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Panelák

Panelák en Vlčince, Žilina

Ni iglesias, ni plazas, ni ayuntamientos. Si hay un elemento arquitectónico común en todas las ciudades de la antigua Checoslovaquia, estos son los ‘panelák’. Se trata de bloques de pisos de hormigón que se construyeron en la posguerra como respuesta a la falta de vivienda y a la utopía de crear una sociedad igualitaria. Se construyeron de forma rápida, con material barato y sacrificando la estética por la funcionalidad.

En la República Checa, uno de cada tres ciudadanos vive o ha vivido en uno de estos horrendos bloques que afean las ciudades y yacen como una herencia muy visible del comunismo, por mucho que hoy en día se hayan pintado de colores vivos.

Por fuera, los ‘panelák’ se caracterizan por su monstruoso tamaño y su sombría uniformidad soviética. Por dentro, contienen pequeños habitáculos que no distan para nada de nuestra vida moderna forjada a golpe de Ikea.

Interior ajardinado de un bloque  en Vlčince

En Bratislava, la mayoría de la población se concentra en Petržalka, donde se encuentra la mayor aglomeración de ‘panelák’ de Chequia y Eslovaquia. Allí sobreviven, como monumento al siniestro poder del comunismo y como puerta de entrada a todo aquél que llega desde Viena.

Sin embargo, y a diferencia de las ciudades-dormitorio occidentales, asociadas con inmigración, pobreza y delincuencia, los ‘panelák’ eslovacos son lugares tranquilos donde habita la clase media. En época comunista, estos bloques uniformes rodeados de espacios verdes podían albergar tranquilamente a un abogado, un médico, un conductor de autobús o un ex presidiario.

Panelák de Nové Mesto nad Váhom

La primera vez que tuve que rodear un ‘panelák’ fue en Nové Mesto nad Váhom, donde esperaba encontrarme a un carterista o un mendigo en cada esquina. Las calles están poco iluminadas y los bloques apenas permiten un respiro, pero la mayor amenaza que te puedes encontrar es un niño jugando a hockey con su padre o una señora paseando su perrito. Parece Bellvitge pero podría ser Les Corts.

La semana pasada visité Žilina, en el norte de Eslovaquia, una ciudad que conserva dos bonitas plazas y algunos edificios interesantes pese a una planificación urbanística realmente caótica. Allí tuve la oportunidad de visitar tres bloques de extrarradio: dos en el barrio de Solinky y uno en Vlčince, donde pasé la noche.

La plaza mayor de Žilina

Los estrechos ascensores ejercen de máquina del tiempo hacia un pasado donde la denuncia podía ser el arma silencioso de un vecino envidioso. Nadie escapaba de un igualitarismo forzado por el temor y la sospecha. Ahora, por suerte, el uniformismo queda por fuera y cada uno decora y gestiona su casa a su imagen y semejanza. Algunos aún conservan el olor rancio del comunismo mientras otros se dejan seducir por el falso resplandor del euro. En cualquier caso, visitar un ‘panelák’ es un fascinante ejercicio de historia tan recomendable como pasar una tarde de cine viendo ‘La vida de los otros’ o ‘Goodbye Lenin’.

A nadie se le escapa la fealdad de estos paneles de hormigón que ponen a prueba aquello del determinismo geográfico. Los ‘panelák’ del siglo XXI se han maquillado con varias capas de chapa y pintura pero estas metrópolis de Lego multicolor permanecerán siempre como el símbolo de un fracaso. Económico, político y arquitectónico.

American Pie

Jennifer Coolidge, la madre de Stifler en 'American Pie'

Nuestro bar se ha apuntado a la moda de los idiomas y, para hacerlo más divertido, organiza cada lunes juegos en diferentes lenguas. En la primera sesión, decidimos probar con el Pictionary en inglés. Se trata de un sencillo juego en el que los participantes tienen que adivinar una palabra que puede ser dibujada, gesticulada o explicada por otro jugador (sin revelar la palabra clave, se entiende).

La primera partida no tiene mucho éxito de público puesto que, aparte de Eeva, nuestra voluntaria finlandesa, sólo acuden al evento el amigo Pavol, una señora con inglés de fascículos y una madre rubia, bronceada y exhuberante, junto su hija de 6 años. El juego se desenvuelve de forma anárquica y sin más distracción que la niña recreándose con las ratas del bar (sí, tenemos dos ratas de laboratorio como mascotas).

A falta de pocas casillas para completar el tablero y dar por finalizada la partida, la rubia, una MILF en toda regla, saca una carta y se pone a reír.

“¡Que sea stripper, que sea stripper!” me susurra al oído el bribón de Pavol con su mirada pícara.

“Es que no sé si puedo explicarlo sin soltar un taco”, continúa la chica, haciéndose la tímida mientras deja entrever sus enormes pechos. Finalmente, se lanza y dice:

“Vale, en la peli ‘American Pie’ (aquí ya indica la solución), el prota pone su (ejem)… su “polla” dentro”.

Las carcajadas suceden el jugoso comentario, que tiene especial gracia viniendo de una que tiene la pinta de haberse comido unas cuantas… Tartas. Esa era la respuesta.

Apariciones nocturnas

Segunda noche en ZiWell, el bar donde trabajo sin saber una palabra de eslovaco. Los clientes parecen aceptar mi situación e incluso algunos están contentos de practicar conmigo su inglés. De vez en cuando, también entran extranjeros como John, un escocés que ha venido a Eslovaquia porque la intervención dental le sale a mitad de precio. En la consulta del dentista ha conocido a dos belgas que están en Piešťany por la misma razón. Parecen amigos de toda la vida.

Como quien no quiere la cosa, entablan conversación con Aifel, un cliente habitual que debe su nombre a su tamaño (mide más de 2 metros). De padre checo y madre eslovaca, este larguirucho jugador de volley es muy buena compañía y tiene buenas salidas. La primera vez que hablé con él, le comenté lo pequeño que me veía a su lado. “Ese es tu problema”, me respondió sin inmutarse. ¡Grande!

La noche llega a su fin y, de la nada, aparece Ondrey, un simpático chaval con claros signos de embriaguez. ¿O es acaso idiotez? Sinceramente, no lo sé distinguir pero le sirvo un vodka igualmente.

“Sé que ahora parezco un idiota –chapurrea a duras penas en inglés- pero es porque estoy borracho”, aclara Ondrey mientras tambalea y sonríe. “En realidad, soy un abogado”, apostilla. Si ese fuera el caso, Dios salve el sistema judicial.

Lo mejor llega cuando el simpático abogado empieza a hablar con John, el cual, sin abandonar su fuerte acento escocés, le pregunta:

“So, Oondre, how auld are yeee?” (¿Qué edad tienes?).

El chaval, anonadado, se queda mirando al infinito.

Segunda intentona: “How many yeeers do ye have?” (¿Cuántos años tienes?).

A saber lo que le mentiría el bueno de Ondrey pero, con alcohol de por medio, el surrealista diálogo duró un buen rato. Entre otros temas, oí que hablaban de Hostel, la película de terror que ha dado tan mala fama a Eslovaquia.

Finalmente, el fornido escocés se marcha con su amigo belga, precisando: “Él se va a su habitación, y yo a la mía”. Gracias por la aclaración, big John. Y cuidado con los hostales eslovacos.

Slovakian Paradise

Ocho y media de la mañana de un sábado a mitad de enero. En el descampado que hace las funciones de mercado, cuatro viejos desafían la intemperie con cuatro tristes paradas de verduras. Allí hemos quedado con Pavol, un tipo con tanta predilección por las cuevas como por el alcohol. Es un chaval inteligente y viajado pero tiene ese punto de locura que lo hace tan interesante como peligroso.

Tras una hora y media de paseo entre campos y bosques, no conseguimos dar con la gruta secreta que había descubierto años atrás. Tampoco importa. La mañana soleada y los senderos por pequeñas pistas de esquí teñidas de verde han valido el madrugón. En el camino de vuelta, paramos en un antiguo búnker soviético en el que dos hombres y un perro mastican klobasa (chorizo) al fuego de una improvisada barbacoa.

Nuestro último destino es el Papagaj, un decrépito bar donde tres clientes beben (sin ganas) su cerveza matinal mientras miran (sin interés) un film de Nicole Kidman doblado al eslovaco.

“Welcome to Slovakian Paradise”, anuncia irónicamente nuestro querido Pavol, antes de ordenar una cerveza y el chupito de Becherovka que tanto anhelaba. Nunca el paraíso estuvo tan desolado. Na zdravie!

Bears have no expression so you don’t know if they are angry (Pavol D)

Piešt’any

El río Váh a su paso por Piešt'any

Despierto un lunes soleado en Piešt’any, una pequeña ciudad construida a orillas del río Váh, un afluente del Danubio. Pasadas las tres calles que conforman el centro, la atención se dirige hacia Spa Island, el coqueto istmo donde acuden los turistas en busca de las relajantes aguas termales.

Lejos de los parques y los campos de golf, la sobriedad soviética marca la arquitectura de Piešt’any, aunque (afortunadamente) a pequeña escala. La influencia comunista  se observa en algunos bloques de apartamentos, viejas bicicletas oxidadas y edificios públicos como la casa de cultura (Dom Umenia), un monstruo de hormigón que mancha la preciosa vista al río. Los murales de la estación de ferrocarril y la mugre del extrarradio también contribuyen a esta imagen de un pasado austero donde cada uno hacía el trabajo que le tocaba.

A bote pronto, Piešt’any me transmite una sensación de seguridad y eficacia. Las vida funciona sin demasiadas complicaciones y las cosas se llaman por su nombre. Precisamente la lengua será mi mayor obstáculo pero confío en el decente nivel de inglés de los eslovacos para comunicarme con ellos. De momento, nye hovorim po slovensky (no hablo eslovaco). Y una sonrisa.