Monte Everest en bicicleta, con mascarilla pero sin oxígeno. Mi recorrido atraviesa el Monte Cáucaso y los Cárpatos hasta dar con los Alpes, donde me desvío brevemente por el Monte Blanco. El camino de vuelta cruza los Apalaches y las Rocallosas, antes de descender el Aconcagua y el resto de los Andes. De allí, doy el salto hacia a los Urales y tomo el camino a casa a través de los Vosgos.

Parque público Cárpatos

Los muebles de bejuco, palma y mimbre son populares en Lomas de ChapultepecTodo esto lo hago en menos de una hora y sin salir de la Ciudad de México. De hecho, no abandono siquiera Lomas de Chapultepec, una preciosa colonia ajardinada cuyas calles empinadas y serpenteantes reciben nombres de cordilleras y montañas del mundo. El paseo ofrece una ruta bíblica por el Monte Hermon, el Monte Sinaí y el Monte Líbano, pero también permite trazar la mitología griega por Párnaso, Athos y el Monte Olimpo. A más altura, se sitúan Elbruz y Ararat, colosos del Cáucaso.

La Vuelta a Lomas reserva una breve etapa en los Pirineos y un itinerario por los grandes volcanes de América, desde la Sierra Grande estadounidense hasta el Monte Antuco chileno pasando por el Irazú (Costa Rica), la Sierra Cotopaxi y el Monte Chimborazo, dos techos ecuatorianos.

Las sierras mexicanas están bien representadas en la séptima sección de esta rica zona en embajadas y mansiones, y alternan sugerentes nombres prehispánicos (Mazapil, Tejupilco, Jiutepec, Tlacoyunga, Ixtlan, Acultzingo) con adjetivos hispánicos un tanto prosaicos (Sierra Negra, Sierra Fría, Sierra Gorda, Sierra Mojada).

Detalle del parque de Barranca de Barrilaco Montañas Rocallosas Oeste y Monte Cárpatos

El diseño de este Grand Tour deja en la cuneta puertos importantes como el Kilimanjaro africano, mientras incorpora pequeñas pendientes como los Montes Cheviots -una cadena en la frontera anglo-escocesa- o Auvernia, en el Macizo Central francés, propicio terreno rompepiernas.

Mapa de Ecobici Cruce de Hernán Cortés y Virreyes 2

Más allá de los Cárpatos, las calles dejan paso a Virreyes y Corregidores. Entre ellos se cruza, literalmente, el nombre de Hernán Cortés, actualmente exiliado frente la embajada de Corea del Sur. Esta es una de tantas curiosidades del destino que regala el callejero defeño. La mejor metáfora, de la ciudad y del país, es que (las avenidas de) los Insurgentes y la Revolución siempre terminan en Reforma. Pero eso ya es otra historia.

Paisajes sonoros de México

Vendedor de helados

Cada ciudad y cada cultura incorpora un paisaje sonoro particular. En Birmania, los mantras budistas marcan el inicio del día y los aullidos de los perros callejeros pregonan la noche. En Inglaterra, la melodía encantadora del furgón de helados saca a niños y niñas de sus casas en verano. En Canadá, los tranvías anuncian su paso mediante un chirrío eléctrico, mientras que cada estación de tren en Eslovaquia cuenta con su melodía propia. En la campiña de Italia, el repique de campanas y el sonido del gallo se adelantan al alba. Y en países musulmanes como Turquía y Macedonia, las llamadas a la oración emanan desde lo alto de los alminares y dotan a la jornada de un orden religioso.

Sonidos exóticos, sonidos mundanos. Agudos, graves, distorsionados, nítidos, imperceptibles, estridentes, molestos, tiernos, repetitivos, únicos, mecánicos, orgánicos, pegadizos, cansinos, nostálgicos. El sonido nos rodea y nos provoca constantemente. No podemos escapar de él.

México, un país que entra por la vista y el oído a todo volumen, presenta un mapa sonoro muy peculiar. Mantiene el eco de profesiones ya extintas en Europa y cuyas melodías, cantinelas, instrumentos y voces nos transportan a un tiempo pasado.

El organillero

(c) esasandy_lokUna melodía mecánica y desafinada se eleva por encima de calles transitadas, pero no destaca precisamente por su tono agradable o el virtuosismo del instrumentista. Las notas salen de la máquina del tiempo que es el organillo. Esta caja de madera la opera un hombre o una mujer con uniforme caqui que, simplemente, debe girar una manivela para activar la musiquita. El tono es irregular y de baja calidad a la vez que hipnótico y entrañable. Apenas se distinguen las canciones entre sí. La escena resulta más patética y nostálgica cuando el organillo se acompaña de un mono de peluche tocando los platos. ¿Quién da una monedita?

El carrito de los camotes

El carrito de los camotesSi oyes un chirrido extremadamente agudo y molesto que penetra hasta la médula, es muy probable que sea el platanero. Muchos asociamos este ruido al afilador de cuchillos y navajas, pero, en este caso, el silbido inoxidable procede del carrito de los camotes, una pequeña locomotora a leña que calienta los plátanos, el camote (moniato) y el nopal. El vapor que expulsa por la chimenea provoca la estridencia que incluso el más sordo logrará percibir. El plato estrella, servido sobre una bandeja de poliestireno, es el plátano macho con leche condensada, canela y miel. Un subidón de azúcar para añadir al shock sonoro.

El ropavejero

“Se compran colchones, tambores, refrigeradores, lavadoras, microondas o algo de fierro viejo que venda”. Esta voz femenina sale de los megáfonos de las furgonetas de todos los chatarreros de la ciudad. Al principio, pensé que la chica lo iba repitiendo a viva voz en cada esquina, de ahí su timbre cansado. Pronto me percaté que la niña no poseía el don de la ubicuidad y que se trataba de una grabación. Al parecer, lo registró la hija de un ropavejero después de varias horas de tomas. El resultado es una cantinela tan pesada como pegadiza que todo visitante a la ciudad oirá más de una vez. Estuve tentado de vender la nevera rota de mi casero tras oír el verso por enésima vez. Otra variante es el grito de «¡hierro!» a primera hora.

El barrendero

No sabía dónde tirar la basura hasta que sonó la campana, literalmente. El barrendero anuncia el inminente paso del camión de la basura con una campana de mano. El camión se para en la calle y un nutrido grupo de limpiadores recoge y -¡atención!- separa los residuos. Por cierto, los operarios trabajan sin guantes, ni mascarillas, ni nada. Un sonido más en mi día a día mexicano, más allá del motor de coches, los corridos radiofónicos y las sirenas de policías y ambulancias.

La frontera comunista

Cruzar fronteras tiene su gracia pero conlleva un elemento de suspense. Cuando cedes tu pasaporte al guardia de turno, sea en un aeropuerto de primera o en medio de la nada, estás entregando tu pedacito de libertad y la vulnerabilidad te recorre el cuerpo.

Este viaje empieza en Galati, cerca de la desembocadura del Danubio. Tres fronteras en tres kilómetros (Rumanía, Moldavia, Ucrania). Preguntas discretas de la agente rumana mientras afirma, sin discreción alguna, que no le caen bien los ucranianos pese a no haber pisado jamás el país vecino. El funcionario moldavo, directo al grano: “¿gas lacrimógeno?, ¿cuchillo?, ¿pistola eléctrica? Pasen…”. El joven soldado ucraniano, ante una máquina de rayos X apagada, inspecciona con entusiasmo nuestras mochilas, se queda mirando una bolsita de lavanda e indulta una ensalada con un “No son drogas, ¿verdad?”. Así da gusto.

Hasta que llegamos a Transnistria. Mejor dicho, hasta que intentamos salir. ¿Y dónde está eso? Transnistria es un territorio encasillado entre la orilla oriental del río Dniester y la frontera con Ucrania. Autoproclamó su independencia a principios de los 90 tras la disolución de la Unión Soviética. Los soldados rusos se quedaron y también lo hizo el comunismo. Es un estado sin reconocimiento internacional que, en teoría, forma parte de Moldavia. En realidad, es un pequeño enclave de habla rusa que tiene sus propias leyes, su propia moneda, pasaporte, matrícula, himno y una bandera que mantiene el martillo y la hoz.

Los símbolos soviéticos –estatuas y calles dedicadas a Lenin, murales de realismo socialista, tanques de la armada roja convertidos en monumentos, grandes avenidas, una silenciosa pero visible presencia militar- abundan tanto en Bender como en la capital Tiraspol, cuyo equipo de fútbol es, curiosamente, campeón de Moldavia.

Transnistria es fascinante –no sólo por sus mujeres, que también-, pero resulta algo inquietante. Es como un museo viviente del comunismo anclado entre verdes praderas y un río resplandeciente donde no pasa el tiempo. Aquí se habla ruso y se mira hacia Moscú. La vida transcurre con normalidad pero hay algo que no cuadra.

Finales de abril. Nos despertamos con los ensayos para el desfile militar del 1 de mayo, Día del Trabajador. Las señoras de Tiraspol, acostumbradas al espectáculo, ni se inmutan. Un apagón nos obliga a bajar del vetusto trolebús hacia Bender. Un pasajero aparca el bus porque la conductora no ve claro lo de la marcha atrás. Este incidente y el perro agresivo que se nos cruzaría más tarde en el camino podrían interpretarse como una premonición de lo que ocurriría en la frontera.

Bus de Bender a Chisinau, capital de Moldavia. Un joven agente de fronteras registra los pasaportes. Se queda mirando los nuestros (Polonia, Irlanda, Reino Unido) y nota que falta algo. Nos bajamos del bus y su jefe, un burócrata oportunista de suspicaces ojos grises, nos dice que necesitamos una cartilla de inmigración. “O pagáis una multa o volvéis para la frontera con Ucrania”. Y punto. Todo esto en ruso.

Momentos de confusión, incredulidad e impotencia que pronto se tornan en cabreo. Nos negamos a pagar la multa (léase soborno). El autobús se va y nos quedamos tirados en tierra de nadie en un país inexistente. El oficial, amparado por su posición de poder, se niega a ceder. Nosotros tampoco.

Al cabo de un rato, llega otro agente uniformado, más regordete y conciliador. Dice que ha llamado a la frontera por la que entramos el día anterior, que se acuerdan de nosotros y que seguramente perdimos la cartilla. Pura mentira. Nunca se nos dio ni un papelito ni un sello. En este momento, me convenzo de que se trata de una trampa entre agentes para sacarse un dinerillo extra.

Finalmente, al ver que no cedemos, el poli bueno nos deja marchar. A los pocos minutos, nos recoge otro bus y acaba nuestra experiencia comunista. “Tranquilos, ahora estáis en Moldavia”, dice el conductor.

Chipre, la isla dividida

Cuando visitas Berlín, puedes imaginarte cómo sería una ciudad brutalmente dividida por un muro hasta hace apenas 30 años. Es historia reciente, pero historia. En Nicosia, capital de Chipre, experimentas esa división urbana en pleno siglo XXI. Esa separación, tan absurda como fascinante, se presenta en forma de barricadas, puestos de control fronterizo, alambres, banderas, soldados y tierra de nadie. En este escenario bélico, curiosamente, reina la paz. Una paz tensa en la que coexisten chipriotas, griegos y turcos desde 1974. Y así estamos.

 

Nicosia refleja perfectamente la paradoja de una isla cuyo gran valor y, a la vez, gran ruina, son los contrastes. Una isla que ha pasado por manos griegas, persas, romanas, cristianas, otomanas y británicas, ha sido incapaz de superar barreras geopolíticas y culturales que la mantienen en un estado de limbo. Ambos bandos están atrincherados en sus posiciones ideológicas, más pendientes de su madre patria que de su propio desarrollo e identidad.

El resultado son dos Chipres. La griega, más turística y desarrollada, forma parte de la zona euro y vive como cualquier otra isla moderna, a base de sol y playa. La costa de Paphos atrae a muchos turistas ingleses deseosos de temperaturas mediterráneas, mientras que el puerto de Limassol se ha hecho con la clientela rusa. Más al Este queda Larnaca, que guarda pequeñas joyas como un lago salado donde pasan el invierno miles de flamencos imperturbados por la cercanía del aeropuerto y la base militar. Por cierto, a orillas del lago queda Hala Sultan Tekke, uno de los santuarios del Islam, donde yace la tumba de la nodriza de Mahoma.

La llamada República Turca del Norte de Chipre es más rural y salvaje. La cordillera de Kyrenia se alza imponente en el horizonte y, en su vertiente sur, despliega dos enormes banderas –la de Turquía y la de Chipre del Norte, idéntica a la turca pero con los colores invertidos- estratégicamente situadas para ser vistas en Lefkosa (Nicosia). Es un ejemplo de las pequeñas provocaciones que se repiten a diario en forma de inútiles ejercicios militares en las zonas fronterizas.

Las balas al aire se pierden en un paisaje de naranjos, limoneros, castillos medievales, acantilados y estatuas del omnipresente Atatürk. Las universidades y las bases militares –con sus cercanos burdeles- aparecen como setas en un territorio más propicio a la agricultura y al turismo. En los últimos años, la caída de la lira turca ha pausado la inversión en infraestructura y, por ahora, los visitantes se pueden aprovechar de precios bajos. Desayunos a precios de merienda.

La construcción parece crecer alrededor de la ciudad portuaria de Girne (Kyrenia en griego), que recibe mucho turista turco por su proximidad con Anatolia. Muchos turcos hacen la travesía para jugar en casinos, prohibidos en el país de Erdoğan. El turismo  también despunta tímidamente en la ciudad amurallada de Famagusta, al sureste de la isla, cuya tajante invasión aún escuece a los grecochipriotas. El resto del Norte de Chipre presenta un panorama menos desarrollado y más salvaje, con carreteras vacías y pueblos pintorescos atrapados en el tiempo. Hombres bebiendo café o té en el bar y algún perro suelto cobijado a la sombra de una vieja iglesia o mezquita.

La presencia militar es más un estorbo que una ayuda o una amenaza. El ejército turco controla y bloquea muchas rutas que apetecería descubrir en coche, en bicicleta o a pie. Su despliegue sonoro hacia los montes Trodoos es otro ejercicio de futilidad militar. Irritar por hacer algo.

En Nicosia confluyen las dos Chipres, separadas por la famosa línea verde dibujada en 1964 para apaciguar las tensiones entre grecochipriotas y turcochipriotas. Esa línea divisoria que cruza la calle Ledra, se convertiría en frontera diez años más tarde con la intervención/invasión turca del norte de la isla. Hoy en día, se puede pasar de un lado al otro con pasaporte en mano. Los turcos, considerados ocupadores, tienen vetado la entrada al sur, o sea, a la Chipre oficial y reconocida.

A ambos lados de la frontera, se respira un ambiente sereno pero los contrastes son evidentes. Al sur, abundan las oficinas, los comercios y las franquicias de comida rápida. A medida que se acerca la frontera, las calles se estrechan y se vacían, sacando a relucir preciosas casas de fachadas blancas enmarcadas en piedra amarilla y rematadas con persianas verdes o azules. Edificios religiosos caídos en desuso se asoman entre palacetes y casas restauradas. Sólo algunos grafitis y murales dejan entrever la proximidad de la línea verde, que aparece de sorpresa en forma de calles sin salida y cabinas donde soldados solitarios hacen su turno claramente aburridos.

 

Pasado el cruce de Ledra, los edificios están más descuidados y se nota más bullicio en las calles. El té, los bazares y los kebabs contribuyen a la impresión de haber cambiado de país. La mezquita de Selimiye ocupa la antigua catedral gótica de Santa Sofía, una práctica muy típica tras la conquista otomana. El contacto y el contraste entre culturas es el gran atractivo de la ciudad y de la isla que, pese a su multiculturalidad, no cede y niega a unificarse.

Sábado de desmadre

Las crestas son cada vez más visibles en Myanmar © David H.

Los marginados se han dejado sentir alto y fuerte este fin de semana en Yangon. Punks con crestas y drag queens con plataformas están dando marcha y aire fresco a la vieja capital de Birmania. Propios y ajenos asisten con una mezcla de sorpresa y cierta normalidad a esta dulce transición social que hubiera sido impensable hace sólo unos años.

Yangon cuenta con una creciente legión de punks © David H.

People’s Park es una inmensa explanada verde -con parque de atracciones incluida- que protege la entrada oeste de Shwedagon Pagoda, símbolo dorado de la ciudad y lugar de culto para budistas y birmanos. Desde una esquina, bajo el cobijo de dos grandes aviones retirados, brota el murmullo de acordes y melodías familiares. Mientras el sol se esconde en el horizonte, bajo la serena mirada de la estupa dorada, escucho los sonidos de antaño. Alkaline Trio, Against Me, Anti-Flag, Offspring, Bad Religion, Rancid, Rise AgainstThe Distillers Pennywise emanan con renovado vigor desde unos altavoces muy castigados.

Los punks locales tienen pinta y actitud © David H. Sábado de pogos en People's Park © David H.

Varios grupos toman la alternativa en el escenario pero la imagen y el mensaje están en el público. Chavales vestidos con tejanos y chupas de cuero adornadas al más puro estilo del punk ochentero salen a relucir. No faltan las botas militares, los parches, los pinchos, las crestas y el pelo engominado para un look muy cuidado que casa bien con la tez oscura de estos pequeños aprendices de punk. Incluso los niños lucen algo confundidos este atuendo rebelde que contrasta espléndidamente con los vestidos de colores y las faldas a cuadros de los birmanos.

El guitarrista de No U Turn durante el concierto del sábado en Yangon © David H. The Rebel Riot y No U Turn comandan con sus guitarras y cánticos este diminuto ejército de punks que está encontrando su sitio en un país que ha sido propulsado al siglo XXI de la noche a la mañana. El hecho de que puedan campar a sus anchas a un centenar de metros del venerado Shwedagon es ya un triunfo de su libertad. Y todo esto, por cierto, auspiciado por la embajada de Suiza.

Los suizos Überyou derrocharon buenas vibraciones en Yangon © David H.Mientras los punks dan saltos de libertad en un rincón de Pyay Road, un poco más arriba Yangon sale del armario en la noche grande del festival LGBT &Proud. El Instituto Francés, adalid de la cultura sin censura ni fronteras, acoge una fiesta llena de purpurina, lentejuelas y desenfreno. El escenario se llena de clásicos ochenteros bailados con una alegría, regocijo y descaro libres de etiquetas y orientaciones sexuales. Las drags se meten al público en el bolsillo con sus movimientos exagerados y dan fervor a una fiesta reivindicativa que simboliza el progreso de una sociedad silenciada durante 60 años de dominio militar.

Myanmar sigue siendo una democracia débil con muchas heridas abiertas pero que punks y gays puedan celebrar su identidad a viva voz y sin represalias demuestra la buena salud del país. Y poder vivirlo en primera persona me hace sentir feliz y afortunado. ¡Que la fiesta no decaiga!

Texto: J.B.
Fotos: David H.

Fin de año en el lago Inle

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Myanmar es un país muy fotogénico gracias a sus templos, sus mercados, sus gentes, sus tradiciones y sus preciosos paisajes. La muestra más evidente de todo ello es quizás el lago Inle, una reserva de la biosfera plantada en la zona montañosa al sur del estado de Shan. Para llegar hasta allí hay que ascender por carreteras serpenteantes que ponen a prueba el estómago a la vez que alegran la vista. También existe un tren que parte de Thazi y asciende hasta las cumbres de Kalaw, destino turístico de muchos excursionistas.

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Los esfuerzos se verán recompensados una vez llegados a Inle, un lago sereno pero dinámico donde la vida se desenvuelve entre pequeñas embarcaciones de madera y casas flotantes. Pensé que me encontraría una Venecia asiática diseñada para el turista. Al llegar a Nyaungshwe, la ciudad más próxima al lago, da esa impresión, con mucho foráneo, bancos y hoteles. Sin embargo, el lago en sí sigue siendo dominio de los locales, que lo utilizan para conrear sus cultivos y emprender sus negocios sin la excesiva dependencia del dinero extranjero. Cierto, reciben cada vez más turistas y no rechazarán esa aportación económica, pero aún no dependen de ella.

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Mi primer día lo dedico a explorar los alrededores de Nyaungshwe, recorriendo en bicicleta los campos y las carreteras que rodean el lago. En las aldeas, los campesinos y pescadores subsisten con una vida humilde, ajenos al boom turístico que se apercibe en la ciudad. Vacas, bueyes, perros y gallinas se cruzan por el camino sin pestañear. Al mediodía, me permito un plato de pescado al ajo, cilantro y lima acompañado de una ensalada de tomate y sésamo. Por la tarde, comparto una copa de vino local (nada especial) con un grupo de amigas francesas del hostal.

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El último día del año me apunto a la excursión en barca que organiza el hostal. El recorrido empieza al alba en pleno lago y continúa con un fascinante paseo entre las casas flotantes y las plantaciones acuáticas. En una de las casas disfrutamos de una comida preparada por una familia muy genuina que nos pinta la cara con crema de thanaka. Desde allí nos ponen en una canoa de madera y remamos como lo hacen los nativos. También visitamos un negocio de cigarros, una pequeña fábrica textil y una forja artesanal, y en ninguna nos presionan para hacer la compra. En fin, un día muy completo en un lugar que desprende belleza en cada esquina.

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El año termina con una cena de Nochevieja entre cervezas y viajeros con la promesa de más viajes en el horizonte. El primer día del año lo pasaré en un bus de vuelta a Yangon.

Navidades en el estado de Shan (II)

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Amanece un día soleado en Lashio y nos dirigimos a la oficina de Byron, un canadiense que, después de vivir unos años en Tailandia, ha cruzado la frontera para montar su empresa de aventuras. Conoce muy bien la situación del país y el conglomerado étnico-lingüístico de esta región.

El estado de Shan, como otras regiones de Myanmar, tiene un conflicto abierto con las autoridades militares birmanas. La raíz del desencuentro, simplificando mucho, está en la conferencia de Panglong (1947) que dio paso a la independencia de Birmania pero a su vez abría la posibilidad de estados autónomos al cabo de 10 años. Este derecho a la secesión quedó en jaque con el gobierno militar que ha controlado el país hasta las recientes elecciones. Actualmente, existen grupos armados y hay zonas restringidas para el acceso a extranjeros.

Byron nos asegura que Lashio es una zona segura porque está rodeada de bases militares. Aun así, antes de hacer una salida, siempre hace las llamadas pertinentes para asegurar que no haya riesgo para sus clientes. Paseando en moto por la campiña y observando sus habitantes parece difícil pensar que esta sea una zona de lucha. La diversidad étnica y lingüística es aparente –el birmano apenas se utiliza y los dialectos shan varían de pueblo en pueblo- pero las personas parecen estar más ocupadas en sus familias, sus campos y su ganado que en cuestiones políticas.

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La primera parada en la ruta en moto la hacemos en el pueblo de nuestro guía Ipou, donde nos invitan a una boda. Las mujeres visten faldas negras estampadas con motivos tradicionales shan y lucen un cinturón plateado símbolo de su estado civil. Ambas familias habrán negociado previamente una dote a pagar por el marido, tradicionalmente valorada en ganado pero, hoy en día, en dinero.

Tras el tentempié de la boda, nos adentramos por caminos más arduos y tortuosos, poniendo a prueba nuestro equilibrio en la motocicleta. Pasamos por puentes estrechos, baches, charcos, piedras, tramos blandos, arenosos y empinados hasta llegar a un pueblo somnoliento con una cascada caudalosa.

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Después de comer, dejo la moto en manos de nuestro otro guía Alex y, de paquete, empiezo a disfrutar del paisaje montañoso por el que circulan ocasionalmente vacas, niños y todo tipo de vehículos a motor. Antes de la puesta de sol, seguimos a pie un riachuelo que nos conduce a una pequeña catarata remota. Allí nos damos el primer baño de las vacaciones y relajamos el cuerpo después de todo un día encima de la moto. Byron nos espera en su casa con una cena mexicana, un cambio bienvenido después de tanto arroz y fideos.

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El martes empieza con un desayuno en un bar de familia que no sirve más allá de las 10 de la mañana. En el patio semicubierto, las mesitas están repletas de tazas de té o café y platos de sopa y fideos devorados por los fieles clientes. Es de esos lugares que lleva años haciendo lo mismo y haciéndolo bien, sin trucos ni trampas. El inicio idóneo para un día de caminata entre valles y bosques.

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Los campesinos nos miran con la misma curiosidad que nosotros a ellos. Mientras ellos se preguntan qué sentido tendrá caminar sin más por estas viejas tierras, nosotros nos asombramos por un estilo de vida rural anclado en el tiempo. Búfalos pastando y regocijándose en baños de barro, carros tirados por bueyes, casitas de bambú, herramientas de madera, baños al natural, luces y silencios.

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Nuestro destino es una pequeña aldea donde los hombres labran el campo y las mujeres hacen labores manuales como fabricar cestas. El líder del pueblo nos alberga a cambio de una donación voluntaria y nos ofrece una suculenta cena a base de ensaladas y arroces. Previamente, nos hemos refrescado en el riachuelo que sirve de baño público, un intrínseco sistema de troncos perforados que vierte agua dulce y, de paso, alimenta un generador hidráulico que aporta electricidad al pueblo. Hombres y mujeres se bañan a una distancia prudencial pero visible.

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Dormimos cinco en una habitación de bambú y la temperatura aguanta hasta más o menos las tres de la madrugada, cuando el frío penetra la aldea. Nos levantamos al canto de los gallos y secamos el rocío de nuestros zapatos alrededor de un fuego de leña. Nos despedimos de la familia y seguimos el camino hacia la carretera principal. Nuestro último día de aventura incluye un placentero paseo en paddleboard por un lago artificial y, por la tarde, senderismo y baño en una impresionante pero desconocida catarata que se abre paso en medio del bosque.

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Las chicas se marchan pero yo me quedo el tiempo suficiente como para pasar una mañana en el templo hindú de Shangkhai junto al simpático australiano Morgan y Alex, nuestro cortés guía. El templo, construido por los trabajadores del ferrocarril británico entre Mandalay y Lashio en 1903, tiene una piscina de agua dulce y alberga hasta 5000 peregrinos en su fiesta anual en el mes de febrero. Desde aquí, me despido del norte del estado de Shan y emprendo un lento viaje en autobús hacia una de las perlas de Myanmar, el lago Inle.

Buster Keaton a la birmana

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La gran ventaja de vivir en una ciudad es un mayor acceso a la cultura. Y Yangon, pese a sus deficiencias estructurales, no es una excepción. Esta semana ha empezado el Memory, un festival de cine que recupera viejos clásicos y cintas más recientes que hablan, de alguna forma, sobre la memoria histórica. El Instituto Francés patrocina el evento, dando a la programación un claro acento francés. ¡Hasta han traído a Catherine Deneuve!

El sábado me acerqué al multisalas Na Pi Taw para ver ‘Bird People’, una interesante película que sigue dos historias paralelas que ocurren en un hotel de aeropuerto en París. Primero está Gary, un exitoso empresario que tras un ataque de pánico decide dejarlo todo –trabajo y familia- y empezar de cero. Luego entra en escena Audrey, una chica de la limpieza joven y soñadora que se transforma en pájaro durante una noche y recorre los aledaños del hotel desde el aire. Pese al ritmo lento, la película consigue atrapar al espectador, especialmente en las secuencias a vista de pájaro.

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En Myanmar, incluso ir al cine puede ser una experiencia diferente. La sesión empieza con una rendición del himno nacional –todos en pie- y, durante la proyección, es habitual que la gente conteste el teléfono y hable en voz alta. También hay censura en algunas escenas picantes o violentas. Los billetes son baratos –el Memory, por cierto, es gratuito- y mucha gente va al cine a hacer el picnic.

El domingo me di una sesión doble, empezando por ‘Diamond Island’, el primer largometraje de ficción del franco-camboyano Davy Chou. La película, presentada en Cannes, sigue las historias de unos chavales que trabajan en la construcción de una urbanización de lujo en Phnom Penh, la capital de Camboya. Sin caer en los tópicos de la pobreza o el pasado violento del país, la cinta retrata una nueva generación enganchada a los móviles y atraída por el estilo de vida occidental. Todo esto narrado con un estilo artístico heredero del cine europeo y, tal y como dice su director, sin ánimo de juzgar.

La mejor sesión de cine, sin embargo, tuvo lugar en Waziya Cinema, una sala de cine grande, vetusta y austera. La película escogida fue ‘Seven Chances’, un clásico rodado en el año 1925 por el maestro Buster Keaton, gran cómico, fantástico acróbata y uno de los mejores cineastas de todos los tiempos. Pero lo mejor fue ver la película con banda en directo y doblaje a tiempo real en birmano. El resultado, una versión hilarante y extremadamente entretenida de una cinta ya de por sí entretenida. Sin lugar a dudas, este será uno de los momentos cinematográficos que quedará para siempre en mi memoria.