Mexpresiones (I): «Ya está. Ya quedó»

Hoy es 15 de septiembre, Día de la Independencia de México. Aprovecho la ocasión para desempolvar el blog y empezar una serie dedicada a las expresiones más mexicanas que he escuchado en mis cuatro años en el país.

Comienzo con una frase que se escucha cuando hay que arreglar algo pero se hace a medias. En mis primeras semanas en Ciudad de México, ya fui testimonio de lo que en España llamaríamos «chapuzas», una palabra que, junto al «no me apetece», hace especial gracia a mis amigos mexicanos.

El caso es que, cuando algo no funciona y hay que arreglarlo, se soluciona temporalmente y «ya está» o «ya quedó». Esto puede ser un apagón debido a una sobrecarga eléctrica, un ascensor en mal estado, una cañería rota, un bache en la calle, o cualquier obra en necesidad de reparación.

Si algo falla, se llama a alguien que tenga (pocas) nociones y se pone un parche al asunto. Con el «ya está» o «ya quedó», el experto se va a su casa y problema arreglado… hasta el día siguiente. La cuestión es salir del paso y mañana ya será otro día.

Esta expresión refleja la actitud del vivir para hoy y dejar las cosas por hacer. Es la antítesis de «lo barato sale caro» y un trabajo bien hecho. En caso de duda, se pinta por encima y hasta la próxima.

Oír esta expresión puede ser causa de frustración o admiración. Que cada uno se lo tome a su gusto. Y aquí lo dejo porque «ya quedó».

Visto en México

Cuando viajamos, tendemos a confirmar o desmentir estereotipos creados a través de los medios, las películas, el arte, la literatura o nuestra propia imaginación. También comparamos el país o la ciudad que visitamos con nuestra realidad más cercana. Es humano contrastar, criticar y formar opiniones. Cada cual tiene su perspectiva del mundo y la realidad es subjetiva.

Detrás de los estereotipos siempre hay una pizca de verdad y, cuando nos topamos con ella, confirmamos nuestras expectativas y lo compartimos con el mundo. El riesgo, evidentemente, es caer en la generalización y sentar cátedra, quedándonos en lo superficial de una cultura.

México, donde vivo desde 2020, es el país que más ha confirmado ciertos clichés, al menos los buenos, y me hace pensar si realmente son así los mexicanos o tiene más que ver con mi sesgo cognitivo. En cualquier caso, y sin ánimo de crear prejuicios, comparto tres: la música, la comida y la colores.

EL RITMO DE LA VIDA

El silencio brilla por su ausencia en la ciudad. Hay miles de ruidos que inundan las calles a todas horas. El grito del gas hace las funciones de gallo despertador. Una reunión de Zoom se verá interrumpida por la grabación en bucle del «¡Se coooompran colchones, refrigeradores…!» del ropavejero. En los tianguis, que son los mercados callejeros, las voces más estridentes anunciarán su producto acabando con un «Le damos precio. Pásele». A todo esto, cabe añadir las sirenas de las ambulancias, el cláxon de los conductores impacientes, los arcáicos organilleros y las señales acústicas procedentes de vendedores ambulantes de camotes, frutas, tortas (bocatas) y helados, por citar unos cuantos.

No en vano, las fiestas patrias se inician cada 15 de septiembre por la noche con el famoso grito de la independencia. Entre todo este paisaje sonoro, está la música popular, que suele salir de bocinas (altavoces) a cualquier hora del día. La música regional, especialmente la banda sinaloense, se escucha a todo bombo, sea desde una tortillería, una tienda de abarrotes o el camión de la basura que, a su vez, anuncia su llegada con una campana. Las rancheras y los mariachis se unen a esta fiesta sonora en la que últimamente, se está colando el reggaetón.

LA SENDA DEL TACO

Si uno viaja a México, no pasará hambre. Asociamos el país a todo tipo de antojos hechos a base de harina de maíz. Los tacos, en toda su diversidad (al pastor, suadero, campechano, de carnitas, de canasta, de barbacoa, de cochinita…), son el sustento de la nación. Están en todas partes y se comen a todas horas. Con verdura (cebolla y cilantro), salsas (roja y verde) y limones, se piden, se sirven y se engullen con anhelo.

Una orden de tacos se acompaña de la bebida nacional que no es ni la chela (cerveza), ni el pulque, ni las aguas de sabores, ni el mezcal, ni mucho menos el tequila, sino la omnipresente Coca-Cola. En cualquier esquina habrá alguien zampándose un taquito, posiblemente balanceando su plato en el capó de un coche. Sí, la escena del policía gordito metiéndose un par de tacos entre pecho y espalda con música de banda de fondo es común encontrarla y riza el rizo de los estereotipos.

CON LOS OJOS ABIERTOS

La mexicanidad entra por el oído y el estómago pero, sobre todo, por la vista. Los colores vivos, la luz natural y las formas atrevidas, tan bien representados por artistas como Rivera, Orozco, Siqueiros, Velasco, Dr. Atl, Camarena, Kahlo y Carrington, se reflejan en todo el país. La inspiración, sin duda, es la naturaleza y esta entra con fuerza y descaro.

El espectáculo visual se observa en casas pintadas con colores chillones, buganbilias que tiñen sus hojas de rosa chilango, pétalos de cempasúchil que marcan en naranja el camino de los muertos, el vistoso despliegue de frutas exóticas que nos transportan a tiempos prehispánicos, las artesanías regionales que juegan con preciosos estampados multicolor e incluso el diseño llamativo de las modernas camisetas de fútbol. El estallido de colores y los juegos de luz penetran en cada aspecto de la vida y exponen México al mundo.

Puede que estos paisajes se adapten a la imagen que tenía o que buscaba del país. Puede que sólo sea mi propia realidad y que un local lo vea con ojos muy distintos. O puede que no. En cualquier caso, animo a que cada uno lo experimente en primera persona y se de un festín para los sentidos. No saldrá decepcionado.

London Curtain-call

Anne Begg, in the centre of the picture wearing a white dress, flanked by husband Gordon (left) and brother Ean Begg, both wearing kilts.

London will always be number 9 Markham street. London will always be Granny Begg. The grey house halfway along the street, just off King’s Road in Chelsea. That was the first stop of our yearly family holiday, thick white clouds and mild English summer weather signalling a month of excitement ahead. That was also our last stop, heading back to Barcelona with fond memories of the Kent countryside and contrasting big city lights while menacing clouds threatened another early autumn in August.

On arrival to number 9, my sister and I would rush up to ring the bell and peep through the beautiful bay window expecting to detect that familiar voice. “Uh-oo”. The moment we heard that recognizable cuckooing tone with its ensuing regal hug, we knew we had arrived.

Entering that home, with its wooden smell and creaky carpeted stairs, was like entering a different time period. As kids, it felt like discovering Narnia except the magic world was the actual house, wardrobe and all. Rows of books, decaying furniture and old pictures on the walls. My grandfather’s portrait looking over us above the ever-sinking sofa. A house full of memories, a building full of character. My dad would make a point of using the little garden loo, cleverly decorated with a photo collage my grandfather had put together with pictures of girls and grapes.

My last visit to number 9 Markham street in 2020.

There were plenty of stairs, something my dad constantly moaned about and that would eventually become a hindrance for my aging grandma. As a kid, the stairs were my playground and I would slide up and down them creating stair climbing and descending competitions in my mind. I remember the intimidating grandfather clock which would strike and scare the hell out of us. Granny put my sister’s worries to sleep by confronting the clock and showing her there was nothing to be frightened of. When it eventually made its final trip to Spain, it never chimed again. More fun was provided by the telephones, one in the top-floor bedroom, one in the hall and one in the kitchen below. My sister and I would enjoy listening in on conversations and pretending we’d already hung up. We could’ve done a good spying job for the Stasi!

Markham street was the gathering place for the Begg family and friends for decades. It was a very exciting place to be around. I loved to hear the bell and open the door to some of the regular visitors like uncle J, uncle Ian Douglas or uncle Ean Begg with his thundering voice. It was a fixture in the calendar, with plenty of wine to accompany smoked salmon tartines and my dad’s renowned Spanish tortilla, cooked with the olive oil expressly brought over from Spain. I loved those occasions where the house was inundated with loud chatter, fascinating stories and generous servings of food and drink. When it had all died down, including the quarrels, the emptiness felt stronger than ever and I thought of poor old Granny who had to sit in that empty house of memories throughout the long sunless winter.

My grandmother would make a point of not being around the house while we were there. Even in her eighties, she would sneak off to the library or she would keep herself busy volunteering at the V&A or Westminster Abbey. When I was in my early twenties, she showed me around “the abbey”, moving with care and, quietly but proudly, introducing her “grandson from Spain”.

Like her contemporary, the Queen, she felt at home in these grand settings, and no more so than in the theatre. Young Anne Owen was an up-and-coming actress who shared a scholarship for the Royal Academy of Dramatic Art with none other than Roger Moore. Theatre had been her refuge from her mean mother, and bright little Anne embraced Shakespeare as a language in itself. During the war, now a blooming actress, she toured around Europe performing plays for the troops. The tour continued in England, where one charming, witty and determined officer, Major L.G. Begg, followed her from town to town on his motorbike and, eventually, wooed her away from the stage. Why did she give up acting? “That’s what you did in those days” is usually the common answer. She would accept this and never expressed any regrets, showing loving loyalty to her ‘Gordie’.

She might have left the theatre to start a family but the theatre never left her. Years later, Granny’s intelligent blue eyes sparkled whenever she took her two grandchildren to the West End. She would chaperone us through all the protocols and etiquette that any respectful theatre-goer should follow. She would point out the “gods” -the cheap seats in the highest part of the theatre- and she would gracefully allow us to have ice-cream during the interval, not before time. We felt honoured to go to the theatre with her, whether it was modern musicals like Starlight Express or long-running plays such as The Mousetrap. Going to the theatre has remained a tradition ever since and I still sense the same magic to this day.

Anne Begg died at the end of March as she was approaching her 95th birthday. Her house goes with her but the memories remain. London will not be the same without Granny or the house at number 9. I’m just grateful for being part of that for all these years and, thanks to my sister, my nephew Liam and niece Lola also got a glimpse of our London.

El arte del engaño

«En México, no te fíes de nadie. Absolutamente nadie. Te van a intentar engañar.»

Esa fue la primera advertencia que me dio un español a las pocas semanas de aterrizar en Ciudad de México. No iba yo pidiendo consejos pero me lo dijo con el rostro serio de quien ha sido engatusado en más de una ocasión, sea por amor, por negocios o por los dos.

Con el paso de los meses, me he expuesto en varias ocasiones a las promesas vacías de algunos mexicanos, provengan del casero, del vecino o del vendedor de frutas. Por lo general, soy un tipo esquivo, acostumbrado a detectar intentos de estafa por mi pinta de anglosajón. Incluso en la uni me utilizaron de cebo para ver si cobraban más a los guiris en la Rambla. Vamos, que pocas veces caeré en la picaresca del falso amigo que sólo vela por sus propios intereses.

Aún así, debo admitir que el mexicano miente muy bien, con estilo. En su jerga, existe una palabra para denominar discursos largos e insustanciales que llevan al engaño. Es el choro y chorear podría ser deporte nacional. No sé si esto se extiende a Latinoamérica pero me imagino que sí.

Creo que el arte del choreo consiste en creer tu propia mentira. Sonarás más convincente si te crees la trola y saldrás con la conciencia tranquila al incumplir tu promesa.

Un ejemplo. Mi vecino promete arreglarme la ducha. Emite un sentido discurso sobre la amistad y el compromiso e incluso fijamos una hora para que la labor se consuma.

«¿A las 8 de la mañana? Por supuesto, estoy a tu total disposición. Mañana reservo el día para tí y, como buen amigo, sabes que puedes contar conmigo para lo que quieras. Allí estaré, sin faltar. Carnal.»

Este discurso, que me deja medio compungido, es un choro en toda regla. ¿Por qué? Porque al día siguiente, como es de esperar, el tipo no se presenta. Eso es precisamente lo que hace un buen chorero. Te promete el cielo, sabiendo bien que es pura farsa y, al día siguiente, actúa como si no hubiera pasado nada.

Por lo general, el chorero se quedará tan pancho y no hay que esperar disculpas ni mucho menos pedir explicaciones. En algunos casos, te ofrecerán nimias excusas inventándose otro choro y, nuevamente, quedándose tan panchos. Un círculo vicioso de la mentira, vaya.

Un amigo mexicano que trabaja para un famoso fabricante de coches afronta estas situaciones a diario. ¿Que un proveedor asegura que tendrá el pedido listo en un par de horas? Calcula días, si es que se acuerdan de ti. ¿Que te llamarán cuando llegue la pieza? Ves buscando otro sitio porqué lo más probable es que no te llamen… Él lo sabe bien porque es de aquí y seguramente habrá tenido que inventarse más de un choro para justificarse ante sus jefes gringos.

¿Cómo podemos lidiar con esta constante en nuestro día a día? Pues detectando el choro y disfrutándolo sin esperar absolutamente nada a cambio. Asumamos y admiremos el arte del engaño como algo tan típico como los tacos y los mariachis. Paciencia y ¡Viva México!

¿Alguien dijo terremoto?

México es un país plantado en medio de varias placas tectónicas y la capital está construida sobre una zona lacustre, con lo cual hay muchas papeletas de vivir un terremoto. Mi primera experiencia ha sido… ¿decepcionante? A ver, que no haya pasado nada es buena noticia y no pretendo frivolizar con un fenómeno natural que puede resultar devastador, pero tengo la impresión de ser el único pringado que NO ha notado un sismo de 7.5 en la escala de Richter (tétrico legado el de este físico norteamericano, ¿no creéis?).

Los vecinos reacccionaron con estoicismo de Churchill.Corrían las 10.30 de la mañana. Acababa de salir del mercado El Chorrito y enfilaba en bici camino a casa cuando, por unos altavoces, sonaba la alerta sísmica. Sinceramente, no sabía que tenía que hacer así que esperé a ver qué hacían los demás, más entrenados en estas vicisitudes. De golpe, los vehículos pararon y la gente empezó a ocupar las calles cual hormigas salidas de hibernación. Fue una estampa tierna dentro de la posible gravedad del momento. Los vecinos se veían las caras, se saludaban y se produjo esa solidaridad tan típica en momentos de mal mayor. Una niña salía de su taller de cocina con las manos enharinadas y sus tortillas a medio hacer. Hubo mucha calma y conexión humana. ¿Por qué las catástrofes y las tragedias unen más a los seres humanos?

En la calle Gelati, apartado de los edificios más altos (tres plantas), la señora que tenía al lado comentaba lo fuerte que era el terremoto y apuntó al meneo de un poste de electricidad. Yo, seguramente ensimismado en la emoción del acontecimiento, no lo vi ni lo noté. A ver, tampoco esperaba calles desgarradas, edificios derrumbados y gritos de pánico. Pero un ligero temblor bajo los pies sí me imaginaba. Otra cosa hubiera sido de haberme pillado el sismo en una sexta planta en Condesa o Roma, colonias especialmente sensibles a los temblores.

En fin, el suceso ha quedado en nada. Sé que hay personas que han notado la sacudida como si fuera el balanceo de un barco en plena tormenta o como los cañonazos que zarandean la casa de la familia de Mary Poppins a las seis de la tarde. Ojalá no tenga que pasar por eso, pero asumo el riesgo. La naturaleza es suprema, pero episodios como este también sacan a la luz nuestro lado más humano.

El Everest en bicicleta

Referencias a picos sudamericanos

He subido el Monte Everest en bicicleta, con mascarilla pero sin oxígeno. Mi recorrido atraviesa el Monte Cáucaso y los Cárpatos hasta dar con los Alpes, donde me desvío brevemente por el Monte Blanco. El camino de vuelta cruza los Apalaches y las Rocallosas, antes de descender el Aconcagua y el resto de los Andes. De allí, doy el salto hacia a los Urales y tomo el camino a casa a través de los Vosgos.

Parque público Cárpatos

Los muebles de bejuco, palma y mimbre son populares en Lomas de ChapultepecTodo esto lo hago en menos de una hora y sin salir de la Ciudad de México. De hecho, no abandono siquiera Lomas de Chapultepec, una preciosa colonia ajardinada cuyas calles empinadas y serpenteantes reciben nombres de cordilleras y montañas del mundo. El paseo ofrece una ruta bíblica por el Monte Hermon, el Monte Sinaí y el Monte Líbano, pero también permite trazar la mitología griega por Párnaso, Athos y el Monte Olimpo. A más altura, se sitúan Elbruz y Ararat, colosos del Cáucaso.

La Vuelta a Lomas reserva una breve etapa en los Pirineos y un itinerario por los grandes volcanes de América, desde la Sierra Grande estadounidense hasta el Monte Antuco chileno pasando por el Irazú (Costa Rica), la Sierra Cotopaxi y el Monte Chimborazo, dos techos ecuatorianos.

Las sierras mexicanas están bien representadas en la séptima sección de esta rica zona en embajadas y mansiones, y alternan sugerentes nombres prehispánicos (Mazapil, Tejupilco, Jiutepec, Tlacoyunga, Ixtlan, Acultzingo) con adjetivos hispánicos un tanto prosaicos (Sierra Negra, Sierra Fría, Sierra Gorda, Sierra Mojada).

Detalle del parque de Barranca de Barrilaco Montañas Rocallosas Oeste y Monte Cárpatos

El diseño de este Grand Tour deja en la cuneta puertos importantes como el Kilimanjaro africano, mientras incorpora pequeñas pendientes como los Montes Cheviots -una cadena en la frontera anglo-escocesa- o Auvernia, en el Macizo Central francés, propicio terreno rompepiernas.

Mapa de Ecobici Cruce de Hernán Cortés y Virreyes 2

Más allá de los Cárpatos, las calles dejan paso a Virreyes y Corregidores. Entre ellos se cruza, literalmente, el nombre de Hernán Cortés, actualmente exiliado frente la embajada de Corea del Sur. Esta es una de tantas curiosidades del destino que regala el callejero defeño. La mejor metáfora, de la ciudad y del país, es que (las avenidas de) los Insurgentes y la Revolución siempre terminan en Reforma. Pero eso ya es otra historia.

Cerebros lavados y manos sucias

Pasado un mes de semi-confinamiento por el Covid-19, el Gobierno de México empieza a tomar medidas más visibles. En la ciudad, algunas estaciones de metro han cerrado, se ha acordonado el acceso a la mayoría de parques públicos, la policía empieza a supervisar el uso de mascarillas en los mercados, y las calles están empapeladas con carteles que apelan a quedarse en casa. Aún así, el gobierno no se atreve -y, seguramente, tampoco pueda permitirse- emitir una orden de cuarentena más estricta, con multas y toques de queda.

Un paseo por Lomas de Chapultepec -colonia de embajadas y lujosas mansiones- y Polanco -zona financiera y colonia judía- me confirma una teoría: los ricos están acatando la cuarentena desde la comodidad de sus casas con jardines y terrazas. Los policías observan desde sus coches las calles vacías, sin mucho que hacer. En los suburbios populares hay más movimiento y, por ende, es allí dónde se extenderán los casos de infectados y muertos, cuyas cifras están siendo completamente inventadas por el ejecutivo. La mayoría de trabajadores vive de la economía informal, o sea, que si no trabajan, no cobran, y por eso se resisten a cerrar. Muchos se niegan a creer en la amenaza invisible del coronavirus.

El tráfico en mi calle se ha reducido considerablemente y el ruido más molesto me llega ahora de los vecinos. Un endeble muro de cartón yeso me separa de una tienda de abarrotes. El señor que lo regenta es un padre de familia de mediana edad y voz extremadamente compungida. Sus frases más repetidas son “No tenemos”, “No nos queda” y “No ha llegado”. Su producto estrella es la Coca-Cola y tiene la costumbre de poner las mismas baladas pop cada mañana. Pero lo que más me irrita es la emisora cristiana que lava su cerebro y  la de muchos mexicanos a base de sermones incendiarios. Me dan ganas de responder con Slayer, Marilyn Manson o Sepultura…

No es una mala persona, todo lo contrario, pero su ignorancia azota y amenaza a gran parte del país. Entiendo que tenga que generar ingresos para mantener su negocio a flote y velar por su familia, pero poner su fe en Dios para superar esta crisis sanitaria es un craso error. Esta mañana, sin ir más lejos, han pasado unos trabajadores municipales para inspeccionar los negocios que aún quedan abiertos y nuestro amigo les ha dicho, tan pancho, que Dios le protegerá.

A ver si nos enteramos de una vez. No busquemos una solución metafísica a un problema físico. La religión es el opio de los pobres y ha sido una gran arma para someter al pueblo, a golpe de miedo, durante siglos. Pero es pura farsa. Ya estamos en el siglo XXI, ¡por favor! Está bien actuar de una forma cristiana y ayudar al prójimo, pero a mi que no me vengan con fábulas ridículas y dañinas. Un Dios que condena el aborto y la homosexualidad mientras tolera el abuso sexual y las epidemias no me representa. No necesito la fe, la confesión ni la compasión divina para arreglar mis problemas. Creo en la ciencia y en la naturaleza y paso de creencias sobrenaturales que no vienen a caso.

Los predicadores que siembran odio y se aprovechan de la ignorancia del populacho pueden bañar su crucifijo en lejía y esconder sus despreciables discursos tras una mascarilla insonorizada. Si existiera la voluntad divina, estaríais postrados en una cama de hospital rezando para que os cayera del cielo un respirador. Dejad de lavar el cerebro y lavaros las manos. ¡Ándele!

Paisajes sonoros de México

Vendedor de helados

Cada ciudad y cada cultura incorpora un paisaje sonoro particular. En Birmania, los mantras budistas marcan el inicio del día y los aullidos de los perros callejeros pregonan la noche. En Inglaterra, la melodía encantadora del furgón de helados saca a niños y niñas de sus casas en verano. En Canadá, los tranvías anuncian su paso mediante un chirrío eléctrico, mientras que cada estación de tren en Eslovaquia cuenta con su melodía propia. En la campiña de Italia, el repique de campanas y el sonido del gallo se adelantan al alba. Y en países musulmanes como Turquía y Macedonia, las llamadas a la oración emanan desde lo alto de los alminares y dotan a la jornada de un orden religioso.

Sonidos exóticos, sonidos mundanos. Agudos, graves, distorsionados, nítidos, imperceptibles, estridentes, molestos, tiernos, repetitivos, únicos, mecánicos, orgánicos, pegadizos, cansinos, nostálgicos. El sonido nos rodea y nos provoca constantemente. No podemos escapar de él.

México, un país que entra por la vista y el oído a todo volumen, presenta un mapa sonoro muy peculiar. Mantiene el eco de profesiones ya extintas en Europa y cuyas melodías, cantinelas, instrumentos y voces nos transportan a un tiempo pasado.

El organillero

(c) esasandy_lokUna melodía mecánica y desafinada se eleva por encima de calles transitadas, pero no destaca precisamente por su tono agradable o el virtuosismo del instrumentista. Las notas salen de la máquina del tiempo que es el organillo. Esta caja de madera la opera un hombre o una mujer con uniforme caqui que, simplemente, debe girar una manivela para activar la musiquita. El tono es irregular y de baja calidad a la vez que hipnótico y entrañable. Apenas se distinguen las canciones entre sí. La escena resulta más patética y nostálgica cuando el organillo se acompaña de un mono de peluche tocando los platos. ¿Quién da una monedita?

El carrito de los camotes

El carrito de los camotesSi oyes un chirrido extremadamente agudo y molesto que penetra hasta la médula, es muy probable que sea el platanero. Muchos asociamos este ruido al afilador de cuchillos y navajas, pero, en este caso, el silbido inoxidable procede del carrito de los camotes, una pequeña locomotora a leña que calienta los plátanos, el camote (moniato) y el nopal. El vapor que expulsa por la chimenea provoca la estridencia que incluso el más sordo logrará percibir. El plato estrella, servido sobre una bandeja de poliestireno, es el plátano macho con leche condensada, canela y miel. Un subidón de azúcar para añadir al shock sonoro.

El ropavejero

“Se compran colchones, tambores, refrigeradores, lavadoras, microondas o algo de fierro viejo que venda”. Esta voz femenina sale de los megáfonos de las furgonetas de todos los chatarreros de la ciudad. Al principio, pensé que la chica lo iba repitiendo a viva voz en cada esquina, de ahí su timbre cansado. Pronto me percaté que la niña no poseía el don de la ubicuidad y que se trataba de una grabación. Al parecer, lo registró la hija de un ropavejero después de varias horas de tomas. El resultado es una cantinela tan pesada como pegadiza que todo visitante a la ciudad oirá más de una vez. Estuve tentado de vender la nevera rota de mi casero tras oír el verso por enésima vez. Otra variante es el grito de «¡hierro!» a primera hora.

El barrendero

No sabía dónde tirar la basura hasta que sonó la campana, literalmente. El barrendero anuncia el inminente paso del camión de la basura con una campana de mano. El camión se para en la calle y un nutrido grupo de limpiadores recoge y -¡atención!- separa los residuos. Por cierto, los operarios trabajan sin guantes, ni mascarillas, ni nada. Un sonido más en mi día a día mexicano, más allá del motor de coches, los corridos radiofónicos y las sirenas de policías y ambulancias.

Ventana indiscreta

Una semana dedicada a buscar piso y, de paso, conocer Ciudad de México. Horas con el teléfono en mano enviando mensajes y organizando citas. Algunos pisos son preciosos pero se salen de presupuesto, otros son lo más parecido a un burdel sin putas. Al final, todo queda reducido a dos candidatos.

El primero es un estudio en la avenida Insurgentes, situado entre los barrios hípster de Condesa y Roma. Está amueblado y me lo ajustan al precio que quiero. Listo para entrar a vivir.

El segundo está a 5 minutos de mi AirBnB en San Miguel Chapultepec, un barrio muy tranquilo a tiro de piedra del gran parque urbano. Me topé con un cartel de departamento en renta y le eché un vistazo. Mismo precio que el primero pero este aún está en obras y el dueño tiene mil visiones de cómo dividir los espacios.

¿Adivinen con cuál me quedo? Mi historial buscando pisos no es muy bueno y suelo sufrir el remordimiento del comprador. En Yangon, me quise ir de un piso nada más instalarme porque le faltaba una capa de pintura y tenía unos barrotes en las ventanas (luego los quité y me acostumbré). En Bucarest, tuve una discusión con el propietario -un homus sovieticus que se pensaba que le iba a montar un harem por pedirle un sofá- y me quedé sin piso ni adelanto, maleta en mano. Así que es inevitable que el destino me llevara a la calle General Cano de San Miguel de Chapultepec.

Lo elegí porque queda cerca del trabajo y de un enorme parque. Además, algunas callejuelas me recuerdan a Sarriá. Esta vez, iba con la lección aprendida -o eso pensaba- y redacté un contrato que el propietario no tuvo inconveniente en firmar. El hombre, un señor de 70 años bien llevados, bigotito incluido, empezó a platicar, como dicen aquí, y me contó su vida. Su abuelo emigró de Cataluña e hizo fortuna con una empresa de lonas. Su padre era un big spender –“se llegaba a gastar un millón de pesos en una semana y no sabía en qué”- pero su madre compró propiedades y mantuvo la familia a flote. Hasta aquí, bien.

Mientras hablamos, contrato firmado y transferencia en el aire, me doy cuenta que pasan muchos coches. Vaya suerte la mía, veo que me voy a instalar en la calle más ruidosa del barrio más tranquilo de Ciudad de México. La ventana principal debería filtrar un poco el sonido del tráfico pero aún no se ha instalado.

El remordimiento del comprador empieza a surtir efecto cuando nuestro protagonista -mi actual casero- admite que fue un joven violento, un valor que supieron apreciar los narcos y la mafia neoyorquina. Eso sí, su principal negocio fue fabricar muebles para hoteles, una empresa que le hizo rico pero que también le llevó a la cárcel por fraude. Todo esto me lo cuenta mientras estoy a punto de hacerle una transferencia de 14,000 pesos. ¡Tierra trágame!

Pues eso, cuando se trata de pisos, siempre acabo siguiendo el camino más difícil. Escribo esto desde la habitación de mi bajo sin ventana. Mi casero se ha marchado a Cuernavaca y mañana tengo que abrir la casa a su lampista de confianza, el cuál sólo es capaz de describir su barrio en los extrarradios como “muy peligroso”.  Me lo pasaré bien aquí. Se admiten visitas.

Los ciclistas toman las calles

Nunca me siento tan libre ni tan feliz como cuando estoy encima de una bicicleta recorriendo caminos nuevos. Una excelente forma de descubrir una ciudad es pedaleando, algo que es cada vez más fácil gracias al sistema de bicis compartidas que han adoptado la mayoría de grandes urbes. En Ciudad de México, una megápolis saturada de coches, el Ecobici ofrece un respiro al ciudadano y se está convirtiendo en una alternativa real de transporte urbano.

Los domingos por la mañana, el Paseo de la Reforma, la gran arteria vial de la ciudad, se corta al tráfico motorizado y es invadida por ciclistas, patinadores y corredores. En los cruces con otras grandes avenidas, se plantan un grupo de entusiastas trabajadores municipales que regulan la circulación y animan a disfrutar del paseo de una forma cívica y jovial. El resultado de esta brillante iniciativa son calles llenas de ciclistas, aire fresco y sonrisas.

El ambiente festivo continúa por la tarde con un paseo a pie por el bosque de Chapultepec. Familias, parejas y amigos abarrotan los caminos mientras los vendedores hacen su agosto gritando en tonos agudos. Por el sol y el calor, bien podría ser verano. Incluso los payasos se mofan de la cantinela de los vendedores al tiempo que las parejas más apasionadas cobijan su amor bajo la arboleda y regodeándose en el césped. Por unas horas, los chilangos se olvidan de los problemas y creamos la ilusión de vivir en un mundo feliz.

Crónicas desde Europa Central, el Sureste Asiático y Latinoamérica

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