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Visto en México

Cuando viajamos, tendemos a confirmar o desmentir estereotipos creados a través de los medios, las películas, el arte, la literatura o nuestra propia imaginación. También comparamos el país o la ciudad que visitamos con nuestra realidad más cercana. Es humano contrastar, criticar y formar opiniones. Cada cual tiene su perspectiva del mundo y la realidad es subjetiva.

Detrás de los estereotipos siempre hay una pizca de verdad y, cuando nos topamos con ella, confirmamos nuestras expectativas y lo compartimos con el mundo. El riesgo, evidentemente, es caer en la generalización y sentar cátedra, quedándonos en lo superficial de una cultura.

México, donde vivo desde 2020, es el país que más ha confirmado ciertos clichés, al menos los buenos, y me hace pensar si realmente son así los mexicanos o tiene más que ver con mi sesgo cognitivo. En cualquier caso, y sin ánimo de crear prejuicios, comparto tres: la música, la comida y la colores.

EL RITMO DE LA VIDA

El silencio brilla por su ausencia en la ciudad. Hay miles de ruidos que inundan las calles a todas horas. El grito del gas hace las funciones de gallo despertador. Una reunión de Zoom se verá interrumpida por la grabación en bucle del «¡Se coooompran colchones, refrigeradores…!» del ropavejero. En los tianguis, que son los mercados callejeros, las voces más estridentes anunciarán su producto acabando con un «Le damos precio. Pásele». A todo esto, cabe añadir las sirenas de las ambulancias, el cláxon de los conductores impacientes, los arcáicos organilleros y las señales acústicas procedentes de vendedores ambulantes de camotes, frutas, tortas (bocatas) y helados, por citar unos cuantos.

No en vano, las fiestas patrias se inician cada 15 de septiembre por la noche con el famoso grito de la independencia. Entre todo este paisaje sonoro, está la música popular, que suele salir de bocinas (altavoces) a cualquier hora del día. La música regional, especialmente la banda sinaloense, se escucha a todo bombo, sea desde una tortillería, una tienda de abarrotes o el camión de la basura que, a su vez, anuncia su llegada con una campana. Las rancheras y los mariachis se unen a esta fiesta sonora en la que últimamente, se está colando el reggaetón.

LA SENDA DEL TACO

Si uno viaja a México, no pasará hambre. Asociamos el país a todo tipo de antojos hechos a base de harina de maíz. Los tacos, en toda su diversidad (al pastor, suadero, campechano, de carnitas, de canasta, de barbacoa, de cochinita…), son el sustento de la nación. Están en todas partes y se comen a todas horas. Con verdura (cebolla y cilantro), salsas (roja y verde) y limones, se piden, se sirven y se engullen con anhelo.

Una orden de tacos se acompaña de la bebida nacional que no es ni la chela (cerveza), ni el pulque, ni las aguas de sabores, ni el mezcal, ni mucho menos el tequila, sino la omnipresente Coca-Cola. En cualquier esquina habrá alguien zampándose un taquito, posiblemente balanceando su plato en el capó de un coche. Sí, la escena del policía gordito metiéndose un par de tacos entre pecho y espalda con música de banda de fondo es común encontrarla y riza el rizo de los estereotipos.

CON LOS OJOS ABIERTOS

La mexicanidad entra por el oído y el estómago pero, sobre todo, por la vista. Los colores vivos, la luz natural y las formas atrevidas, tan bien representados por artistas como Rivera, Orozco, Siqueiros, Velasco, Dr. Atl, Camarena, Kahlo y Carrington, se reflejan en todo el país. La inspiración, sin duda, es la naturaleza y esta entra con fuerza y descaro.

El espectáculo visual se observa en casas pintadas con colores chillones, buganbilias que tiñen sus hojas de rosa chilango, pétalos de cempasúchil que marcan en naranja el camino de los muertos, el vistoso despliegue de frutas exóticas que nos transportan a tiempos prehispánicos, las artesanías regionales que juegan con preciosos estampados multicolor e incluso el diseño llamativo de las modernas camisetas de fútbol. El estallido de colores y los juegos de luz penetran en cada aspecto de la vida y exponen México al mundo.

Puede que estos paisajes se adapten a la imagen que tenía o que buscaba del país. Puede que sólo sea mi propia realidad y que un local lo vea con ojos muy distintos. O puede que no. En cualquier caso, animo a que cada uno lo experimente en primera persona y se de un festín para los sentidos. No saldrá decepcionado.

¿Alguien dijo terremoto?

México es un país plantado en medio de varias placas tectónicas y la capital está construida sobre una zona lacustre, con lo cual hay muchas papeletas de vivir un terremoto. Mi primera experiencia ha sido… ¿decepcionante? A ver, que no haya pasado nada es buena noticia y no pretendo frivolizar con un fenómeno natural que puede resultar devastador, pero tengo la impresión de ser el único pringado que NO ha notado un sismo de 7.5 en la escala de Richter (tétrico legado el de este físico norteamericano, ¿no creéis?).

Los vecinos reacccionaron con estoicismo de Churchill.Corrían las 10.30 de la mañana. Acababa de salir del mercado El Chorrito y enfilaba en bici camino a casa cuando, por unos altavoces, sonaba la alerta sísmica. Sinceramente, no sabía que tenía que hacer así que esperé a ver qué hacían los demás, más entrenados en estas vicisitudes. De golpe, los vehículos pararon y la gente empezó a ocupar las calles cual hormigas salidas de hibernación. Fue una estampa tierna dentro de la posible gravedad del momento. Los vecinos se veían las caras, se saludaban y se produjo esa solidaridad tan típica en momentos de mal mayor. Una niña salía de su taller de cocina con las manos enharinadas y sus tortillas a medio hacer. Hubo mucha calma y conexión humana. ¿Por qué las catástrofes y las tragedias unen más a los seres humanos?

En la calle Gelati, apartado de los edificios más altos (tres plantas), la señora que tenía al lado comentaba lo fuerte que era el terremoto y apuntó al meneo de un poste de electricidad. Yo, seguramente ensimismado en la emoción del acontecimiento, no lo vi ni lo noté. A ver, tampoco esperaba calles desgarradas, edificios derrumbados y gritos de pánico. Pero un ligero temblor bajo los pies sí me imaginaba. Otra cosa hubiera sido de haberme pillado el sismo en una sexta planta en Condesa o Roma, colonias especialmente sensibles a los temblores.

En fin, el suceso ha quedado en nada. Sé que hay personas que han notado la sacudida como si fuera el balanceo de un barco en plena tormenta o como los cañonazos que zarandean la casa de la familia de Mary Poppins a las seis de la tarde. Ojalá no tenga que pasar por eso, pero asumo el riesgo. La naturaleza es suprema, pero episodios como este también sacan a la luz nuestro lado más humano.

Paisajes sonoros de México

Vendedor de helados

Cada ciudad y cada cultura incorpora un paisaje sonoro particular. En Birmania, los mantras budistas marcan el inicio del día y los aullidos de los perros callejeros pregonan la noche. En Inglaterra, la melodía encantadora del furgón de helados saca a niños y niñas de sus casas en verano. En Canadá, los tranvías anuncian su paso mediante un chirrío eléctrico, mientras que cada estación de tren en Eslovaquia cuenta con su melodía propia. En la campiña de Italia, el repique de campanas y el sonido del gallo se adelantan al alba. Y en países musulmanes como Turquía y Macedonia, las llamadas a la oración emanan desde lo alto de los alminares y dotan a la jornada de un orden religioso.

Sonidos exóticos, sonidos mundanos. Agudos, graves, distorsionados, nítidos, imperceptibles, estridentes, molestos, tiernos, repetitivos, únicos, mecánicos, orgánicos, pegadizos, cansinos, nostálgicos. El sonido nos rodea y nos provoca constantemente. No podemos escapar de él.

México, un país que entra por la vista y el oído a todo volumen, presenta un mapa sonoro muy peculiar. Mantiene el eco de profesiones ya extintas en Europa y cuyas melodías, cantinelas, instrumentos y voces nos transportan a un tiempo pasado.

El organillero

(c) esasandy_lokUna melodía mecánica y desafinada se eleva por encima de calles transitadas, pero no destaca precisamente por su tono agradable o el virtuosismo del instrumentista. Las notas salen de la máquina del tiempo que es el organillo. Esta caja de madera la opera un hombre o una mujer con uniforme caqui que, simplemente, debe girar una manivela para activar la musiquita. El tono es irregular y de baja calidad a la vez que hipnótico y entrañable. Apenas se distinguen las canciones entre sí. La escena resulta más patética y nostálgica cuando el organillo se acompaña de un mono de peluche tocando los platos. ¿Quién da una monedita?

El carrito de los camotes

El carrito de los camotesSi oyes un chirrido extremadamente agudo y molesto que penetra hasta la médula, es muy probable que sea el platanero. Muchos asociamos este ruido al afilador de cuchillos y navajas, pero, en este caso, el silbido inoxidable procede del carrito de los camotes, una pequeña locomotora a leña que calienta los plátanos, el camote (moniato) y el nopal. El vapor que expulsa por la chimenea provoca la estridencia que incluso el más sordo logrará percibir. El plato estrella, servido sobre una bandeja de poliestireno, es el plátano macho con leche condensada, canela y miel. Un subidón de azúcar para añadir al shock sonoro.

El ropavejero

“Se compran colchones, tambores, refrigeradores, lavadoras, microondas o algo de fierro viejo que venda”. Esta voz femenina sale de los megáfonos de las furgonetas de todos los chatarreros de la ciudad. Al principio, pensé que la chica lo iba repitiendo a viva voz en cada esquina, de ahí su timbre cansado. Pronto me percaté que la niña no poseía el don de la ubicuidad y que se trataba de una grabación. Al parecer, lo registró la hija de un ropavejero después de varias horas de tomas. El resultado es una cantinela tan pesada como pegadiza que todo visitante a la ciudad oirá más de una vez. Estuve tentado de vender la nevera rota de mi casero tras oír el verso por enésima vez. Otra variante es el grito de «¡hierro!» a primera hora.

El barrendero

No sabía dónde tirar la basura hasta que sonó la campana, literalmente. El barrendero anuncia el inminente paso del camión de la basura con una campana de mano. El camión se para en la calle y un nutrido grupo de limpiadores recoge y -¡atención!- separa los residuos. Por cierto, los operarios trabajan sin guantes, ni mascarillas, ni nada. Un sonido más en mi día a día mexicano, más allá del motor de coches, los corridos radiofónicos y las sirenas de policías y ambulancias.

Ventana indiscreta

Una semana dedicada a buscar piso y, de paso, conocer Ciudad de México. Horas con el teléfono en mano enviando mensajes y organizando citas. Algunos pisos son preciosos pero se salen de presupuesto, otros son lo más parecido a un burdel sin putas. Al final, todo queda reducido a dos candidatos.

El primero es un estudio en la avenida Insurgentes, situado entre los barrios hípster de Condesa y Roma. Está amueblado y me lo ajustan al precio que quiero. Listo para entrar a vivir.

El segundo está a 5 minutos de mi AirBnB en San Miguel Chapultepec, un barrio muy tranquilo a tiro de piedra del gran parque urbano. Me topé con un cartel de departamento en renta y le eché un vistazo. Mismo precio que el primero pero este aún está en obras y el dueño tiene mil visiones de cómo dividir los espacios.

¿Adivinen con cuál me quedo? Mi historial buscando pisos no es muy bueno y suelo sufrir el remordimiento del comprador. En Yangon, me quise ir de un piso nada más instalarme porque le faltaba una capa de pintura y tenía unos barrotes en las ventanas (luego los quité y me acostumbré). En Bucarest, tuve una discusión con el propietario -un homus sovieticus que se pensaba que le iba a montar un harem por pedirle un sofá- y me quedé sin piso ni adelanto, maleta en mano. Así que es inevitable que el destino me llevara a la calle General Cano de San Miguel de Chapultepec.

Lo elegí porque queda cerca del trabajo y de un enorme parque. Además, algunas callejuelas me recuerdan a Sarriá. Esta vez, iba con la lección aprendida -o eso pensaba- y redacté un contrato que el propietario no tuvo inconveniente en firmar. El hombre, un señor de 70 años bien llevados, bigotito incluido, empezó a platicar, como dicen aquí, y me contó su vida. Su abuelo emigró de Cataluña e hizo fortuna con una empresa de lonas. Su padre era un big spender –“se llegaba a gastar un millón de pesos en una semana y no sabía en qué”- pero su madre compró propiedades y mantuvo la familia a flote. Hasta aquí, bien.

Mientras hablamos, contrato firmado y transferencia en el aire, me doy cuenta que pasan muchos coches. Vaya suerte la mía, veo que me voy a instalar en la calle más ruidosa del barrio más tranquilo de Ciudad de México. La ventana principal debería filtrar un poco el sonido del tráfico pero aún no se ha instalado.

El remordimiento del comprador empieza a surtir efecto cuando nuestro protagonista -mi actual casero- admite que fue un joven violento, un valor que supieron apreciar los narcos y la mafia neoyorquina. Eso sí, su principal negocio fue fabricar muebles para hoteles, una empresa que le hizo rico pero que también le llevó a la cárcel por fraude. Todo esto me lo cuenta mientras estoy a punto de hacerle una transferencia de 14,000 pesos. ¡Tierra trágame!

Pues eso, cuando se trata de pisos, siempre acabo siguiendo el camino más difícil. Escribo esto desde la habitación de mi bajo sin ventana. Mi casero se ha marchado a Cuernavaca y mañana tengo que abrir la casa a su lampista de confianza, el cuál sólo es capaz de describir su barrio en los extrarradios como “muy peligroso”.  Me lo pasaré bien aquí. Se admiten visitas.

Los ciclistas toman las calles

Nunca me siento tan libre ni tan feliz como cuando estoy encima de una bicicleta recorriendo caminos nuevos. Una excelente forma de descubrir una ciudad es pedaleando, algo que es cada vez más fácil gracias al sistema de bicis compartidas que han adoptado la mayoría de grandes urbes. En Ciudad de México, una megápolis saturada de coches, el Ecobici ofrece un respiro al ciudadano y se está convirtiendo en una alternativa real de transporte urbano.

Los domingos por la mañana, el Paseo de la Reforma, la gran arteria vial de la ciudad, se corta al tráfico motorizado y es invadida por ciclistas, patinadores y corredores. En los cruces con otras grandes avenidas, se plantan un grupo de entusiastas trabajadores municipales que regulan la circulación y animan a disfrutar del paseo de una forma cívica y jovial. El resultado de esta brillante iniciativa son calles llenas de ciclistas, aire fresco y sonrisas.

El ambiente festivo continúa por la tarde con un paseo a pie por el bosque de Chapultepec. Familias, parejas y amigos abarrotan los caminos mientras los vendedores hacen su agosto gritando en tonos agudos. Por el sol y el calor, bien podría ser verano. Incluso los payasos se mofan de la cantinela de los vendedores al tiempo que las parejas más apasionadas cobijan su amor bajo la arboleda y regodeándose en el césped. Por unas horas, los chilangos se olvidan de los problemas y creamos la ilusión de vivir en un mundo feliz.

La frontera comunista

Cruzar fronteras tiene su gracia pero conlleva un elemento de suspense. Cuando cedes tu pasaporte al guardia de turno, sea en un aeropuerto de primera o en medio de la nada, estás entregando tu pedacito de libertad y la vulnerabilidad te recorre el cuerpo.

Este viaje empieza en Galati, cerca de la desembocadura del Danubio. Tres fronteras en tres kilómetros (Rumanía, Moldavia, Ucrania). Preguntas discretas de la agente rumana mientras afirma, sin discreción alguna, que no le caen bien los ucranianos pese a no haber pisado jamás el país vecino. El funcionario moldavo, directo al grano: “¿gas lacrimógeno?, ¿cuchillo?, ¿pistola eléctrica? Pasen…”. El joven soldado ucraniano, ante una máquina de rayos X apagada, inspecciona con entusiasmo nuestras mochilas, se queda mirando una bolsita de lavanda e indulta una ensalada con un “No son drogas, ¿verdad?”. Así da gusto.

Hasta que llegamos a Transnistria. Mejor dicho, hasta que intentamos salir. ¿Y dónde está eso? Transnistria es un territorio encasillado entre la orilla oriental del río Dniester y la frontera con Ucrania. Autoproclamó su independencia a principios de los 90 tras la disolución de la Unión Soviética. Los soldados rusos se quedaron y también lo hizo el comunismo. Es un estado sin reconocimiento internacional que, en teoría, forma parte de Moldavia. En realidad, es un pequeño enclave de habla rusa que tiene sus propias leyes, su propia moneda, pasaporte, matrícula, himno y una bandera que mantiene el martillo y la hoz.

Los símbolos soviéticos –estatuas y calles dedicadas a Lenin, murales de realismo socialista, tanques de la armada roja convertidos en monumentos, grandes avenidas, una silenciosa pero visible presencia militar- abundan tanto en Bender como en la capital Tiraspol, cuyo equipo de fútbol es, curiosamente, campeón de Moldavia.

Transnistria es fascinante –no sólo por sus mujeres, que también-, pero resulta algo inquietante. Es como un museo viviente del comunismo anclado entre verdes praderas y un río resplandeciente donde no pasa el tiempo. Aquí se habla ruso y se mira hacia Moscú. La vida transcurre con normalidad pero hay algo que no cuadra.

Finales de abril. Nos despertamos con los ensayos para el desfile militar del 1 de mayo, Día del Trabajador. Las señoras de Tiraspol, acostumbradas al espectáculo, ni se inmutan. Un apagón nos obliga a bajar del vetusto trolebús hacia Bender. Un pasajero aparca el bus porque la conductora no ve claro lo de la marcha atrás. Este incidente y el perro agresivo que se nos cruzaría más tarde en el camino podrían interpretarse como una premonición de lo que ocurriría en la frontera.

Bus de Bender a Chisinau, capital de Moldavia. Un joven agente de fronteras registra los pasaportes. Se queda mirando los nuestros (Polonia, Irlanda, Reino Unido) y nota que falta algo. Nos bajamos del bus y su jefe, un burócrata oportunista de suspicaces ojos grises, nos dice que necesitamos una cartilla de inmigración. “O pagáis una multa o volvéis para la frontera con Ucrania”. Y punto. Todo esto en ruso.

Momentos de confusión, incredulidad e impotencia que pronto se tornan en cabreo. Nos negamos a pagar la multa (léase soborno). El autobús se va y nos quedamos tirados en tierra de nadie en un país inexistente. El oficial, amparado por su posición de poder, se niega a ceder. Nosotros tampoco.

Al cabo de un rato, llega otro agente uniformado, más regordete y conciliador. Dice que ha llamado a la frontera por la que entramos el día anterior, que se acuerdan de nosotros y que seguramente perdimos la cartilla. Pura mentira. Nunca se nos dio ni un papelito ni un sello. En este momento, me convenzo de que se trata de una trampa entre agentes para sacarse un dinerillo extra.

Finalmente, al ver que no cedemos, el poli bueno nos deja marchar. A los pocos minutos, nos recoge otro bus y acaba nuestra experiencia comunista. “Tranquilos, ahora estáis en Moldavia”, dice el conductor.

Chipre, la isla dividida

Cuando visitas Berlín, puedes imaginarte cómo sería una ciudad brutalmente dividida por un muro hasta hace apenas 30 años. Es historia reciente, pero historia. En Nicosia, capital de Chipre, experimentas esa división urbana en pleno siglo XXI. Esa separación, tan absurda como fascinante, se presenta en forma de barricadas, puestos de control fronterizo, alambres, banderas, soldados y tierra de nadie. En este escenario bélico, curiosamente, reina la paz. Una paz tensa en la que coexisten chipriotas, griegos y turcos desde 1974. Y así estamos.

 

Nicosia refleja perfectamente la paradoja de una isla cuyo gran valor y, a la vez, gran ruina, son los contrastes. Una isla que ha pasado por manos griegas, persas, romanas, cristianas, otomanas y británicas, ha sido incapaz de superar barreras geopolíticas y culturales que la mantienen en un estado de limbo. Ambos bandos están atrincherados en sus posiciones ideológicas, más pendientes de su madre patria que de su propio desarrollo e identidad.

El resultado son dos Chipres. La griega, más turística y desarrollada, forma parte de la zona euro y vive como cualquier otra isla moderna, a base de sol y playa. La costa de Paphos atrae a muchos turistas ingleses deseosos de temperaturas mediterráneas, mientras que el puerto de Limassol se ha hecho con la clientela rusa. Más al Este queda Larnaca, que guarda pequeñas joyas como un lago salado donde pasan el invierno miles de flamencos imperturbados por la cercanía del aeropuerto y la base militar. Por cierto, a orillas del lago queda Hala Sultan Tekke, uno de los santuarios del Islam, donde yace la tumba de la nodriza de Mahoma.

La llamada República Turca del Norte de Chipre es más rural y salvaje. La cordillera de Kyrenia se alza imponente en el horizonte y, en su vertiente sur, despliega dos enormes banderas –la de Turquía y la de Chipre del Norte, idéntica a la turca pero con los colores invertidos- estratégicamente situadas para ser vistas en Lefkosa (Nicosia). Es un ejemplo de las pequeñas provocaciones que se repiten a diario en forma de inútiles ejercicios militares en las zonas fronterizas.

Las balas al aire se pierden en un paisaje de naranjos, limoneros, castillos medievales, acantilados y estatuas del omnipresente Atatürk. Las universidades y las bases militares –con sus cercanos burdeles- aparecen como setas en un territorio más propicio a la agricultura y al turismo. En los últimos años, la caída de la lira turca ha pausado la inversión en infraestructura y, por ahora, los visitantes se pueden aprovechar de precios bajos. Desayunos a precios de merienda.

La construcción parece crecer alrededor de la ciudad portuaria de Girne (Kyrenia en griego), que recibe mucho turista turco por su proximidad con Anatolia. Muchos turcos hacen la travesía para jugar en casinos, prohibidos en el país de Erdoğan. El turismo  también despunta tímidamente en la ciudad amurallada de Famagusta, al sureste de la isla, cuya tajante invasión aún escuece a los grecochipriotas. El resto del Norte de Chipre presenta un panorama menos desarrollado y más salvaje, con carreteras vacías y pueblos pintorescos atrapados en el tiempo. Hombres bebiendo café o té en el bar y algún perro suelto cobijado a la sombra de una vieja iglesia o mezquita.

La presencia militar es más un estorbo que una ayuda o una amenaza. El ejército turco controla y bloquea muchas rutas que apetecería descubrir en coche, en bicicleta o a pie. Su despliegue sonoro hacia los montes Trodoos es otro ejercicio de futilidad militar. Irritar por hacer algo.

En Nicosia confluyen las dos Chipres, separadas por la famosa línea verde dibujada en 1964 para apaciguar las tensiones entre grecochipriotas y turcochipriotas. Esa línea divisoria que cruza la calle Ledra, se convertiría en frontera diez años más tarde con la intervención/invasión turca del norte de la isla. Hoy en día, se puede pasar de un lado al otro con pasaporte en mano. Los turcos, considerados ocupadores, tienen vetado la entrada al sur, o sea, a la Chipre oficial y reconocida.

A ambos lados de la frontera, se respira un ambiente sereno pero los contrastes son evidentes. Al sur, abundan las oficinas, los comercios y las franquicias de comida rápida. A medida que se acerca la frontera, las calles se estrechan y se vacían, sacando a relucir preciosas casas de fachadas blancas enmarcadas en piedra amarilla y rematadas con persianas verdes o azules. Edificios religiosos caídos en desuso se asoman entre palacetes y casas restauradas. Sólo algunos grafitis y murales dejan entrever la proximidad de la línea verde, que aparece de sorpresa en forma de calles sin salida y cabinas donde soldados solitarios hacen su turno claramente aburridos.

 

Pasado el cruce de Ledra, los edificios están más descuidados y se nota más bullicio en las calles. El té, los bazares y los kebabs contribuyen a la impresión de haber cambiado de país. La mezquita de Selimiye ocupa la antigua catedral gótica de Santa Sofía, una práctica muy típica tras la conquista otomana. El contacto y el contraste entre culturas es el gran atractivo de la ciudad y de la isla que, pese a su multiculturalidad, no cede y niega a unificarse.

Sábado de desmadre

Las crestas son cada vez más visibles en Myanmar © David H.

Los marginados se han dejado sentir alto y fuerte este fin de semana en Yangon. Punks con crestas y drag queens con plataformas están dando marcha y aire fresco a la vieja capital de Birmania. Propios y ajenos asisten con una mezcla de sorpresa y cierta normalidad a esta dulce transición social que hubiera sido impensable hace sólo unos años.

Yangon cuenta con una creciente legión de punks © David H.

People’s Park es una inmensa explanada verde -con parque de atracciones incluida- que protege la entrada oeste de Shwedagon Pagoda, símbolo dorado de la ciudad y lugar de culto para budistas y birmanos. Desde una esquina, bajo el cobijo de dos grandes aviones retirados, brota el murmullo de acordes y melodías familiares. Mientras el sol se esconde en el horizonte, bajo la serena mirada de la estupa dorada, escucho los sonidos de antaño. Alkaline Trio, Against Me, Anti-Flag, Offspring, Bad Religion, Rancid, Rise AgainstThe Distillers Pennywise emanan con renovado vigor desde unos altavoces muy castigados.

Los punks locales tienen pinta y actitud © David H. Sábado de pogos en People's Park © David H.

Varios grupos toman la alternativa en el escenario pero la imagen y el mensaje están en el público. Chavales vestidos con tejanos y chupas de cuero adornadas al más puro estilo del punk ochentero salen a relucir. No faltan las botas militares, los parches, los pinchos, las crestas y el pelo engominado para un look muy cuidado que casa bien con la tez oscura de estos pequeños aprendices de punk. Incluso los niños lucen algo confundidos este atuendo rebelde que contrasta espléndidamente con los vestidos de colores y las faldas a cuadros de los birmanos.

El guitarrista de No U Turn durante el concierto del sábado en Yangon © David H. The Rebel Riot y No U Turn comandan con sus guitarras y cánticos este diminuto ejército de punks que está encontrando su sitio en un país que ha sido propulsado al siglo XXI de la noche a la mañana. El hecho de que puedan campar a sus anchas a un centenar de metros del venerado Shwedagon es ya un triunfo de su libertad. Y todo esto, por cierto, auspiciado por la embajada de Suiza.

Los suizos Überyou derrocharon buenas vibraciones en Yangon © David H.Mientras los punks dan saltos de libertad en un rincón de Pyay Road, un poco más arriba Yangon sale del armario en la noche grande del festival LGBT &Proud. El Instituto Francés, adalid de la cultura sin censura ni fronteras, acoge una fiesta llena de purpurina, lentejuelas y desenfreno. El escenario se llena de clásicos ochenteros bailados con una alegría, regocijo y descaro libres de etiquetas y orientaciones sexuales. Las drags se meten al público en el bolsillo con sus movimientos exagerados y dan fervor a una fiesta reivindicativa que simboliza el progreso de una sociedad silenciada durante 60 años de dominio militar.

Myanmar sigue siendo una democracia débil con muchas heridas abiertas pero que punks y gays puedan celebrar su identidad a viva voz y sin represalias demuestra la buena salud del país. Y poder vivirlo en primera persona me hace sentir feliz y afortunado. ¡Que la fiesta no decaiga!

Texto: J.B.
Fotos: David H.

Esperando el 552

Miércoles de mayo en Melbourne. El día amanece con sol, cielos azules y temperaturas otoñales. Un paseo matinal me lleva desde Brighton Beach, donde los chinos toman fotos delante de las pintorescas casetas de madera, hasta el sosegado barrio de Saint Kilda, un enclave bohemio a orillas del mar. Todo muy tranquilo y bastante hippy. ‘Fish and chips’ para comer, como si estuviéramos en una versión liviana de la costa inglesa. Los escaparates de las numerosas pastelerías en la calle principal me tientan a poner un final dulce al merodeo costero.

A media tarde, el tranvía penetra el skyline de Melbourne y me apeo en Smith Street, en Fitzroy, el barrio más musical y hípster de la ciudad. Bares, cafeterías, restaurantes, tiendas de discos y tiendas de segunda mano atestan y dan vidilla al sinfín de edificios de época victoriana modernizados con grafitis. A cada paso hay algo que ver y mis pies me dirigen a varias librerías y tiendas ‘vintage’. Quince pavos más tarde, salgo con unos pantalones de segunda mano y un libreto para colorear dibujos de los Ramones, Led Zep y Bowie. Hey, ho!

Acabo calle arriba en Preston, esperando el bus 552. En la parada, un aborigen con ‘didgeridoo’ me da el visto bueno cuando le digo que soy inglés. Me muestro un poco esquivo porque es de noche y no sé de qué palo van los pobres aborígenes urbanos que tienen mal beber. Éste parece inocuo y, según parece, se gana la calderilla tocando en centros comerciales.

El aborigen con didgeridoo se queda en segundo plano soplando su instrumento cuando ocurre la situación más extraña y divertida del día. Una pareja joven y arreglada se para enfrente de mí y me suelta:

“Tienes la luz de Jesús dentro tuyo”

Perplejo, tardo un rato en darme cuenta que son unos fanáticos cristianos en busca de víctimas para su causa. Visto que el bus no pasa y que la tía está buena, les doy palique. Con ojos ardientes, me invitan a su iglesia. Les digo que me eduqué en colegios católicos y que ya me conozco el sermón. Insisten en que no tiene nada que ver con el catolicismo y no tardan en contarme sus historias.

La rubia, un bombón, me explica que sus padres habían muerto, que su hermana era una alcohólica y que ella sufría de anorexia cuando Jesús la salvó. Y aquí estaba, tan feliz y embriagada por el espíritu santo y la madre que lo parió.

El discurso es tan impostado que pienso que son actores y me imagino la cámara oculta a la vuelta de la esquina. Aunque la conversación me entretiene, yo les doy largas. En parte, me ofende que estos dos payasos bien vestidos piensen que pudiera ser tan crédulo. Por otra parte, me motiva el hecho de acompañar a la rubia al lado oscuro.

Al final, la cosa queda en nada porque el bus 552 decide pasar y estropear la fiesta. En un último intento desesperado, el tío, un embustero de fina barba y deje demoníaco, me pregunta si tengo un problema con mi rodilla izquierda. Buen truco. Como he dicho, me conozco el sermón y no caigo en esa vieja trampa. Y ahí queda la cosa. Que Dios nos pille confesados.

Titanic en Rakhine: ni tocados ni hundidos

Lunes por la mañana. Día festivo en Myanmar. Antes de regresar a Yangon, acabamos el fin de semana de sol y playa con una excursión en barco rumbo a la isla de Gwa. Ya habíamos sobrevivido ocho horas en autobús por carreteras de curvas polvorientas, el tedioso control de pasaportes en la frontera de Rakhine y un divertido trasbordo con veinte personas encima de un tuktuk de andar por casa. La fiesta del sábado, con barbacoa, música alrededor de una fogata, cervezas y baños nocturnos en paños menores, estuvo a la altura de las circunstancias.

El domingo, más sosegado, me llevó por accidente a una boda local donde el alcohol brillaba por su ausencia. En estos casos, sólo hace falta quedarse un rato fuera observando el panorama para que te inviten, te sientan con los novios y te ofrezcan cafés, refrescos azucarados y bebidas energéticas que no quieres. Al cabo de un rato, una vez encandilados a los invitados con nuestra presencia europea, nos volvimos al campamento y la noche se fue apagando a fuego lento.

¿Por dónde iba? Ah sí, el momento Titanic. Un barco de bambú construido por fascículos y treinta personas a bordo no parece, a priori, una buena idea pero, en Asia, es el pan de cada día. Aquí hacemos lo que no se nos ocurriría en casa, como ir en moto sin casco por caminos de tierra o saltar de un tren en marcha con chanclas y a lo loco. Los seguros y las reglas no existen o se ignoran, todo se improvisa al momento y, junto al riesgo, se aprecia esa incomparable sensación de libertad.

Total, que a un kilómetro de la costa, el extractor de agua deja de funcionar y el barcucho de bambú empieza a llenarse de agua. El chaval que maneja el chiringuito no da abasto y nos piden que saltemos para aligerar la carga. Al ver el bote salvavidas -una inestable canoa de madera para no más de nueve personas-, pienso en aquello de “mujeres y niños primero”. Sin embargo, el bote no se llena y decido meterme dentro. Aunque algunos se tiran al mar en plan Vigilantes de la Playa, me doy cuenta de que la situación no es tan seria cuando la gente se preocupa más de poner a salvo sus cámaras y móviles que de hundirse. La situación fue bastante cómica, incluso para los birmanos que, pese a vivir rodeados de costa, no saben nadar.

Mientras los demás quedaron dispersados en alta mar, los primeros supervivientes desembarcamos cual Robinson Crusoe en la isla de Gwa. Por desgracia, la playa no escapa de la acción contaminante del hombre pero sus aguas acogen un fascinante despliegue de medusas, corales y peces de colores tropicales. Personalmente, me quedo con la belleza paradisíaca de la isla de Bhell, unos kilómetros al norte, desierta e impoluta.

 

Tras el accidentado paso por la isla, emprendimos el viaje de regreso a casa. Y volvimos, por supuesto, en el mismo barco que casi nos hundió. 😉